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6 min
Se acabó la Space Opera 9
Fantasía |
15.06.10
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Sinopsis

Se acerca el final.

Hildegard notó el robusto hombro de Perlman pegado al suyo. Ambos estaban húmedos por el sudor, temblorosos por la descarga de adrenalina.
De pronto rodeó el cuello del hombre con ambos brazos y le estrelló un beso en los labios.
-¿Lo atribuyo al mareo de la pipa? -preguntó Perlman, sereno.
Ella, sin descolgarse de él, lo contempló con ojos brillantes:
-Atribúyelo a una mujer que no quiere morir sin despedirse. El tubo en el que viajamos puede desgarrarse de un momento a otro, y deseo expirar mi último aliento abrazada a alguien. ¿Es eso algo malo?
-Es algo que rompe el contrato verbal que hiciste conmigo y la chiquilla -dijo el mecánico-. El acuerdo especificaba que no nos asaltarías a ninguno de los dos. Los de la Obsidiana somos como una familia, ¿no es así? Además, ni siquiera has llegado a los treinta, así que olvida eso de considerarte una mujer, porque para mí aún no lo eres.
-¿Piensas eso realmente?
-Podría ser tu padre, con mis canas: claro que lo pienso.
Hildegard se separó de él. Cerró los ojos y sonrió:
-Perdona.
El hombre le alzó el rostro sujetándole el mentón.
-Eh, no pienses mal de mí -dijo-: si tuviese veinte años menos asaltaría tu camarote, jefa. Pero uno ha de aprender a arrugarse dignamente, sin hacer el ridículo.
La mujer le dio la espalda, y miró a través del estrecho cristal: el negro y mudo vacío estrellado permanecía impasible ante la matanza de la que alejaban tramo a tramo.
-Si salimos de esta te pagaré una concubina geana para que te quite las telarañas, abuelo.
Perlman rió entre dientes y negó con la cabeza.
-No podrías pagar a ninguna con el nivel de prestigio que a mí me gusta, niña.

Cuando la cápsula llegó por fin a la estación Jericó y salieron de ella, el grupo de sombríos científicos colonos no tardó en volver a rodearlos. El gigantón de la tuneladora láser volvió a situarse detrás de Perlman, en esa ocasión a una distancia prudencial. Cruzaron sendas miradas de odio silencioso.
Jameron Constanze salió de entre los suyos y apuntó a Hildegard con el cañón que le había quitado. Su frente estaba humedecida, y sus ojos enrojecidos oscilaban nerviosamente.
-El logograma de mi padre -ordenó con sequedad.
-¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanta urgencia? -dijo Hildegard-. Veo que sois pocos. Seguro que habéis cabreado a mi impaciente piloto.
Jameron presionó ligeramente el gatillo del arma:
-¡Calla y dame el maldito logograma!
La mujer no se inmutó:
-Antes devuélveme mi brazalete.
-¿Vas a dejar que esta saqueadora te dé órdenes? -intervino uno de los colonos.
Jameron, sin dudarlo, lo dejó sin sentido de un culatazo en la nuca. Sacó el deslucido brazalete y se lo lanzó a la capitana. Ella hizo lo mismo con el pequeño objeto del doctor Riccardo.
-Bien, ¿y ahora qué? -Hildegard miró a los sucios científicos uno por uno mientras se ajustaba el artefacto a la muñeca-. ¿Trato cerrado? ¿Cada uno por su lado, o pensáis matarnos?
-Jericó está acabada -sentenció Jameron, casi con un susurro; su vista, extraviada entre el logograma y los dos cautivos-. Vosotros veníais a robarnos.
-Y vosotros nos habéis utilizado -dijo Perlman, torciendo el gesto-. Estamos en paz.
-¿En paz? ¡Ni lo sueñes, perro! -El enorme portador de la tuneladora los encañonó aún con más cuidado-. ¡No los dejes marchar, Jameron! Esa cosa de la Obsidiana... ¡nos ha diezmado! ¡No sabemos dónde está, y tu hermana no aparece!
-¡Haz el favor de cerrar maldita boca! -vociferó su jefe-. ¡Nadie! ¡Nadie va a hacer nada hasta que yo lo diga!
Hildegard sonrió levemente.
-Eso ya lo veremos -El brazalete reconoció a su portadora y se activó automáticamente-. ¿Andas por ahí, Satra?
-Siempre cerca de ti, capitana.
El círculo de colonos se abrió instintivamente para dejar paso a la joven navegante. No osaron hacer nada que pudiese enfurecerla: con una de sus manos mantenía inmovilizada a Lylian Constanze, retorciéndole un brazo a la espalda en una experta llave, y con la otra apoyaba la boca del cañón de la pistola contra su sien. Solo se sintieron verdaderamente aterrados cuando reconocieron su traje en forma de segunda y siniestra piel negra, su blanco y desollado rostro cadavérico, y sus incongruentes, vivos y coléricos ojos verdes.
-Es... ¡Es una kryegana! -dijeron-. ¡Los monstruos de Iergos nos han encontrado!
-¡Soy una chica, malditos bastardos pellejudos! -rugió Satra. El inesperado y limpio timbre de su voz los desconcertó aún más-. ¡Y a vosotros no os buscaría ni aunque me estuviese muriendo de sed!
-Calma, pequeña -intervino Perlman-. Ya sabes cómo es esto. Deja que los mayores discutan y enseguida podremos ahorrarte las gilipolleces humanas.
De repente, todo el suelo de Jericó tembló como si hubiese recibido una violenta onda sísmica. Finos regueros de polvo cayeron sobre las cabezas de todos.
-¿Qué ha sido eso? -preguntó el mecánico.
Lylian, dolorida por la implacable presa de la kryegana, miró a su hermano:
-¡Dioses, eso era la bolsa atmosférica de la mina! ¡Has hecho que los generadores del meteorito se autodestruyeran!
Hildegard interrogó al jefe de los colonos con la mirada:
-¿Y bien... doctor Constanze?
La antigua designación de su padre pareció sacar a Jameron del trance en el que estaba sumido.
-Como he dicho, Jericó está acabada -explicó, extrañamente sereno-. Nuestro padre ha muerto, y en el yacimiento no hay nada que valga la pena. Por si eso fuera poco, no tenemos manera de justificar el asesinato de esos guardias ferales contratados al Conglomerado. Los mercaderes sarcanos ordenarán matarnos a todos en cuanto lo sepan, y desmantelarán la estación para revenderla.
-¡Podemos separarnos del meteorito, viajar con Jericó a otra parte y empezar de nuevo! -sollozó Lylian.
-No, hermana -dijo Jameron-. La influencia de Belkanesh en los mundos exteriores es implacable. No habría lugar donde poder escondernos, si siguiéramos en la estación. Los ferales sarcanos son una raza que jamás olvida a sus enemigos. Hildegard: coge lo que quieras de nuestro hogar... pero te ruego que después nos saques de aquí con la Obsidiana.
Nadie pudo reaccionar de ninguna manera ni articular palabra.
La cabina del elevador estalló hacia fuera, y el enorme colono de la tuneladora láser fue engullido por una inmensa ola de brazos deformes.
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