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7 min
Sangre de tu sangre
Reales |
17.07.15
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Sinopsis

Con los ojos fijos en el gatillo que sostenía su nieto, Arturo Pérez contenía el aliento mientras esperaba el final que el mismo había escrito casi cincuenta años atrás. Contemplaba el semblante del hijo de su hijo con una mezcla de orgullo y de terror, comprendía claramente que cada uno de sus actos lo había conducido a este instante que percibía como una pequeña eternidad.

Con los ojos fijos en el gatillo que sostenía  su nieto, Arturo Pérez  contenía el aliento mientras esperaba el final que el mismo había escrito casi cincuenta años atrás. Contemplaba el semblante del hijo de su hijo con una mezcla de orgullo y de terror, comprendía claramente que cada uno de sus actos lo había conducido a  este instante que  percibía como una pequeña eternidad.

El sonido fulminante de seis detonaciones no basto para que sus ojos se cerraran, por el contrario, sus orbitas parecían a punto de estallar  y sus pupilas dilatadas  más  ávidas de luz de lo que nunca estuvieron se elevaron hacia el azul violeta  inmenso de un cielo maculado con miles de espesos nubarrones que se fundían en el horizonte en una variedad de tonos que marcaban claramente un transición hacia un color sanguíneo que acentuaba la impresión de un sol moribundo y decadente. El conocido olor de la sangre manando de su cuerpo se mezclaba con el aroma rancio del orín que impregnaba la esquina del burdel en la que yacía su vieja y atrofiada existencia  le produjo una sensación  un tanto diferente a la que muchas veces había experimentado cuando su cuerpo otrora sólido y firme se había batido con decisión frente a cualquier adversario, contra balas y machetes, contra amigos y enemigos. La calidez del líquido vital  abriéndose paso a través de su ser, abandonándolo, lo sumergió en un estado de absoluta introspección que no se vio modificada por las  maldiciones e improperios que su verdugo lanzaba con ferocidad y satisfacción. Poco a poco sin cerrar aun sus ojos, empezó a percibir como un telón claroscuro envolvía todo a su alrededor, difuminando las siluetas y las formas que lo rodeaban, apaciguando paulatinamente sus pensamientos hasta que su entorno no fue más que la sombra de una sombra, una visión que no era percibida por sus sentidos y que rápidamente comenzó a transformase en una niebla espesa que se arremolinaba y cobraba  colores y texturas que los remontaron en el tiempo y el espacio hacia los confines de sus recuerdos.

 

Se vio de repente a si mismo contemplando a su padre en el pórtico de la casa de una hacienda olvidada hacía muchas vidas,  propinándole una paliza demoledora a su madre, la única persona en el mundo que lo había querido con sinceridad, la única que había visto en él un atisbo de humanidad y de ternura, se vio a si mismo empuñando la escopeta y apuntando a la cabeza de su predecesor con la firmeza que el mismo le había inculcado desde que tuvo fuerzas para levantarla y que había perfeccionado en las continuas jornadas de caza en las inmensas sabanas que un día fueron su hogar,  percibió la fuerza del impacto sobre su hombro y el profundo olor a pólvora que impregno el aire en aquella diáfana mañana de diciembre, supo entonces  con absoluta seguridad que ya no era un niño y que el destino que el mundo había deparado para él se empezaba a escribir con la tinta indeleble de la sangre de su padre.

 

Se vio a si mismo huyendo de la implacable venganza de sus hermanos y tíos, sabía que la sangre se pagaba con sangre, y que su muerte garantizaría una porción más grande a cada uno de aquellos que un día fueron su familia,  se vio  refugiándose  semanas enteras entre morichales y selvas, entre altos pastos y sabanas implacables, se vio  remontar la cordillera desde donde pudo contemplar la inmensidad de las llanuras que se veía obligado a abandonar y a las que sabía regresaría como todo un hombre.

 

Con la misma claridad, percibió la sensación de placer que experimento su cuerpo cuando  recaudo los frutos de su primera emboscada en el camino que de Algeciras conducía a San Vicente, una pareja de arrieros que conducía su recua de mulas cargadas con provisiones y mercancías que les brindarían un futuro mejor en aquellas tierras llenas de oportunidades le proveyó con las bases de lo que sería una inmensa fortuna acumulada con sangre y fuego.

 

Fue la primera de muchas incursiones en las cuales tomo la vida de cientos de transeúntes que sin saberlo construyeron las bases de un imperio que domino toda una región, supo entonces que el miedo, la fuerza y la violencia eran sus aliados más fieles y que junto a ellos podría cumplir con el cometido que se había propuesto años atrás.

 

Durante un segundo-eternidad, contemplo aquel día de diciembre muchos años después de su huida   en que acompañado del sequito que durante muchas  emboscadas y asesinatos había  formado, irrumpió en la hacienda del hermano de su padre y con la misma satisfacción experimentada al oprimir el gatillo que inicio la acumulación de su fortuna y poder, comenzaba a ver cumplida la profecía autoimpuesta que definiría su porvenir y su destino. Con la misma tranquilidad con la que disparaba a las presas que le alimentaron en sus años de huida, silencio a cada uno de sus hermanos y  tíos, a cada uno de sus enemigos jurados hasta convertirse en el símbolo de todo lo poderoso y temido en la región. Los ojos llenos de lágrimas  de María Pérez, su prima y única sobreviviente de su estirpe le llegaron como una ráfaga de oscuridad, la vio desnuda  tendida en la cama llorando a los suyos mientras él vaciaba en sus entrañas muchos años de frustración, odio y pasión no correspondida. Vio a sus hijos, dos estampas vivas de su propia estampa, crecer con el odio inculcado por su madre, huyendo de sus borracheras y maldiciendo su nombre con una fuerza solo digna de sus descendientes, se vio a si mismo asistiendo a su entierro muchos años después, cuando sin  lograrlo se propusieron llevar a cabo la temible sentencia que el mismo había cumplido con su feroz padre, fruto de  la cual  perdió toda movilidad en sus piernas fuertes como robles conminándolo a permanecer el resto de su vida en una silla que parecía burlarse de sus triunfos.

Sintió un punzada de algo parecido al dolor, cuando la  implacable ola de odio le recorrió de nuevo todo su ser y se vio aún más ruin, mas desalmado, desbordado de rencor, viejo, solo y abandonado. Los años en los cuales había dominado todo y a todos se habían marchitado en un lecho de necesidades y pobreza, había sobrevivido penosamente a la usurpación de su poder por parte de aquellos que algún día lo sirvieron solamente por  que sentían más satisfacción al ver al poderoso Armando Pérez postrado en una silla consumiéndose a si mismo entre recuerdos y pesadillas.

Sin embargo, la estrella que había plantado en estas sabanas inmemoriales e inmensas retorno a sí mismo en la forma de su nieto, también llamado Armando, también torturado por un destino marcado por la sangre y el poder, por un odio que se perdía en la lejanía como el horizonte inalcanzable de una tierra  que había visto florecer a una raza destinada a destruirse.

Armando Pérez finalmente cerro sus ojos, pero en su rostro se dibujó una sonrisa que parecía gritarle al sol que moría en el horizonte, que su estirpe, al igual que el astro que domina la inmensidad de la  llanura seguirá debatiéndose con un destino que se escribe con el rojo de la sangre y el atardecer. 

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  • Abrió el armario, se dispuso a desmembrar aquel objeto/ser que le permitiría alcanzar sus metas, cumplir sus anhelos, ser feliz después de tanto dolor y sufrimiento. Mientras quitaba, una a una las piezas de si inusual celestina. Volvió al trance infinitesimal que significa la razón.

    Armando Pérez, contemplo los últimos estertores del inmenso animal con una satisfacción que se apodero de todo su ser fundiéndose y eclipsando el pasmoso sentimiento de terror que infringía la cercanía de la poderosa bestia. Con pasmosa tranquilidad extrajo su machete del cual escurrían gotas del fluido denso y carmesí que animaba hasta hace pocos minutos al máximo depredador de la sabana y la selva, con un rápido movimiento empapo todo su ser con el elixir de la vida de su poderoso oponente para emitir un poderoso grito que se esparció por el morichal, por la sabana, por el mundo.

    En ese momento, recordó el instante exacto en que sus sueños y esperanzas de infante dieron paso a la historia de su vida, al destino de sus esfuerzos. Se vio a si mismo transformando todo aquello que le resultaba familiar, modificando su vida, la de sus vecinos, la de su vereda, la de su municipio, la de su región. Se vio a si mismo creando un nuevo mundo para si mismo y para sus hijos, se vio construyendo los sueños de su hijo, tal y como su padre los había construido para el.

    Con los ojos fijos en el gatillo que sostenía su nieto, Arturo Pérez contenía el aliento mientras esperaba el final que el mismo había escrito casi cincuenta años atrás. Contemplaba el semblante del hijo de su hijo con una mezcla de orgullo y de terror, comprendía claramente que cada uno de sus actos lo había conducido a este instante que percibía como una pequeña eternidad.

    Santiago Garzón amaba a Fidedigna con la fuerza del Rió Negro en el invierno, con la ternura y delicadeza del roció de las flores en las montañas de la cordillera, con la inmensidad de la llanura oceánica que se extendía hasta el infinito en el oriente, su amor era sublime, como las cumbres inalcanzables a cuyos pies se levantaban Guayabetal y Quetame.

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