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DESTIEMPO, CAPÍTULO 2 - LA CIUDAD (I)
Ciencia Ficción |
04.03.15
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Sinopsis

En el segundo capítulo, que he dividido en dos partes, Hanson y Olí regresan al lugar de donde proceden, La Ciudad. Una esfera hueca y hermética, cuya vida se desarrolla en su cara interior, y que navega por una dimensión ajena al espacio y el tiempo. Allí conoceremos a Aurora, otro personaje clave en esta novela. Si quieres saber más sobre "Destiempo", puedes visitar la página de la novela, www.riodeluz.es

RÍO DE LUZ, CAPÍTULO 2

LA CIUDAD (I)

 

  La noche del veinte al veintiuno de junio de aquel año dos mil cinco, a las cuatro de la madrugada, Hanson recogió el discreto campamento, metió a Olí en la mochila y los dos Agentes zarparon en su pequeño bote hacia alta mar.  Se alejaron varias millas de la costa a buena velocidad y en completo silencio.  A las seis horas y cuarenta y seis minutos, mientras el horizonte cambiaba del morado al bermellón esperando la llegada del sol, el fondo del mar se iluminó frente a la barca.  Ambos sabían que aquel no era un lugar seguro, con tanto tráfico de barcos en la zona, pero si no había imprevistos, en cinco minutos habrían desaparecido, como siempre sin dejar rastro.

Y así fue.  Tras la ráfaga de luz bajo el mar, de sus profundidades surgió lenta y silenciosamente una esfera oscura de cinco metros de diámetro, que permaneció con medio cuerpo en flotación mientras esperaba en plena oscuridad a que la pequeña barca y sus pasajeros se acercaran.  Se abrió una compuerta en silencio, se cerró con ellos dentro, y al momento la esfera se hundió sin hacer ruido.  Al cabo de unos segundos, una nueva ráfaga de luz iluminó el fondo.

Dentro de la esfera, y una vez el panel se hubo cerrado, reinaba la oscuridad.  No importaba; Hanson tenía la vista especialmente modificada para ver con un mínimo de luz, y pudo plegar la embarcación, recoger sus pocos enseres y entrar en el pequeño habitáculo que ocupaba el centro de la esfera sin problemas.  Para cuando hubo llegado allí ya se habían sumergido varias decenas de metros, pero eso él no lo notaba.  Lo que ocurriera en el exterior a partir de ese momento escapaba a su control.  Solo les quedaba esperar hasta la llegada a La Ciudad.  Dada la cantidad de energía necesaria para ese proceso ni siquiera podían tener luz, por lo que Hanson se tumbó en el catre y cerró los ojos.

—Te sugiero que comas algo antes de dormir —le dijo Olí, que seguía dentro de la mochila—.  Has adelgazado mucho en estos seis meses y debes ir recuperándote.  No sabemos cuándo habremos de partir de nuevo.

—No creo que haya nuevas misiones en bastante tiempo, Olí.  Con lo que hemos solucionado en París, espero que el departamento de Análisis tenga entretenimiento suficiente como para dejarnos descansar unos cuantos días. 

—La misión en París ha sido interesante, aunque demasiado larga.  Seis meses de exilio son agotadores incluso para mí —Olí dejó de hablar por unos segundos antes de cambiar de tema—.  Tengo, por cierto, algunas pistas que pueden revelarnos por qué teníamos que ejecutar la misión secundaria, la del profesor Demachier.

—Pues eso me interesa —Hanson puso las manos bajo la cabeza a modo de almohada—.  ¿Qué has averiguado?

—Hay una tela metálica patentada en el año dos mil siete con el nombre de “Tejido metálico Demachier”, que utilizan los ejércitos de la década de los treinta del siglo veintiuno de varios países.  Dada la afición del profesor por seguir la tradición de sus antepasados, no me extrañaría que la hubiera creado él mismo, poco tiempo después de la muerte que acabamos de evitarle.  De hecho, cuando estudié su perfil en las redes, aparecían ciertas publicaciones suyas en revistas especializadas relacionadas con el tema de mallas metálicas tejidas a través de los electrones.

—Así que hemos ayudado a que los soldados se vistan mejor —Con la voz monótona de Olí, masculina y sin acento, a Hanson le estaba entrando un poco de sueño, y empezaba a sentir su cabeza un poco pastosa—.  Pues muy bien.

—Y hay más —Olí estaba provocando que su tono fuera cada vez más suave.  La espalda de Hanson se estaba recuperando con rapidez, pero el golpe había sido muy fuerte y necesitaba descanso—.  El traje inteligente que vistes está basado en ese mismo tejido, aunque con varios siglos de evolución, por supuesto.  Sin pretenderlo, has salvado la vida del hombre responsable de que puedas estar allí para salvarle la vida.  Es una paradoja deliciosa.  Adoro que ocurran estas cosas, los lazos que creamos en el tiempo, atrás y adelante, atrás y adelante…

Olí dejó de hablar cuando sus lecturas indicaron que Hanson se había quedado dormido.  Con gran cuidado, fue penetrando en la mente de su amigo.  El regreso a La Ciudad implicaba seguir ciertas normas inviolables incluso para una conciencia autónoma como ella.  Con la cautela que le caracterizaba, estudió detenidamente el hueco entre las neuronas de Hanson donde estaba ubicado su enlace.  En la Tierra, lejos del control de La Ciudad y su mente implacable, le gustaba dejar libre al humano que estaba su cargo, pero una vez en casa no le quedaba más remedio que volver a cerrar aquella sutil costura que se hilvanaba entre los pensamientos de su colega, para tenerlo vigilado.

Cuando Hanson abrió los ojos, se sentía mucho mejor.  Ya no le molestaba la espalda, por lo que dedujo que los biorobots de su cuerpo habían avanzado mucho en su recuperación.  El lugar seguía a oscuras.

— ¿He dormido mucho tiempo? —preguntó—

—Unas nueve horas, en términos subjetivos —respondió su compañero—.  Llegaremos dentro de muy poco.

El habitáculo que ocupaban estaba ingrávido.  Hanson se dio un pequeño impulso para salir flotando del catre y comenzó a realizar, en el poco espacio que disponía, unos cuantos estiramientos. Al cabo de pocos minutos el zumbido casi imperceptible que les acompañaba desde el principio cambió de tono: estaban llegando.  De manera gradual el pequeño espacio se iluminó, hasta que una tenue franja de luz verde rodeó la puerta de acceso.

—Nos vemos más tarde— dijo Olí, y abandonó a su compañero para desaparecer en la mente de La Ciudad.

A Hanson le esperaba un tedioso proceso de limpieza.  La puerta del habitáculo se abrió con un siseo, y el corto pasillo de salida se inundó de la luz procedente del exterior.  Al salir, Hanson se encontró en una gran sala blanca donde no había sombras, y en cuyo centro flotaba la esfera en la que había viajado, que era de color gris plomo y apenas tenía hendiduras que perfilaran los bordes de la puerta por la que había salido.  Sin esperar más, flotando en el aire, se desenfundó el traje inteligente y lo abandonó ante él, quedando su cuerpo delgado, fuerte y lampiño totalmente desnudo girando lentamente sobre sí mismo.  La piel de Hanson, como la de todos los habitantes del lugar al que acababa de llegar, tenía un brillo áureo. 

Al momento, la sala se llenó de una niebla espesa que acabó impregnando su cuerpo y todas las superficies de la esfera.  Hanson se frotó enérgicamente con la humedad que se le iba pegando a la piel.  Sabía que era innecesario, pero él estaba convencido de que así los microorganismos sintéticos que poblaban la niebla penetrarían mejor en su cuerpo, limpiándole de todas las bacterias que hubiera recogido en la Tierra y pudieran afectar al delicado equilibrio ecológico de La Ciudad.

Tras la ducha, una corriente de aire con cierto olor a cloro limpió la atmósfera y secó su piel.  En la pared frontal se dibujó un triángulo gris: era una pequeña ventana que se estaba abriendo, y en cuyo interior flotaba un envase lleno de un líquido verdoso.  Ayudándose de un impulso con los dedos de los pies sobre la esfera, Hanson se acercó, lo bebió hasta el final y lo dejó en el hueco, que se cerró sin hacer ningún ruido.  Procuró mantenerse quieto pegándose al suelo, aunque pronto volvió a subir rebotando levemente.  Paciencia.  Pasados cinco minutos, volvió hacia la pared donde apareció el vaso, y al hacerlo se abrió otra ventana triangular, un poco más abajo.  Con la habilidad que confiere la experiencia, y trazando una diagonal con su cuerpo frente a la pared, Hanson orinó dentro de ella.

—Estoy listo— dijo cuando hubo terminado, y volando por la sala recogió del aire el traje inteligente, que ya ocupaba la esquina contraria.  Mientras se lo volvía a enfundar, sintió de nuevo el dolor en la espalda.  Estaba claro que necesitaría algo más que una cura rápida para arreglar las secuelas del accidente.

No se puso la capucha ni los guantes, que se solían reservar para permanecer camuflado, y los guardó ocultos en los bordes del cuello y las muñecas respectivamente con un gesto de los dedos sobre el filo de esas partes de la prenda.  Se dirigió hacia la pared opuesta a la del vaso, donde se abrió un nuevo espacio rectangular, esta vez grande como una puerta, y penetró en él.  Al cerrarse a sus espaldas, la nueva estancia se iluminó con una luz ambarina.  En el centro de esta sala también había una esfera, mucho más pequeña que el transporte que le trajo hasta aquí, y de color blanco, que se abrió en dos mitades como una concha cuando Hanson se acercó.  En su interior había dos asientos.  Ocupó uno de ellos, y tras cerrarse la esfera sintió cómo comenzaba a moverse.  Estaba abandonando el Sol Central.  Pasados unos minutos, las paredes de su transporte empezaron a tornarse transparentes.  Mientras descendía, Hanson podía contemplar por completo La Ciudad, su hogar desde hacía trescientos años.

Un mundo al revés, esa sería la definición que cualquier habitante de la Tierra daría de La Ciudad al comprender cómo estaba estructurada.  Se trataba de una esfera hueca, cuya vida se desarrollaba en la parte interior de su superficie.  Ninguno de sus habitantes sabía cómo podría ser aquel lugar visto desde fuera, ya que resultaba imposible salir a comprobarlo.  Pero por dentro La Ciudad contenía edificios, paseos, jardines, cultivos, lagos, y todo lo que una comunidad relativamente pequeña necesitaba para vivir con comodidad.  Flotando en el centro de la misma, un pequeño sol, del que el transporte de Hanson acababa de salir flotando, surtía de luz y calor a la vida que crecía allí dentro.  En el interior de ese sol se generaba la energía para esa función, y para poder mover el transporte que había traído a Hanson.  Pero este sol no flotaba en medio de la esfera hueca que era La Ciudad, sino que estaba unido a ella por dos tubos de veinte metros de anchura que unían los dos polos de la misma. 

Ese sol en miniatura se veía oculto periódicamente por una placa en forma rectangular y doblada con la misma curvatura, que giraba a su alrededor para simular los ciclos de noche y día terrestres al proyectar su sombra en la superficie interior de la esfera.  El lugar al que el transporte estaba llevando a Hanson se encontraba en ese momento en el amanecer, como él había calculado, lo que le favorecía después de haber descansado bastantes horas, además de facilitarle el poder encontrarse con Aurora en el edificio al que ella siempre acudía por las mañanas.  Mientras su transporte descendía suavemente, notaba cómo la gravedad iba haciendo efecto en su cuerpo.  La zona habitable para los seres humanos era una franja de un kilómetro de ancho que circundaba todo el ecuador de la esfera, con cuya rotación generaba una fuerza de gravedad equivalente a la de la Tierra.  A medida que ganaba peso, iba acercándose a una zona de edificios grises hechos de un material similar a la piedra, pero más suave y frío al tacto.  Eran todos de un estilo muy parecido, construcciones de no más de dos plantas, de fachadas sencillas y aparentemente sin ventanas.  Las esquinas, lo mismo que los bordes de las calles que rodeaban los edificios, tenían los vértices redondeados y no existía diferencia de color entre unas y otras, excepto el que la propia sombra del sol central, inmóvil, proyectaba sobre ellas.  En algunos cruces de vías, arbustos verdes y frondosos adornaban la monotonía del paisaje urbano, que por lo demás solo añadía algunas líneas ambarinas en determinados lugares de las fachadas.

A cada lado de la franja ecuatorial, la zona habitable por los humanos, estaban las extensiones más amplias de La Ciudad: la zona vegetal.  El hábitat hermético regeneraba el aire y el agua gracias a esa amplia superficie doble, que en parcelas diferenciadas por distintos tonos de verde acogía la materia prima para elaborar los alimentos de los humanos, así como las plantas más indicadas para regenerar la atmósfera cuando los momentos de sol u oscuridad lo imponían.

Desde la posición de Hanson, aún elevada, el verde se degradaba cuanto más lejos se alzaba la vista, mezclándose con la bruma blanca que formaba la humedad de la atmósfera.  Aún así, era sorprendente encontrarse con que la superficie se arqueaba hacia adentro, como si fuera una montaña infinita, y allí donde mirara cualquiera acostumbrado a un lugar con cielo, solo encontraba más tierra.  Las luces de los edificios que había a lo largo del ecuador hasta el lado opuesto del la esfera solían entreverse en ocasiones, cuando el clima controlado estaba más seco.

Y en los casquetes polares, de donde salían los tubos que se unían a la estrella central, reinaba el misterio.  La bruma cubría por completo aquellas dos zonas extremas, haciéndolas invisibles, y su acceso estaba vetado a los organismos biológicos debido al peligro que representaba.  Solo algunas máquinas operaban allí, por lo general carentes de inteligencia ni tamaño adecuados para relacionarse con los habitantes de la zona urbana, algo que también ocurría con los cientos de organismos artificiales, desde pequeños insectos voladores a grandes cosechadoras, que poblaban la zona vegetal.  Todas ellas carecían de conciencia autónoma, siendo el número de seres conscientes que vivía en La Ciudad, entre humanos y no-humanos, con libre albedrío y capacidad de juicio, de tres mil.

El descenso terminó suavemente en una superficie cercana a un edificio alargado, con un hueco en su base para permitir el paso del transporte esférico que había traído a Hanson desde el sol.  Una vez dentro, la esfera volvió a abrirse y Hanson saltó al exterior.  Tras seis meses de viaje, y una larga misión en el París del año dos mil cinco llevada a cabo con éxito, estaba de vuelta.  Echaba de menos el olor de La Ciudad, limpio y neutro, y respiró hondo llenándose los pulmones.

—Bienvenido de vuelta, Hanson.  Espero que hayas tenido una experiencia satisfactoria en la Tierra.

El que hablaba era un mayordomo, una máquina del un metro de altura, en forma de píldora flotante, que había aguardado la llegada de Hanson en una esquina de la sala.  Si estaba allí era porque le traía noticias que no podían esperar.  Pero, como era habitual en una comunidad pequeña y educada, la cortesía era importante.

—Muchas gracias, mayordomo.  ¿Todo bien por aquí en estas dos últimas horas?

—Todo bien, si consideramos que la noticia que te traigo no entra dentro de los términos enjuiciables como “buenos” o “malos” —fue lo que le dijo—, aunque sí se trata de una convocatoria importante.

—Mayordomo, si estuviéramos en la Tierra, ahora tendría que decirte una frase: “uno no se puede ir ni un momento”.

—Ya me la has dicho —respondió el mayordomo—.

Hanson se volvió hacia él.

— ¿Cómo?

—Que ya me la has dicho.  Has utilizado el condicional sobre la frase que dirías, y luego la has dicho.  Es incongruente.

La pequeña píldora impertinente se quedó flotando en silencio frente a Hanson por unos instantes.  El humano se quedó meditando sobre las palabras del mayordomo.  Si bien era cierto que esa máquina tan solo era la expresión de una inteligencia mucho más poderosa, la mente de La Ciudad, aquella no era  una respuesta normal en ese tipo de terminales.  Generalmente, los mayordomos se limitaban a hacer su trabajo, sin enjuiciar las opiniones de nadie.

—Bueno, pues dime de qué se trata —dijo al fin Hanson, mientras se encaminaba hacia la puerta de salida.  El mayordomo le acompañó mientras hablaba—

—El Consejo se reúne dentro de tres horas en la Sala Principal.  Desean contar con tu presencia y la de tu compañero Olí.

Hanson se paró en seco mirando a la pequeña máquina.

— ¿Estás seguro?

—Sí, esa es la convocatoria.  Dentro de tres horas…

— ¿Quién más está convocado?

—Están convocados los cuatro Consejeros, Olí y tú.  Y por supuesto, el Gran Consejero, Dend, que es quien ha dispuesto la reunión.  La reunión, y esto es importante, es con presencia física y lo que allí se discuta será secreto.

Hanson intentó no demostrar su sorpresa.

—Gracias, mayordomo.  Me voy al gimnasio.  Que me recojan diez minutos antes de la reunión en mi apartamento, por favor.

La píldora flotante desapareció tras de una esquina sin hacer ruido, dejando sus luces parpadeantes una ligera estela verde tras de sí.  Inmediatamente apareció otro vehículo por el lado opuesto, que se detuvo a su lado y abrió una portezuela deslizante.  El interior estaba vacío.  Hanson no se detuvo.

—Prefiero ir caminando. 

El vehículo, con la puerta abierta, flotó al lado del hombre a su misma velocidad por un instante, por si el mensaje era erróneo o el ser humano se arrepentía.   Como no fue así, cerró la puerta y desapareció en silencio.  Hanson se detuvo y miró hacia arriba respirando profundamente el aire impoluto.  La asombrosa vida de aquel lugar cerrado pero inmenso se desplegaba por todas partes.  Los edificios de La Ciudad estaban rodeados de vegetación, con discretas extensiones de césped o setos bajos para delimitar los caminos.  El que albergaba las zonas dedicadas al cuidado personal y al ocio era tan anónimo como el resto; ninguna señal en el exterior podría desvelar si aquel lugar estaba destinado a esos fines o a otros cualquiera.  Nadie en La Ciudad los necesitaba, pues las conciencias autónomas eran parte integrante del lugar y los seres humanos se conocían las ordenadas calles como la palma de su mano.  Tanto a Hanson como a sus vecinos la convivencia en aquel entorno sencillo y ordenado les proporcionaba la tranquilidad necesaria para afrontar su peculiar tarea.

Dentro de cada edificio, sin embargo, los paisajes eran bien diferentes.  Si las calles eran apaciblemente monótonas, en el interior del que entró Hanson las voces y risas de sus habitantes humanos, las frases educadas e irónicas de las conciencias autónomas que pululaban en diferentes formatos por el entorno, la música del gimnasio en la planta superior o el ruido de tazas y platos en la cafetería se mezclaban entre los aromas a café por una esquina, a aire mentolado por otra, y en general el conjunto resultaba alegre y profundamente amistoso.  Casi todos los que estaban sentados frente al desayuno, compartiendo mesa y charla, habrían cumplido los trescientos años si vivieran en la Tierra, a pesar de su apariencia de treinta.  Quizás otros tuvieran bastantes menos, aunque eran muy pocos los jóvenes que podían contarse entre los Ciudadanos.  Hanson saludó al pasar a mucha gente, aunque su mirada buscaba, sin esconderlo, a la Consejera Aurora.  Como conocía bien sus costumbres, supuso que a esa hora estaría haciendo ejercicio, por lo que se dirigió a la planta superior, dando grandes zancadas en las rampas de subida.

La mayoría de los Ciudadanos vestían el mismo traje inteligente que Hanson como única vestimenta casi todo el tiempo.  Podía cambiar de color y textura, regulaba la temperatura del cuerpo, proporcionaba datos y soluciones sobre su estado de salud, y en el caso de los agentes que salían al exterior, confería protección y cura a sus usuarios.  Aurora era una de las pocas personas que no lo utilizaba con frecuencia, y a Hanson le gustaba que fuera así.  La encontró, como suponía, pedaleando en una bicicleta estática.  A pesar del tiempo que llevaban conociéndose, no podía evitar seguir sintiéndose atraído por ella.   Cuando la conoció con apenas siete años, Aurora ya era así, una mujer joven de mirada inteligente y cuerpo escurridizo.   Posiblemente sólo los registros de La Ciudad supieran cuál era su edad, un dato que seguro que a ella había dejado de interesarle.  Detrás de sus ojos había sabiduría, memoria y un conocimiento profundo del género humano.   La Consejera Aurora, la segunda en la línea sucesoria en el cargo de Gran Consejero (si es que alguna vez hubiera que sucederle, cosa que nunca había ocurrido pues el Gran Consejero quizás fuera inmortal), había conocido cientos de Historias que ya no existían, había retorcido las líneas del tiempo una y otra vez para lograr que su planeta natal, la Tierra, llegara al destino previsto, y es lo que seguiría haciendo mientras se lo permitieran los seres que la habían puesto allí.   Ese era su cometido, el de todos los Ciudadanos, y lo cierto era que no tenían otra opción.

Pero a pesar de semejante responsabilidad, Hanson solo veía a una mujer de aspecto joven, vestida con un pequeño pantalón corto y un ajustado trapo que rodeaba sus pechos pequeños.  Sudaba como una condenada llevando el cuerpo hasta el límite.   Perfeccionista hasta las últimas consecuencias, trabajadora incansable, obsesionada con lograr sus objetivos, para quienes tenían la suerte o la desgracia de ser sus colaboradores, la experiencia de serlo significaba tocar el cielo y descender a los infiernos en un solo viaje.

Hanson, sin embargo, tras seis meses de ausencia echaba de menos estar cerca de ella, oler su piel, comprender que debajo de aquella apariencia imbatible solo había una mujer voluble, bastante sola, necesitada de gestos que apaciguaran su ira.   Quizás exceptuando a Sasha, la conciencia autónoma que le servía de asistente, Hanson era el único que sentía por ella algo que iba más allá de la amistad o el respeto. Y a pesar de los siglos que llevaban conociéndose, seguía sintiéndose atraído por ella, de una forma agradablemente animal.

—Hanson, me alegra que estés bien, y que te siga gustando mirarme el culo —dijo Aurora sin dejar de pedalear con todas sus fuerzas—.

En el dilatado periodo de tiempo que llevaban conviviendo, habían pasado innumerables situaciones personales: temporadas de convivencia en pareja, años sin hablarse, momentos de sincera amistad, meses de distanciamiento frío y también algunos viajes juntos a la Tierra-S para analizar sobre el terreno las posibilidades de intervenir en la Historia.  Verla de nuevo le proporcionaba la dosis de alegría y vitalidad que a ambos les sobraba.  Hanson se montó en la bicicleta estática que estaba junto a la de ella.   En un instante, el aparato adaptó su forma al cuerpo del hombre, que empezó a pedalear a buen ritmo.

—Para ti solo han pasado unas horas desde que me viste por última vez —dijo  Hanson—, pero yo llevo seis meses fuera.   Así que me alegro de saber que sigues como siempre.  Y sobre lo de tu trasero... reconozco que me gusta que estés pendiente de averiguar dónde te estoy mirando, pero admitamos que empieza a ser tedioso el hecho de que falte alguna materialización de esas fantasías en algún momento.

Hanson esperó alguna reacción de su amiga, pero ella estaba concentrada en un sprint final con su aparato.  

—Y sí, estoy bien y la misión ha sido un éxito —continuó—, gracias por preguntar si es que estabas a punto de hacerlo.  Me disculparás si se me ha quedado pegado un poco del acento francés del año dos mil cinco, pero ya sabes que en cuanto charlemos un rato más, irá desapareciendo.  Y no estaba pensando en esa parte de tu cuerpo.   Estaba pensando en otra.

Aurora sonrió, aunque Hanson no supo discernir si de forma sincera o por cortesía.

—Aún no he visto tu informe —dijo ella mientras iba pedaleando más despacio—.

—No está hecho todavía.   He llegado hace quince minutos y necesitaba estirarme un poco.  Y la verdad, confío en que Olí lo haga por mí.

Aurora se incorporó sobre el sillín jadeando, manteniendo un pedaleo suave, y cogió una toalla de la parte de atrás de su bicicleta.  Se secó el sudor.  Hanson no pudo dejar de admirar su cuerpo, aunque dedujo por la expresión de su cara que sus pensamientos ya desfilaban por otro camino.

—Supongo que ya sabes que estás convocado —le dijo ella sin mirarlo—. 

—Sí, me avisó un mayordomo nada más llegar.

Hanson guardó un silencio explícito, acelerando el pedaleo, y Aurora salió del aparato quedándose por unos instantes junto a él.   Hanson respiró hondo para asimilar las feromonas que desprendía la mujer, y ella dejó que lo hiciera.  No dijeron nada durante un rato.   El silencio fue lo suficientemente elocuente como para saber que no podían hablar del motivo de la reunión en un espacio público.   Aun así, el agente insistió un poco.

— ¿Tú recuerdas de la última vez que se convocó una reunión así? —Se refería a una reunión con presencia física, lo que significaba que era secreta y nadie podría registrar lo que allí se dijera, excepto la memoria de los asistentes, que eran todos humanos con la excepción de Olí—

—Lo recuerdo.  Fue cuando aún éramos pocos humanos.  Aún no habías nacido.

Trescientos años era mucho tiempo.  La Ciudad no circundaba ninguna estrella como para poder medirlo en esas cantidades, pero los seres humanos que la habitaban, aunque no contaban sus propios años, precisaban de referencias como esa para hacerse a la idea del tiempo que había transcurrido.

— ¿Y el motivo de aquella reunión y de esta tienen alguna relación?

Aurora no parecía muy dispuesta a revelarle nada.

—Dend nos ha convocado muy poco antes de tu regreso, esta misma mañana, por lo que me ha sorprendido tanto como a ti.  Solo sé que el Gran Consejero tiene que comunicarnos un hallazgo muy importante —Aurora le hablaba pero ya tenía el pensamiento en otro asunto.  Hanson lo percibió porque de pronto dejó la toalla y miró hacia la rampa que bajaba al comedor—.  Bueno, tengo que reunirme con Sasha.  Me alegro de que estés bien.  Nos vemos dentro de un rato.

Aurora se fue en silencio.  Hanson la vio partir, descalza, esbelta, elegante, con el sudado cuerpo tenso y apretado de quien no deja que nada, ni los gestos ni las palabras que dice o calla, delaten más de lo que desea. 

—Vamos a correr —le dijo Hanson a su aparato de ejercicios mientras aceleraba el pedaleo, y se encendieron varias lucecitas en la parte frontal—.  Aunque jamás lleguemos a ninguna parte, vamos a correr lo más deprisa posible.

Aurora se dirigió al comedor de la planta baja, donde habitualmente le esperaba Sasha. Aún faltaban dos horas para el comienzo de la reunión y ambos debían hablar en privado.

Sasha llevaba esperando en la mesa más apartada de la sala todo el tiempo que Aurora se tomó para hacer ejercicio.  Además de ser el comedor, aquel lugar se utilizaba para reuniones informales, juegos en grupo, charlas íntimas y en general cualquier actividad que requiriese un entorno tranquilo.  Tanto los humanos como las conciencias autónomas formaban parte de esas actividades, aunque entre ambos existían diferencias fundamentales en la forma de ver el mundo que ambos géneros de vida poseían. Pero Sasha, a pesar de pertenecer a la categoría de conciencia autónoma, siempre ocupaba un cuerpo biomecánico de apariencia humana.  Vestido con un traje gris oscuro perfectamente alisado, sin cuellos ni bolsillos, permanecía sentado con las piernas rectas y las manos en el regazo.  Era muy delgado, bastante más alto que Aurora, de tez blanca, mirada melancólica y pelo negro y brillante que caía en una ligera melena peinada con la raya a un lado.  A primera vista ya costaba adivinar si se trataba de un hombre o una mujer, duda se aclaraba al saber que no era ninguna de las dos cosas.  También su actitud cuando no realizaba ninguna actividad, totalmente inmóvil y casi siempre con los ojos fijos, revelaba su condición.  A pesar de su empeño en vivir metido en ese cuerpo, algo que para el resto de los de su especie no era más que una extravagancia, quien lo conocía sentía por él un profundo respeto. Su sabiduría y consejos, así como la calma que desprendía su actitud pausada, eran siempre bien apreciadas entre los habitantes de la ciudad.  Que estuviera empeñado en parecer humano quizás no fuera más que el resultado de su evolución como ser pensante, y eso era muy respetable.

En el momento en que Aurora entró en la sala, Sasha la miró con una sonrisa amable.  Vestía una ropa con un corte similar a la de su asistente, aunque blanca, y como casi siempre había prescindido del traje inteligente.  La mujer se sentó frente a él.  Sin saludar, el humanoide comenzó la conversación.

—Ya veo que Hanson fue a verte al gimnasio. ¿Le fue bien en París?

—Supongo —respondió ella mirándolo sorprendida por saber de la visita de su amigo—

Sasha aguardó a que Aurora se sentara y tras ella apareciera flotando la bandeja con su desayuno, que se posó entre los dos.

—Le fue bien —confirmó Sasha—.  Olí ya ha hecho su informe.  Como siempre, su capacidad de improvisación fue proverbial, sobre todo en el pequeño encargo que le hicimos a última hora.

— ¿Cómo sabes que Hanson ha venido a verme, te lo dijo Olí?  No me pareció que estuviera por allí mientras hablábamos.

Sasha evitó responder.

—Aurora, estoy un poco preocupado por Hanson —dijo en cambio—.  Es el único que puede ayudarnos, y últimamente lo noto cansado.  Creo que empieza a darse cuenta...

—Sasha, viejo amigo —le interrumpió Aurora—, conoces a Hanson tan bien como yo: es incombustible.  Ya me imagino que lo que pretendes es incitarme a que vuelva a mantener una relación sentimental con él, pero no creo que sea el momento.  Si tenemos en cuenta que tienes acceso a sus lecturas biológicas...

—Tú también las puedes tener si quieres —le interrumpió el humanoide con una sonrisa irónica.  Aurora se quedó mirándole en silencio—.

—A mí me basta con imaginármelas —dijo—.  E insisto, no es el momento.  Espera un instante...

Aurora rozó con la yema de los dedos la parte interior de su muñeca izquierda.  A partir de ese momento, una burbuja de silencio los rodeó de manera invisible.  Nada de lo que dijeran podría escucharse fuera de ella, ni siquiera a través de la mente de La Ciudad.  Era un privilegio que solo tenían los Consejeros.  La conversación que ambos mantuvieron quedó así en absoluto secreto, aunque el ambiente del comedor, lleno de voces y movimiento, hizo que nadie se percatara.

La conversación giró en torno a sus planes personales.  Aurora y Sasha llevaban juntos mucho tiempo, tanto que si se pudiera contar en años terrestres sumarían más de tres siglos.  Sasha fue su primer amigo en La Ciudad, antes de decidir parecerse lo más posible a un ser humano, mientras ella era una niña que crecía rodeada de comodidades, planificación, cariño y un ambiente metódicamente estudiado, aunque con ningún ser humano alrededor.  Sasha fue la primera persona a la que Aurora pudo llamar amigo, y a medida que La Ciudad se iba poblando de niños, y ella dejaba de ser una excepción en aquel lugar, también se convirtió en su confidente, su hermano o su consuelo, según las diferentes y abundantes etapas que habían atravesado juntos.  Cuando Aurora comenzó a medrar en aquella sociedad artificial y perfecta, Sasha se ofreció para ser su asistente personal, y juntos formaron el equipo que dio forma al plan para el que se suponía que estaba proyectada La Ciudad.  Hacía siglos de aquello, y en ese tiempo lo que fue una conciencia autónoma como tantas otras que habitaban La Ciudad fue cambiando, haciéndose cada vez más humana, más sensible y diferente a las demás de su especie, quizás por el tiempo compartido con Aurora, hasta que un día decidió parecerse lo más posible a esos pequeños seres, encerrados en un cuerpo, ruines y egoístas tantas veces, pero también capaces de imaginar universos e incluso crearlos, y adoptó una forma humana, en un cuerpo biomecánico, mucho más eficaz que uno humano de verdad, pero muy similar a los que tenían los pobladores de la Tierra del siglo de procedencia de Aurora, el veintidós. 

Por esas razones, y por muchas otras que quizás nadie podría comprender, Aurora y Sasha tenían planes privados que nadie más debía escuchar.  Planes que no solo atañían a ellos dos; también a La Ciudad, a todos sus habitantes, y quién sabe si también a los miles de millones que poblaban el planeta Tierra.

Cuando terminaron de decirse todo lo que necesitaban, Aurora desconectó el aislamiento.

—Sasha, me tengo que ir al Consejo, y lamento que no estés convocado. ¿Me esperas en mi casa?, espero poder compartir contigo otra conversación más tarde.

—Llevaré hasta allí este cuerpo que habito, y mientras vosotros deliberáis sobre el futuro de la humanidad, estaré pensando en cómo vamos a afrontar la nueva etapa que comienza con este día —ambos se miraron a los ojos un momento—.  Y Aurora... sé que Hanson fue a verte al gimnasio, pero no porque Olí me lo haya comunicado.  Lo sé porque has cambiado el color de tus ropas al blanco.

Aurora sonrió con la mitad de la boca mientras se levantaba de la mesa.  Tenía unos labios finos y brillantes.

—Jamás podré superar tu lógica, maldita máquina. 

Sasha se levantó y tomó con sus dos manos una de Aurora para besársela con galantería.

—Algún día te contaré mi secreto.  

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    En el segundo capítulo, que he dividido en dos partes, Hanson y Olí regresan al lugar de donde proceden, La Ciudad. Una esfera hueca y hermética, cuya vida se desarrolla en su cara interior, y que navega por una dimensión ajena al espacio y el tiempo. Allí conoceremos a Aurora, otro personaje clave en esta novela. Si quieres saber más sobre "Destiempo", puedes visitar la página de la novela, www.riodeluz.es

    La novela "Destiempo" está compuesta de 18 capítulos. Cada uno de ellos narra una historia que puede leerse por separado, pero juntos forman una historia épica, adictiva y emocionante sobre la época en que las inteligencias artificiales y humanas comienzan a convivir. En este primer episodio conoceremos a dos de sus protagonistas, Hanson y Olí. Puedes obtener la novela completa en www.riodeluz.es

La intención original de la novela “Destiempo” es elaborar una trilogía, de la que aquí se presenta su primera parte, que narre en clave de novela la historia futura de la humanidad en uno de sus momentos más trascendentales: el que traspasa la frontera entre el ser humano y el post-humano; la época que va a definir cómo va a ser el Hombre en los próximos siglos, debido al cambio radical que la tecnología va a producir en todos los aspectos de nuestra existencia.

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