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8 min
Retazos
Drama |
06.10.12
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Sinopsis

Toda historia tiene un final.

 

      Alfácar, Granada, 19 de septiembre de 1923.   Antonia vino a nacer una mañana de finales de verano en un pueblo ignoto de la sierra granadina. Su madre, Lola, no la esperaba aún, y entre gemido y gemido repetía una y otra vez que las cuentas no le salían. Como si eso fuera a servir de algo. No era su primer hijo, Antonia acabó siendo la menor de siete hermanos, de los que vivieron tres. Antes de Antonia, Gabriel, un angelito de rizos rubios y ojos azules murió hacia ya dos años de diarrea. Entonces Lola prometió que no volvería a tener más hijos. Pero se ve que la cabeza no le andaba bien, porque cuando concibió a Antonia tampoco estaba en sus días de gracia. O eso pensaba.    Pataleó y gritó hasta quedarse ronca la Lola, negándose a tener a esa criatura que ya empezaba mal su vida , naciendo un mes antes de lo previsto y cuando la única matrona del pueblo estaba mala con neumonía.    Después de una hora y media, Ignacio, su padre, alzó a la niña, que berreaba como un demonio. ``Es rubia´´, fue lo único que alcanzó a decir.   Alfácar, Granada, 6 de noviembre de 1930.   Antonia miraba la puerta de su cuarto, cerrada. Estaba sentada en la cama con el vestido de misa, el negro, el feo, el de lana que le picaba tanto. En su regazo dormía Martina, su bebé, una muñeca de trapo que vestía un traje rojo a cuadros que le había hecho la abuela Juana con un trozo de mantel de cocina. Antonia no quería que mamá le hiciera negro el vestido a Martina también, le gustaba el rojo.   Fuera ya hacía frío, y llovía. Quería salir, para jugar con Miguel, que tenía una pelota que le había comprado su padre. Aunque a mamá no le gustaba que jugara con Miguel, porque se caía y se manchaba la ropa. Pero a Antonia le encantaba jugar a la pelota. Un día intentó hacerse una con unos calcetines, pero no le quedó igual. Se aburría. Quería salir. Pero le daba miedo.   Mamá le había dicho que se quedará en el cuarto, pero eso había sido por la mañana, y ya se hacía de noche. Se estaba haciendo pipí, y la letrina estaba al otro lado del pasillo, y el bacín solo lo usaba papá. Se levantó y tapó a Martina. Se quitó los zapatos para no hacer ruido. Abrió la puerta, se puso la mano abierta al lado derecho de la cara para no ver abajo, en el salón, al tito Juan metido en una caja, dormido encima de la mesa, y a papá llorando mucho, con mucha gente alrededor que lloraban también , pero en silencio, a oscuras, con muchas velas que olían mal. Se metió en el baño e hizo pipí, muy rápido. Se arrepintió de haber salido, ahora le daba miedo el pasillo.   Granada capital, 13 de mayo de 1945.   Antonia se suena la nariz. Le dolía la cabeza de tanto llorar. Carlos colocaba la ropa en los armarios, en silencio, dejándola desahogarse. Iban a estar en ese motel una temporada. Mañana mismo empezaría a buscar trabajo, de lo que fuera. Tenía que sacar a Antonia de aquella habitación de mala muerte que olía a moho. Y no tenía mucho tiempo.   Antonia vuleve a sonarse la nariz y se seca los ojos. Suspira. Mira a Carlos. Carlos mira a  Antonia. ``Abrázame´´. Carlos se pone de rodillas frente a ella , hunde la cabeza en su pecho y la rodea con sus brazos. ``Incluso con mocos estás guapa´´, Antonia deja escapar una carcajada triste. Acaricia la mejilla de Carlos. Cuando la Lola se enteró de todo la llamó puta y le dio dos días para salir de casa o denunciaba a Carlos. No tenía antecedentes, pero a su padre lo fusilaron por rojo, y eso era más que suficiente.  Acerca sus labios a los de Antonia, los besa despacio, están salados. Se separa para mirar sus ojos azules, la llama ``mi reina´´, besa su pequeño y abultado vientre y vuelve a abrazarla sintiendo que todo saldría bien.   Madrid, 11 de junio de 1968.   Antonia se mira en el espejo del baño. Se acerca a su reflejo y se pone el dedo índice al lado de su ojo izquierdo, estira la piel levemente. Por un momento vuelve a ver la mirada que tenía cuando salió de Granada, hace más de veinte años. Se le llenan los ojos de lágrimas. Los cierra, se las traga, coge el pintalabios, rojo oscuro, se pinta, lanza un beso al aire para extender bien el color.    Sale del baño. Carlos llegará de un momento a otro del trabajo. Ella se ha esmerado en la cena, pollo al ajillo, su plato favorito. Carlos apenas habla desde que se le mató el Jorge, su hermano, en la obra. Se cayó de espaldas desde un tercero el pobrecico. Ahora se le ve más cansado, más mayor, más triste, y más ahora, que Luisa, la niña de sus ojos se fue a Alemania a trabajar. Los niños ya crecen demasiado rápido, decía a veces.    Llaves en el cerrojo, Carlos aparece, cabizbajo y ojeroso. No repara en el olor de la cena, ni en los labios de Antonia. ``Buenas noches´´, murmura. Antonia suspira, vacía. Ya no sabe qué hacer para que vuelve a mirarla como cuando la miró por primera vez. Y aún así, ella haría lo que fuera por él, si tan sólo la mirara con esos ojos, ella le daría su alma encantada, con tal de que recuperara esa alegría de vivir que se le perdió.   Se levanta del sofá, besa su mejilla perfumada en tabaco, le acaricia el pelo, canoso, pero aún con vestigios de negro azabache y le susurra al oído, ``Vamos a cenar, mi rey´´.   Madrid, 19 de septiembre de 2012.   Es de noche, pero aún hace calor. Los coches van y vienen delante de sus ojos. Ella apenas ve. Solo sombras de colores. Tiene sueño, pero no debe dormirse allí, en la calle. Además, el lumbago le muerde fuerte, apenas puede encontrar una postura cómoda en ese banco.   Mira sus manos, sus venas parecen raíces de árboles azules, le dan asco. En el anular de la mano derecha, dos anillos, de oro, pero muy oscuro. Habría que limpiarlo.   ¿Qué hace allí? Hace tiempo que no se sienta en bancos. A veces Carlos y ella llevaban a Luisa al parque, y allí si que se sentaban. La niña tenía el pelo negro y liso, como su padre, pero los ojos celestes de Antonia. Luisa, su niña. ¿Qué hará ella allí en Alemania tan solita?   Las once y media de la noche dice el reloj, mañana tiene que teñir el vestido de Luisa de negro. Pobre tito Juan. Se alisa la falda, es roja, a cuadros. Qué pena, también lo va a tener que teñir. Pero solo las putas visten de rojo. Ella nunca tuvo madre, ojalá la hubiera tenido, pero las madres no disparan a los padres de nadie. Ella quería un niño, pero ella no es Gabriel, ella sabe perfectamente quién es, y eso no se lo quita nadie.    Se pone de pie, se va su casa, a Alfácar. Le va a cantar las cuarenta a la Lola, claro que sí. Y Luisa se viene conmigo, que a su niña nadie le va a disparar.   Nota una mano en su hombro, se sobresalta, un chico joven, pelo negro , ojos marrones, alto y delgado, ¿Carlos?   -Señora, ¿espera a alguien?   Si , si , es Carlos, por dios, qué guapo es , ojalá tuviera el pintalabios aquí.   -Señora, ¿me da su nombre? Voy a buscar a alguien para que la lleven a casa, que ya es muy tarde.   Es tarde si, debería volver.   - Martina, me llamo Martina.     Y Martina espera.

 

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