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5 min
Restauradores Cuánticos
Ciencia Ficción |
02.05.15
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Sinopsis

Sorprendentes hechos acontecen a la vuelta de la esquina, resolverlos es su único propósito de vida.

Uno de los postrimeros millones de polillas sepultadas en la calina del museo de cera abejeada, discurrían frente al panel digitalizado del planeta más de tres mil años atrás. En este término, la tramitación plateó una tumba naranja que guiaba la tierra en pequeñas cápsulas herméticas por las vías intransitables del lapso líquido, afectuosamente retobado.

Consiguieron plagiar gen a gen, paulatinamente, a una sanguijuela de muestra completa y desorbitado por el embebecimiento del develamiento, no logró más que contar… ¡Cien segundos en el espacio, posteriormente, indefenso serpenteo por el viento húmedo que diseña la brisa virtual en la cima de una amapola entre nubes sonrosadas y plácidas tormentas de verano! ¡Restaurador!... ¡Restaurador!, lo tildaron de ello con cierta sorna. El centro rector, esperando la singularidad del sentido del equilibrio en la luz del ‘Artfact’, que con clarividencia del sistema neurálgico y, la sencillez sensata del vacío conducía al cero absoluto sin previo aviso a los medios que con sorna, observaban escondidos como el fracaso atenazaba sus propias almas atormentadas.

En los exámenes de la variable, intrínsecamente frente a los cálculos infinitesimales y, matemáticos desde los allanes subatómicos al astronómico cuántico de lo abstracto. Lo intangible, a su vez irreal dentro del sueño etéreo. Un restaurador no dejaba de ser la esperanza remota de un hallazgo, algo difuso para que la raza prosperase en base a sus errores de nacimiento y evolución, trastocando lo natural con lo artificial de forma que uno jugaba a ser Dios sin ser más que otro vulgar ser que se pudriría con el pasar de los años mortales.

Tal y como si se decidiese realizar un tipo de inversión espontánea, realizar aquella restauración de un mundo moribundo, dando a pensar que era la forma de poder asegurar humanamente a los ya fragmentados futuros, de su propia supervivencia. Dispersos en la complejidad temporal, debajo de décima dimensión mientras aún se descubría netamente la novena, lejana e hipotética en su propia existencia que daba pie a tantas elucubraciones. Con bastante asiduidad solicitaban reconstruir accesos destruidos, alternancias imposibles de plasmar pues la mayoría se encontraban carentes de definición. Expectativas egoístas que únicamente daban beneficio a pocos sobre la homogeneidad del proceso. No era viable. Realmente, tan absurdo como buscar la programación de valores éticos en módulos ‘anti’, segando vidas inocentes sin mostrar un ápice de culpa. Transponer genomas diferentes al humano al propio humano detectando con cálculos helicoidales y procesos controlados, que todo podría encajar si se buscaba que encajase.

Humanizar animales dentro de su propia incapacidad de existencia racional, bajo una apariencia humanoide falsa que llevaba a confusión y enfrentamiento.

Al restaurador le pedían mundos mejorados, perfectos y pasados controlados para tener presentes y futuros brillantes. Seguridad existencial más allá de las muertes tácitas, el grado de permisividad acompañaba siempre a la realidad de administrar confianza balanceada. En ambientes hostiles y enfermos la restauración se hacía imposible, aún con las sucursales repartidas por cientos de galaxias estelares y dimensionales, la cobertura intracelular fallaba y con ello, el futuro podría no existir si un error en el pasado desgajaba la cadena.

De uno dependía el todo.

La debilidad de aquella probeta de utopía controlada que combinaba gotas de ensoñaciones, dorados planes soñados y perdones dentro de la concentración uniforme de procesos virales.  El amor, la fidelidad o el cariño, no se programaban ni se restauraban, la bondad no venía en cápsulas herméticas o variables matemáticas. Tabletas de buenas intenciones con corazones esterilizados y centrifugados de precisión baremada. No existían, pues eran la debilidad que consistía en la creación humana más básica y a la vez, difícil.

Erran restauradores, no dioses.

¡Valió!, se lo dijo una vez y otra. Pensando en todo, ensimismado en su propio cuerpo y mente.

La nada aligeraba el peso simbólico de la carga radical, importancia en la memoria que no destruyese la realidad del día posterior. Ya había sido evidenciado miles de veces. Miles, millones tal vez.

No se puede caminar sobre la nada.

Un recipiente secó, teoría de bases deformadas, un descaro sin razones. El grande sobre el pequeño, el rico sobre el pobre. Todo compenetrado. No era distinguible en los sistemas de idolatría digitales, aunque en las microondas analógicas si podía vislumbrarse la capacidad ondulante de los desalmados que fallaban al sistema. Crueles obras que no eran más que el resultado de aquellos que creyeron ser quienes no eran.

Dios, tal vez.

Restaurar mundos.

- Pero éstos nunca existieron.

Construir la innegable verdad sobre infinitas mentiras.

Se vio a él mismo en la inmundicia supina, desolado. En las alas del inframundo incontables destinos que nunca supo subsanar, entre gritos y desazón se desintegró. Desapareciendo para siempre, incapaz de restaurar lo único roto en su vida.

Él.

 

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