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5 min
Se acabó la Space Opera 3
Fantasía |
08.06.10
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  • 1990
Sinopsis

Carpe diem: una carpa al día. O un capítulo al día. Aunque más que capítulos, escenas. Ahora, escena 3.

Nada más abrir los ojos de nuevo, Hildegard se quitó la cinta del pelo y la apretó con fuerza entre los dedos. Luego miró a su alrededor, y vio que la habían encerrado junto a Perlman en una especie de compartimento estanco con forma cilíndrica. El recio mecánico se palpaba la herida de la coronilla, tranquilo y fastidiado al mismo tiempo. Cruzaron una breve mirada, sin palabras.
-¿Estáis despiertos? Muy bien -El rostro de Jameron asomó al otro lado de la escotilla rectangular de la estrecha cámara-. Os lo explicaré claramente: no estáis aquí para sacar ninguna mercancía de la estación.
-Eso lo hemos deducido nosotros solos, maestro -dijo Perlman.
El sombrío colono lo ignoró y continuó hablando:
-Hace algo más de dos semanas perdimos el contacto con la excavación del meteorito. Los operarios que tenían turno de descanso aquí descendieron para ver qué pasaba, pero ninguno regresó ni transmitió siquiera un simple mensaje de alerta. Cundió el pánico, y decidí enviar ahí abajo a la patrulla de centinelas que habíamos contratado a los del Conglomerado para que nos protegiesen... Pero tampoco esos repelentes sarcanos armados han vuelto todavía.
-Ya veo -Hildegard torció los labios en una media sonrisa desprovista totalmente de humor-. Por eso salió la tontita de Lylian en un módulo de emergencia al espacio, a modo de anzuelo. Necesitáis a algún imbécil de fuera que sea lo suficientemente ignorante o peligroso como para que baje ahí a limpiar vuestra mierda.
-Eres lista -dijo Jameron, asintiendo-. Ignorante, y también peligrosa. Por eso os he dejado vivir. ¿Estáis preparados?
Hildegard se acercó al grueso cristal blindado:
-¿Y por qué no bajas a mirar tú, espalda plateada? Sólo quedáis los científicos. Odio que siempre sobrevivan los cobardes. ¿Qué investigáis en esa roca, si puede saberse? Seguro que acabáis vendiendo cajones de mineral barato a Belkanesh en cuanto os canséis de buscar putos microbios fosilizados. Los colonos humanos como vosotros sois los nuevos mendigos de los mundos exteriores. Sois la vergüenza de nuestra especie.
Un leve temblor de odio sacudió las aletas nasales de Jameron, pero se esforzó por mantener su impasibilidad:
-En el territorio de los mundos exteriores flota una gran variedad de basura, es cierto, pero no es peor ser un colono pobre que una pirata bastarda. Tu reputación te precede como un mal olor, Hildegard Mideus Kadin. La Obsidiana... Es mucho mayor el miedo que inspira que el tamaño de la nave en sí.
-El tamaño solo es importante para los acomplejados -comentó Perlman.
-Estáis en el único tubo umbilical que aún funciona -continuó el colono-. Puedo enviar el elevador en el que os encontráis hacia la excavación, o abrirlo al exterior como si quisiera librarme de un saco de escombros. Los míos ya están registrando la Obsidiana en busca de vuestra compañera y no tardarán en encontrarla. En cuanto lo hagan, me desharé de vosotros dos y le haré la misma oferta a ella. No tengo más tiempo para perder, ¿qué decidís?
-¿Qué quieres que hagamos? -dijo la mujer.
-Quiero que descubráis qué ha sucedido y que contactéis enseguida con Jericó. Ahí abajo hay terminales de comunicación directa por doquier. Quiero que también encontréis a nuestro jefe... a mi padre. Es el doctor Riccardo Constanze. No llaméis si no habéis dado con él, ¿entendido?
Hildegard le mantuvo la mirada durante un instante, inmóvil. Sus ojos, de un azul tan duro como el acero pulido, no pestañearon:
-Dile a la zorrita de tu hermana, J.C., que odio que me mientan entre sábanas. Sí... tenéis las mismas facciones embusteras. Bájanos a la mina cuando quieras, paleto espacial.
-Asquerosa ninfómana... Vas a tener lo que te mereces -escupió el colono, accionando el elevador con un desganado golpe del dorso de la mano.


Cuando estuvieron fuera de la vista de Jameron, descendiendo gradualmente hacia el meteorito y acompañados por el ronroneo del conducto de transporte, Perlman rompió a reír entre dientes:
-No es cierto, ¿verdad, jefa?
-¿El qué?
-Que seas ninfómana.
-Sabes que me gustan todos los platos, pero en poca cantidad -Hildegard giró sobre sí misma con preocupación, incapaz de ver ninguna salida en el angosto compartimento-. Mierda, esos tíos son espabilados.
-Pero no son militares, ni bandidos -Perlman desenfundó parcialmente el puñal aún oculto en su muñequera para enseñárselo a la capitana-. No están acostumbrados a hacer registros, y parecen realmente asustados por lo que sea que les está ocurriendo. ¿Qué hay de nuestra chiquilla? ¿Estará bien?
La mujer balanceó la pequeña cinta para el pelo entre dos dedos: el diminuto dispositivo ovalado cosido a él apenas era perceptible a simple vista. Volvió a recogerse la roja melena a la nuca con ella.
-La pequeña Satra ya está alertada -suspiró-. Quienes me preocupan ahora... somos nosotros dos.
La cápsula cilíndrica siguió aproximándose inexorablemente a la árida e inmensa superficie del meteorito.
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