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12 min
Sangre - Piloto
Varios |
06.07.15
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Sinopsis

La vida ha obligado a Alex a madurar bruscamente. Sin embargo bajo su racionalidad y su cuadriculada mente, hasta ella sabe que no todo en esta vida puede ser previsible. Piloto de lo que quizá algún día sea un libro. Un comienzo light para lo que pretende ser una historia muy intensa.

Me llamo Alex y morí hace cuatro años. Cualquiera se preguntaría cómo alguien puede morir sin apenas haber cumplido una quinta parte de su vida. Sin embargo no fue hasta el día de mi muerte cuando conocí mi verdadera vida.

Nací en un pequeño pueblo de mala muerte cuyo nombre no viene al caso, rodeado de deprimentes secarrales y algún que otro pinar que a pesar de su vivo color no contribuía gran cosa al paisaje, casas pequeñas, carente de pisos y ambiente tan deprimente y moribundo como sus paisajes.

Como pueblo pequeño que era, claro está que todo el mundo se conocía, gran desventaja para aquellos que nunca hemos tenido una gran pasión por la vida social. Para más inri, mi padre no era otro que el médico del pueblo, por lo que además de ser conocido por todos, muchas veces este hecho nos ponía en el punto de mira de muchas de las vecinas cotillas que allí abundaban, las cuales lo pasaron en grande cuando tras la muerte de mi madre a manos de una larga y angustiosa enfermedad degenerativa, mi padre, sin apenas dejar tiempo al luto, rehizo su vida con una mujer veinte años menor que él, casualmente hija de uno de los que fueran en su día profesores de su facultad.

A esto hay que añadirle el aliciente de que éramos ‘extranjeros’, muchas veces lo único que frenan los cotilleos suelen ser los lazos de sangre, los cuales hacen recapacitar muchas veces a dicho espécimen natural de los pueblos y cortarse un poco a la hora de difamar a alguien, por lo que se ensañaron con mi padre, hasta tal punto de simplemente pedir hora en su consulta para lanzarle indirectas o para preguntar por su joven novia.

Por entonces yo tenía catorce años, pese a querer mucho a mi madre, el haberla visto postrada en una cama durante los últimos cinco años había evitado que me apenara por su inevitable final. Esclerosis Lateral Amiotrófica. Nunca perdona. Aun así mi padre intentó hacerme mantener la esperanza hasta el final, aunque mejor dicho simplemente intentaba convencerse a sí mismo ante el deplorable panorama. No dejaba de hablar de los novedosos tratamientos con células madre que importaban de prestigiosos institutos médicos mientras con disimulo aumentaba la dosis de sedante para paliar los leves espasmos que recorrían su vegetativo cuerpo. Antes de morir, mi madre, típicamente, hizo prometer a mi padre que reharía su vida con alguien digno de él.

Y así fue.

Fue la mañana que se dirigió a la facultad de medicina de la capital de la provincia, donde ya hacía treinta años que terminó sus estudios, para finalizar los trámites de la donación del cuerpo de su difunta esposa a la ciencia como ella le había sugerido al principio de la enfermedad, cuando la conoció.

Pronto empezaron a cenar cada noche juntos, y no fue hasta un mes más tarde cuando mi padre reunió el coraje necesario para decirme que estaba conociendo a alguien, y tan solo una semana más tarde lo acompañé en uno de sus encuentros, en un elegante restaurante de la capital. Allí estaba, era alta, de piel rozando lo níveo, pelirroja teñida de ojos azules, expresión adusta y muy delgada.

  • Sara, esta es Alex, mi hija. - presentó mi padre(¿? corrección).

Sara forzó una sonrisa y se agachó para darme un beso al que apenas correspondí.

  • Encantada de conocerte, bonita. Tenía muchas ganas de conocerte, tu padre no para de hablar de tí.

Me limité a asentir levemente. No iba a dar mi brazo a torcer de ningún modo.

  • Es muy callada. - se apresuró a comentar mi padre. - sobre todo desde lo de Laura.

  • Vaya, imagino que ha tenido que ser muy duro para tí. Pero tienes que hacer como tu papá y seguir viviendo, aunque te dé mucha pena lo de tu mamá.

Fruncí levemente el labio, me sentía insulsamente infantilizada.

  • No es la muerte de mi madre lo que me da pena. - comencé. - lo que me da pena es que haya tenido que sufrir cinco años para acabar donde ha acabado, en cuanto a lo de vivir lo tomo por implícito.

Mi padre me dio un golpecito con el pie por debajo de la mesa, mientras Sara no me quitaba la mirada forzando su sonrisa hasta límites insospechados.

  • Eres muy madura para tu edad, estoy segura de que nos llevaremos muy bien.- añadió cogiendome de la mano. - además, mi hijo Sergio tiene tu edad, ya verás como hacéis muy buenas migas.

 

De camino a casa en el coche discutí con mi padre.

  • Alex, ¿Qué mosca te ha picado?.

  • Tengo catorce años papá, no voy a dejar que me trate como a una niña de seis. - refunfuñé.

  • Eres una niña Alex, y te trata como tal.

  • Ya lo veo, hasta quiere colocarme a su hijo como en parvulitos. Te has buscado una joya con dientes.

  • No hables así de Sara, se que lo de mamá te ha afectado, pero…

  • ¿Pero qué, papá?, esto no es por mamá, es por tí, es por mí. ¿No es demasiado pronto para buscarle sustituta?.

  • Alex, solo nos estamos conociendo…

Me limité a enarcar una ceja en expresión sarcástica.

Exactamente la misma mirada que le dediqué cuando un año más tarde se arreglaba para acudir a su boda con Sara.

  • ¿Estás seguro? -. pregunte una vez más, tal y como acostumbraba a hacer diariamente desde que hace dos meses anunciaran su compromiso.

  • Por última vez, Alex, sí, la quiero, y me voy a casar con ella, te guste o no.

  • Papá, esto no es como los viajes, las cenas, las galas...la vas a meter en casa, creo que al menos me merecía que pidieras mi opinión. - bufé conocedora de que no había vuelta atrás.

  • Cielo, se que va a ser difícil acostumbrarte pero mira el lado bueno, como Sara va a abrir su consulta en el piso de arriba no pasarás tanto tiempo sola en casa, además, de la compañía de Sergio.

Puse los ojos en blanco al escuchar su nombre. Sergio, más conocido en mi mente como ‘el niño que quería volar’. Tuve el honor de conocerlo hacía seis meses, cuando papá invitó a Sara, a su hijo, a mis abuelos y a sus futuros suegros a casa.

Mi futura madrastra no había hecho hasta la fecha más que deshacerse en halagos en lo referente a su hijo, poniéndolo por las nubes.

Sin embargo la realidad dejaba mucho que desear, Sergio era lo que se conoce como un niño rata, que más allá de la dimensión de los videojuegos, sacaba a pasear sus pataletas y su chulería constantemente con tal de ser el centro de atención, todo claro está, excusado por su madre, la cual no hacía más que repetir: “Es solo un niño” fuere cual fuese la magnitud de sus travesuras.

Fue en la comida cuando empezaron a torcerse las cosas, dado que se negó a comer la paletilla de cordero asada alegando que la salsa de verduras con la que había aderezado mi padre el plato “sabía a mierda”. Su madre le retiró el plato con su habitual sonrisa y sin mediar palabra. Una llamada y diez minutos más tarde estaba comiendo pizza, ante la mirada perpleja de mis abuelos y mía y la indiferencia de mi padre, su madre y sus abuelos.

Más tarde, durante el café, me fuí a mi habitación, no podía soportar más la situación. Cerré la puerta y respiré aliviada, me senté en la cama, encendí el equipo de música y busqué algún libro que le hiciera justicia al hipnótico Blues Rock de Dire Straits.

Escuché como la puerta se abría de un portazo y tras ella la impertinente voz de Sergio:

  • Menuda mierda de casa, no tenéis televisión por cable, ¿Es que sois pobres?

  • Mi padre y yo no vemos la tele. - contesté irritada. - de no ser por alguna que otra película ni siquiera tendríamos tele.

Sergio no contestó, se limitó a pasearse con su habitual aire chulesco por mi habitación.

  • Dejame tu ordenador, quiero jugar.

  • ¿Acaso tu madre no te ha enseñado lo que es la educación? En primer lugar no deberías estar aquí, esta es mi habitación, y si quieres entrar, debes llamar a la puerta.

  • Ya estoy dentro, ¿no? pues ya está, venga, rapidito que me aburro.

  • No vas a tocar mi ordenador, y si no me dejas en paz y te vas a seguir cebándote como un cerdo con tu pizza, llamaré a mi padre.

La expresión de su cara se mantuvo, pero se giró desafiante.

  • ¿Y qué? - bramó - ¿Qué me va a hacer tu padre? Como me toque un pelo, mi madre lo va a dejar a dos velas. Y dado que no puede follarse al cadaver de tu madre, creo que le va a joder bastante.

Noté como se me hinchaba la vena del cuello, decidí reprimirme, él no quería otra cosa que provocarme para que diera el primer golpe, culparme y así poder hacerse la víctima y salirse con la suya.

  • Tienes razón - contesté intentando mantener toda la serenidad. - además la violencia no soluciona nada. Quizá en el futuro incluso seamos hermanastros, hay que compartir. Ahí tienes mi ordenador, Sergio.

  • ¿Ves como sabía que íbamos a entendernos?

Se abrió paso a zancadas a través de mi habitación hacia mi apreciado ordenador de sobremesa.

  • Voy a ir a la cocina a por algo de beber, ¿Quieres algo?

  • Hmm, un refresco de cola y una bolsa de patatas fritas irán bien.

Felinamente salí de mi habitación, y antes de que esa bola de sebo hubiera encontrado el botón de encendido, bajé los fusibles del cuadro eléctrico correspondientes a mi habitación.

Seguí hasta la cocina, y apoyada en la mesa esperé el resultado de mi particular vendetta.

  • Eres una puta de mierda. - escuché que se dirigía furiosamente hacia mí. - si quieres joderme yo tambien te voy a joder a tí.

Estaba rojo de ira. El troll, trolleado. Empezó a lanzarme todo lo que encontraba a su paso, cubiertos, bandejas, platos, hasta que se acercó hacia mi y me escupió.

  • Así se trata a las putas.

Eso fue demasiado para mi, perdí el control. Lancé un puñetazo contra su mandíbula, el cual no pudo esquivar, se llevó la mano incrédulo.

  • Vas a pagar esto muy .... - gritó.

Cierto es que nunca había hecho especialmente deporte, pero siempre había podido hacer gala de mi constitución atlética, heredada de mis padres. Lo único que no había heredado era su altura, pues con mi metro cincuenta y cinco de altura nunca había podido hacer gala de la misma. Pero eso no pareció influir en el golpe que propiné a Sergio antes de que pudiera terminar la frase.

No esperó más y se lanzó sobre mí propinándome numerosos puñetazos y rodillazos desesperados, con una técnica probablemente copiada de las películas americanas de turno. Cada vez me descontrolaba más, me golpeó hasta que noté el férreo sabor de la sangre en mi boca, aunque él no estaba mucho mejor. Aprovechando un momento de desventaja conseguí arrastrarlo hasta la ventana y tomar la posición dominante.

  • ¿Quieres volar? - sugerí cruel - dicen que en la realidad es mucho mejor que en los videojuegos.

Al verse amenazado comenzó a chillar y aullar pidiendo ayuda. Escuché las escaleras y decidí que era el momento de jugar sucio. Me tiré al suelo y empecé a llorar, acusándolo de haberme pegado.

Su madre y lo cogió del brazo y pidiendo disculpas se fue junto con sus abuelos. Mi padre estaba paralizado, sin saber ni cómo reaccionar. Me sequé las lágrimas aparentando inocencia. Tras ese altercado estuve completamente segura de que había conseguido romper la relación entre mi padre y Sara, hasta que dos semanas más tarde, mi padre me hizo pedirle perdón a Sergio, y Sara hizo lo propio con su hijo, creando una sensación de falsa paz entre nosotros.

 

Mi padre se miró una última vez al espejo antes de salir de la habitación.

  • Cariño, solo quiero ser feliz .- suspiró posando su mirada en mí y acariciándome el pelo. - Quiero a Sara, y se que no es perfecta, y tampoco pretendo que sustituya a mamá, pero es la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida.

Lo miré fijamente a los ojos, no me gustaba Sara, ni ella ni su repelente hijo, pero la felicidad de mi padre estaba por encima de todo eso.

  • Está bien papá, no quiero ser ninguna borde. - dije abrazándolo. - pero no pretendas que la llame mamá.

  • Nunca lo voy a pretender, Alex - contestó sonriendo.



 

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