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4 min
FOTOGRAFÍA DE UNA ESCENA DE BAILE
Varios |
15.04.17
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Sinopsis

La observación de una vieja fotografía familiar, desemboca en la idea de la finitud de la vida humana y plantea la interrogante de que los placeres puedan quizá ser un don innato e inconsciente a través del cual el hombre se enfrenta a su propia muerte.

Suele ocurrir a algunas personas, que ante la visión se ciertas imágenes, aún cuando estas retraten felicidad, se sienten bien, agudamente impresionados o mal, trastornados en su espíritu.

Una fotografía puede reflejar el abismo sin fondo de la condición humana o llegar influir en la visión propia de la vida misma, tal como me ha ocurrido a mí y os lo contaré.

En una visita a la casa de mi madre hace algunos años, procuraba a fingir tedio con el fin de de detener el incesante parloteo de una vecina que hablaba con denuedo de lo que eran para mi, temas de menor importancia. La vista de los variables tonos de verde sobre las laderas del Cerro Cabra cuando las nubes se posaban sobre ella, me hicieron recordar que en mi niñez esta metamorfosis cromática supuso un curioso enigma que tardé largos años en descifrar.

¡Que simples y gratos eran aquellos tiempos!. El universo terminaba en el cerro, la terraza era mi fortaleza y unas escaleras de cemento gris, una escarpada montaña cuyo tránsito me haría llegar a África.

Buscando entretener la mente, aunque fuera solo con la mirada, mis ojos fueron a parar en una fotografía que había sido colgada de la pared de la sala de estar hacía corto tiempo. Las imágenes de tonos grises se esfumaban de la lámina por la pátina del tiempo. Al centro, una pareja baila. El caballero, rie; tiene una mano en la espalda de su  compañera y con la otra sostiene su mano. La dama, sabiéndose protagonista del fugaz momento, se vuelve y alumbra la escena con bellos ojos gitanos. A espaldas de la pareja se observan otros festejantes envueltos en el éxtasis que suele provocar el bailar bolero. El vocalista de la orquesta, con un rostro que denota nostalgia, interpresta una melodía en la que se percibe un lamento; con una mano levantada apunta al cielo y con la otra sostenía un micrófono. Sus ojos parecían estarme mirando a través del lente de la cámara.

La fotografía reflejaba una escena de la juventud de mi abuela. La silueta de la joven mujer, me hizo lamentar haber compartido con ella cuando ya la enfermedad había minado gravemente su memoria y su cuerpo. Sentí el deseo de haber estado yo también festejando cerca a ella en ese salón de baile.

Al final de sus días, acostumbraba sentarme junto a ella tomándole las manos. Las tenía muy ásperas, resultado del oficio que había desempeñado en su vida. Había sido zapatera y como recuerdo de este oficio guarda mi madre lo que fue su valioso instrumento de trabajo para sustentar a la familia: una máquina de coser de hierro marca Singer.

Su muerte para mí cuando adolescente fue muy dolorosa. En ese entonces no alcanzaba a comprender que los seres humanos poseemos la característica de comenzar y terminar nuestra existencia siendo dependientes.

La voz de la vecina se convirtió para mí en un lejano rumor que ya no era capaz de incomodarme. La imagen de la mujer joven y morena, protagonista de la fotografía, hizo de golpe bordear mis pensamientos en los extramuros de la idea de la finitud de la vida humana.

En pensar que nuestra naturaleza se inclina a disfrutar de la dicha y esto se hace evidente cuando observamos la forma en la que los niños juegan despreocupadamente, puesto que no piensan en el mañana o en el peligro; sin embargo, a lo largo de nuestras vidas se nos va enseñando a dominar estos naturales impulsos con el propósito de prepararnos para hacerle frente a una vida plétora de responsabilidades y de expectativas sobre lo que los otros esperan de nosotros. En que continuamente nos equivocamos en exceso de profundidad al preocuparnos excesivamente del mañana o de superficialidad, abusando de las distracciones que puedan equilibrar los efectos de dedicarse a un trabajo, que algunos pueden sentir, obstaculiza su realización personal. Que construir nuestra felicidad sobre apariencias que procuran mostrar la vida como un signo diferenciador de un determinado estatus social para complacer a otros, ha sido desde los epicúreos, un infortunado camino a la infelicidad.

Pero, ¿Sería posible que los seres humanos tuviésemos un sentido inconsciente e innato sobre la finitud de la vida, que bajo la figura de los placeres, nos ofrece la oportunidad de aminorar las cargas de la realidad cotidiana y aprovechar mejor nuestra corta existencia?.

 

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