cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

7 min
Rituales de la tarde
Varios |
26.07.15
  • 4
  • 2
  • 341
Sinopsis

La rutina nos adormece, pero despierta un curioso instinto por observar todo lo que ocurre a nuestro alrededor sin darnos cuenta.

Retiró despacio el pincel del lienzo, sosteniendo una mano debajo para evitar machas de pintura, y lo guió hasta el pequeño vaso de agua turbia. Empezó a darle vueltas, añadiendo azul apagado a la mezcla de colores cada vez más indefinida. Con cuidado lo sacó del vaso y lo limpió con ternura ayudándose de un pañuelo lleno de manchas coloridas; pensó, con una media sonrisa, que siempre gastaba más trapos de los que debería, y que tal vez tendría que buscar otro sistema.

Miró el lienzo, ya de lejos, apreciando cómo le daba vida poco a poco, las facciones de la cara más reconocibles, los colores cada vez más humanos, el ojo confiriendo la intimidad que ella quería conseguir. A pesar de lo que podía observar ya, faltaba la mitad del cuadro, apenas marcado con finos trazos de mina, lo mínimo para no perder el sentido de lo que estaba pintando.

Satisfecha, decidió descansar y tomar el té que, obviamente, se había quedado frío. Siempre lo preparaba a la misma hora, las siete y cuarto, por ninguna razón en especial excepto que ya era una rutina. Normalmente tomaba un poco y lo dejaba apartado, acudiendo a la llamada de la inspiración repentina que solo se consigue con determinados tonos de luz iluminando la estancia. Aquella tarde había pasado cerca de una hora trabajando en el cuadro, había exprimido al máximo su imaginación y ahora lo único que quería hacer era dejarse llevar.

Oía los ruidos de la calle, reconociendo su procedencia sin necesidad de asomarse a la ventana; los compradores de última hora que salían del supermercado de la acera de enfrente; las persianas de los edificios contiguos, impidiendo que los rayos del atardecer entrasen en los viejos pisos; la vecina del piso de abajo saludando a una amiga a la que, por el entusiasmo que reflejaba su voz, no esperaba encontrarse; los coches pasando sin pararse en el paso de peatones, un par de reproches de un señor, quejándose de las prisas de los jóvenes de hoy en día. Conocía tan bien su calle, las personas que compartían su pequeño espacio de ciudad, sus horarios, su rutina, el tipo de tabaco que fumaban los vecinos despreocupadamente apostados en los balcones, las tiendas donde solían comprar la ropa que colgaban de las cuerdas al borde del precipicio de la calle, conocía tan bien todo con lo que había vivido, que había tardes que consistían en hacer predicciones sobre qué iba a pasar, de las cuales acertaba prácticamente todas, a excepción de las irregularidades que presenta la vida de vez en cuando, trastocando el orden de los acontecimientos de manera sutil. No se sentía particularmente orgullosa de este hecho, pero rellenaba las tardes vacías y la hacía sentir como la escritora que escribe un libro sobre personajes muy complejos de forma genuina y espontánea.

Pasaba despreocupadamente el dedo por el filo del pequeño plato de vajilla, regalo de una antigua amiga por la adquisición del piso, y el único retazo actual de su amistad. Sus yemas recorrían los discretos diseños clásicos, la flor de la taza, detalle de apariencia japonesa y que daba  a la vez el aspecto de taza recluida detrás del cristal de un armario de una anciana aristócrata. En realidad su amiga la había comprado en un supermercado común, estaba de oferta y no costó demasiado; no lo había dicho, pero no era necesario ser un anticuario para darse cuenta. Dio un par de vueltas con la cuchara y tomó pequeños sorbos del potente té, su esencia un poco venida abajo por el tiempo de espera.

Lo que primero escuchó fue la música. No conocía la canción; aunque actual, no demasiado conocida como para sonar en la radio. La situó en su misma planta, un par de ventanas más allá. Sabía que allí vivía una estudiante de la que desconocía el nombre, no recibía visitas, salía al mediodía y no volvía hasta la noche; no hacía mucho ruido más allá de la música que se escapaba por la ventana y las voces de la televisión; los fines de semana no subía las persianas nada más que para fumar dos cigarros Marlboro, generalmente al atardecer, lo que dejaba ver su melancolía personal.

La luz entraba sin obstáculos en el piso, y empezó a formar las sombras provenientes del piso de la joven. Dos cabezas próximas, los labios sin moverse, totalmente paradas, tal vez observándose, pensó ella. Una de las cabezas era de la chica, la otra, posiblemente de un chico. La barbilla era prominente, la nariz recta, la mandíbula bastante cuadrada, el pelo como una nube alrededor de la cabeza. Se preguntó de qué color sería su pelo, tal vez moreno y boscoso, o a lo mejor rubio ceniza. Mientras apuraba su té destemplado, las sombras, cada vez más cerca de su extinción, se iban acercando, dando la impresión de buscarse, de estar terriblemente atraídas entre ellas. Un instante de quietud. Las sombras fundiéndose con el relieve del mueble. Todo distorsionándose mientras la canción seguía en reproducción.

El sol se hundió más y las hizo desaparecer, dejándola con la certeza de que a dos ventanas de ella dos bocas se confundían en la tarde, tal vez entre humo de Marlboro, quizá con las sábanas revueltas, seguramente con los brazos danzando entre el pelo, la espalda y las caderas. Tal y como eso sucedía a poca distancia, ella con un débil suspiro recogía la taza, guardaba los pinceles y cubría el cuadro con una tela para no obsesionarse con él y acudir a arreglarlo en medio de la noche. La quietud del piso contrastaba con la calle. El aire apenas se movía y los objetos en reposo invitaban a sumirse en un letargo.

Se dirigió a la ventana para cerrarla, pero antes decidió tomar una bocanada de vida y salió al balcón. La ciudad se despertaba por la noche, llena de luces, de sonidos, de pasos y de gente llegando tarde o sin destino. A la luz de las farolas observó todo lo que se extendía a su alrededor, anegándose su vista con todo lo que encontraba: el grupo de amigos que se reunía al lado de un semáforo a dos calles, la niña que se asomaba al balcón de un piso lejano sin atender a la llamada de sus padres, el coche gris que pasó a toda velocidad por la calle, el pequeño señor con sobrero y bastón paseando a su renqueante perro, inquietantemente similar al dueño.

Por un momento sintió tristeza, de aquella tan profunda que no experimentaba desde hacía años. Lamentaba en su interior no poder conocer las historias de toda esa gente, los rincones menos transitados de la cosmopolita ciudad, la tristeza que llega al saber que hay tanto ahí fuera, más de lo que conoceremos, que dejaremos tantas cosas de lado y al final podremos decir que no sabemos absolutamente nada de nada.

Con un suspiro aún más profundo se dobló apoyada en la barandilla, los pies rozando los pequeños maceteros de cactus, los brazos colgando queriendo alcanzar el asfalto. Cerró los ojos y pensó. Perdió la noción del tiempo en sus viajes a los pensamientos más arraigados de su mente.

Cuando se incorporó estaba lista para olvidar y dormir. Se despidió de sus vistas personales y mientras cerraba la ventana oyó el seco golpe de la persiana del piso de la joven chocando con el alféizar, la música cortada precipitadamente. Cada uno siguiendo con su vida.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Muy bien escrito y descrito. Me gusta este estilo cotidiano y realista, muy logrado.
    muy buen escrito me gusto todas las palabras con un margen muy bueno
  • La rutina nos adormece, pero despierta un curioso instinto por observar todo lo que ocurre a nuestro alrededor sin darnos cuenta.

    Las ideas y los recuerdos engañan a nuestras emociones, pronunciando palabras que, a veces, no son más que un reflejo distorsionado de lo que en realidad sentimos.

    Tras varios años de sufrimientos y decenas de cabellos caídos a causa del estrés, comunico formalmente mi decisión de abandonar de forma inminente este planeta.

    Mi medio de transporte favorito es la música.

    El invierno se presenta inclemente e ilimitado. Tenemos que buscar un refugio, pero nunca antes hubo tanta demanda.

    En la vida hay corazones que gozan de mayor suerte que otros. Algunos llegan a amar hasta el final de sus días, pero otros no son tan afortunados. Este es el resumen de la vida de un corazón abandonado.

  • 6
  • 4.75
  • -

Acompañe sus lecturas con música ambiente, por favor.

Tienda

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta