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9 min
Segismundo Tantibus
Drama |
15.07.15
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Sinopsis

La historia de Segismundo Tantibus

Puesto que insistís, os contaré la  historia de cómo deje de ser Daniel Bressel, famoso presentador de televisión y me convertí en quien soy ahora, Segismundo  Tantibus.

Si, ya sé que pensáis que no estoy en mi cabales, pues como todo el mundo sabe Daniel Bressel fue hallado muerto en su casa hará ya más de cinco años, solo espero que cuando termine mi relato  me deis el beneficio de la duda y que por fantástico que os parezca, no consideréis necesario encerrarme en algún centro psiquiátrico.

Como sin duda recordareis, Daniel Bressel vivía en una lujosa casa a las afueras de la capital en una no menos lujosa urbanización. Aquella noche el tiempo estaba revuelto. Como cada día antes de acostarme seguí mi ritual de cremas antiarrugas y demás elixires de la juventud, disfrutaba como Narciso contemplando mi hermoso rostro en el espejo. Por aquel entonces yo era un joven arrogante orgulloso de sus triunfos. La vida me había tratado bien, y sin apenas ningún esfuerzo pronto había logrado hacerme fama como presentador de televisión. Aquellos logros profesionales, que tan orgulloso me tenían, ahora lo veo claro, no eran más que el fruto de una azarosa conjunción de atractivo, oportunidad y sobre todo de  buena suerte.

Como cada noche me acosté  con un libro, esperando que su pausada compañía me transportara hasta los brazos de Morfeo, pero en el exterior, el viento bufaba con violencia y los truenos, que se acercaban, me sacaban una y otra vez de mi lectura.

Cuando la tormenta finalmente alcanzo la casa, el viento se envalentono golpeándola con furia, parecía querer derribarla, empecé a sentirme incomodo, quizás un sexto sentido me avisaba de los extraños acontecimiento que sucederían a continuación.

El continuo y fastidioso ruido de una ventana golpeando, me saco de mi cama, exasperado baje  las escaleras y con pausada minuciosidad fui comprobando las ventanas una a una, el viento y los truenos eran ensordecedores y aún en la seguridad de mi casa, me aceleraron el corazón. Con los pelos de punta llegue hasta el salón y allí tampoco había ninguna ventana abierta, maldije mi suerte, pues debía de ser en el sótano. Justo cuando me disponía a salir del salón un rayo alcanzo la casa.

Un resplandor de luz blanca inundo la habitación al tiempo que las bombillas se apagaban y un fuerte ruido resonó hasta estremecerme, atónito contemple como el resplandor hacia brillar mi salón durante 10 segundos eternos. Cuando la luz desapareció me encontré a oscuras en mitad de la habitación, ya no silbaba el viento ni tronaba el cielo, el silencio era total, la tormenta se había agotado sobre mi casa.

Camine como puede hasta el cuadro de luces y levante el interruptor, volví al salón y se  me heló la sangre.

Tirado en suelo de mi salón encontré un hombre muerto. Estuve paralizado durante al menos dos minutos, con la mirada fija en su pecho, esperando verlo respirar. Cuando pude moverme, mi  cabeza se llenó de pensamientos enmarañados que se pisaban unos a otros, ¿quién era?, ¿qué hacía en mi casa?, ¿cómo había entrado?,       ¿por qué estaba muerto?, ¿qué tengo que hacer?..

Con el corazón  desbocado, el puso tembloroso y la respiración agitada llame a la policía, solo acerté a decir mi dirección. Me fui a la cocina y me senté a fumar un cigarrillo detrás de otro, fume vorazmente como si la nicotina pudiera vaciarme la cabeza y calmarme los nervios.

Cuando llego la policía les conduje hasta el cadáver sin decirles palabra, no pensaba con claridad pues una insoportable presión en las sienes se iba incrementando segundo a segundo, creía que la cabeza me estallaría. 

Desde aquella noche he revivido una y otra vez lo ocurrido y he maldecido otras tantas las decisiones que tomé, o mejor dicho lo que hice sin decidirlo y mucho menos sin  pensarlo primero.

Cuando me interrogó el primer agente yo todavía temblaba

- Dígame ¿es esta la casa de Daniel Bressel?

-Si

-¿Cuál es su nombre completo?

-Daniel Bressel

-No, el cadáver, a falta de la identificación formal, ya sabemos quién es. Me refiero a su nombre- me contestó impertérrito el agente.

-Daniel Bressel soy yo, al cadáver no le conozco y no sé cómo ha llegado hasta aquí

Levante la vista y mire molesto al policía.

-Mire señor- me miró fijamente a los ojos- comprendo que este es un momento difícil, pero por favor céntrese. Es evidente que el cuerpo pertenece al presentador de televisión, mírele a la cara. Y en cambio a usted no le conocemos.

En ese momento miré por primera vez de verdad al cadáver de mi salón, y un retortijón me subió hasta la garganta acompañado de una inconfundible oleada de bilis. Con gran esfuerzo conseguí ahogar el vómito. Acababa de ver a mi doble exacto muerto. Realmente era idéntico a mí.

-Pero esto es imposible, ¡es igual a mí!

Estas fueron mis últimas palabras antes de ser conducido a comisaría, nadie parecía percatarse del parecido, y yo me sumí en un  autismo nervioso que me impidió reaccionar durante varios días.

Tres días tardaron en volver a interrogarme, tres largos días que aun soy incapaz de recordar, una nube nubló mi razón,  aislándome casi por completo del exterior.

Extremadamente alto y delgado y con la piel curtida pegada a los huesos, así era el agente que me interrogo el tercer día.  Entro en mi celda a media mañana,  ensimismado y serio. Seguramente iba a pedirme disculpas por el error y llevarme de nuevo a mi casa, a mi vida.

-La autopsia del cadáver revela que murió debido a una descarga,  probablemente derivada del rayo que cayó en la casa. Puesto que ya no es sospechoso ¿le importaría decirme como se llama?

Sus palabras me pararon el corazón, sentí como mis lágrimas se agolpaban en los ojos, jamás recuperaría mi vida, hundí la cara en mis manos y cerré los ojos, esperaba que al abrirlos me encontraría en mi casa, intentando dormirme con un libro.

-¡Señor! su nombre por favor- me sobresalto la voz enérgica del policía.

-Yo... ahora mismos me siento como Segismundo en su torre, inmerso en una pesadilla

-Bueno Segismundo, en realidad no está en una torre sino en una comisaría, dígame el apellido para que pueda terminar el papeleo y dejarle salir

Incrédulo, levante la vista e indague en sus ojos, nunca sabré si era tonto o si simplemente se quería librar de los trastornos que le ocasionaría un desequilibrado en su celda.

-Mire, el funeral de su amigo es esta tarde, si quiere asistir por favor deme de una vez su apellido- me espetó impaciente.

Dudé un segundo antes de contestar, pero quería asistir a mi funeral, era mi oportunidad para que me reconocieran. Y apelando a mi latín oxidado respondí.

-Tantibus, mi apellido es Tantibus

A las cinco de esa misma tarde entraba por la puerta del tanatorio, me acerqué a la sala y fui saludando a todos los asistentes, productores, redactores y demás compañeros de trabajo, nadie me reconocía, poco a poco mi angustia fue creciendo revolviéndome el estómago. Cuando llegue al fondo de la sala y me encontré frente a mi hermana llorosa ya estaba mareado. La abrace,  la mire a los ojos y la di el pésame, me miro durante unos segundos que me dieron un poco de esperanza, pero finalmente  no me reconoció. Abatido salí del tanatorio y me dirigí a mi casa, la ventana del sótano debía de seguir abierta.

Después de una ducha me dispuse a afeitarme, estuve un buen rato absorto con mi imagen en el espejo. Realmente era mi cara de siempre, la misma que había visto muerta tres días antes en mi salón. Como era posible que nadie lo viera... estábamos solos yo y el espejo. ¿Y si yo, ya no era yo? ¿Y si el espejo mentía? Sacudí la cabeza para sacarme esos pensamientos y me dormí agotado.

A la mañana siguiente hice una pequeña maleta, cogí el poco dinero que tenía en casa y me fui, abandone mi vida para empezar otra como Segismundo Tantibus, hui de la vida que me rechazaba, ya nadie veía en mí a quien yo creía que era.

Camine e hice auto-stop durante una semana, intentando encontrarme, saber quién era.

Por cunetas y caminos  trate de averiguar quién era  Segismundo, hasta que una mañana me encontré con unos feriantes, me dieron cobijo y esa noche les ayudé a levantar su negocio. Paseando por la feria llegue hasta el laberinto de espejos, no pude evitar entrar, el fantasma de Daniel Bressel me rodeaba, me miraba, me seguía. Los espejos y yo éramos los únicos que conocíamos la historia de Segismundo, no podía permitir que se perdiera en mi memoria, fue en ese momento cuando tuve la certeza de quien era. Yo siempre seria Daniel mientras le recordara, lo que vieran los demás no tenía importancia.

Por eso sigo aquí, montando cada noche el mismo laberinto de espejos en un pueblo distinto, y cada noche me adentro en mi laberinto y busco ese sitio perfecto donde los espejos  repiten su verdad hasta el infinito y observo a Daniel Bressel, nos miramos a los ojos, nos reconocemos. Durante una hora dejo de ser Segismundo.

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