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4 min
Ruleta rusa
Varios |
25.10.08
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Sinopsis

En las sillas de la muerte estaban sentados los siguientes suicidas: Manuel, un fontanero arruinado que buscaba un pelotazo salvador; Sara, una pintora que sólo deseaba morir; y Gonzalo de Paula, un conde hedonista y aventurero que sólo deseaba vivir nuevas sandeces. De testigo, tratando de evitar la tragedia, Don Esteban, un sacerdote jubilado que vigilaba la salud del noble desde que era un adolescente malcriado y se lo encargó la vetusta condesa madre.

El ambiente, cerrado hasta la asfixia, olía a miedo y excitación. Los tres tahúres de la virtud estaban sentados alrededor de una mesa circular. El cura, mesándose los escasos cabellos que aún poseía, no paraba de dar vueltas, lamentándose de la mala cabeza de su protegido. En medio de la mesa, el sobre que contenía el premio a repartir para los dos triunfadores-supervivientes. Cuando se inició el aquelarre maldito con el turno de Manuel, éste pensó en su mujer y su hija. Y en el “hijoputa” de su jefe, que le acababa de echar sin piedad tras trece años de sumisión y “sí, señor, lo que usted mande”. Después de un suspiro eterno, se llevó la pistola a la sien derecha. Dejó la mente en blanco, rezó la oración del ateo... y vivió.

“Siguiente turno”, exclamó en un susurro acongojado un pálido Manuel. Sara, satisfecha, cogió la pistola y se la llevó decidida a la boca. Se sentía fuerte, poderosa, sabiendo que estaba a punto de culminar “la muerte que merece todo buen artista”. El fontanero, al que un sudor frío recorría su frente empapada, miraba con gesto alucinado a la que ansiaba la muerte. “Es joven, guapa, lista... ¿qué le habrá pasado a esta chica para tener ese mirada de deseo y decisión con una pistola apuntándole a la garganta?”, pensaba. El conde miraba satisfecho e inquieto una escena que superaba con mucho sus expectativas de espectáculo.

Cuando el humo y el fuego que se presuponían, se quedaron en un simple “clic”, la pintora, que quería plasmar con un brochazo de sangre su escena final, comenzó a llorar. Un prolongado silencio rindió respeto a su desesperación y aumentó la sensación de tragedia que Gonzalo de Paula concedió a la memoria de los presentes al coger el arma con un gesto insuperablemente solemne. El desprecio de su mueca adusta respondía con una negativa a los ruegos del cura, que le suplicaba que se dejara de juegos: “Vámonos de aquí, Don Gonzalo, que esas cosas las carga el diablo”.

El conde, cuya totalitaria riqueza siempre le había aburrido, estaba también cansado de sus propias y vacías aventuras: la excitación de la cocaína ya no era sino una carga necesaria; su carrera como actor, a base de comprar papeles, sólo le había reportado las burlas de sus iguales; sus viajes a Cuba, desde que murió de sida su jinetera favorita, ya no eran un paraíso de rosas fingidas. Gonzalo de Paula necesitaba más: el triunfo o la muerte. Sentir cómo la propia vida pendía de un hilo homicida.

Miró la pistola con fijeza e, inesperadamente para él mismo, sintió casi delectación ante el instrumento de su posible final. “Es una buena muerte”, se dijo con un placer íntimo. De pronto, un gesto impulsivo rompió la armonía de la ceremonia más negra. Don Esteban cayó de rodillas y pareció rezar en silencio, apretando los puños. El noble le miró con gesto oscuro y sonrió: “Padre, rece por mí, pero en alto, para que sus oraciones me acompañen hasta allá arriba”.

El cura, con la esperanza en la mirada, comenzó la plegaria: “Padre nuestro, que estás en el cie...”. El “lo” se lo llevó para siempre el balazo de hiel y miseria que un noble aburrido le metió en plena garganta a un anciano arrodillado que llamaba a Dios.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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Conquense y madrileño, licenciado en Historia y Periodismo, ejerzo este último. Libertario y comunitarista, voto al @Partido_Decente. Mi pasión es escribir.

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