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20 min
DESTIEMPO, CAPÍTULO 2 (II)
Ciencia Ficción |
07.03.15
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Sinopsis

La segunda parte del capítulo 2 de la novela "Destiempo", que puedes encontrar en Amazon (http://amzn.to/1P6ZoyI). Hemos ya conocido a Hanson y Olí, Agentes de La Ciudad, y a Aurora, quien junto a su ayudante humanoide Sasha posee un secreto que cambiará el curso de la Humanidad. Pero no nos distraigamos: una importante reunión está a punto de comenzar, y en ella se desvelarán secretos inquietantes...

DESTIEMPO, CAPÍTULO 2 (II)

Hanson no quiso desayunar mucho, a pesar de que tenía hambre atrasada.  Durante las misiones comía poco, aunque llevaba siempre provisiones suficientes, pues su sistema digestivo no estaba habituado a los burdos alimentos de principios del siglo veintiuno.  Siempre regresaba con bastantes menos volumen, pues él mismo se imponía ayuno para mantenerse concentrado.  Prefirió seguir así, con hambre pero alerta, porque era consciente de que en pocos minutos iba a estar delante de Dend, el Gran Consejero.  Un hombre de aspecto indefinido, aparentemente inmortal, procedente de una época que ya nunca había sido, fabricado sobre sí mismo una y otra vez de tal forma que ya era más energía que cuerpo; responsable de las decisiones que rehacían las urdimbres de la Historia de la Tierra, y cabeza visible de los entresijos y quehaceres de aquella esfera situada fuera de la corriente imparable del tiempo, que era La Ciudad, pero a su vez a las órdenes de otros seres aún más lejanos e incomprensibles, a los que todos debían su existencia.

Junto a él, ejecutando su voluntad indiscutida, los Cuatro Consejeros, entre los que se contaba Aurora.  Elegidos por Dend cuando alguno de ellos decidía dejar el cargo, fallecía —algo que nunca había ocurrido hasta el momento— u optaba por trascender a la mente de La Ciudad, buscaban la manera de realizar el gran plan de salvar al ser humano de sí mismo. Cada uno de ellos dirigía una de las cuatro grandes secciones en que se organizaba La Ciudad: Análisis, Estrategia, Acción y Soporte.

Así pues, Hanson iba a hacer frente a los cinco personajes más importantes de La Ciudad.  El hecho de que Aurora fuera uno de ellos no le consolaba demasiado: sabía cómo se las gastaba cuando estaba trabajando.  Y tampoco se sentía especialmente halagado por la deferencia de ser él, y no alguno de los otros agentes el elegido para esa reunión: nadie discutía que su labor era la más relevante de todas, puesto que la época en la que él trabajaba era la más temprana a la que se podía acceder, y sus misiones repercutían sobre la historia de todas las demás.  Si estaba convocado, con toda seguridad era porque le iba a tocar regresar pronto a la Tierra.

Tras el ejercicio se dirigió al comedor y se sirvió un desayuno ligero.  Como vio que Aurora y Sasha se habían apartado a un rincón y hablaban de sus asuntos animadamente, decidió unirse a otro mentidero y aprovechar para relatar las anécdotas de lo vivido en Francia durante su misión, aunque no pudo contactar con Olí para que les mostrara imágenes del París ni del norte de Francia.  Supuso que estaría en alguna parte dentro de la gran mente de La Ciudad, terminando todos los informes por él. 

Al cabo de un rato de tertulia y desayuno se dirigió a su apartamento. También fue caminando, puesto que le sobraba tiempo para hacerlo y Hanson adoraba deambular por las calles contemplando el espacio cerrado que escalaba cualquier horizonte.  Le hacía sentirse protegido.  Algunos vehículos, dibujando lejanas líneas circulares, sobrevolaban las zonas destinadas al tráfico; en los segmentos vegetales, grandes máquinas, pequeñas a la vista desde donde Hanson observaba, se dedicaban al cuidado y recolección de los alimentos, o al mantenimiento de la vegetación destinada a renovar la atmósfera. Se sintió de nuevo en casa, pues en la Tierra Hanson no existía, siempre debía ser otro, su verdadero yo se tornaba invisible.  Mientras contemplaba el paisaje recordó que Olí también estaba convocado a la reunión y no había tenido noticias de él desde que desembarcaran.  Rozó la yema de sus dedos para activar el comunicador.

—Olí, si sigues enfadado porque no visitamos el Louvre durante la misión, definitivamente pensaré que eres una conciencia con tendencias un poco mariquitas.  Pero sabes que a mí no me importa.

Su compañero, desde donde fuera que se encontrara, se tomó medio segundo antes de contestar.

—Hanson, estás cometiendo con ese comentario varios errores de bulto.  En primer lugar, presupones que pertenezco al género masculino.  También das a entender que entre tú y yo existe una relación que rebasa la amistad, algo del todo imposible dado que no podríamos tener relaciones sexuales, al carecer yo de los atributos físicos necesarios. Después de eso sugieres que en esa supuesta relación yo me he mostrado, digamos, mimoso, al reprocharte que no hayamos ido a visitar el Louvre en nuestra misión. Ya es especialmente decepcionante que consideres unas vacaciones los días que acabamos de pasar juntos en Francia, dada la importancia de nuestras acciones allí, pero con esas premisas tan absurdas, además concluyes que soy un hombre con una actitud que podría tildarse de femenina, si nos ceñimos a los modelos y valores de la época que acabamos de abandonar.  Pues bien, querido amigo —y aquí Olí suspiró levemente, como indicando hartazgo— en este punto he de recordarte que no tengo género; que si adopto voz masculina cuando me comunico contigo es porque es mejor para cumplir tus propósitos, ya que si adopto un rol femenino te conviertes en un agente menos eficaz, y que es imperdonable que no hubiéramos ido a visitar el Louvre. Bien sabes que muchas de las obras expuestas se perdieron poco tiempo después de esa época.

Hanson reía mientras escuchaba la perorata pretendidamente recargada de su amigo.

—Y bien sabes tú cuantas más se han perdido a lo largo de los siglos, algunas de ellas mucho más valiosas —le respondió—.  Pero no nos podemos permitir arriesgarnos a hacer algo que pueda interferir en el discurso natural de la Historia, Olí. Nuestro aliado es la inexistencia, estar sin estar, no dejar huellas donde pisamos. Nada puede asegurarnos que una visita a un museo, o cualquier otra acción que no hayamos preparado al detalle, no provoque una reacción en cadena que nos traiga más quebraderos de cabeza de los que ya tenemos ahí fuera.

—Lo sé, amigo mío, lo sé. Mi respuesta solo quería ser una ironía en contraposición a tu comentario, tan netamente humano, sobre la sexualidad de todas las cosas.

— ¿Dónde estás? —El hombre estaba llegando a su apartamento— Me imagino que ya habrás hecho todo el papeleo por mí, como siempre.

—Como siempre.  Sasha dio el informe por válido, aunque me llamó la atención que no se interesara por los detalles del salvamento de Demachier.  Aunque sabes cuánto detesto la improvisación, tu idea del perro, así como mi elaboración de las feromonas adecuadas para convertirlo en el fiel amigo del viejo, fueron impecables. Y más teniendo en cuenta que apenas nos dio tiempo para preparar el terreno.  Quizás deberíamos elevar una queja a los Consejeros al respecto, aprovechando la oportunidad que se nos brinda.

—Olí, lo mejor será no tocar ese tema a no ser que alguno de ellos lo saque a colación.  No sabemos en qué consisten esas reuniones secretas, y eso hace que todo esté rodeado de misterio.  Y dime, ¿vendrás conmigo al Edificio del Consejo o te presentarás allí directamente con alguno de tus uniformes sexis?

 —Hoy voy a sorprenderte. Te espero en tu apartamento.

Cuando Hanson llegó por fin a su apartamento, se encontró con que Olí había adoptado la apariencia humanoide característica de los que habitualmente se fabricaron en la Tierra durante principios del siglo veintidós: cuerpo de proporciones humanas pero de material metaloplástico, con una textura suave al tacto y de apariencia semitransparente, sobre un esqueleto blanco, de formas redondeadas y elegantes bajo el que se encontraban los elementos biomecánicos que movían todo el organismo.  El rostro, inexpresivo en la versión que Olí había decidido habitar para la reunión, tenía facciones suaves y amables, con ojos apagados de color negro, carentes de parte esclerótica o blanca y dos pequeños salientes abombados en los laterales del cráneo en lugar de orejas.  Las conciencias autónomas que eventualmente ocupaban cuerpos de humanoide, o decidían habitar un soporte físico para poder interactuar con los seres humanos, habitualmente no llevaban ropa, de la misma manera que los hombres y mujeres de La Ciudad vestían solamente su traje inteligente, por lo general ajustado al cuerpo.  Exceptuando a Sasha, que reconocía sin prejuicios su gusto por aparentar ser un humano, ver un cuerpo de humanoide con algo de ropa casi siempre era señal de que quien lo habitara en ese momento se dirigía a un evento social o quizás estaba atravesando una transitoria crisis de identidad.  Al fin y al cabo, las conciencias autónomas eran mucho más que simples programas: eran un complejísimo compendio de procesos que formaban una conciencia, bien capaz de existir en el interior de la mente de La Ciudad como una personalidad independiente, o bien adaptada a los circuitos de los aparatos que el departamento de Estrategia iba ingeniando según fuera necesario.  Para seguir con la broma que había comenzado su compañero, Olí había decidido vestir una túnica corta de color rojo, que le colgaba desde los hombros hasta un poco más abajo de la cintura y estaba fabricada con tela traslúcida.  Sin lugar a dudas, los muchos años de convivencia entre la conciencia incorpórea y el muy consistente humano habían logrado que fueran perfectamente complementarios, por lo que Hanson no pudo evitar soltar una carcajada al entrar en su apartamento y encontrarse a un robot recostado sobre su cama, ataviado con esa túnica y dando palmaditas sobre el colchón como una amante juguetona, después de la conversación  que habían tenido unos segundos antes.

—Olí, reconozco que estoy nervioso —le dijo mientras observaba la extravagante escena—.   Te agradezco tu sentido del humor.

—Se detecta tensión en todas las formas de vida de La Ciudad, sin duda —respondió Olí—.  Que seamos protagonistas del origen de la misma no deja de ser inquietante y halagador al mismo tiempo.  La última vez que se produjo este acontecimiento fue hace más de trescientos años, antes de que tú nacieras —Olí le comenzó a dar un tono de cuento de misterio a su voz—.  Y por cierto que no se ha sabido jamás la causa ni el efecto de aquella reunión, por lo que es posible que hoy ocurra lo mismo, y seamos partícipes de un secreto que se guarda bajo siete llaves. —Hizo una teatral pausa valorativa y levantó un brazo lánguidamente— Como siete seremos los asistentes.

Sonriendo por la actuación de su amigo, Hanson se dirigió a una sala donde poder guardar su traje inteligente, que estaba prohibido llevar a esa convocatoria, y vestirse adecuadamente para la ocasión.

El Edificio del Consejo quedaba a tres kilómetros del apartamento si iban caminando, por lo que se montaron en el vehículo que Hanson había solicitado al mayordomo a su llegada de la Tierra.  En contra de lo que pudiera pensarse, el Edificio Principal del Consejo era tan sencillo como cualquier otro en La Ciudad.  Su Sala de Reuniones tenía las paredes blancas, una mesa rectangular rodeada de sillas flotantes en el centro, otra mesa auxiliar vacía con una silla en un rincón y un mueble con algunos paneles de control muy discretos en la esquina opuesta a la entrada.   Pero, también al igual que el resto de todo lo que existía dentro de La Ciudad, la apariencia externa era lo menos importante.  Con un solo pensamiento bien dirigido, la simbiosis que existía entre todos los elementos que la componían y las mentes de sus habitantes lograba que los entornos cambiaran para adaptarse a los deseos de cada uno, representando los escenarios que se antojaran.  Por lo general, se trataba de una característica más útil para explicar escenarios  o sucesos vividos en la Tierra que para el solaz de los congregados, y en realidad era sumamente extraña una reunión en la que todos los asistentes estuvieran presentes en la misma sala.  Lo normal era que cada uno atendiera sus asuntos, y si su presencia era requerida por cualquier otra entidad, las distancias eran lo menos importante, teniendo en cuenta la ubicuidad de las conciencias autónomas y la capacidad de las paredes de representar lo que cada uno quisiera, incluyendo la imagen del interlocutor por muy lejos que se encontrara.  La Ciudad se encargaba de satisfacer las necesidades de sus habitantes con eficacia y sabiduría.   Todos se sentían conectados con ella, como quien sabe que tiene órganos en el interior de su cuerpo aunque no los vea, realizando sus propias  funciones cuando es necesario.

Por eso una reunión en presencia física era tan excepcional.  Dejaba claro que lo que allí se dijera era tan importante, o tan desastroso, que sólo los responsables de ese lugar podían conocer su contenido.   Sin duda, como había dicho Olí, la inquietud reinaba en la mente de los Ciudadanos

Los cuatro Consejeros ya estaban aguardando en la puerta de la Sala de Reuniones, aunque no se veía a Dend.  Todos vestían de gris plata, el color oficial de los mandatarios, y ninguno de ellos se había olvidado de quitarse el traje inteligente.  Al llegar Hanson y Olí, los Consejeros los saludaron brevemente y entraron en la sala.  Aurora entró la primera y sin mirar a su amigo, lo que le molestó un poco.  Resultó que Dend, el Gran Consejero, ya estaba dentro.  Nadie lo había visto llegar.

—Comencemos —dijo cuando todos ya estaban tomando asiento.  La voz de Dend era profunda y amable, mas no así su aspecto que resultaba confuso, ininteligible.  Un ruido, o una ausencia del mismo, les indicó que la sala estaba sellada y los que estaban dentro, totalmente aislados del exterior.  No había imágenes en las paredes, sólo una luz blanquecina que procedía de todas partes y apenas proyectaba sombras en los rostros serios de los congregados.  Dend ya estaba ubicado (Hanson no pudo definir si sentado, de pie o flotando) en un extremo de la mesa alargada.  El resto de los Consejeros se sentó en fila a su izquierda, en el orden establecido.  Cuando Hanson se acercó al lado opuesto de la mesa, se iluminó levemente la silla donde se debía sentar: a la derecha del Gran Consejero, pero no a su lado, sino dejando libres las dos primeras plazas y quedando así solo frente a todos los Consejeros.  Eso no le pareció un buen comienzo.  Como no existía un protocolo para las conciencias autónomas en esos casos, puesto que ninguna había ocupado nunca un puesto de Consejero ni había sido convocada a una reunión de esas características, Olí, que en ese momento parecía más un asistente robótico que un Agente, a causa de la indumentaria que había elegido, permaneció de pie junto a la pared donde había estado la puerta que ahora había desaparecido.  Hanson le lanzó una mirada de súplica y, comprendiendo la situación —algo que manifestaba la aguda inteligencia de la mente incorpórea, que estaba acostumbrada a no tener cuerpo—, se sentó junto a él.  Los rostros de los cuatro Consejeros, tres hombres y una mujer, Aurora, estaban serios.  Al no llevar consigo ningún objeto, mantenían las manos sobre la mesa mirando la figura luminosa de Dend.  Cuando ya todos estuvieron sentados, Hanson sintió la imperiosa necesidad de provocar un cambio en aquel ambiente que le estaba poniendo tan nervioso.   Sabía que no era correcto, que había que esperar a que Dend comenzara, pero también sabía que todos los allí presentes conocían su carácter, y a nadie le sorprendería si hacía un comentario vacuo que relajara tanta tensión.  Cuando estaba a punto de abrir la boca, Dend se le adelantó.

—Antes de que el agente Hanson intente relajarnos a todos con alguna de sus frases célebres, dejadme agradecer vuestra presencia en esta sala.  Sabéis bien que lo que aquí se diga hoy es y será secreto que solo nosotros conoceremos, y que así deberá permanecer mientras existamos. 

Dend hizo una pausa, aunque nadie se movió.

—Los Cuatro Consejeros ya conocen por encima el motivo de esta reunión —continuó—, puesto que algunos estaban aquí cuando se celebró una por motivos similares hace trescientos treinta años menos diez días, si contabilizamos el tiempo tal y como se hace en la Tierra.  Se trata de un asunto grave, peligroso y muy importante para todos, pero aún así, voy a intentar comenzar esta reunión expresándome con palabras solamente, en honor a quienes somos, al lugar del que procedemos y al que servimos.  Lo haré con la mayor precisión y síntesis que pueda, aunque después dejaré que sea la propia experiencia sensorial que he traído la que explique por sí misma la situación.

El lenguaje con palabras, sin el apoyo de imágenes que flotasen en la sala ni la proyección en las mentes de intenciones que explicaran la profundidad de las ideas resultaba tosco para todos los allí presentes, acostumbrados a comunicarse entre sí de una manera mucho más plena; pero sin embargo era una costumbre que se practicaba entre los habitantes de La Ciudad cada vez que comenzaba un acontecimiento especial.  Hablar solo con sonidos, expresarse tal y como los hombres lo habían hecho a lo largo de su peregrinar por la Historia, les hacía recordar qué eran: humanos, mortales, limitados.  Los habitantes de La Ciudad estaban fuera de aquel contexto, no existían para los hombres y mujeres que pasaban por la Tierra, pero sin embargo formaban parte de su devenir.  Y al escuchar las palabras de Dend, que procedía de una época tardía de la Historia de los hombres, cientos de años después del nacimiento de Hanson; al escuchar hablar a un ser de aspecto tan diferente, tan evolucionado que el agente apenas era capaz de comprender lo que veía, les ponía en su sitio, les convertía en iguales al resto del género humano, fuera cual fuese su tiempo.  Todos los humanos estaban allí por deseo de unos seres que desconocían, pero que de alguna manera les habían elegido para modelar la Historia del hombre.  El mayor o menor parecido a un homínido era solo una cuestión de haber nacido antes o después en el tiempo.  Los Cuatro Consejeros guardaban silencio.  Hanson miraba fijamente a Aurora, intentando adivinar qué se le estaba pasando por la cabeza en ese momento, pero ella solo esperaba, la mirada fija en sus propias manos sobre la mesa, y un pequeño tic en una pierna.  Por instinto, el Agente sintió que Dend le estaba observando.

—Hanson —continuó diciendo el Gran Consejero—, llevas mucho tiempo con nosotros.  Llegaste siendo un recién nacido procedente de Sudamérica y aquí has crecido, has sido educado y llegaste a ser el primer Agente humano que realizó una misión en la Tierra, la más importante de cuantas hemos realizado en nuestra historia.  Lo cierto es que cuando se te rescató del lugar donde te abandonaron ya sabíamos que tenías las características que La Ciudad precisaba.  Como muchos de los que llegamos hasta aquí, fuiste el final de una búsqueda larga y compleja, que requirió mucho tiempo y recursos.  Pero te encontramos, y contigo comenzó también la gran tarea que estamos llevando a cabo.  Gracias a ello, logramos enderezar los graves errores que la propia humanidad cometió en un momento, afortunadamente, ya olvidado.  Bien sabemos que no somos infalibles, que no somos dioses, aunque a ojos de los hombres pudiéramos parecerlo si supieran que existimos.  Y ahora nos hemos encontrado con algo que pone en peligro la continuidad de nuestra labor e incluso nuestra propia vida, y también el futuro de los hombres.  Estás aquí para comprender el objetivo de tu próxima misión, y llevarla a cabo lo antes posible.

Las palabras de Dend lograban que quienes escuchaban lo hicieran con profundo respeto y reverencia.  Hizo una pausa, y las formas de las que estaba compuesto aquel ser cambiaron de aspecto. Su presencia tenía su voz un efecto casi hipnótico sobre ellos.  De pronto algo cambió en la mente de los Cuatro Consejeros y de Hanson.  Olí también movió levemente la cabeza de robot, confundido.  Ahora las palabras del Gran Consejero sonaban en el interior de sus mentes.  A Hanson le sorprendió: esperaba una reunión donde solo se comunicaran a través de la palabra hablada, pero no había tenido en cuenta que, de todos los allí presentes, Aurora y él eran los menos evolucionados.  El resto de los Consejeros habían nacido en épocas donde las modificaciones genéticas se efectuaban antes del nacimiento y para ellos resultaba natural entablar contacto mental.  Como todos sabían qué estaba a punto de ocurrir, se prepararon para la experiencia.

—En muy contadas ocasiones —escucharon a Dend—, el Departamento de Análisis descubre singularidades entre los seres humanos, que son tan peligrosas como inesperadas.  Se trata de personas a quienes no afectan los cambios que nosotros provocamos en la Historia o que poseen unas cualidades extraordinarias, capaces de anular por completo todos nuestros esfuerzos.  Cada una de ellas tiene sus peculiaridades, y no sabemos cuántas son ni dónde o cuándo aparecerán; ignoramos si existe un patrón para su existencia, o si llegan a la vida por algún motivo.  Su aparición, hasta el momento, es un misterio que no hemos podido desvelar. Recientemente se ha descubierto a uno, seguramente el más sorprendente de cuantos hayamos visto.  Hemos logrado capturar una secuencia muy interesante de su vida, y también de la vida de su padre.

Dend no dijo más, y todos los allí presentes sintieron cómo sus mentes se diluían para fundirse en las de otras personas.

FIN DEL CAPÍTULO 2

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    En el segundo capítulo, que he dividido en dos partes, Hanson y Olí regresan al lugar de donde proceden, La Ciudad. Una esfera hueca y hermética, cuya vida se desarrolla en su cara interior, y que navega por una dimensión ajena al espacio y el tiempo. Allí conoceremos a Aurora, otro personaje clave en esta novela. Si quieres saber más sobre "Destiempo", puedes visitar la página de la novela, www.riodeluz.es

    La novela "Destiempo" está compuesta de 18 capítulos. Cada uno de ellos narra una historia que puede leerse por separado, pero juntos forman una historia épica, adictiva y emocionante sobre la época en que las inteligencias artificiales y humanas comienzan a convivir. En este primer episodio conoceremos a dos de sus protagonistas, Hanson y Olí. Puedes obtener la novela completa en www.riodeluz.es

La intención original de la novela “Destiempo” es elaborar una trilogía, de la que aquí se presenta su primera parte, que narre en clave de novela la historia futura de la humanidad en uno de sus momentos más trascendentales: el que traspasa la frontera entre el ser humano y el post-humano; la época que va a definir cómo va a ser el Hombre en los próximos siglos, debido al cambio radical que la tecnología va a producir en todos los aspectos de nuestra existencia.

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