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5 min
Santa Elena de Constantinopla, la isla del nuevo día.
Amor |
07.12.18
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Sinopsis

Con un largo matrimonio de diecisiete años y un futuro incierto, Ana decide emprender una larga travesía para dejar atrás sus días de rutina y encontrar un nuevo sentido a la vida en la alejada isla de Santa Elena, R.U.

PRÓLOGO.

Miré atrás y cientos de rostros desconocidos alzaban sus manos para despedir el ferry, la gente a mi alrededor sonreía y lloraba a la vez que se despedían de aquellos que dejábamos en tierra y que, poco a poco, se iban haciendo más pequeños en la distancia, si bien el ferry volvía de la costa cada quince días, muchos de ellos no volvían en años.

A mi lado una mujer anciana lloraba mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo azul.

-¿Se encuentra bien? -le pregunté.

-Sí, querida -contestó, dándome una palmadita en el brazo-. Ya ves lo difícil que es decir adiós a quienes amas. -Sonrió, con la mirada brillando por las lágrimas aún y entonces se alejó.

La verdad es que no lo sabía. A pocas personas había amado y a más pocas aún había echado de menos. Mis viejos amores no habían dejado huella y los nuevos, simplemente, no habían durado lo suficiente para intentarlo siquiera.

Tenía 37 años, y en esas casi cuatro décadas a penas sabía que significaba ser apegado a alguien, crecí en solitario como la mayoría de esas especies que aprenden a vivir sin compañía de los demás. Yo era esa clase de criatura que prefería el sedentarismo y el aislamiento, conocía poco de socialización y, por ello, había decidido renunciar a mi trabajo como directora de una clínica en neurología para viajar a Ciudad del Cabo en Sudáfrica y tomar un ferry en dirección a Santa Elena, la famosa isla donde Napoleón fue condenado al exilio. 

Ese era el primero de los cinco días en altamar hasta llegar a la pequeña isla, si bien recientemente se había abierto el aéropuerto, prefería la aventura de pasar cinco días inmersa en aquélla larga travesía.

Ciertamente no sé en qué momento fue que lo decidí; debió ser ese documental que miré a mitad de una noche de sábado cuando, después de hacer el amor, Daniel dormía a mi lado, roncando como bestia iracunda. Debí ser objetiva y crítica, como mi trabajo demandaba, debí revisar los pros y los contra, debí cuestionarme qué probabilidades había de que aquello fuera un error, aunque si bien las probabilidades eran sumamente altas, de nada me habría servido pensarlo dos veces, pues contaba con ese instinto impulsivo que me hacía actuar sin frenesí, impulsada por la intuición y el hambre de adrenalina.

Mi matrimonio ya andaba mal, él lo intentaba a medias y yo, sencillamente, tenía tiempo que había dejado de intentarlo. Él hablaba de traer un hijo al mundo como solución a todos nuestros problemas maritales, de haberlo escuchado habría sido un total fiasco puesto que no sólo habríamos sido una pareja infeliz, sino que además seríamos una pareja infeliz haciendo infeliz a un hijo. Menudo embrollo.

Aquella noche hice mi maleta, tomé sólo lo que consideré necesario, casi indispensable, busqué mi documentación, reservé un pasaje de avión desde el ordenador y gasté, prácticamente, todos mis ahorros, dejando lo necesario para llegar medio hambrienta a la isla, sabía que habría de ser fuerte, aunque podría decirse que la vida ya me tenía curtida.

Daniel a penas notó el movimiento pero, justo cuando terminaba de cerrar la última bolsa de la compacta maleta que preparaba en el pasillo salió al umbral de nuestra habitación para quedarse parado con mirada de crío perdido. 

-¿Qué?- pregunté, como quien inocentemente cree que no debería ser juzgado.

-¿Te vas?

-Ya lo sabías. No puedes decir que no. -Le dije, casi culpándolo de parecer sorprendido.

-¿En qué momento lo decidiste, Ana?

-Justo hace media hora. -Admití.

-¿Debería intentar detenerte? -Eso sí qué dolió.

-No.- Dije con un hilo de voz, la primera y única lágrima salió, sin esfuerzo ni motivación.

Me acerqué a él y le di un fuerte abrazo, sintiendo algo desconocido y desagradable inundando mi pecho. Lo solté antes de que la sensación siguiera creciendo.

-Te mandaré correspondencia cuando llegue a mi destino, allá podrás enviar los papeles de divorcio para que los firme. -Lo miré a los ojos sin notar expresión alguna.- Cuídate, Daniel. -Le di un beso en la mejilla y salí de la que, por diesiciete años había sido mi casa.

Así de inusualmente impersonal había sido nuestra despedida, ni él intentó detenerme ni yo intenté encontrar motivos para quedarme, quería dejarle allí mismo con todos los recuerdos que aquél matrimonio me había dejado, No me arrepentía de haberlo dejado así después de tantos años. Él había sido mi compañero durante ese tiempo, pero había tenido otros amantes y algunos amores fugaces. Estaba segura de que él también, así qué, ¿para qué dramatizar y negar lo obvio? No había razón para quedarme y esa era una buena razón para dejarlo.

Por lo que ahora me encontraba ahí, en un ferry camino a una isla solitaria a mitad del atlántico, con cientos de dudas en mi cabeza pero con la certeza de que, si aquél era un error, sería el mejor error que había cometido en mi vida, porque estar ahí, en camino a la mitad de la nada, sí que se sentía jodidamente asombroso.

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