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6 min
RUTINA Y AGRESIVIDAD
Reales |
14.02.14
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Sinopsis

Dos situaciones completamente distintas. Dos situaciones reales.

RUTINA

Mario no se había mojado como había previsto que ocurriría por la mañana. La verdad era que estaba totalmente seco y no entendía como era posible. Seguramente sería que aquel día la mala suerte estaba de su parte. Agotado después de un día de trabajo sin descanso se sentó en el porche y empezó a mirar  a la poca gente que pasaba cerca de su casa y observando ,tal y como estaba acostumbrado desde hacia años, el recorrido lento pero curioso de las gotas de agua. Unas tras otra las veía caer y recordaba su época de niño en la que jugaba bajo la lluvia. También le relejaba pensar en el día en el que conoció a Teresa, su mujer, abrazados por una manto de gotas saltarinas. Sonriente miró hacia atrás y pudo distinguir el cuerpo de su mujer limpiando los cristales. Ágil como siempre movía su esbelta figura como si disfrutara haciendo aquella labor. Mario no podía entender como una mujer tan perfecta como ella había aceptado a casarse con el, con una empresario mediocre que pasaba horas tontas al terminar de trabajar viendo como caía el agua del cielo como si esperara algo que nunca llegaba. Y la verdad era que desde que estaba casado con Teresa no había nada que esperar, nada que no tuviera ya, caería del cielo a sus brazos. Totalmente a gusto dejó que la lluvia mojara su mano ya que detestaba estar tan seco. Luego se incorporó y fue hasta el canalón desde el que caía un  chorro de agua cristalina. Metió ambas manos y se las lavo sintiendo como que nada podía impedir que cayera en un profundo sopor. Se secó las manos y se acomodó en el banco de madera que construyo el año anterior gracias a una apuesta. En aquellos instantes de relax le era muy útil. De repente unos golpes en el cristal le despertaron. Teresa le anunciaba que la cena estaba servida. Con una de sus mejores sonrisas se dispuso a entrar en casa. Momentos antes de hacerlo sabía que abrazaría a su mujer con intensidad y que la besaría como a ella le gustaba. Solo necesitaba eso para que aquel día fuera igual de maravilloso que todos los demás; solo necesitaba aquello para sentirse pleno del todo.

AGRESIVIDAD 

Cuando Mario llegó al porche de su casa pensó que la lluvia había mojado su rostro cubierto por una barba de hace días. Se equivocaba, ya que de sus ojos caían las culpables: lagrimas dulces que no sabían más que a impotencia y a dolor. Con el puño cerrado agarró una maceta que adornaba la entrada y la estrelló contra un coche. Sin inmutarse del pitido estridente, proveniente del auto-móvil, que agujereaba sus oídos se sentó y enterró la cara entre las manos. De nuevo un ataque incontrolable de furia le obligó a estirarse de los pelos. No sintió ningún tipo de sufrimiento por esto a pesar de que varios mechones de su rubia cabellera estuvieran en el suelo tiradas. Roto por dentro empezó a observar la caída de la lluvia. Sin embargo no pudo sostenerle la mirada a aquellas gotas traicioneras. Le recordaban demasiado a Teresa. Aún podía sentir su entrecortada respiración cuando el alzó el alzó la plancha. Ni se inmuto al descargarla contra el herido y desprotegido cuerpo de su mujer a la que tanto había querido y quería. Inconscientemente miró a la ventana. Dentro de la casa creyó ver a su mujer limpiando los cristales moviendo su cuerpo como siempre. Después la sombra desapareció para ocultarse entre las sombras del pasado, dejando en su lugar una casa cerrada, vacía. Mario quiso preguntarse por que había actuado de ese modo, por qué aún sabiendo que su mujer no le había sido infiel había destrozado su cuerpo. De una forma incluso más cruel había asesinado al supuesto amante. No sintió remordimientos al colgarlo en la habitación y clavarle una cuchillo en la espalda. Y todo aquello por que su mente sabía que el que era infiel era el  mismo. Por esa razón al darse cuenta de que se había arruinado la vida, acabó con la vida de la fulana con la que ahogaba unas penas que no nunca habían existido. El asesinato de la joven fue algo que jamás se había planteado que haría. No sintió ni siquiera indiferencia al verla sufrir en el momento en el que bebió de aquella copa. Estuvo con ella hasta que quedo ciega y finalmente pudo verificar que el corazón de la muchacha se había parado. Cuando cometió cada uno de los crímenes pensó que era lo que debía hacer. En aquel instante se arrepentía de tal forma que comenzó a dar patadas y a vociferar. Durante minutos no se reconoció. Al serenarse se lavó las manos en el canalón y fue a sentarse al banco de madera de la entrada. Entonces creyó oír a su mujer que le llamaba. No quiso escuchar pero la culpa era insoportable. Sin ningún tipo de esfuerzo encendió una cerilla y la lanzó sobre el tejado. Al instante empezó a arder con fuerza como si un demonio se alzara en el cielo. Mario olió en hedor a gasolina y se dispuso a entrar en casa. Ya nada le importaba. Tan solo era un hombre infeliz, asesino, frío, sin escrúpulos... Una bestia que merecía morir. Una vez dentro de la casa lanzó otra cerilla creando una nueva figura de fuego. Se trataba de un cuerpo femenino que Mario conocía muy bien. Y mientras aquel lugar ardía sin descanso Mario se fundió con Teresa en un abrazo mortal, una abrazo lleno de dolor, odio, indiferencia... Un gesto en el que se escondían los más hermosos sentimientos. Pero en lo que cabe, un abrazo que ya no decía nada ,ni siquiera que alguna vez había significado algo

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