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12 min
Salvaje: La historia de Carol S.
Drama |
01.01.18
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Sinopsis

4/4

IV
Carol no muere en este capítulo. Aún tiene muchos años por delante, pero ella termina desfigurada.


Llegó el día esperado, la tarde que se transformará en noche sobre la pasarela, que mostrará ante la concurrencia de Gamarra a mujeres de facciones finas vistiendo diseños originales, confeccionados en delicado algodón peruano. Todo ello, mientras los visitantes rozan sus hombros al tiempo que buscan entre las galerías interminables, precios bajos.


Me encanta venir a este emporio comercial porque el Perú entero se reúne entre sus calles y lo resume. La variedad de colores es impresionante, las posibilidades de comidas al paso es infinita, pero la gente es lo más interesante. Del norte, del sur, del oriente, de afuera y también algunos que están de regreso. Respiras diversidad y smog, eso sí. La bulla te hace sentir vivo y la adrenalina se incrementa exponencialmente dentro de ti. Uno disfruta de ese loquerío, pero se recomienda no descuidarse, pues podrías perder tus pertenencias en un chispazo. Tampoco es que debas quedarte mucho cuando hay un mar de gente y evita traer niños, por tu salud mental.


Bel Ami contrató a una empresa “especializada” que infló los precios y demoró tanto con los permisos para instalar la pasarela  como al construirla en una esquina cerca de una calle a metros de las vías del tren eléctrico. Las ventajas de poseer un cargo luego de ser elegido a dedo. La combinación de colores no era adecuada para el estilo gráfico de la marca, el equipo de sonido parecía obsoleto y la seguridad para el evento, deber de la compañía, daba pena. En conjunto, un desastre.


Carol ni por error pensó en su mejor amiga cuando despertó, tampoco sintió hambre. Como si los tres días en casa, dormida, triste y con grandes ojeras, fuesen 3 horas. Se recostó durante una madrugada, cuando despertó las luces del día eran naranjas y azules, ya oscurecía un poco. Pero entre las penumbras, notó que la zona donde cayeron sus lágrimas dejó una huella violeta. De un color tan tenue como el de las flores que llevan su color. No le importó. Se duchó, se vistió con mucha prisa.  Decidió no probar bocado y llamar a un taxi por aplicación. Otro celular, mismo número.


Y empezó el bombardeo  cuando el community manager de Bel Ami etiquetó el facebook personal de Carol por error. Las notificaciones no cesaron de remecer el móvil, las solicitudes, los mensajes, los comentarios.


Bel Ami-Oficial:“ANUNCIO| ¡¡¡La superestrella de nuestro desfile por fin de añooooo, @Carol Sinclair, estará con nosotros desde temprano!!! ¡¡¡NO TE LA PIERDAS!!! (FOTOS GRATIS A LAS PRIMERAS 100 PERSONAS)”.


Ya en el taxi, la presión en su cabeza comenzó. Se detuvo a pensar en su fotógrafo menos favorito. Lo odiaba, le repugnaba, pero le tenía ganas. Le atraía porque era todo lo contrario a ella, no su complemento perfecto. Solo lo mejor (por el momento). Era una desdicha que disfrutaba. Sí, ya había olvdado todo los desplantes. Era una relación muy tóxica, muy peligrosa. Pero ahí seguía, pendiente, latente y sin duda, nada consecuente. Recibió una llamada del organizador del evento y contestó al tercer intento.


—¡Me han dicho que debes llegar antes, chica!¡Tú abres!¿Dónde estás? ¿Vienes maquillada?
—Hola Jair, no. No, estoy lejos aún, que empiecen sin mí. Uhhhmm… aún tengo las ojeras, el tráfico está intenso, fácil en media hora.
—No, pues, Carol. ¡Todo depende de ti y te demoras! ¡Apenas llegas, me llamas!


En el altoparlante, Jair dijo: ¡Ya llega, señoras y señores! ¡La preciosísima Carol, ya llega! Mientras tanto, siga comprando, siga comprando... ¡Que el tiempo vuela!


Y Jair empezó a renegar con la tabla de madera entre manos, le gritó a una asistente y por poco, patea una caja de equipos. No lo hizo porque recordó que se fracturaría un dedo o peor, el pie y también odiaba el dolor. El sudor recorrió la curva de su aguileña nariz. La música empezó a retumbar y desde el suelo, a un lado del escenario, secó la humedad que brotaba entre los pliegues de su papada. El polo negro disimulaba el bochorno en su espalda, sus axilas y su pecho. Paseó por los alrededores cercados, necesitaba un respiro. El perfume que siempre lo acompañaba, se evaporó. Las chicas nuevas, delgaditas y muy maquilladas, ya se aburrían de tanto esperar el inicio. Las vendedoras ambulantes, al otro lado de las rejas, grababan los momentos previos al evento y los muchachos que de lunes a domingo llamaban gente hacia las tiendas, comentaban entre sí, cuál de las modelos estaba más buena. Silbaban, bromeaban y continuaban con el trabajo. 


Carol se recostaba en el asiento, giraba la cabeza de un lado y mientras el auto recorría las calles de Lima, escuchó cómo se interrumpía la señal de la radio, la estaban cambiando. Giraba hacia el otro, no la tranquilizaba en nada el movimiento. En su caso, la molestia seguía recortando las ganas de asistir al desfile. El celular reventaba, pero esta vez por las llamadas del fotógrafo. Se cansó de llamar y mensajeó. Le decía que por encargo de su revista, cubriría el desfile. Sí, era grande y para ella, se armaba la grande.


Ahora, con más ganas  no quiero ir —pensó.
—¿Todo bien, señorita?—cuestionó el chófer.
—Sí, gracias. ¿Bonita noche, no?
—Odio estas épocas del año...
—Yo odio todo el año.
—¿Por qué?
—Uhhhmmm…


En un restaurante en plena avenida Javier Prado, dentro de un edificio elegante de dos pisos, mesas redondas, enormes y decoradísimas, una mujer recibe una llamada y se retira a los servicios higiénicos. La noche se apoderó del cielo limeño, las estrellas son invisibles como siempre, el bochorno es más intenso cada minuto. La recepción de señal en ese cubículo es limitada, pero entre los ruidos de la llamada, entiende el mensaje y autoriza a la persona que está al otro lado. Sale del espacio íntimo y se detiene frente al lavamanos, acentúa el color de su labial y con un trozo de papel, corrige los bordes rojizos.


En un calle de Gamarra, junto a otros reporteros gráficos, Raúl caminaba y vigilaba sus equipos. En esa revista que trabaja te recomiendan no perder ni el tiempo. Todo para ayer. 


Al mismo tiempo, probando los bocaditos en una fiesta en un barrio acomodado del sur, Ivana sentada miraba sus mensajes viejos. La conversación llena de “weonas”, “manyas”, alucina” que tenía con su mejor amiga y se apena. Una duda se implanta en su mente. ¿La llamó, no la llamo? Tenía varias de copas de vino encima.


Con el silencio incómodo en el momento, el chófer subió el volumen de la estación y disimuló el impase en la interacción. La señorita empezó a subir y bajar el vidrio automático. Los avisos en su celular no se apaciguaban. Para colmo, la congestión clásica de estas épocas del año, modificaban las leyes del tiempo y espacio. Permitían que movilizarse entre 8 cuadras demoren como 80.


La mujer reposó su espalda delgada y su cabello caramelo en la silla. Recibió un plato de pollo con arroz y salsa de tamarindo. Su acompañante aún tenía correctores dentales, cuando la vio,  le sonrió y le preguntó si había ocurrido algo interesante porque la notó demasiado emocionada.


—No, hija. Nada de qué preocuparse. ¿Llamaste a tu papá? 
—Sí, pero no importa. Nunca contesta cuando está ‘ocupado’. Tú sabes cómo es de complicado su trabajo.
—Bueh. No importa, déjalo. Ya sabrá lo que se pierde.
Y rieron.


Carol recordó lo triste que fue despertar en su cama, las marcas violetas. No era la primera vez que lo vivió. Hace unos años, Ivana la cuidó toda una noche y todo un día porque se embriagó con demasiados mililitros de pisco en un bar, Ivana la acompañaba en su dolor. Sus padres murieron en un accidente de tránsito, ella se enteró por sus tíos que la llamaron a los minutos de enterarse. Su coraza de seguridad, de autoconfianza y desinterés en el mundo se destruyó por esas llamadas que nunca debieron llegar. Por esas casualidades, salió de paseo con ella. Regresaban del centro comercial y caminaron hasta la Plaza de Armas para ingerir alcohol. Las llamadas de Raúl seguían. Al hombre se le veía angustiado. SUDABA FRÍO. Se enteró de algo y tenía que decirlo. 


La cena transcurría en total silencio. Se interrumpía, eso sí, por los cuestionamientos del mozo. ¿Necesitan algo?¿Todo bien?¿Están satisfechas con el servicio?¿Le ayudo con algo más? Claro, no solo a ellas, pero el sitio estaba desierto y las conversaciones se oían claritas.


Para Jair, la situación era agobiante. Esperaba aún que la gracia de Carol llegara al lugar, se alistase como pudiera y deslumbrara como sabe hacerlo. La caminata de Raúl se hizo más errática, las manos le temblaban. Los escalofríos le hicieron quedar mal ante sus compañeros. 
—¡Mira a ese pajero, Hernán!¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
—¿Qué pasa, Raulito?¿Necesitas una mano para tomar las fotos? —molestó Hernán agitando el puño izquierdo repetidamente.
Él también esperaba a Carol. Ivana, por su parte, bebía más copas de vino. Ella sí sabe que Carol no llamará. Así que empezó a mensajearle en wasap. Como todavía este se estremecía, pasó desapercibido. En el restaurante, la cena entre madre hija se llevaba bien, con chistes y sonrisas.  Minutos antes de terminar, la mujer se detuvo a mirar un punto en la inmensidad del espacio y levantó el tenedor con un trozo de pollo cocido, le agregó unas gotas de sillao y comió. Se preguntó a sí, ¿dónde estará su esposo que no aparece? Se le avisó con tiempo, con dirección. Raúl seguía inquieto. Se acercó a Jair y le preguntó si tenía idea sobre el lugar donde Carol estaba. El organizador, claramente afectado, rezongó y solo le dijo que estaban en la misma situación.


Carol se mareó con el humo, el detenimiento del auto, las quejas de los conductores y los claxon. Asqueada de lo mismo, odiando la noche y el haber aceptado la participación en el desfile vomitó en el suelo. Como no ingirió alimentos, el 50% de los desechos regurgitados eran bilis y el otro 50, arcadas exageradas. La simpática actitud del taxista se tornó sombría. 


—Perra maldita, ¿por qué no me dijiste que ya estabas mal?
—Eurg...Guuuahh..crewwarhhgg...uuuhhar…agggg
—Me tienes que pagar toda esta cagada, muchacha. Tráfico de mierda que no avanza si quiera. ¿Por qué no me dijiste que estabas mal, puta de mierda?¡¿Por qué yo, putamadre?!


Contra todo pronóstico, el hombre no la bajó del taxi. Aún conservaba algo de humanidad, la muñeca expulsaba todo lo que podía, pero no al ritmo de la música. Cual milagro de fin de año, la fila de automóviles se agilizó. Lamentablemente, los autos se estancaron en una zona peligrosa, aunque obligatoria para ingresar a Gamarra. La avenida Ricardo Trejo, conocida por sus asaltantes al paso y policías corruptos hasta el tuétano. La noche del desfile, otro personaje popular en las comisarías de la zona, llamado La Rata, rondaba con unos vulgares drogadictos, que desde las cuatro ya estaban “volando” muy alto. Se habían reunido porque la tarde lo ameritaba. La Rata se despertó con un buen presentimiento y así fue. En unas horas, ya tenían dos bolsos, cinco celulares y  250 soles en efectivo. Minutos después de las escenas de Carol y el piso del auto, mientras se recuperaba y se limpiaba de la boca, el sabor tan amargo de no haber comido, la pandilla caminaba entre las filas disparejas de automóviles. Las personas los miraban, las cámaras los grababan, los vendedores ambulantes disimulaban y todos detenían sus ojos sobre las piedras que cargaban en sus manos. Al acercarse al vehículo de Carol, todo se detuvo. La mujer en la cena con su hija, esperaban al actual chófer de Carol. Era el cumpleaños de la pequeña y la mamá, confirmaba el pedido del pastel. Jair conteniéndose aún, apaciguaba los ánimos de la gente y Raúl, se había enterado que contrajo una ETS. No se sentía bien. Ivana, allá, en la distancia dejó de intentar que Carol le conteste el celular. Por dos motivos: Uno, se murió el celular en ese instante. Dos, a la mañana siguiente, cuando despertó y vio las noticias, todo el país sabía en qué hospital estaba, que tan desfigurada había quedado, sus fotos aún circulan en internet, qué les robaron y que había perdido al niño que crecía en su vientre. 

 


FIN

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