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15 min
RUMANÍA: UN GRAN REPORTAJE
Fantasía |
24.10.07
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Sinopsis

      Aún no sabía porqué demonios había ido a aquel país del que lo único que había conocido hasta entonces eran pedigüeños y timadores. Era un lugar recóndito, con una economía pobre y unas gentes de igual condición en su mayoría. Eso sí, todo era muy barato y los paisajes eran preciosos. Esta idea era algo que le consolaba, aunque no demasiado.

      Cuando le pidieron que cubriera un reportaje en la alejada Rumanía con vistas a un proyecto más ambicioso, César no puso objeción alguna. Es más, se ofreció voluntario. Llevaba casi siete años trabajando en aquel periódico y la posibilidad de realizar algo de mayor envergadura le llenaba de esperanzas con respecto a un futuro prometedor. Ya iba siendo hora de tomar las riendas de una gran oportunidad como la que aquello representaba. Él mismo, por ahorro de la empresa, había decidido tomar las fotos que necesitase, que no serían demasiadas, las justas para adornar su artículo.

      El motivo de que le mandaran a Rumanía no era otro que el de hablar de la zona a nivel turístico y ensalzar el misterio que envolvía a la región. No era un secreto que en aquel lugar se trataba con respeto a los muertos y, en ocasiones, se sabía de gitanas hechiceras que entablaban largas conversaciones con ellos. La primera impresión que tuvo al bajar del avión y adentrarse en la capital fue decepcionante. Esperaba ver las calles repletas de cíngaros dispuestos a leer el futuro o echar las cartas del Tarot en su versión particular. Pero no fue así. A cambio se dio de bruces con una ciudad llena de vida, áspera para los extranjeros y en constante movimiento. Los establecimientos que había no eran muy ostentosos, su humildad se veía en las fachadas y los carteles hechos a mano que anunciaban la oferta del día en carnes y otros alimentos. Los niños jugaban en mitad del asfalto con poca precaución, apartándose ante la venida de algún vehículo. Era el aspecto de una urbe vieja y desgastada. Si bien, no sabía si encontraría las leyendas que venía buscando, sabía que lo que veía sería una buena muestra para alimentar la imaginación de los lectores con un par de fotos.

      Había cogido una pensión poco pretenciosa, buscado un guía que hablara su idioma y preparado un planning de los lugares sobre los cuales recaía su interés. Al principio, si bien la gente se mostraba cautelosa, con el paso de los días se afianzaron y amistaron con César. Hubo noches de risas y otras de sombríos secretos, pero siempre se mostraban muy recelosos a la hora de tratar las historias más oscuras. No confiaban, al fin y al cabo, en los extranjeros, por muy simpáticos que pudieran parecerles. Así que apenas saboreo las leyendas de siempre, las que tenían preparadas para los turistas y gente de fuera.

      Tras tres semanas de estancia allí, la visita llegaba a su recta final. Había visitado el famoso castillo del vampiro más célebre de la historia y disfrutado de toda la parafernalia que lo envolvía. Una de los ingresos más sustanciosos venían de allí. Habían exprimido la ocurrencia de Bram Stoker hasta la última gota. A falta de dos días para tomar el avión de vuelta y exponer a su jefe el resultado de aquella aventura, César decidió tomarse sus últimos momentos para disfrutar del lugar y sus gentes y no para trabajar, ya no podía hurgar más de lo que ya lo había hecho. Dejó la libreta con todos sus apuntes junto al portátil en su habitación. La cámara se la llevaría para tomar algunas fotos a sus nuevos amigos. Luego, entre brindis y chorradas incoherentes, les prometería una copia cuando llegara a su país. Despidió a su guía y le liberó de su cometido con una buena propina y una invitación para disfrutar junto a él en la que sería su última noche de juerga. Puso una excusa que César no acabó de comprender y marchó sin volver la vista, dándole la espalda con una alzada del brazo.

      Al caer la noche, lo primero que César hizo fue visitar el bar que había bajo su hotel. Allí bebió un par de copas y se le sumaron dos de los habituales para brindar y contarle una vez más las leyendas que, desde que estaba allí, había oído decenas de veces. Parecía que las tuvieran ensayadas y creyó reconocer frases y expresiones idénticas, era como un teatrillo callejero que cada uno de ellos representaba ante los extraños. Sin embargo, no le disgustó y agradeció el gesto invitando a una ronda. Lo siguiente que quería hacer era visitar la zona de marcha de la ciudad y los hombres le indicaron una discoteca oculta en unos edificios viejos de la zona este. Las indicaciones eran claras y no tuvo problemas en llegar.

      Se encontró ante una puerta de metal, oxidada y sin más dibujo que el de un pequeño cuadradito en la parte superior. Llamó, tal y como le indicaron sus amigos rumanos, con tres golpecitos cortos y un largo al final. El cuadradito superior se abrió y pudo ver del otro lado unos ojos severos que le estudiaban. Al poco, la mirilla se cerró y se descorrió el cerrojo interior invitándole a pasar. El portero, que era quien le había observado receloso, le pidió el dinero de la entrada y le dejó pasar con cierto desagrado. Aquel hombre no tenía porqué disimular. El sonido de la música se advertía ya como un eco apagado al final del pasillo medio derruido. También comenzó a ver unos reflejos verdes y azules sobre la pared que anunciaban la ubicación exacta de la sala. Al entrar en ella se sorprendió de lo grande que era aquel espacio, desde fuera jamás lo hubiese imaginado. La barra estaba en mitad de la pista y tenía forma circular. En su interior, dos camareras bastante delgadas y guapas y un fornido hombre calvo, con bigote y el torso únicamente cubierto con una pajarita. Pidió una copa. Una de las camareras se acercó a él y depositó un papelito bajo el vaso al tiempo que le hacía un guiño sensual y provocador. Al levantar la copa pudo leer lo que ponía, era una dirección y una hora. Le sedujo la idea de una cita a ciegas con una de aquellas bellezas, aunque intuyó que la autora del mensaje era la misma que le había servido la mezcla.

      Bebió un par más y se sintió bastante ebrio. Se metió entre la gente un rato, mientras hacia estómago para la siguiente. Cuando volvió a la barra, su camarera predilecta ya no estaba. Miró la nota y vio que quedaban diez minutos para la hora, así que salió de la discoteca dando tumbos y acabó en la calle buscando un taxi que le llevara a la dirección de la nota. Extrañamente, a pesar de que la calle estaba desierta, un taxi se detuvo ante él. Subió y dio el papelito al conductor. Éste asintió y condujo con paciencia mientras le decía algo que no entendía. No paró de hablar en todo el trayecto. Al llegar, César extendió un billete y bajó del vehículo sin esperar el cambio.

      Estaba delante de una puerta muy similar a la del cuchitril donde se escondía la discoteca. Esperaba que aquello no fuese una broma de mal gusto. Cuando se disponía a llamar, la puerta se abrió y quedó con el puño golpeando el aire. Casi pierde el equilibrio, pero una mano femenina de tacto suave le agarró el brazo y tiró de él hacia dentro. Una vez allí, la mujer, aún entre tinieblas, lo apretó contra la pared y le besó con pasión. Se dejó llevar, al fin y al cabo, era su última noche allí. Mientras danzaban de una pared a otra, exigiendo el control de la situación, una tenue luz iluminó el rostro de la mujer y la reconoció. Era la camarera. Le sonrió y volvió a guiñarle un ojo, como hiciera horas antes. Entonces le enganchó de la camisa y tiró de él hacia unas escaleras que no había visto hasta entonces. Lo arrastró con ansia. El apenas se tenía en pie y tropezó un par de veces. A la muchacha le resultó gracioso y le ayudó. Era una casa solitaria. No sabía si habría alguien más allí. En aquel momento, no le importó. La chica abrió una puerta en el piso superior y lo lanzó adentro. Luego se abalanzó sobre él y cerró la puerta tras de sí. Sin duda, era una chica muy fogosa. Se besaron desenfrenadamente, sus ropas se desgarraron y volaron por toda la habitación. Del suelo pasaron a la cama y de la cama... luego nada. No tenía imágenes que sucedieran a aquel punto concreto. La escena se cortaba allí.

      Lo siguiente que vio después de aquel arrebato fue el techo de la habitación de su hotel. Todo estaba tal y como lo había dejado antes de salir. Le dolía la cabeza y tenía la boca pastosa, tenía sed. Fue al lavabo y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo descubrió que estaba bastante pálido. Se despedía de Rumanía con una resaca horrible. Forcejeó con sus sentidos un instante. Luego se miró y descubrió que tenía parte del atuendo hecho jirones. Sonrió para sí pensando en su gran última noche y se felicitó en silencio por la conquista. Marcharía de allí con aire triunfal. Se asomó por la ventana, aún era de noche. Después de darse una ducha y cambiarse de ropa, bajó a recepción, pero no había nadie. Miró en el bar. Estaba cerrado. Caminó por la calle unos metros, respirando el aire fresco de la mañana que no tardaría en llegar. Una mujer caminaba con unas bolsas y le vio. Jamás olvidaría el rostro de horror de aquélla, que dejó caer las bolsas y salió gritando en dirección contraria a la de él.

      -      ¡Strigoi! ¡Strigoi! ¡Strigoi! – bramaba agitando los brazos sobre su cabeza.

      Aquello inquietó a César, pero más aún cuando vio al que fuera su guía caminando presuroso por la calle que se cruzaba al frente. Lo llamó.

      -      ¡Sebastian! – Éste se volvió y, al verle, también su cara se desfiguró. Pero al contrario que la mujer, Sebastian quedó paralizado.
      -      ¡Strigoi! ¡Strigoi! – Clamó también - ¡Aléjese de mí! ¡Aléjese de mí! ¡No le he hecho nada! ¡No...! – No terminó la frase. Echó a correr.

      Era todo muy extraño. Decidió volver al hotel a recoger sus cosas. En la puerta de entrada habían dejado un fardo con unos periódicos, oteó la primera página por encima y vio la fecha. Se dijo que no podía ser. ¿Habían pasado tres días desde que se fuera de juerga? Tenía que haber cogido el vuelo dos días atrás. ¿Cómo le había sucedido aquello? No podía ser que hubiese estado tres días inconsciente. No podía haber perdido tres días de su vida. Y luego, aquella extraña situación en la que todo el mundo huía de él. Se dirigió hacia recepción con paso decidido. El recepcionista, con quien había entablado una buena relación a lo largo de las tres semanas que estuvo allí, le miró asustado y reculó hacia el casillero de las llaves.

      -      ¡Pero qué está pasando aquí? – Dijo César enfadado.
      -      ¡Strigoi!¡Strig...! – Decía tembloroso el empleado, como si no le reconociera.
      -      Sí, ya sé... – dijo condescendiente – Strigoi, strigoi... ¡pero que mierda es esa? – El recepcionista parecía reacio a responder y César le cogió de la pechera.
      -      ¡Es uno de ellos, está condenado, está maldito...! – El recepcionista consiguió zafarse y señaló el cuello de César antes de salir corriendo.
      -      ¡Pero qué...! – César se tocó el cuello y sintió los bultitos de dos picotazos. Al rozarlos sintió una punzada de dolor y un escozor insoportable. Instintivamente cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, la camarera estaba frente a él. Esta vez su expresión era seria.
      -      ¡Ven conmigo, César! – Le instó en un acento marcado.
      -      ¿Qué vaya contigo! ¡Qué me has hecho? ¿Ir a dónde! – Las preguntas se estrellaban unas contra otras, quería respuestas pero supo que no las obtendría en ese instante. Ella le acarició la cara y suavizó su rostro. Le cogió de la mano y él, una vez más, se dejó llevar.

      Atravesaron las calles de la ciudad hasta las afueras. Era una zona que no conocía. La mayoría de las casas parecían más antiguas de lo habitual en la zona. La chica le condujo entonces por un pasillo estrecho que daba a una portezuela en una pared mohosa. Le invitó a pasar y lo hizo, no sin desconfiar. Estaba oscuro y ella le indicó que llevase cuidado con la escalera que bajaba. No había pasamanos así que iba apoyándose en las paredes laterales, húmedas y resbaladizas. Aquel lugar olía a rancio. Al llegar al piso de abajo, la chica encendió una débil luz y vio dónde se encontraban. Era un sótano tan grande como la discoteca en la que había estado la última vez, pero estaba repleto de ataúdes y un par de mesas de madera a un lado. Ella se acercó a una de las mesas y tomó un cuenco entre sus dos manos. Se lo ofreció a César.

      -      Bebe, - le dijo con suavidad y extraña ternura – te sentirás mejor.
      -      ¿Qué es esto? – miró el liquido bermellón y espeso del interior.
      -      Bebe – le repitió en idéntico tono.

      Y bebió. En ese instante, aquel licor le supo delicioso y lo saboreó al tiempo que aplacaba su sed. Su organismo se restableció al instante y su resaca desapareció. César apuró hasta la última gota y pidió más. Ella tomó otro cuenco que había preparado y se lo ofreció. Lo acabó y sintió deseos de seguir bebiendo. No conseguía saciar su sed del todo. La chica, entonces, tomó una cuchilla y se la hundió sin remilgos en una de las muñecas. César se retiró hacia atrás horrorizado y al mismo tiempo seducido.

      -      ¡Qué haces? – Alzó la voz hacia ella.
      -      Has dicho que querías más. – Le ofreció la muñeca. – Aquí tienes más.
      -      ¡Qué...? – Pareció asustado.
      -      Lo que has bebido era sangre, - dijo tranquila – yo te ofrezco la mía.

      Sin saber porqué, César se acercó y tomó la muñeca de la chica. Luego de llevarla hacia su boca, succionó con fuerza y sintió los gemidos de placer de la muchacha. Cuando quedó satisfecho ella le besó la boca manchada de sangre y él comprendió. Miró hacia los ataúdes que había dispuestos por toda la sala. Su vida anterior había concluido. Ahora era uno de ellos. La chica le pidió que le acompañara una vez más y le mostró un ataúd. Luego le miró con ternura.

      -      Este es el tuyo. – Señaló al féretro. – Yo estaré en aquel, cerca de ti. – Y remató la frase con algo que hizo que César tuviera conocimiento de muchas vidas pasadas que volvieron a él como un vertiginoso vendaval de ideas – Amor mío.

      Ambos se introdujeron en sus respectivos lechos y dejaron caer la tapa lentamente. Mientras, en el exterior, el día llegaba y el Sol amanecía frustrado. Una vez más, ningún vampiro había perecido bajo sus poderosos rayos mortales. Un profundo sueño se apoderó de César. Sus últimos pensamientos antes de desvanecerse fueron dedicados al reportaje que nunca existiría. Ahora sabía la verdad de aquellas tierras, las leyendas que jamás le contaron ahora eran parte de él o él, acaso, era parte de ellas. Jamás volvería ya a su patria, porque su patria era ahora aquella. Ahora era una criatura de la noche. Ahora era un vampiro.
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