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7 min
Semental #FS
Fantasía |
14.06.19
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Sinopsis

Una voz en la distancia me hizo abrir los párpados.
La luz ocre de una lámpara empañaba mis ojos, que tardaron en enfocar el rostro femenino que resplandecía frente a mí. Pestañeó aleteando como una mariposa.
- ¿Dónde estoy? - balbuceé aturdido - ¿Quién eres?
La joven se acercó para que pudiera verla mejor. Puse cara de perplejidad al darme cuenta de su belleza y ella me sonrió entre las sombras de su lacia y larga melena azabache.
No descifraba de qué forma había llegado hasta ese lugar ni a qué se debía mi dolor de cabeza.
Lo único que conseguía recordar vagamente era que me fui a la cama junto a mi mujer, frustrado mi intento hacerle el amor, y como tantas noches, tenía que ponerme a dormir.  No diferenciaba si estaba despierto entonces. Aquella desconocida posó su mano en mi mejilla y su cálido tacto me confirmó que no era una fantasía, si bien podía haber salido de una de ellas.
Noté la boca reseca y le indiqué con un gesto que tenía sed, pero en lugar de levantarse a buscar algo para beber me miró fijamente y acercó sus labios hasta besar los míos, obsequiándome con su saliva en lugar de agua.
Me sorprendió gratamente pero bebí de sus labios. Ya no recordaba como era besar a una mujer. Le devolví el favor con alevosía y ella se entregó al encontrar respuesta, abalanzándose sobre mi cuerpo que yacía desnudo en el cómodo lecho que no me pertenecía. Me besó como si fuera la última vez que lo hiciera. Recogió mi cara entre sus dóciles manos y consiguió que mi dolor de cabeza fuera remitiendo. Sus cabellos me envolvieron con vida propia, eclipsando la tenue luz. Al percibir aquella sensación me separé de ella con delicadeza.

- Espera... espera - le susurré cogiendo aliento.
La joven me miró con un interrogante en sus pupilas. ¡Qué pedazo de mujer! Yo tenía tantas dudas que no sabía ni cómo expresarme. 

- Mira preciosa, no sé si me entiendes y tampoco sé como te llamas. No no te conozco de nada.....y no es que no me gustes, estás de maravilla... pero estoy hecho un lio...

- Ayrah - me cortó.

- ¿Qué?

- Ayrah - repitió colocándose la mano en el pecho.

- ¿ Te llamas... Ayrah? Asintió con una sonrisa.

- De acuerdo. Yo soy... el que ha estado soñando contigo toda la vida. Me llamo Frank - me presenté.

Ayrah me ofreció su mano con la pretensión de que me levantara y la acompañara a alguna parte. Me ayudó a incorporarme y sentí el cálido aire recorrer mi cuerpo desnudo, con el pubis despoblado de malezas innecesarias. Reaccioné tapándome avergonzado por mi instinto social, pero ella se dió cuenta de ello y con un destello de su semblante me supo indicar que no me preocupara. Le hice caso, hipnotizado por la ingravidez de su vestimenta. Sugerente e intolerable transparencia.

Nos dirigimos a la salida de la cabaña de madera en que nos hallábamos conteniendo mi instinto animal de abalanzarme sobre sus firmes glúteos que se dibujaban cual promesa. Abrió el pórtico y un resplandor cobrizo anegó mis ojos. Cuando logré divisar de nuevo, descubrí que nos estábamos solos. Allí, como mi madre me trajo al mundo, cientos de miradas, todas de mujeres,  me vistieron.

Pensé que estaba muerto. Pensé que había ido a parar a la tierra prometida. Pensé que al fin había encontrado el paraíso perdido. Iban ataviadas con largas y sugestivas túnicas, dueñas de unos cuerpos que invitaban al deseo.

Saludé a la congregación con un tímido ademán y una estúpida sonrisa que las hizo sonreir. Llamaba sobrada la atención de que no hubiera ningún gallo en el corral.

Me atacaron unas cuantas ideas, pero ninguna lograba descifrar aquel misterio.

- ¿ Y ahora qué ? - le pregunté a mi acompañante en voz baja y mirándola de reojo.

No era mujer de muchas palabras. Lentamente alzó los brazos, elevando también la vista hacia el rojo cielo, donde el lejano astro nos iluminaban. Un halo de misticismo cubrió su semblante. Al ver su señal, la mágia de las demás floreció al desprenderse de sus prendas en silencio y con total naturalidad, con cierto aire afín a un ritual ancestral. Juventud primaveral desmedida con diezmadas dosis de fluida calma. Locura en estado puro.

Yo solo era un tipo corriente, tan corriente como el agua, que no se valora hasta que la sed aprieta, que no se valora hasta que te falta y no tienes. Un hombre corriente, con sus ideales y sus prejuicios, con sus ilusiones y sus fracasos.

Pero aquello... aquello no tenía precio.

- ¿ Dónde está la cámara ? - pregunté intuyendo.

Se hizo el ruido ausente y prolongado. Presagié el engaño, esperando que de algún rincón de aquel insólito escenario apareciera mi mujer o un pariente, acompañado del famoso presentador de uno de esos malditos programas de vídeos graciosillos. Pero la quietud y la paz que reinaban en la expresión de Airah me indicaron cuan equivocado estaba. Me juzgué insignificante, frente a la grandeza de aquel trance.

- Dime que no es una broma, dime que no es un sueño... - supliqué.

 

Acabé aprendiendo sus nombres, de sus costumbres, de sus desinhibiciones. Ellas me hicieron apreciar que el sexo era solo un complemento a la integridad del género femenino. Cuantas tardes de pasión incontrolada, cuantas noches de insomnio, sembrando vida entre los helechos, recibiendo el fruto de lo que en mi mundo llamaban pecado, tierna y noble entrega entre dos personas que no se aman, pero que se entienden sin palabras, se respetan sin promesas.

Acepté lo que era, sin querer saber lo que un día fuí y sin importarme si al abrir los ojos vería un nuevo amanecer. A pesar de que me escogieron al azar, yo sabía que debía ganarme el derecho a quedarme con ellas. Necesitaban mi germen. Su vida era más corta. Pocas podían pasar de los cuarenta. Solo gestaban niñas, preciosas niñas. Las estrellas que brillan con más intensidad se extinguen antes.

 

Pasó un año. Un año de lecho en lecho, sin remordimientos, sin memoria.

Un año  proporcionándoles hasta la última brizna de mí, placenteramente, por supuesto. A ninguna me dejé por conquistar.

El año que se hizo más corto de mi vida.

 

Un mal jueves volví a despertar, pero esta vez lo hice en una cama de hospital.

- Hola Frank - me saludó una voz familiar.

- ¿ Quién...?

Entonces me reveló su nombre.

- Soy Ayrah.... despacio... has estado en coma mucho tiempo.

Logré encuadrar su silueta a duras penas, pero aunque borrosa, era ella, sonriéndome, como cuando la conocí.

- Iré a buscar al doctor - susurró.

- No... no te vayas... - logré articular.

Me miró con nostalgia y acercó su esplendor a mi cara.

- Las niñas están bien - me quiso tranquilizar - y te mandan un abrazo.

Unió sus labios a los míos por última vez, apasionadamente, como pude recordar y con él saboreé la despedida de todas las demás. Después salió de la sórdida habitación, cerrando la puerta tras de sí, sin mirar atrás , con la conciencia limpia, dejando un rastro de incógnitas y a un hombre con el corazón malherido de añoranza.  

 

Dos hombres uniformados con batas blancas miraban mi cuerpo inmóvil.

- Hora de la muerte...

- No creo que sea relevante.

- Y ¿causa de la muerte?

- Hombre... pues por la cara que se le ha quedado yo creo que es evidente ¿no?

- Sí: Felicidad.

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