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8 min
Rosas silvestres
Amor |
24.08.15
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Sinopsis

Teresa y Tomás. Un amor imposible.

Se empeñó en ofrecerle un ramo de rosas. Las recogió frescas, del huerto del tío Blas, que siempre tenía todo tipo de flores en aquel bancal de verduras y hortalizas que le servía para entretenerle. Porque el tío Blas no era agricultor, ni siquiera le gustaba el campo, pero su padre insistió en que cuando fuese mayor se dedicase a aquella tarea, para aliviar ansiedades, depresiones y comeduras de cabeza. Y le vino bien, pues le dedicaba gran parte de la mañana a aquellas tareas sencillas, que tenían su punto de gratitud y emoción cuando conseguías recoger las verduras en buen estado.

—Son para ti, para que te acuerdes de mí siempre. —Le dijo Tomás a Teresa, la hija del boticario.

Tomás era el hijo del panadero. Estaba estudiando para cura, pero su amor por Teresa rompía todos los moldes que se supone debían formar la base de su formación. Teresa era una joven de 17 años. Muy madura para su edad. Le gustaba alardear con los jóvenes del pueblo, pues sabía que su cuerpo había impulsado más de una excitación entre los posibles candidatos. Tomás sabía que Teresa no se enamoraría de alguien como él, sencillo, común, vulgar. Ella necesitaba a alguien más sofisticado, moderno, espabilado. Tomás se acostumbró a sentir amor por ella sin ser correspondido, ni siquiera tenía esperanzas de que algún día pudiese cumplir el sueño de estar junto a ella. Aquello era demasiado perfecto, demasiado paradisiaco; la vida no podía ser tan complaciente con alguien que piensa dedicar su vida al perdón de los pecados, a la sumisión de su ente al creador, a reciclar constantemente su alma en favor del crecimiento espiritual y el premio de la vida eterna al lado del hacedor.

Pasó el tiempo. Teresa se marchó del pueblo cuando ganó una beca para estudiar en Londres. Hizo un master en Holanda y su meta era realizar la tesis doctoral en Estados Unidos. Estudió antropología; le fascinaba el ser humano, sus costumbres, su evolución física y social. Teresa estaba designada a tener una vida excitante, llena de búsquedas confluyentes, de éxitos, reconocimiento. Su talento permitía que se moviese bien en todos los terrenos, fascinando a quien con ella se topase. Una mujer inteligente con un físico de escándalo tiene mucho ganado en el competitivo mundo de los hombres. La temían, la adoraban, se enamoraban, huían en cuanto sabían que iba a por ellos cuando le tocaban las narices. Era la mujer que todos quieren conquistar, con la que todos quieren confiar, y a la que todos les gustaría tener como madre de sus hijos.

Tomás hacía las misas demasiado cortas, según las feligresas que frecuentaban la iglesia. A él le gustaba que se quedaran con ganas de más, que se preguntasen cuál era realmente la moraleja de sus discursos. Ellas lo escuchaban entusiasmadas por cómo manejaba la voz, por cómo sabía utilizar las palabras justas para no caer en la pedantería; conciso, claro, sin adornos redundantes que no llegaban a ningún sitio. Sabía perfectamente entonar los puntos álgidos, el clímax, bajaba otra vez a un tramo monótono para volver a subir esta vez con mayor ímpetu culminando en pleno estasis aquellas historias. Tomás sabía que su atractivo residía no tanto en lo físico, sino en su carácter amable y seductor. Aún así Tomás era un hombre atractivo, con un cuerpo curtido por su pasión por el deporte y su cuidada alimentación. Le gustaba estar en forma, sentirse bien, y su ordenada vida le aportaba el complemento de felicidad que su voto por la soledad le tenía asignado.

Un domingo la vio. Estaba sentada en los asientos de atrás, pese a que la iglesia estaba prácticamente vacía. Dibujaba media sonrisa mientras se levantaba para acercarse dos filas más hacia delante. Lo miraba fijamente. Tomás dio el discurso sin poder concentrarse demasiado, desviándose a veces del tema, meditando cómo volver al argumento sin que se notase la incoherencia del mensaje. Acabó y salió en su busca. No estaba. Peinó las calles más cercanas pero no pudo dar con ella. Confuso volvió a la iglesia, se quitó los hábitos en la capilla y se dirigió a la abadía donde, en una habitación interior, contaba con un pequeño sofá enfrente de un televisor. Le gustaba sentarse allí con la tele apagada para pensar. “¿Dónde estaría? ¿Por qué no ha esperado a que acabase? ¿Acaso no ha sido más que una visión? ¿No era ella?”

Decidió salir a tomar el aire. Un paseo le sentaría bien. En aquella época del año el aire fresco sigue siendo agradable. Salir del casco urbano no costaba demasiado, y las montañas te ofrecían un surtido de colores variado. Por casualidad vio la puerta del bancal abierta. Alguien había dejado de esta manera la valla del huerto del tío Blas. Se acercó con curiosidad y voceó cuando estuvo encima: “¿hay alguien?” Nadie respondió. Entró hacia la oscuridad de la caseta que el tío Blas construyó para dejar allí algunas herramientas e incluso poder descansar cuando las piernas lo reclamasen. Cuando los ojos se acostumbraron a la luz y le permitieron ver contempló una figura humana.

—¿Qué haces aquí? —Preguntó Tomás.

—He venido a verte. —Contestó Teresa.

—Has venido a la iglesia… y no has entrado… quiero decir… no te has esperado… bueno, tampoco tenías por qué, pero…

—Te veo tenso, Tomás. ¿Te pasa algo?

Teresa sabía que Tomás estaba nervioso. Empezaba a decir incongruencias, y eso a Teresa le encantaba. Le hacía gracia ver que un hombre seguro de sí mismo podía tambalearse de aquella manera, no por cualquier presencia femenina, sino por ella.

Teresa se acercó poco a poco, hasta que se encontraba a escasos centímetros de su cuerpo. Tomás notaba el aliento de ella, fresco, a la vez que cálido y sensual. Notó como el pene se le ponía erecto. Se esforzaba por frenar aquel instinto salvaje, pero cuanto más lo hacía más ascendía aquel aparato rebelde.

—Veo que estás contento de verme. —Dijo ella irónicamente, poniendo la mano encima de su pene.

—Por Dios qué haces. No me hagas esto.

—Que no te haga el qué. Vamos hombre, no estoy haciendo nada. Nada que no quieras que haga, de momento.

—Esto está mal. Está muy mal. Y no debes seguir.

Teresa apartó la mano. Dio un paso atrás. Y se asustó al ver aquella cara. Cerró los ojos y comprendió que todo aquel juego ya no lo era. No supo prevenir las consecuencias. Creyó todo el tiempo que el poder estaba en sus manos. Que el mundo ya había avanzado lo suficiente como para que aquellas minucias no se cumpliesen. Notó como él la cogía del cuello y lo apretaba fuertemente. Notó como el vestido casi no se resistía a los tirones que él propinaba. Su mano fría, húmeda, en su boca, presionando fuertemente, cortándole la respiración, era aquella mano que un día acarició su pelo. Era aquella mano que bendecía los panes el día de la Asunción, aquella que dirigía sutilmente los discursos del palco. Aquella mano ahora la asfixiaba, mientras el pene de Tomás la penetraba insistentemente, abriéndose camino, empujando sin anquilosarse en aquel fatal empeño. Tomás mordía el cuello, los senos, los labios, las orejas. Mordía toda la carne que aparecía delante de él. Mordía apretando, consciente de que aquel apetito no sería saciado por esos bocados que nada engullían. Le dio la vuelta, y mientras la sujetaba por el pelo y el cuello introdujo aquel falo sin detenerse a escoger el orificio más propicio, más abierto a la embestida; daba igual, por delante, por detrás, qué más da.

Teresa despertó temblando. El miedo se juntaba con el frío. Consiguió levantarse y camino tambaleándose hacia la luz. El sol ya empezaba a despedirse y la luna saludaba tímidamente. Teresa dio un grito ahogado, lleno de rabia contenida, y empezó a llorar. Se sentó con lo que le quedaba de vestido en la piedra al lado de la puerta. Desde allí se veían las rosas silvestres que el tío Blas tenía en el huerto. 

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Paciente pero ansioso; temeroso de ser valiente. Si supiera cómo acortar mi pene sería feliz. ¡Pena! ¡Quise decir pena...!!

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