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36 min
DESTIEMPO, CAPÍTULO 1: MISIÓN
Ciencia Ficción |
03.03.15
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Sinopsis

La novela "Destiempo" está compuesta de 18 capítulos. Cada uno de ellos narra una historia que puede leerse por separado, pero juntos forman una historia épica, adictiva y emocionante sobre la época en que las inteligencias artificiales y humanas comienzan a convivir. En este primer episodio conoceremos a dos de sus protagonistas, Hanson y Olí. Puedes obtener la novela completa en www.riodeluz.es

RÍO DE LUZ, CAPÍTULO 1

MISIÓN

 

El inspector observaba la escena con asombro.  Había un coche blanco estampado de frente contra un árbol y una furgoneta hundida en el arcén del carril contrario.  Tres ciclistas, que habían sido testigos del accidente, juraban que el coche lo conducía un anciano que estaba hablando solo.  Y ese era el muerto que faltaba.

Simplemente, el cadáver no estaba. 

El golpe que había sufrido el vehículo era espantoso.  Solo con verlo, uno imaginaba cómo podría estar quien lo ocupara en ese momento.  La carretera secundaria que unía Caen con Anguerny, al oeste de Francia, era recta y lisa, bien asfaltada y con un impecable historial de seguridad; tenía solo tres árboles en sus ocho kilómetros de extensión, y el más hermoso de todos ellos se había quebrado al sufrir el terrible golpe.  Pero dentro del coche, entre los hierros y el desastre, el humo y el olor a quemado, no había nadie.

El inspector, secundado por dos gendarmes, miraba el montón de chatarra con frustración, mientras esperaba que la ambulancia atendiera al chófer de la furgoneta que iba en dirección contraria.  Al final de la recta comenzaban a brillar las luces del camión de los bomberos.

Era dieciocho de junio de dos mil cinco, y los extensos maizales que bordeaban la carretera estaban altos y verdes, agitándose bajo la brisa suave del cercano Atlántico.  Oculto entre ellos, a pocos metros del accidente, el viejo François Demachier, de rodillas, observaba su coche destrozado con expresión de asombro.  Resultó que aquel extraño joven tenía razón, esa era la tarde en la que él debía de haber muerto.

—En fin, profesor.  Ya veo que es usted de los que no confían en nadie.  Llevo varios días intentando disuadirle de que condujera hoy por esta carretera.  Pero está claro que la muerte es la cita más difícil a la que faltar.

El joven que hablaba a las espaldas del asustado Demachier era Michelle Petit, el individuo extraño que llevaba rondándole desde el miércoles.  Había llegado con prisa a su casa ese día: un hombre en la treintena, delgado, alto y bien vestido.  Le había dicho que era un abogado de París y que estaba buscando a un Françoise Demachier cuyos antepasados hubieran poseído tierras en Orleans.

Pero el viejo Demachier, ingeniero jubilado, profesor de la Universidad de El Havre, viudo y aficionado a la heráldica, era un hombre muy desconfiado.  Su pequeño tamaño, su debilidad física y ese carácter irascible que le hizo tristemente impopular entre sus alumnos le habían apartado por completo de la vida social en el ocaso de sus días, para consagrarlos al estudio de, precisamente, su árbol genealógico.  Por eso, a pesar del aspecto de buena persona que tenía aquel desconocido, sospechó que le estaba engañando.  Ya tres días antes, el miércoles previo al accidente, le había dado con la puerta en las narices cuando el joven intentó meter un pie en su casa, pues él sabía que ninguno de sus antepasados, aunque hubieran vivido en Orleans, había poseído tierras.  Su familia era de herreros, y él se había formado como ingeniero industrial precisamente para seguir con esa tradición.

Sin embargo, la mañana del jueves el hombre joven seguía en el jardín de su casa como si hubiera pasado allí la noche.  Cuando Demachier se asomaba entre los visillos, él le sonreía con unos dientes blancos y perfectos, en pie tras la corta valla que separaba su jardín de la acera, y le saludaba como si ya lo conociera de toda la vida.  Decidió ignorarlo, más por miedo a su juventud y desparpajo que por grosería, y dedicó el día entero al abrillantamiento de su valiosa colección de soldados de plomo.  Por la noche, con las habitaciones a oscuras, espió con cautela a través de los cristales, pero ya no pudo verlo.  En cualquier caso, prefirió no salir.  Aunque tampoco lo hubiera hecho sin sentirse amenazado.

Pero el viernes fue el día más extraño.  A las ocho de la mañana en punto, el joven, que llevaba la misma ropa que el primer día y parecía no haberse movido de allí en ningún momento, pegó el dedo al timbre hasta que terminó con la paciencia de Demachier.  Con pijama y zapatillas, y la melenita gris que rodeaba su brillante calva despeinada, el anciano agarró el atizador de la chimenea y, sin pensarlo, abrió la puerta lleno de furia.  La sonrisa luminosa de aquel hombre, sin embargo, lo desarmó por completo.  El dejó de tocar el timbre en cuanto se vieron, y le tendió una tarjeta de visita que ya tenía preparada en su mano derecha.

—Señor Demachier, perdone que sea tan insistente —le dijo poniéndola entre ambos rostros—.  Acepte mi tarjeta y llámeme cuando se le pase el enfado, o si lo desea déjeme explicarle por qué es usted el heredero de una porción de tierra en los alrededores de Orleans.  En cualquiera de los dos casos, mañana es el último día que tenemos para solucionar este asunto.

Y se quedó sonriendo, con su tez morena, su pelo castaño peinado hacia atrás con gomina, su sonrisa de anuncio y sus ojos color avellana.  Vestía un polo de algodón de color beige y un pantalón vaquero nuevo, mocasines caros y reloj de correa metálica.  A su lado, Demachier era un hombre enjuto, tan desgastado por el mal humor como por la edad, de rostro alargado y pobladas cejas blancas con ademanes de eterno enfado.  Lamentó haber perdido la paciencia de nuevo, sobre todo estando en pantuflas, algo que le quitaba cualquier clase de autoridad, y dijo:

— ¿Si me da su tarjeta me promete que se irá de aquí?  Porque si no es así, le aseguro que llamaré a la policía.

El joven guardó los dientes detrás de los labios y observó a Demachier con una expresión entre jocosa y comprensiva.  Tenía una mirada realmente extraña, como si ya supiera lo que iba a ocurrir.

—Le prometo que si la lee se acabarán sus dudas.

Demachier cogió la tarjeta con rapidez, como queriendo terminar cuanto antes ese asunto, e intentó leerla.  Allí había letras, sin duda, pero ¿qué decían?  Alejó la mano para intentar enfocar la mirada, luego volvió a acercarla, pero no era capaz de distinguir nada.  Por un momento, se quedó absorto.  Las letras, difuminadas, parecían ejecutar un baile sobre el pequeño escenario blanco.  Daban vueltas, se ordenaban, seguían moviéndose... el anciano pensó que estaba sufriendo un mareo y se agarró al marco de la puerta, soltando el atizador sobre la moqueta.  Sin duda, tantos años de mal humor le estaban pasando factura, como bien le decía su difunta esposa que le ocurriría tarde o temprano.

—Espere... yo no puedo... leer esto... —dijo, sintiendo como la lucidez le iba abandonando—

—Tranquilo, es un simple mareo —la voz del joven tenía seguridad y delicadeza, hablaba en un susurro grave y lleno de comprensión—.  Permita que le ayude a sentarse.

Y así empezó todo.  Tres días después, sentado a pocos metros del accidente, Françoise Demachier observaba arrodillado sobre la tierra su coche aplastado contra un árbol, y empezaba a recordar todo lo que había ocurrido hasta ese momento.  Con los ojos húmedos, se volvió al joven que le había salvado la vida, y cuya voz acababa de escuchar hablando sobre la dificultad de eludir una cita con la muerte.  En los días que habían pasado desde que lo viera por primera vez no había cambiado nada, ni su peinado, ni su mirada, ni siquiera su ropa.  Demachier sintió que empezaba a despertar del estado de confusión que lo había acompañado desde que intentara leer la tarjeta de visita el viernes por la mañana.

El joven estaba sentado detrás de él, con los brazos rodeando las rodillas.  Le miraba con sus ojos profundos, que expresaban tristeza, o quizás dolor por el golpe recibido, aunque seguía manteniendo la expresión angelical que siempre había mostrado.  Los altos maizales los rodeaban de manera que nadie más pudiera verlos. 

Demachier siguió rememorando todo lo sucedido: aprovechando el vahído al leer la tarjeta de visita, aquel hombre había entrado en su casa, le ayudó a sentarse en el sillón orejero que utilizaba para sus siestas y esperó, acercando una silla frente a él, a que se le pasara el estado de confusión.  Pasados unos minutos el joven comenzó a hablarle:

—Espero que esté mejor —le dijo con voz muy educada—.  Lamento haber tenido que entrar en su casa, señor Demachier, sabiendo que no me lo permitía usted, pero he considerado que era más importante ayudarle, al ver que estaba a punto de desmayarse.

Demachier estaba recobrándose, y se sentía bastante calmado.  Las letras de la tarjeta de visita realmente parecían haber ejecutado un baile frente a sus ojos y ese fenómeno le había dejado en un estado de confusión.  Pensó que en esas circunstancias él generalmente se enfadaba mucho y le sorprendió no estarlo en ese momento.

—Supongo que le gustaría saber cómo he dado con usted, si es que realmente es la persona que busco —continuó el joven—.  Mi nombre es Michelle Petit, soy abogado, trabajo en un importante bufete de París y llevo varias semanas localizando al heredero de unas parcelas cerca de Orleans.  Eso es lo que me ha traído hasta usted.

Demachier pensó, solo por un momento, que aquel joven no tenía malas intenciones y dejó de sentirse amenazado.  Parecía un chico de buena familia, con aspecto responsable, seguramente pariente de los dueños del bufete.  Pero luego salió a relucir su proverbial mal carácter, y pensó que aquel joven solo era el típico niño pijo que no había tenido que trabajar mucho para tenerlo todo.  A medida que pensaba en su procedencia y sus modales refinados, una vez más a Demachier le brotó la irritación que siempre le acompañaba, comenzando de nuevo a despreciar al intruso que se había colado en su casa.  Frunció el ceño, que era su gesto habitual ante la gente, y volvió a ser el viejo huraño de siempre.

—Mire, señorito, estoy hasta la coronilla de usted y sus técnicas de venta.  No sé si lo que quiere es timarme o vender enciclopedias, pero ha entrado en mi casa sin mi permiso, y voy a llamar a la policía si no se larga inmediatamente.

Michelle Petit, en contra de lo que esperaba el viejo cascarrabias, le escuchó mirándole a los ojos con benevolencia y luego continuó su discurso como si no lo hubiera oído:

—Hay dos François Demachier en la zona, pero el otro no tiene su edad, por lo que he decidido entrevistarle a usted el primero —François pensó que la frase escondía malicia: le estaba llamando viejo—.  Los terrenos son un problema para el ayuntamiento de Orleans, que tiene que localizar a los herederos para poder adquirirlos.  Valen mucho dinero, así que en el despacho hemos decidido encargarnos del asunto a cambio del veinte por ciento de su valor.  Que lleve todos estos días haciendo guardia en el jardín de su casa le podrá dar una idea de la cantidad que estamos manejando, querido François.  En realidad, nuestras investigaciones indican que usted es, con toda probabilidad, el auténtico heredero.

El joven hablaba inclinado hacia delante, con los brazos apoyados sobre las piernas y las manos entrelazadas.  Demachier, recobrando la lucidez del todo cuando escuchó aquello, repasó mentalmente la lista de sus antepasados.  ¿Y si se le había escapado algo? ¿Y si realmente esos terrenos eran suyos? ¿O si quizás no aparecía el verdadero propietario, y pudiese reclamar él la fortuna?

Finalmente, y dado que el riesgo podría merecer la pena, Demachier recordaba haberse hecho amigo del joven abogado: habían comido juntos en la pequeña taberna cercana una deliciosa tortilla de queso con pan de leña y cerveza.  Llegada la tarde, regresaron a su casa y Michelle Petit le hizo su propuesta:

—Antes de confirmar que usted es el heredero de ese terreno, debo conocer al otro François Demachier.  Vive en El Havre, a una hora en coche, pero desafortunadamente no puede recibirme hasta mañana sábado.  Le propongo que me acompañe; quizás sean ustedes parientes, o tengamos la necesidad de comparar sus historias familiares para dilucidar a quién le corresponde la herencia.  Por lo que me ha estado contando durante el almuerzo, usted es un gran conocedor de la estirpe de los Demachier, así que estoy convencido de que su aportación aclarará el asunto en una sola mañana.

Acordaron partir hacia la ciudad de El Havre a primera hora del día siguiente, pero François durmió muy mal aquella noche.  La posibilidad de convertirse en un hombre rico en el ocaso de su vida le alteraba enormemente.  Girando sobre sí mismo entre las sábanas, deliraba sobre la manera de asesinar disimuladamente al otro Demachier, o quizás de sobornar al abogado para que confirmara que él era el auténtico heredero, a cambio de un porcentaje de las ganancias. 

Los nervios pudieron con él, y hacia las seis de la mañana Demachier estaba ya tan ofuscado que decidió no ir a El Havre: los sábados François se reunía en el pueblo con un grupo de jubilados, todos antiguos ingenieros o relacionados con el mundo de la construcción, que lo detestaban tanto como él a ellos.  Demachier no era un hombre sociable, y le molestaba tener que conducir una hora para ver a un desconocido con el que discutir sobre un dinero que, sin lugar a dudas, ambos reclamarían.  Además, cuando imaginó la cara que pondrían sus amigos al saber la noticia de su inminente riqueza, y recreó en su mente la sensación de envidia que iba a provocar en esa pandilla de vejestorios medio paralíticos, decidió que ese era un placer que no podía perderse, y una escena mucho más agradable que la de enfrentarse a alguien que llevaba su mismo nombre y sin duda intentaría demostrar que era dueño de esas tierras.  Dejaría que el petimetre fuera solo a visitar al otro François Demachier.  Las probabilidades de ser el auténtico heredero jugaban a su favor, como le había dejado bien claro Michelle Petit.  Cuando tomó esa decisión, pudo al fin descansar un poco.

A las ocho y media, con perfecta puntualidad, el joven abogado volvía a apretar el timbre de su puerta, pero esta vez Demachier le abrió enseguida.

—Hola, Michelle —Demachier le habló desde la puerta sin darle opción a que entrara en su casa—.  Verá, he recordado que hoy tenía unos cuantos compromisos ineludibles, así que no le acompañaré.  Buenos días.

El viejo cascarrabias estaba acostumbrado a ser bastante seco, dado su agrio carácter, y a comunicar sus decisiones sin esperar réplica, así que cerró la puerta con medida fuerza.  Como fuera algo que ya había practicado a menudo, sabía que el sonido de sus pasos alejándose era el punto y final definitivo para el que se había quedado al otro lado, así que caminó con decisión por la moqueta, dejando que el sonido de sus pies se colara bajo la puerta hasta el exterior.

La tetera de la cocina le esperaba con el agua hirviendo, y el sobrecito de té ya estaba dentro de la taza, esperando ser remojado.  Demachier entró tarareando con los labios un sonido de trompetilla. 

—Señor Demachier, siento haberme colado en su casa una vez más, pero tengo que insistir en que me acompañe.

Al oír la voz del abogado dentro de la cocina, Demachier pegó un brinco y soltó un grito.  Michelle Petit estaba en pie, en medio de la habitación, con los brazos cruzados pero el rostro desenfadado.  La puerta trasera, que estaba en la cocina y daba al jardín, estaba abierta.  Lo increíble era que el joven hubiera llegado allí antes que él.  El corazón del viejo ingeniero comenzó a latir con fuerza, y tuvo que agarrarse al marco de la puerta.

— ¡Es usted un bastardo! —dijo, sin poder gritar como le hubiera gustado—.  ¡Si me da esos sustos acabará matándome!

Entonces Demachier tuvo una revelación: quizás ese fuera el plan.  Aquel joven tenía un aspecto demasiado extraño como para ser quien decía.  Lo más probable era que, una vez de camino a El Havre, se intentara deshacer de él para robarle.  ¿Un abogado de París? ¿Una herencia en Orleans? En un momento, el anciano vio la luz en todo aquel asunto.  Afortunadamente, estaba acostumbrado a la traición.  Hasta ahora había actuado como un estúpido, pero le iba a demostrar a ese delincuente de pacotilla con quién se la estaba jugando.  Recobrando la compostura, se estiró el fondo del jersey de lana que llevaba puesto y adoptó una actitud severa.

—Lo cierto es que no tiene usted ningún derecho de entrar en mi casa, señor Petit, pero dado que ayer disfrutamos de una jornada agradable, no se lo tendré en cuenta.  ¿Le apetece una taza de té?  Estaba a punto de desayunar.

El joven no se movió de su sitio, y tampoco perdió la expresión tranquila.

—François, supongo que está usted sospechando que todo este asunto es una estafa, o que mis pretensiones no son las que le he dicho.  Bien, yo solo quiero hacer mi trabajo y regresar a casa, por lo que le pido que confíe en mí y me acompañe.  No voy a irme de aquí sin usted, así que si desea hacer las llamadas telefónicas que necesite para comprobar la veracidad de lo que le cuento, o incluso llamar a la policía, yo no tengo ningún inconveniente.  Le puedo facilitar la información que me pida, si es lo que le hace falta.  Esperaremos el tiempo necesario para que se quede tranquilo.  Le aseguro que hay mucho en juego.

Demachier intentaba aparentar tranquilidad mientras se servía el té, pero estaba haciendo esfuerzos por templar el pulso.  Aquel joven sonaba convincente.  Pero no, no podía fiarse.

—Verá, Michelle.  No me importaría acompañarle, pero no veo la necesidad de hacerlo.  Hoy sábado tengo un compromiso en Caen que me llevará todo el día, con unos amigos, y no deseo faltar a esa cita.  Y es cierto, he pensado en que todo esto puede ser un engaño, y que sus intenciones no sean tan honestas como dice; pero confío en que a su regreso de El Havre pueda comunicarme la noticia de que el hombre que está buscando soy yo, y que a lo largo de la semana que viene podamos hacer todas las gestiones que sean necesarias para cobrar esa fabulosa cantidad de dinero de la que me habla.

—Lo siento, no podemos contemplar esa opción —le interrumpió Michelle—.  Prefiero esperar con usted aquí hasta me acompañe cuando esté preparado, antes que permitirle que se vaya a ningún otro sitio.

Demachier lo miró manteniendo la jarra en el aire.

— ¿Y eso por qué?

El abogado lo miraba impasible, desde su altura y su aspecto inmensamente sanos.  Guardó silencio unos segundos, cuando desde el bolsillo de su pantalón sonó una musiquilla aguda.  Sin apartar la mirada, Michelle sacó un teléfono negro y delgado con un gesto rápido.

— ¿Dígame?  Ah, hola, señor Demachier.  Sí, sí, por supuesto que voy a verlo… claro, claro.  ¿Cómo? Ah, pues la verdad es que no estoy seguro de eso, precisamente estoy con él intentando convencerle… sí, no se preocupe.  Calcule una hora y media, ¿de acuerdo?  Bien, muchas gracias, un saludo.

Guardó el teléfono y su sonrisa blanca se dejó entrever de nuevo tras la piel tostada.

—Si salimos ahora, podríamos estar de vuelta antes de comer.  Seguro que le da tiempo a cumplir con sus compromisos en Caen, señor Demachier.  Venga, anímese, que es un viaje corto.

Pero el viejo ingeniero no quería ir.  Ya no era por sus amigos, o por tozudez; era por las palabras que el abogado había dicho antes de que sonara el teléfono: prefería esperar con él allí hasta que salieran juntos antes que permitirle irse a otro sitio.  Eso le dio miedo.  A pesar de su aspecto amable y su voz pausada, la determinación de ese hombre no era normal.  Tuvo una idea.

—De acuerdo, iré con usted —dijo Demachier con aparente calma—.  Haga el favor de salir por esta puerta, para que cierre por dentro, y espéreme en la entrada principal.  Pero se lo advierto, a la hora de comer debo estar en Caen, por lo que haremos lo siguiente: usted irá en su coche y yo en el mío; nos encontraremos en la casa del caballero al que vamos a visitar, y si veo que se me hace tarde, regresaré por mi cuenta.  

A Demachier se le había ocurrido el plan sobre la marcha, y decidió que era un genio.  Fuera o no un ladrón, el abogado no tendría argumentos contra su propuesta.  Una vez dentro del coche, podría despistarlo sin muchos problemas y acudir directamente a la gendarmería de Caen.  Sin embargo, la expresión que adoptó el joven le hizo sospechar que no iba a ser tan fácil.

—Tenemos que ir en su coche, porque yo no tengo —dijo Michelle Petit—.  Y además conduciré yo.

Habló con su sonrisa habitual y su mirada directa, como siempre, como si haber llegado hasta allí sin coche y llevar cuatro días esperando en el jardín fuera lo más normal del mundo.  Demachier comprendió que estaba frente a un demente, y un instinto de supervivencia sembró de lucidez sus pensamientos.  Dejando la jarra de té sobre la mesa, procuró seguir aparentando la misma tranquilidad que demostraba aquel extraño:

—Señor Petit —hizo una pausa mirando al suelo—, le ruego que se explique.  Lleva usted todo este tiempo alrededor de mi casa con la misma ropa, empeñado en hacerme viajar con usted, y es evidente que aquí hay algo que no me está contando.  Si lo que pretende es robarme, o cualquier otra cosa que prefiero no imaginar, le diré que no será sin oposición, y que a pesar de mi inferioridad física le plantaré cara con todas mis fuerzas.  No se lo voy a poner fácil, caballero, y le prometo que le haré daño.

Pero mientras hablaba sentía cómo las fuerzas le iban abandonando.  Estaba empezando a derrumbarse.  Unas lágrimas gruesas, que no llegaron a caer, asomaron por sus ojos estrechos.  La expresión del joven extraño cambió de pronto, pasando de tener un aire algo burlón a reflejar una sincera compasión.

—François, no debe preocuparse, se lo digo de verdad.  No estoy aquí para hacerle ningún daño, sino todo lo contrario.

El joven torció la mirada, como si de pronto estuviera escuchando algo extraño.  Como si alguien invisible le estuviera diciendo algo.  El anciano comenzó a sentir pavor, y lo observó acercarse hacia él.

—Señor Demachier, lo único que quiero es que no conduzca usted a Caen durante el día de hoy.  Si lo hace, sufrirá un accidente, se lo prometo —y el joven agarró los brazos del anciano con fuerza—.  Mi única pretensión es salvarle la vida.  Ya sé que es difícil de creer, pero le ruego que confíe en mí.  No venga conmigo si no quiere, quédese en casa, pero no salga en coche.  Es lo único que tiene que hacer.

Todo el cuerpo de Demachier, cada una de sus células, le pedían que huyera de allí inmediatamente.  Sintió que ya no tenía nada que perder, y eso le confirió algo de valentía:

—Lo lamento, señor, pero ahora voy a irme —dijo, y se atrevió a zafarse con un gesto seco—.  Voy a coger mi coche y voy a conducir hasta Caen, lo quiera usted o no.  He recorrido esa carretera miles de veces y no creo que vaya a sufrir ningún accidente.  Y menos porque usted lo diga.  Y ahora, le ruego que se marche.

Michelle Petit —o como quiera que se llamara ese individuo— observó a Demachier un segundo, y sin decir nada más salió por la puerta de la cocina y se alejó por el jardín.  Al llegar al seto que separaba su casa de la calle, lo saltó con gran facilidad y siguió caminando, sin volverse.  François se acercó a la puerta de la cocina e inmediatamente la cerró echando el pestillo.  Luego se encaminó con rapidez a la puerta principal e hizo lo mismo, cogió las llaves del coche al vuelo desde el colgador de la pared mientras se dirigía al garaje, al que se entraba accediendo desde otra puerta de la cocina, y se metió en el coche, bajando la cerradura al sentarse dentro.  Con el mando a distancia, abrió la lenta persiana de salida.  Esa era la peor parte: la silueta amenazadora de aquel demente podía aparecer en cualquier momento recortándose a la luz del día.  Pero no ocurrió.  Si hubiera sido así, Demachier ya había arrancado y estaba dispuesto a huir llevándoselo por delante.  Cuando el coche enfilaba la calle principal, sonó el teléfono.  Desafortunadamente, el aparato que permitía hablar a través de los altavoces descolgaba automáticamente, por lo que no tuvo más remedio que escuchar la voz de Petit, que era el que llamaba, con su tono terroríficamente tranquilo:

—Por lo menos vaya despacio, François…

Con la piel erizada, intentó cortar la comunicación, pero tras apretar el botón correspondiente el teléfono seguía conectado.

—Si me hace caso, aún puede salvar su vida, así que le pido que esté tranquilo y me escuche: en la mitad de la recta, en el árbol que hay junto al cruce de Vuillon Les-Buissons, vaya muy despacio.  Verá que una furgoneta viene de frente.  Antes de que vayan a encontrarse, échese al arcén, por favor.

La voz calló, aunque Demachier comprobó en la pantalla del aparato que la llamada seguía activa.  Enfiló la recta que le llevaría a Caen.  En el coche, a pesar de la voz, se sentía a salvo de aquel hombre.

Al cabo de unos minutos, en los que hubo silencio, vislumbró la furgoneta.  Antes de que pudiera reaccionar la voz de Petit apareció de nuevo:

—Por favor, ahora vaya despacio y arrímese al arcén.  Hágalo ahora.

Pero el viejo François Demachier llevaba demasiados años llevando la contraria al mundo.  Una vez más, decidió que a él nadie le decía lo que tenía que hacer.  Obviamente, dedujo, el conductor de la furgoneta no era otro que Michelle Petit, que también le hablaba por teléfono.  Adelantando sin cuidado a tres ciclistas, agarró el volante con fuerza y siguió conduciendo.

—Le aseguro que voy a llegar a Caen en perfectas condiciones —dijo a voz en grito—, y si está conduciendo esa furgoneta, le sugiero que sea usted el que se tire al puñetero arcén.

Lo demás ocurrió de manera rápida e imprecisa.  Asustado por un insecto, el conductor de la furgoneta comenzó a dar volantazos, aunque no tan violentos como para salirse de su carril, y Demachier, al intentar evitarla, aceleró si querer.  Perdió el control, vio el árbol acercarse a toda velocidad y soltó el volante, sintiendo que estaba perdido.  Pero unos instantes antes de estrellarse, algo sin forma salió del asiento de atrás del vehículo, le soltó el cinturón de seguridad de un golpe en el anclaje, le agarró por las axilas y arrastrándolo por entre los dos asientos delanteros de un fuerte tirón, salió de un poderoso salto por el cristal de atrás, que se rompió en mil pedazos, llevándose a Demachier consigo.  El anciano contempló desde el aire cómo su coche se estrellaba contra el árbol y luego cayó de espaldas, aunque quien le había agarrado por las axilas, que él no veía, acolchonó el golpe.  Escuchó un quejido de dolor cuando chocaron contra el suelo y le pareció que se trataba de la voz de Michelle Petit.  Luego perdió el conocimiento.

Ahora que había recordado todo lo ocurrido, el profesor, se sentía más viejo que nunca.  Arrodillado en el suelo, lleno de polvo, con la melenita gris revuelta y una leve herida en la mejilla, se volvió hacia su salvador, que le acababa de hablar por primera vez tras el accidente, diciéndole aquello sobre la ineludible cita con la muerte.

—Soy solo un viejo.  ¿Por qué me ha salvado?

El misterioso hombre joven, sentado en el suelo y con los brazos sobre las rodillas, se quedó mirando al ingeniero con curiosidad.  A pesar del golpe recibido, seguía igual: limpio, peinado, vestido con sus vaqueros, su polo beige, el reloj con ostentosa correa de metal.  Pero su mirada era más profunda.  Estaba claro que le dolía, donde quiera que hubiera recibido el golpe.  No le respondió.  Parecía estar escuchando otras voces.

De pronto un perro negro, un labrador, apareció junto al profesor.  Ambos, animal y humano, se sobresaltaron, y el can, dando un salto hacia atrás, comenzó a ladrar con fuerza.  Al instante, Michelle Petit reaccionó con agilidad y se arrodilló frente al perro para intentar calmarlo, dejando que olisqueara su mano y hablándole con suavidad. 

— ¡Calla, perrito, calla! —le decía en susurros—

Pero ya era tarde; los gendarmes habían escuchado los ladridos y se acercaban oteando entre las plantas, sorteando hojas, al lugar de donde procedían.  Demachier se incorporó, y al hacerlo trastabilló un poco, pero enseguida su calva pequeña y arrugada sobresalió un poco entre los maizales.

— ¡Allí hay alguien! —decía uno de los gendarmes, señalando hacia la cabecita.

Dejando al abogado atrás, Demachier comenzó a caminar despacio hacia ellos, con las manos por delante para no caer, como un verdadero anciano.  Al encontrarle, los dos gendarmes pararon en seco, y uno de ellos miró hacia a atrás: estaban a más de diez metros del accidente.

— ¿Está usted bien? —preguntó el otro al ver el estado del hombre, y sin imaginar que era precisamente el cadáver que estaban buscando—

Demachier se volvió señalando con el dedo.

—Yo estaba dentro del coche, él me ha salvado…

Los gendarmes miraron hacia donde señalaba el anciano.  Un perro negro, un simpático labrador, meneaba el rabo y jadeaba con la lengua fuera.  Al ver que le hacían caso estiró las patas delanteras y se alongó sobre ellas en actitud juguetona.  Era un perro joven.

 Camuflado con su traje inteligente, Hanson había abandonado su apariencia de Michelle Petit y observaba la escena.  Le dolía mucho la espalda, pero aún tenía por delante tiempo para recuperarse del golpe y descansar antes del viaje de regreso.

—Esto deja bastantes flecos sueltos —dijo Olí, que se había quedado en el campamento, y cuya voz sonaba en el oído de Hanson—.

—Aún podría confundirle un poco e intentar que olvidara cómo ha llegado hasta aquí —susurró Hanson como respuesta—, pero no estoy seguro de poder hacerlo en tan poco tiempo.

—Deberías intentarlo —le dijo Olí—.  A no ser que este paisaje tan aburrido te haya cautivado tanto que quieras volver, claro.  Contigo, me espero cualquier cosa.

—Este paisaje es bonito —replicó Hanson—.  Lo dices en ese tono porque aún estás enfadado conmigo por lo de París, no creas que no lo sé.

—No estoy enfadado —le dijo Olí—.  Yo no me puedo enfadar, a no ser que quiera hacerlo.  Y no quiero hacerlo, aunque motivos no me faltan.

—Olí, por favor, no volvamos a la discusión de siempre.  Me molesta mucho la espalda.  ¿Cómo la tengo?

—La tienes bien, o por lo menos mejor que hace un rato.  El picor que sientes es porque el traje inteligente está trabajando con mucha urgencia para arreglártela, no te preocupes.  ¿Necesitas que te programe algo para el viejo profesor, o te las arreglas?

Hanson permanecía agachado, a pocos metros de donde Demachier y los gendarmes caminaban hacia la ambulancia.  El perro les seguía los pasos, olfateando allí donde habían pisado.  Tras pensarlo unos segundos, le dijo a su compañero:

—Yo creo que este chucho nos va a solucionar la papeleta.  ¿Podremos lograr que se haga amigo del cascarrabias?

Olí guardó un instante de silencio y dio su respuesta:

—Ya veo tus intenciones.  Puede ser, si consigues algo que huela mucho a él.

Hanson se deslizó entre las plantas, para adelantarles antes de que llegaran a la carretera.  Mientras lo hacía, su aspecto comenzó a cambiar súbitamente: en su pecho comenzó a dibujarse una forma de color amarillo, y sus piernas a envolverse en un pantalón blanco.

El camión de bomberos estaba llegando con la sirena en silencio.  El inspector esperaba en medio de la carretera a que se detuviera y observaba curioso la llegada de los gendarmes y el anciano desde los cultivos.  En la acera opuesta al coche accidentado, el conductor de la camioneta hablaba con la médica y la enfermera que le habían mirado los golpes.  No estaba grave, aunque eso Hanson ya lo sabía: excepto por la ausencia de un anciano muerto, el resto del accidente se había desarrollado como estaba previsto. 

Antes de que Demachier y los gendarmes salieran del maizal, un joven alto, con una calva prominente y pelo negro sobre las orejas surgió ante ellos.  Llevaba el chaleco reflectante del servicio de emergencias, y aunque había salido de entre las plantas su aspecto indicaba que pertenecía al equipo que había llegado en la ambulancia.

— ¿Este hombre está herido? —preguntó mientras se acercaba y le cogía una mano.  El pobre Demachier parecía haber envejecido varios años en un momento—

—No sabemos quién es, estaba perdido en la plantación.  Parece desorientado —dijo uno de los gendarmes que acompañaba a Demachier—.

— ¿Desorientado? Este hombre tiene aspecto de estar en shock —con mano experta, el sanitario recién aparecido le bajó con el pulgar la parte inferior de un ojo, mientras le extraía con disimulo un pañuelo del bolsillo del pantalón y lo escondía cerrando el puño.

— ¿Quién es usted? —musitó Demachier, que pareció reconocer la mirada del sanitario.

—Llévenlo a la ambulancia para que lo reconozcan, si son tan amables —dijo con rapidez el extraño enfermero—.  No sé quién es, pero parece que ha sufrido un shock muy fuerte, quizás sea el conductor del vehículo destrozado.

Los gendarmes se apresuraron a ayudar al viejo a cruzar la carretera.  Mientras, el médico desaparecía entre las plantas, cogiendo al perro del pescuezo con suavidad antes de que saliera en pos de sus nuevos amigos.

—Debes ponerte el guante —le dijo Olí mientras Hanson se agachaba entre los maizales—.

De pronto, el pelo negro que rodeaba su calva desapareció y su chaleco reflectante, junto al resto de su ropa, se tornaron de color verde mate que lo camufló entre los tallos.  Jugando, el perro intentaba lamerle la cara.  Hanson sacó del extremo de la manga de su traje un guante muy fino, que se enfundó con facilidad entre los dedos.

—Espera perrito, espera, huele esto bien—, dijo Hanson, poniendo el pañuelo robado sobre su hocico y procurando que la mano enguantada cubriera bien toda la cara del perro.

El animal olisqueó el pañuelo con un sonido ronco, y al cabo de unos instantes un reflejo de inteligencia canina brilló en sus ojos, haciéndole salir disparado hacia la carretera.  Entre los tallos, Hanson observó cómo se dirigía directamente hacia Demachier y se encaramaba a sus piernas, intentando llamar su atención.

— ¡Qué perro tan bonito! —Decía la enfermera— ¿Es suyo?

Demachier estaba confuso.  Miraba al animal con sorpresa.

—Este hombre dice que es el conductor del coche, y que el perro le ha salvado la vida —dijo uno de los gendarmes, mientras se quitaba el gorro y pasaba la mano por la cabeza—

Todos miraron al perro sorprendidos.  El labrador, con el rabo tieso y el hocico en alto, parecía tan sorprendido como el resto.

— ¿Era usted el que conducía el vehículo? —Preguntó la enfermera de la ambulancia—

Demachier se volvió hacia la plantación de maíz.  Luego hacia el perro.  Se preguntó si todo lo que había creído vivir los últimos días con aquel extraño personaje no habría sido más que una alucinación soñada durante el tiempo que había estado sin sentido.

—Pues sí, ese es mi coche, pero no recuerdo nada... no sé qué ha ocurrido.

Evidentemente, el gendarme más hablador tenía muchas ganas de que allí hubiera ocurrido una historia que poder contar en las tertulias, por lo que dijo:

—Sin duda, este perro es un héroe.  Ha logrado sacar al conductor ileso del accidente.

Camuflado entre las plantas, Hanson observaba la escena.  Olí, que no estaba allí, veía lo que estaba ocurriendo a través de los ojos de su compañero.

—El olor del pañuelo se ha mezclado con las feromonas que he preparado en tu traje —le explicaba Olí a Hanson mientras todo aquello ocurría—.  Con la mezcla de aromas que le hemos metido al animal, yo creo que ese perro ya no se separará nunca del viejo.

—Pues entonces ya hemos terminado lo que teníamos que hacer aquí.  Lo demás, se explicará solo.  Mejor no seguir inmiscuyéndonos.

Diciendo esto, Hanson extrajo una fina capucha de la parte de atrás del cuello.  Cuando se cubrió la cabeza, las plantas de alrededor parecieron ceñirse sobre él, haciéndolo desaparecer.  Con una leve vibración en la luz que lo rodeaba, Hanson comenzó a caminar en dirección oeste.  Para llegar hasta el campamento le quedaban más de seis horas de caminata hasta Port-en-Bessin-Huppain y luego debía esperar a que oscureciera.  Por la noche podría llegar hasta las rocas donde permanecían escondidos Olí y el equipaje.

Los dos días que hubieron de permanecer ocultos hasta la llegada del solsticio de verano los pasaron en calma.  A Olí no le importaba permanecer en silencio, aunque nunca rehuía una buena conversación.  Hanson, asimismo, prefería no hablar mucho en esos días de obligada espera.  Los seis meses que llevaban viviendo en la Tierra habían sido intensos, y esa última semana intentando salvar la vida de François Demachier le habían dejado exhausto, además de con la espalda fuertemente contusionada.  Durante las largas horas de espera, de vez en cuando alguno de los dos expresaba al otro sus pensamientos, si quizás recordaban algo de lo que les había ocurrido durante la misión, o tenían reflexiones que compartir. 

—El profesor me preguntó por qué le estaba salvando la vida.  Es una buena pregunta, ¿no crees? —Reflexionaba Hanson, sentado en la postura del loto sobre una pequeña extensión de hierba—.  “Soy solo un viejo  ¿Por qué me ha salvado?”, me dijo.  Es fascinante.

—El hombre tenía la sensación de que él ya no merecía tanto esfuerzo, que no iba a aportar nada más a la vida —respondió Olí, y su voz se escuchaba en el aire procedente de todas partes—.  Es normal que se sorprendiera, supongo, habiendo tanta gente más joven que muere sin razón aparente.

— ¿Y realmente era importante? —Siguió meditando Hanson—.  Quiero decir, lo que hemos hecho estos meses en París y ahora salvando la vida de este hombre, ¿para qué era?

No hubo respuesta.  Era la pregunta retórica que Hanson se hacía cada vez que terminaba una misión y permanecían ocultos al mundo, esperando el siguiente momento de ser transportados a La Ciudad.

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  • Wow... me gusta mucho. Escribes muy parecido a los grandes maestros del norte: King, Koonts, o hasta Hemingway. Me gustó, muy moderno. Necesito leer este tipo de relatos para que los míos adquieran ese toque del siglo 21. Me he perdido en la narrativa extensa de García Marquez y mis relatos, aunque cortos, son demasiado descrptivos. Muy bueno, espero ver más de esto.
  • La segunda parte del capítulo 2 de la novela "Destiempo", que puedes encontrar en Amazon (http://amzn.to/1P6ZoyI). Hemos ya conocido a Hanson y Olí, Agentes de La Ciudad, y a Aurora, quien junto a su ayudante humanoide Sasha posee un secreto que cambiará el curso de la Humanidad. Pero no nos distraigamos: una importante reunión está a punto de comenzar, y en ella se desvelarán secretos inquietantes...

    En el segundo capítulo, que he dividido en dos partes, Hanson y Olí regresan al lugar de donde proceden, La Ciudad. Una esfera hueca y hermética, cuya vida se desarrolla en su cara interior, y que navega por una dimensión ajena al espacio y el tiempo. Allí conoceremos a Aurora, otro personaje clave en esta novela. Si quieres saber más sobre "Destiempo", puedes visitar la página de la novela, www.riodeluz.es

    La novela "Destiempo" está compuesta de 18 capítulos. Cada uno de ellos narra una historia que puede leerse por separado, pero juntos forman una historia épica, adictiva y emocionante sobre la época en que las inteligencias artificiales y humanas comienzan a convivir. En este primer episodio conoceremos a dos de sus protagonistas, Hanson y Olí. Puedes obtener la novela completa en www.riodeluz.es

La intención original de la novela “Destiempo” es elaborar una trilogía, de la que aquí se presenta su primera parte, que narre en clave de novela la historia futura de la humanidad en uno de sus momentos más trascendentales: el que traspasa la frontera entre el ser humano y el post-humano; la época que va a definir cómo va a ser el Hombre en los próximos siglos, debido al cambio radical que la tecnología va a producir en todos los aspectos de nuestra existencia.

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