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5 min
Rubí la gata y Pistacho el conejo
Infantiles |
17.12.18
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Sinopsis

Les confieso que es primera vez que escribo una fábula. La verdad Gustavo me había motivado a escribir una. Él es uno de mis fabulistas preferidos aquí en la página, agradezco mucho sus lecturas y comentarios queridos amigos, lectores y escritores. Un beso y un abrazo.

Pistacho era un regordete conejo negro, él se la pasaba todo el día encerrado en una pequeña jaula en el patio de la señora Jacinta, su dueña, ella era una simpática y dulce ancianita. Ella le daba de comer zanahorias, hojas de lechuga y de maracuyá, sus favoritas.

Una mañana mientras Pistacho comía desaforado un montón de hojas de yanten. Vio a una linda gata de pelaje grisáceo y ojos azules asomarse por la tapia del patio. La felina al verlo encerrado en aquella jaula; fingió sentir mucha lástima por él.

− ¡Hola conejito! ¿Cuál es tu nombre? Le preguntó con amabilidad.

− ¡Hola! Yo….yo….me llamo Pistacho. Le respondió mostrándole sus largos y blancos dientes.

− Yo me llamo Rubí, soy nueva en el barrio y por lo que he visto, hay muchos animales enjaulados por aquí. Es muy triste, − Respóndeme algo… ¿Tú eres feliz en esa jaula?

− ¡Claro que sí! Mi ama me da buena comida, me protege del sol y de la lluvia, me hace cosquillas en la panza y en las mejillas, además me carga y me llena de besos.

− Para mí eso no es felicidad, la felicidad es ser libre y hacer lo que el corazón nos dicte, sin que nadie ni nada nos lo impida. – Buscar tu propio destino pero ¡allá, afuera! Le dice Rubí señalándole con su garra izquierda el otro lado de la barda.

− ¿Qué intentas decirme con todo eso? Le preguntó él mientras se limpiaba sus orejas.

− ¡Mírate! ¿No te das cuenta que estas en una incómoda casa hecha de rejas metalizadas? − No puedes ni correr ni tampoco saltar en ella. Porque estas privado de la libertad. Y por lo que veo tu ama está demasiado viejecita para jugar contigo. No sé pero me late que te engorda para prepararse un delicioso asado o un conejo al ajillo.

Las palabras de la gata Rubí lograron irrumpir con su tranquilidad, tanto así que perdió por completo el apetito, ahora se la pasaba comiéndose las uñas a causa de la misma incertidumbre de no saber cuál sería su destino. Incluso empezó a sufrir de insomnio, pues ya no se sentía tan seguro como antes.

Desde lo alto del muro, Rubí lo observaba, Pistacho estaba muy inquieto y, no paraba de chillar día y noche. Dejo de interesarle las verduras y hojas verdes.

− ¡Pistacho! ¡Pistacho! No chilles más, si continuas haciéndolo, doña Jacinta se molestara y más rápido te cocinara. Voy a salvarte, en la noche vendré y traeré conmigo una soga. Yo bajare a tu patio y abriré la puerta de tu jaula, luego atare al otro lado la cuerda para que subas. Y así escaparas. Le dijo Rubí con ojos brillantes.

− ¡Muchas gracias Rubí!, eres una buena amiga gata. Le dijo Pistacho guiñándole el ojo.

− Yo sólo lo hago porque me pone triste verte encerrado en esa horrible jaula. Además he aprendido a tomarte mucho cariño. − Mírame a mí, yo soy una gata libre, puedo ir y dormir donde yo desee, comer todo lo que quiera. y tú harás lo mismo, sólo tienes que confiar en mí.

Pistacho había recuperado su tranquilidad gracias a su nueva amiga Rubí, la única que se preocupó  por su seguridad y en ayudarle a encontrar la  libertad. Al llegar la noche todo estaba listo. Pistacho sujetó la soga a la reja de su jaula, mientras Rubí amarró el otro extremo a un techo enrejado. Pistacho se colgó de la cuerda, como perdió peso, se sentía liviano como una pluma; no le fue difícil llegar al otro lado de la barda donde lo esperaba Rubí.  

− ¡Vamos! ¡Apúrate Pistacho! Le gritaba Rubí desesperada.

− ¿A dónde nos dirigimos? Le preguntó agitado Pistacho, mientras los dos corrían sobre los tejados.

Rubí se detiene sobre el techo rojizo de una casa, después juntos bajan  por unas escaleras de metal en forma de caracol. Al terminar los escalones, al fondo hay una puerta de madera café. – No te apartes de mi lado ¿Oíste? Le advirtió Rubí.

De pronto la gata empieza a maullar y a arañar aquella puerta. De repente está es abierta por un hombre calvo, gordo y de ojos saltones, sus brazos, piernas, espalda y pecho, estaban cubiertos por una capa espesa de vellos negros, parecía un oso. El sujeto se incorporó y agarró de las orejas a Pistacho. Lo alzó y comenzó a examinarlo de arriba abajo.  

− Primero lo alimentaremos bien, lo meteré en el corral, allí quedara más amplio, mientras lo engordamos –Ven mi hermosa gatita, esta noche me has traído un delicioso regalo. – No sabes cuánto deseaba comerme un conejo  al ajillo, de solo imaginármelo se me hace agua la boca.

− ¡Me engañaste Rubí, me engañaste! Le gritaba Pistacho desde el corral. Él no paraba de chillar y chillar. – Wiii, Wiii, Wíii, Wíii.

− Deja de chillar de una buena vez Pistacho. Acuérdate, si sigues chillando mi amo se molestara y más rápido te cocinara. Le dijo Rubí mientras devoraba una rica chuleta de pescado sobre el regazo de su amo.

 

 

Moraleja: Jamás te confíes de las buenas intenciones ni del cariño de un extraño, pues de buenas intenciones esta hecho el camino al infierno.

 

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