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5 min
RONQUIDO FINAL
Drama |
13.08.12
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Sinopsis

NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER (NI PEOR SORDO QUE EL QUE NO QUIERE OIR).

RONQUIDO FINAL

 

Mariano roncaba como pocas personas son capaces de hacerlo. Su mujer le decía:

-       Mariano, roncas mucho. ¿Por qué no vas al médico?

-       Te he dicho mil veces que yo no ronco, respondía él. Siempre estás machacándome con lo mismo.

-       Pero Mariano, si lo hago por tu bien.

-       ¡De eso nada! Lo que pasa es que ya no sabes qué inventar para sacarme defectos.

-       No es eso, Mariano. Es que tú no te enteras, pero todas las noches montas un escándalo. Yo no pego ojo, tus hijos tampoco, e incluso algunos vecinos se han quejado ya.

-       Ni vecinos, ni hijos, ni gaitas. Eres una paranoica. Digo que no ronco y no ronco, ya está. ¡Cóño!, siempre igual. “Mariano roncas, Mariano roncas…” ¿Desde cuándo, a ver, desde cuándo? ¿Desde que te estás volviendo majareta? ¿Roncaba hace cinco años? ¿Hace diez años? ¿Roncaba cuando nos casamos? Porque cuando nos casamos no me decías que roncaba. Y bien que te arrimabas a mí entonces.

-       ¡Oye, oye! Sin faltar, se enfadaba María. ¿Sabes qué te digo? Que a ver si te ahogas algún día en un ronquido de esos.

-       ¿Ah, si? Pues ahí te quedas. La cena te la comes tú solita. Me largo.

Y Mariano se iba al bar. Sin terminar de cenar, como tántas otras veces. A reunirse con sus amigos, para hablar de temas tan importantes como el fútbol o los coches, o jugar algunas partidas de cartas.

Entre carajillos y copas, era frecuente que se hiciera muy tarde. Entonces Mariano, bastante cocido, regresaba a casa. María llevaba dormida varias horas. Mariano hacía sus cosas en el lavabo. A veces ponía el suelo perdido, porque con la cogorza no atinaba demasiado bien. Después se dejaba caer en la cama y apenas tocaba la almohada comenzaba a roncar.

María ya no sabía qué hacer. A la mañana siguiente él siempre negaba que había roncado. Daba un puñetazo en la mesa del desayuno y se iba a trabajar. En una ocasión María, mientras desayunaban, sacó un viejo radiocasete que había estado escondiendo desde muy temprano. Lo puso enérgicamente encima de la mesa, delante de las narices de Mariano, pulsó la tecla “play” y dijo con ironía a sus dos hijos:

-       Niños, deleitaros con la dulce música que cada noche nos dedica vuestro entonado padre.

Luego, mirando fijamente los ojos de su marido, apostilló:

-       ¡Sí, Mariano, sí! Esta noche te he grabado. A ver qué dices ahora.

Mariano, en principio, no dijo nada. Se limitó a darle tal trompazo al radiocasete que lo estampó contra el canto del fregadero y lo hizo añicos. Se produjo un silencio casi total en la cocina, tan sólo cortado por un ligero chirrido que salía del aparato grabador y que indicaba fehacientemente que el mismo jamás volvería a funcionar. Y seguidamente Mariano habló:

-       ¿Ahora te dedicas a montar trucajes de sonido en equipos baratos? Pues te ha salido muy mal. Adiós. No vendré a comer.

La desesperación hizo presa en María. Tras varios días de febriles maquinaciones telefoneó a la tele, al programa “ESTO ES LA PERA” y, después de exponer su caso, solicitó una grabación en vídeo, con cámaras y micrófonos ocultos, de su marido en acción.

Los chicos de la tele, al conocer el relato de los hechos, accedieron ilusionados y, al cabo de una semana, un sábado por la tarde, antes de la retransmisión del sacrosanto partido de fútbol, Mariano encontró en la pantalla de su televisor una edición especial de “ESTO ES LA PERA” en la que, de inmediato, reconoció a su mujer, su casa y su propio dormitorio. Los primeros planos de Mariano eran abundantes, pero él miró con cara de muy pocos amigos a María y le dedicó unas frases:

-       Te voy a encerrar. Estás loca del todo. Has metido en mi casa a esa pandilla de “paparachis”, te has prestado a esa mierda telebasurera, me has traído el ridículo a mí y a nuestra familia. Pero lo que no te perdonaré nunca, ¿me oyes?, nunca, es que hayas acostado en mi cama a ese extraño, a ese payaso mal maquillado de tres al cuarto haciéndose pasar por mí. Y lo más gracioso es que no lo has conseguido, ¿sabes? Porque el tipo ese no se me parece en nada. ¡En nada! No tengo por qué soportar esto. Me voy.

Y Mariano se fue al bar a ver el fútbol. Y María se quedó llorando.

Pasada esa misma noche, a las cinco de la madrugada, los ronquidos de Mariano, que a pesar de todo había vuelto a casa a dormir la mona, sonaron como jamás lo habían hecho. Rugían tan fuerte que los cimientos de todo el bloque comenzaron a tambalearse. María intentó despertarlo, pero fue inútil. La noche en el bar había sido larga. Los muros de la vivienda, de las cincuenta viviendas de las diez plantas, empezaron a resquebrajarse. Y Mariano roncando. Y María alucinando.

Momentos antes de que la pared maestra del edificio se desplomara implacable sobre ellos, María pensó:

-       ¡Jóder, Mariano! ¡Qué lástima que no puedas ver esto!

 

 

______________________________________ FIN DEL RELATO __________________________________

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