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33 min
SEMIFINAL: Duelo "El guardián del bosque"
Varios |
20.05.16
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Sinopsis

El voto de los jueces vale por dos. La votación cierra el 25 de mayo a las 20:00

relato A

 

Natalia recogía las hojas caídas de los árboles y arrancaba con mimo las flores que encontraba a su paso. Con el arte de una florista, se hacía una corona que lucía sobre su cabello dorado y colocaba las hojas sobre su vestido, intentando camuflarse entre los carrascos, robles y acebuches. Eduardo y Alicia la contemplaban orgullosos y felices. Alicia decía que parecía la protagonista de uno de esos cuentos fantásticos que tanto le gustaban leer. A Natalia le encantaba ir descalza y canturrear melodías infantiles, perderse entre los senderos que tan bien conocía y, escondida tras el tronco de algún árbol, asustar a sus padres.
 

-¡Buuu!- gritaba mientras salía de su escondite. Agitaba las manos por encima de su cabeza y seguía gritando: ¡Buuuu! ¡Buuuu!.  Sus padres fingían  sorpresa y  con gestos exagerados simulaban cara de terror. Entonces, soltaba una dulce carcajada y corría a abrazarlos.
 

Cada sábado iban al bosque, la pequeña encontraba la libertad de la que carecía en la ciudad. Eduardo también necesitaba ese respiro, aunque no le gustaba especialmente el bosque. Sentía cierta claustrofobia, necesitaba expandir la vista y eliminar los límites que había puesto la naturaleza y su cerebro: algún recuerdo desagradable que le hacía estar incómodo.. Él amaba el mar, donde el único límite es un horizonte inalcanzable, pero se resignaba con tal de ver la felicidad de su hija y su mujer cada vez que se perdían entre los claroscuros de aquella diminuta selva.
 

A veces, desde la ventana de casa, se quedaba contemplando la noche mientras apuraba el vino que había sobrado de la cena. Se sentía prisionero contemplando las toneladas de cemento sobre cemento, la orgía de vómitos grises sobre el gris de la plaza. Aún así, era feliz .Se encendía un cigarro y chupaba con fruición, le encantaba el placer del humo taladrando sus pulmones. Se quedaba escuchando los sonidos que provenían de la calle: sirenas de ambulancias que transportaban desesperación, gritos ininteligibles de borrachos peleados con el mundo, el taconeo de alguna prostituta en edad de jubilación o susurros de amantes furtivos. Echaba de menos el dulce murmullo de las olas, el graznido de las gaviotas o el silbato de un barco a punto de zarpar. Cerraba los ojos intentando retrotraerse a su ciudad natal, junto al mar, junto a la pasión que le robaron Dios y el amor.
 

Conoció a Alicia en la capital, donde fue destinado como párroco de un barrio marginal. Ella acudía cada domingo a misa y, quizás por su fervor religioso, o tal vez por la atracción que le producía Eduardo, sentía la necesidad de confesarse semanalmente. Entre las confesiones de pecados veniales, Alicia, intercalaba sus preocupaciones diarias y los amores frustrados que hicieron despertar en Eduardo sentimientos olvidados durante años. A las dudas que esa mujer le provocaba, se unió la relación cada vez menos fluida con Dios y la Iglesia. Cada vez se sentía más incómodo vistiendo unos hábitos de los que renegaba en su  interior y a los que se había acogido como penitencia a un turbio pasado que solo él conocía. Durante una de las confesiones tuvo la necesidad de contarle a Alicia sus sentimientos. Ella estaba enamorada de Eduardo, se lo había dicho sin necesidad de nombrarlo, y él sabía que era el destinatario de ese amor imposible. A través de la rejilla que los separaba y ante los ojos del Dios que estaba repudiando, Eduardo le reveló su amor.
 

-No sé cuántos padrenuestros necesitaré para ser perdonado.
 

Alicia recibió la noticia con tanta incredibilidad como ilusión. Aún temblaba cuando salieron de la parroquia.
 

Se casaron a los pocos meses y no tardó mucho en nacer Natalia. Eduardo por fin encontró a su vida el sentido que jamás Dios le había sabido proporcionar. Fueron años maravillosos. Por fin había comprendido lo que era el amor, no sólo el espiritual o el carnal, la pasión que tenía por Alicia y Natalia no podía estar explicada en ningún versículo de los que recitaba a sus feligreses.
 

Seguramente Dios tenía guardado un as en la manga y, aunque la venganza no debería formar parte de las acciones que el Santísimo ejerce sobre sus hijos, Eduardo no dudó en achacar el accidente de Alicia a una execrable justicia divina por haber abandonado las sendas del cielo.
 

Natalia y Alicia habían ido como cada sábado al bosque. Pasaron la mañana recogiendo moras y arándanos. Querían sorprender a Eduardo con frutos que él jamás confesó que detestaba. Como el bosque.
 

Ya estaban montadas en el coche cuando Alicia se percató de que su hija  no llevaba la chaqueta.
 

-Seguramente se te ha caído en el camino de vuelta, cariño. Recuerdo que tenías calor y te la quitaste cuando estábamos cerca de la carretera.
 

Natalia asintió con la cabeza.
 

-Echaré un vistazo a ver si tenemos suerte. Sobre todo, cariño, no te muevas de aquí. Vuelvo enseguida.
 

Alicia le revolvió el pelo y le sonrió. Natalia le devolvió la sonrisa sin saber que sería la última vez que lo haría.
 

Eduardo decía que existen unos hilos imaginarios con los que Dios nos maneja, como si fuéramos simples títeres en una gran representación. Probablemente ese día los hilos de Alicia se enredaron en los árboles del bosque.
 

Al cruzar la carretera, un motorista obsesionado por la velocidad derrapó junto a Alicia  llevándosela por delante. Natalia había contemplado toda la escena. Abrió la puerta del coche y corrió junto al cuerpo inmóvil de su madre.
 

Eduardo acudió al hospital con la máxima premura, pero no alcanzó a despedirse de Alicia. El mundo se volvió tan gris como el cemento que inundaba su vista desde la ventana. Su carácter afable y dicharachero se tornó huraño y desconfiado, una regresión a un pasado del que jamás había hablado. Eduardo se encerró en un mundo en el que únicamente tenía cabida Natalia. Temía perderla y comenzó a sobreprotegerla, asfixiando su libertad. Procuraba dejarla a solas el mínimo tiempo posible, convirtiéndose en el centinela que ningún hijo desea tener.
 

No hubo problemas mientras Natalia era aún una mocosa que aceptaba las reglas de su progenitor y comprendía que su padre intentara ocupar el vacío que había dejado su madre. Pero al llegar la adolescencia sintió la estrechez de su espacio vital.
 

Natalia cada vez se sentía más ahogada. Apenas tenía amigas por culpa del férreo control que su padre ejercía sobre sus relaciones. Quería saberlo todo sobre las personas con quien salía. Cuando él no podía acompañarla, le atosigaba con llamadas continuas para conocer su paradero. Había dejado de ser su hija, era su obsesión.
 

Cada día, cuando acababa el instituto, iba al bosque para airear sus pensamientos y encontrarse a sí misma. Respirar el aire que la ciudad y su padre le negaban. Gritar, correr descalza como cuando era pequeña, recibir los postreros rayos de sol o camuflarse como una de las dríades que tanto le fascinaban. A su padre no le hacía falta que Natalia le explicara donde iba, desde los  primeros días supo que sus demoras se debían a la necesidad de perderse entre los árboles que desde bien pequeña la abrazaban. No sólo era una intuición, estaba tan volcado en la vigilancia de la que él aún consideraba su pequeña, que el primer día que Natalia se excusó por su tardanza, se puso en alerta. Al día siguiente Eduardo decidió seguirla y averiguar qué hacía su hija después de las clases. Desde el coche que había aparcado frente al instituto, la vio salir, sola. Observó cómo cogía  la bicicleta y tomaba el camino hacia el bosque. La siguió a una distancia suficiente como para no ser visto. Dejó que escondiera la bicicleta entre unos matorrales, junto a la carretera y al poco se acercó hasta donde se iniciaba el sendero que tantas veces habían recorrido.
 

Natalia caminó durante un buen rato. Adoraba la soledad y el silencio que le proporcionaba aquel lugar. Había recogido hojas y flores, como solía hacer cuando era pequeña. Recordó a su madre y a su padre, un hombre radicalmente diferente al de hoy. Sin duda, la muerte de Alicia les había afectado a los dos, pero el tiempo había curado de manera diferente las heridas. Ella seguía siendo una chica alegre, con ganas de vivir, en cambio, Eduardo, se había transformado en una persona demasiado oscura. Poco imaginaba Natalia que su padre tenía otra herida, quizás más profunda que se había vuelto a abrir.
 

Durante el tiempo que pasó en el instituto Natalia acudió cada día al bosque sin saber que nunca iba sola. Su padre estuvo siempre junto a ella, escondido, espiando cada paso que daba. El bosque era la libertad y él, el carcelero, el guardián de ese bosque que tanto le oprimía y que paradójicamente representaba la libertad de su hija.
 

En la universidad Natalia conoció a Marc que, aunque dos años mayor que ella, coincidían en el primer curso de carrera. No tardaron en entablar amistad y, a pesar de las advertencias de su padre, Natalia no dudó en acceder a una cita fuera del horario lectivo.
 

Cada vez se inventaba una excusa diferente para poder quedar con él sin que lo supiera su padre. Sabía que si le explicaba que estaba saliendo con un chico se pondría hecho una furia y se lo prohibiría. Algunas veces se justificaba diciendo que iba a estudiar a casa de alguna amiga, otras, que se iba al cine o de compras…
 

No imaginaba Natalia que su padre sabía perfectamente dónde estaba y con quién iba.


Eduardo odiaba a ese chico que abrazaba a su pequeña y la besuqueaba. Creía que la quería separar de su lado sin darse cuenta que el único que estaba alejando a Natalia de él, era él mismo.
 

Cuanto más le preguntaba a su hija, más le mentía ésta. Deseaba decirle que sabía que tenía novio, aunque eso sería el final de su relación. Natalia ya era mayor de edad, seguro que se iría de casa y lo abandonaría por un atolondrado que no la sabría cuidar. Ese pensamiento le rondaba todo el día. Se imaginaba sólo, rechazado, prisionero de su melancolía y sus remordimientos.
 

Una noche, mientras Natalia dormía, aprovechó para buscar en su móvil el teléfono del aquel joven. A pesar de no saber cómo se llamaba, reconoció el rostro del chaval en una foto junto al nombre de Marc. Después quitó la tarjeta al teléfono inutilizándolo hasta que Natalia se diera cuenta de que no podía llamar ni recibir llamadas. Tenía que actuar con rapidez, sin que ella tuviera opción a pensar en el móvil.


A la mañana siguiente, estando aún Natalia medio dormida, su padre le apremió para que se vistiera. Tenían que ir juntos a ver a la madre de Eduardo. Cada dos meses iban a visitarla a  su ciudad natal. Hacía  tiempo que la abuela no se encontraba demasiado bien y, al parecer, últimamente había empeorado. Eduardo precipitó un viaje que no tenían pensado. Había reservado billetes en el tren de las doce y pasarían el fin de semana en su ciudad, junto al mar. Natalia se mostró contrariada, había hecho planes con sus amigas, pero accedió al comentarle su padre que quizás no tuvieran muchas más oportunidades de ver a la abuela.


En la estación Eduardo fingió que le llamaban de la oficina. Un asunto que no admitía espera.
 

Le dijo a Natalia que no se preocupara, procuraría coger el tren de la tarde. Se despidieron con un beso tan frío y gris como el día. Confió en que no se le ocurriera consultar el móvil hasta que se hubiera montado en el tren.


Eduardo acudió a casa y buscó la pistola que guardaba como reliquia de su padre, un guardia civil de los de tricornio y pareja. Abrió el armario de su habitación y en uno de los cajones que guardaba bajo llave se encontraba el arma que heredó. Nunca había usado una pistola, nunca imaginó que la tuviera que utilizar.
 

Quizás su obsesión estaba yendo demasiado lejos. Nunca se planteó que, aunque eliminara a Marc, aparecerían otros jóvenes pretendiendo a su hija. Quizás ella recapacitara y volviera la relación que habían tenido cuando era una niña, aunque entonces aún vivía Alicia, su querida Alicia. Por eso tenía que protegerla, porque estaba sola y el único capaz de cuidarla era él.
 

Se acercaba el mes de diciembre, un mes de malos recuerdos para Eduardo. Creía que su amor a Dios y posteriormente a sus dos mujeres  borraría las huellas de un pasado que jamás tuvo que existir. La cara de terror de una adolescente gritando y llorando. Las manos de varios jóvenes sobre su boca, reprimiendo sus peticiones de auxilio. Un cuerpo medio desnudo, lágrimas y miedo, de ella y de ellos. Los árboles fueron testigos mudos de aquella violación. Él fue partícipe de uno de los actos más deleznables que puede cometer cualquier ser humano. Jamás esa chica explicó lo que sucedió. Jamás él  quiso volver a ver a aquellos chicos. Jamás reveló su secreta cobardía. Sólo Dios podía saberlo. Durante meses rezó a un ser supremo del que hasta entonces nunca se había acordado. Le reconfortaba hablar con alguien imaginario y sentirse perdonado. La imagen del Dios bueno y misericordioso que sus padres le habían transmitido y a la que no había prestado demasiada atención, se presentaba como la redentora de su imperdonable pecado. Decidió encomendar su vida al altísimo y redimir su pecado con  una estúpida castidad de la que le rescató Alicia, su pobre Alicia.


-Hola Marc, soy el padre de Natalia.
-Hola,…encantado.- la voz de Marc suena insegura. Natalia no le ha hablado demasiado de su padre. Le resulta extraño que le llame  sin antes conocerse.
-Perdona que me atreva a llamarte, pero se trata de una urgencia. Natalia no ha venido por casa desde ayer por la tarde. No ha dormido aquí y no contesta mis llamadas al móvil. Sé que tú eres su mejor amigo. …Me ha hablado tantas veces de ti. –miente Eduardo
-¿Ha llamado a la policía?- sugiere Marc
-No creo que haga falta. No me gustaría crear alarma, probablemente esté en casa de alguna amiga y no se acuerda de que no me ha avisado. Por eso te llamo a ti, por si sabes dónde puede estar.
-Quizás,…bueno,… no sé,…puede que esté en el bosque.
-¿En el bosque?- pregunta con  falsa extrañeza Eduardo.
-Sí, en el bosque, es la pasión de ella, siempre que puede va allí, es como su lugar de meditación. Seguro que está allí. Seguro.- afirma Marc con convicción.
 Eduardo le pide, si no le importa,  que le  acompañe al bosque en el que cree que puede estar Natalia. Por supuesto,  Marc accede sin pensarlo.

Quedan en casa de Eduardo, lo antes posible. Irán en su coche.

La niebla se va deshaciendo, descubriendo el bosque casi desnudo. El otoño finaliza y un manto rojizo de hojas cubre el suelo. Hace frío y la nariz de Eduardo gotea los restos de un resfriado mal curado. Bajan del coche y se adentran entre los robles sin intercambiar apenas palabras. Tras un largo rato andando, se detienen en un pequeño claro, Eduardo mira hacia arriba buscando algún resquicio de sol que le pueda calentar. No lo encuentra. El cielo no tiene ningún matiz, un gris opaco recortado entre las ramas de los árboles. Algunos pájaros, pocos, despegan su pico helado y se atreven a piar.

Nunca hubiera elegido ese lugar para morir, la melancolía del otoño y los días nublados le afligen especialmente, y  los árboles del bosque hurgan en la herida que  jamás ha conseguido cicatrizar. Hubiera preferido un amanecer en una playa desierta, cerca de la orilla, con las olas lamiendo sus pies y vertiendo sus últimas lágrimas a un mar en calma.

Le sabe mal por Marc, ni siquiera le ha preguntado cómo o dónde le gustaría morir.

-Escucha, vamos a dividirnos. Tú irás por allí-  dice Eduardo, indicando con la cabeza y la mirada una especie de camino que se interna de nuevo en el bosque. –Yo seguiré por este sendero de aquí.

-Está bien. ¿Cree que la encontraremos?

Eduardo se encoge de hombros y arquea los labios hacia abajo. –No sé, espero que sí. Tú has sido el que has tenido la idea de venir hasta aquí.

Espera a que dé diez pasos y dispara. Seis veces. Marc no grita. Su cuerpo se desploma temblando. Los pájaros alzan el vuelo aleteando con gran estruendo y cantando una triste melodía.

Un rayo de sol se atreve a colarse tímidamente entre las nubes e ilumina la cara sonriente de Marc. No entiende a qué se debe esa sonrisa, quizás, si Marc hubiera tenido que elegir, le hubiera gustado morir en medio de un bosque, en otoño, con jirones de niebla ocultando secretos silvestres y algunos pájaros cantando la marcha fúnebre de Chopin.

No se gira a contemplar su cadáver. Mira al cielo de nuevo, buscando ese rayo de sol que había iluminado el último aliento de Marc, pero Dios ha decidido negarle la luz y el calor. No tardará en anochecer. Se aleja intentando esquivar los probables azotes de su conciencia y deja que el cuerpo de Marc sea devorado por cualquier alimaña. Piensa que Natalia volverá de nuevo a ser aquella niña que disfruta correteando por el bosque, el bosque de la libertad, el bosque del que él se siente guardián y  prisionero.

 

 

relato B

 

Me crie entre verdes prados y rumorosos bosques. Adoro decírselo a todo el que me pregunta, pero en realidad siempre fui una niña de ciudad. Sin embargo en la época estival mi familia pasaba largas temporadas en la escondida aldea donde vivían mis abuelos. Se encuentra ésta al norte de la península Ibérica, en la Sierra de Ancares que delimita la frontera entre las comunidades de Galicia, Castilla León y Asturias. Es una región montañosa de difícil acceso cuyos valles se ven salpicados por pequeñas aldeas y los montes son hogar de sauces y alisos, de robles melojos o albares y robustos carballos, de arces, mostajos, acebos, avellanos y esbeltos abedules, y un sinfín de especies que pintan de verde sus laderas.

En mi niñez, llegar hasta el lugar suponía un viaje de varias horas por carreteras sinuosas y mal asfaltadas. Aún hoy en día quien se adentra en estas tierras parece sumergirse en un mundo aparte en el que el tiempo se ralentiza. Una vez allí la civilización se torna un recuerdo nebuloso, como si tan sólo hubiera existido alguna vez en sueños. El día dura más de veinticuatro horas y los problemas son arrebatados por el viento en un descuido. Los pasos se acomodan sobre una alfombra de hierba y hojarasca, el trino de los pájaros es un susurro que no cesa y la luz del sol juega al escondite entre las copas de los árboles. Sólo el motor renqueante de algún tractor pone la nota disonante al cantar de un riachuelo o el quedo mugido de las vacas.

Mis abuelos vivían en una palloza. Es ésta una construcción de planta circular con techo cónico de paja, típica de esas tierras. Todo el interior es una única habitación donde se cocina y se desarrolla la vida familiar. Un artesonado de madera al que se accede por una escalera hace las veces de segunda planta y allí suelen colocarse las camas, sin más intimidad que algún cortinón entre ellas en el mejor de los casos. Vivir unas semanas en aquella reliquia de otros tiempos ciertamente tenía su encanto.

El abuelo Ramón era un hombre de altura considerable y porte imponente, con unas manos que a mí se me antojaban enormes, curtidas como estaban en las labores del campo. Antía, mi abuela, era por el contrario una mujer menuda de huesos anchos. Llevaba siempre el pelo recogido en una trenza que le serpenteaba a lo largo de la espalda, y el cabello, aún con el paso de los años, se resistía a perder su tono cobrizo. Me habían bautizado con su nombre en honor a ella y yo no podía estar más orgullosa de la melódica musicalidad de esas tres sílabas.

Recuerdo las noches al calor de la lumbre, cuando la familia cenaba junto al hogar. Me gustaba contemplar la danza de la llama sobre los troncos apilados, funambulista multicolor que impregnaba el aire y nos hería los ojos de hollín. Un candil mediado de aceite trataba de arrebatarle el protagonismo, aun cuando su llama estática no era sino un pobre sucedáneo de la bailarina pelirroja. Tras la cena y envueltos en el sosegado abrazo de la penumbra, mis primos y yo escuchábamos las historias del abuelo que salían de su garganta con una voz avejentada por los años. Recuerdo también aquella noche.

La noche en que mi curiosidad infantil pudo más que la prudencia, porque un niño sabe mucho de lo primero, pero nada de lo segundo.

 — Abuelo, ¡cuéntanos por qué nadie va al Bosque! — le dije sobornándolo con aquella sonrisa que sabía lo desarmaba.

El abuelo Ramón me devolvió el gesto, como si fuese un espejo estriado de arrugas en el que yo misma me estuviese contemplando. Acarició con una de sus manazas mi melena, pelirroja como la bailarina, y me recordó susurrando que yo era su pequeña Husfreya. Porque el abuelo, a pesar de haber vivido toda su existencia casi en el mismo lugar y no haber ido al colegio más de un lustro, era una rara avis que se entretenía leyendo todo libro que cayera en sus manos y si no tenía ninguno lo hacía traer por encargo a cualquier buhonero que frecuentase la zona. El abuelo sabía mucho de un mundo que apenas sí había pisado. Decía que yo tenía ancestros entre las gentes del norte, en alusión al color de mi cabello, y me lo recordaba cada vez que tenía ocasión con aquel apelativo cariñoso. Mis tías lo miraron con cara de reproche.

Pero si algo tenía claro el abuelo era que en su casa él decía la última palabra. Prendió la pipa sin prisas, conocedor de que en aquel lugar el tiempo goza de la virtud de la paciencia, y tras exhalar la primera bocanada se nos quedó mirando.

 — Ya es momento de que sepáis algunas cosas sobre El Bosque — sentenció.

El Bosque, así en mayúsculas, era en realidad un paraje conocido como A Fraga do Cerro, situado a un par de kilómetros pasando la última casa, en dirección a las montañas. Al pie de la ladera serpenteaba un camino que lo cruzaba, estableciendo una extraña relación de amor y odio con el río pues tan pronto se le acercaba como se adentraba en la floresta. El Bosque era un paraje poco frecuentado por los aldeanos. El Bosque era el único dueño de sus secretos. Y ningún lugareño osaría jamás penetrar en él una vez que el sol se hubiese puesto.

<< Hace muchos años, al comienzo de la Guerra Civil, una partida de sublevados llegó hasta el pueblo de Cervantes — comenzó a relatar — Se dirigían hacia el este, pero tuvieron tiempo de realizar algunas detenciones de rojos, como ellos los llamaban, por indicación del cura. Esto incluía desde maestros a políticos republicanos, o incluso aquellos cuya virtud religiosa pudiera ponerse en duda. Un maestro llamado Bieito Ramírez, conocido por su activismo sindicalista, fue alertado por un amigo que tenía en la Guardia Civil y consiguió escapar al monte. A falta de la presa, los Nacionales detuvieron a su prometida y junto con el resto de cautivos los llevaron lejos del pueblo, hasta la Fraga do Cerro. Aquellos hombres no querían testigos de lo que iban a hacer. No había que ser muy listo para suponer que ninguno volvería con vida.

El maestro Bieito, que seguía los acontecimientos desde la distancia, fue informado de la suerte que había sufrido su novia y en un intento desesperado por salvarle la vida corrió tras la partida, armado con una escopeta de caza y algunos cartuchos. Los sublevados condujeron a los reos hasta una casa abandonada que hay en el interior de la fraga, donde se dispusieron a fusilarlos frente a una de las paredes. El maestro llegó al lugar cuando el pelotón estaba preparado.

Realizando algunos disparos logró abatir a un par de los captores. En la refriega algunos de los detenidos lograron huir. Otros no tuvieron tanta suerte. Su prometida fue alcanzada y quedó tendida en el camino. Bieito corrió en su ayuda, la tomó en brazos y se empapó de su sangre, pero nada podía hacerse. Maldijo a los asesinos a voz en grito antes de que a él también le dispararan. Los muertos fueron enterrados en una fosa común junto a la casa. No tardaron en producirse fenómenos inexplicables en el lugar.

Por las noches se oían gritos que helaban la sangre, decían algunos que del propio Bieito. A veces se escuchaba también el llanto de una mujer. Se llegó a hablar de la desaparición de algunas gentes que intentaron atravesar la fraga después de caer el sol. El lugar pasó a ser un sitio maldito y al pobre Maestro asesinado se lo empezó a conocer como El Guardián del Bosque. Nadie desde entonces se acerca a la fraga de noche, y pocos son los que se atreven a hacerlo durante el día>>

Escuchamos el relato conteniendo la respiración. Confieso que a pesar de que era tan solo una niña fui bastante escéptica respecto a parte de la historia. Empezaba a darme cuenta que en aquellas tierras aisladas las antiguas leyendas tenían para los lugareños visos de realidad y aunque sentía gran respeto por el abuelo, lo supuse demasiado crédulo con ese tipo de supercherías.

A veces sueño con detener el tiempo. Pero siempre que lo he intentado se ha reído de mí. Nos hicimos mayores y perdimos la inocencia. El mundo la fue perdiendo con nosotros a la par que crecíamos. Terminé los estudios en Historia del Arte y recién licenciada fui a pasar la Semana Santa con los ya ancianos abuelos. Llevé conmigo a mi perro Sam, que desde hacía tiempo se había convertido en un inseparable compañero. Años después de haber escuchado la leyenda del Guardián del Bosque jamás pensé que ella volvería a buscarme. Pero hay días que te marcan para toda la vida. Y esa Semana Santa yo iba a vivir uno de ellos.

Había salido con Sam a dar un paseo, hacía un tiempo agradable aunque comenzaban a levantarse a lo lejos algunas nubes que presagiaban tormenta. Aquella hubiera sido una tarde como cualquier otra si no fuera porque sin darme cuenta había llegado hasta las lindes de la Fraga do Cerro. Y a Sam no se le ocurrió una idea mejor que meterse en ella persiguiendo un cervatillo.

El sol comenzaba a ponerse y las nubes se espesaban. Y yo tenía que decidir si daba media vuelta o me internaba en la floresta a buscar a Sam.


Al comienzo el sendero era ancho y el cielo se podía vislumbrar entre las copas de los árboles, pero pronto la maleza comenzó a tomar sus lindes. Se palpaba el abandono y la falta de uso. El techo de hojas sobre mi cabeza se hizo más denso. Gritaba llamando a mi perro a cada poco, al principio con la voz contenida, como si temiera que alguien, o algo, pudiera oírme. Como no obtuve respuesta dejé de lado los miedos y me sorprendí ante la desesperación de mis alaridos. El sol se había ocultado tras las lomas y a cada minuto la luz disminuía. Empecé a sentir frío y me arrebujé en la chaqueta. Maldije por lo bajo al peludo que tan alegremente me había abandonado. No era un comportamiento habitual en él, siempre tan pendiente de mis señales, pero aquella tarde nada parecía ser habitual. Había en el bosque un silencio extraño, tan sólo roto por el murmullo de los árboles bailando al son del viento. Me percaté que no se escuchaba el trino de los pájaros. La soledad me pesaba en el alma. Pensé que de estar buscando a muchas de las personas que conocía hubiera dado media vuelta. Pero no podía dejar allí a Sam. A él no.

Echaba en falta algo con que iluminar el camino, llevaba un tiempo andando y la vuelta en medio de la oscuridad se me antojaba complicada. El cielo se había cubierto al fin y sentí caer algunas gotas golpeándome el rostro. Una nebulosa de negras sombras conformaba el horizonte. El olor de la tierra húmeda comenzó a impregnarlo todo. Agradecí al menos que alguno de mis sentidos se mantuviese ocupado, eso me hacía parecer viva en aquel paraje desolado. Fue entonces cuando advertí algo junto al sendero.

Apenas pude atisbar la construcción entre la lluvia, que comenzaba a tornarse aguacero. Me acerqué, se trataba de una casucha medio derruida y rodeada de maleza. El techo estaba caído en algunas zonas y hacia uno de sus costados se apreciaba un muro que a duras penas se mantenía en pie. Briznas de musgo salpicaban una de las paredes exteriores, la que debía estar expuesta más directamente a la lluvia. Y entonces, como si de una aparición fantasmagórica se tratase, vi a Sam plantado frente a la fachada, gruñéndole a la nada.

Al llegar a su altura lo abracé como se abraza a un amor al que no se ve en mucho tiempo. Temblaba. El animal se afanó en lamerme el rostro a la vez que agitaba la cola. Ahora que lo había recuperado debía pensar en cuál sería el siguiente paso. Casi era noche y la lluvia arreciaba, teníamos que resguardarnos en el interior de la casa. Sam se resistió al principio, por algún motivo la edificación no le gustaba. Pero acabó aceptando ante la tozudez de su dueña. El interior estaba en tan mal estado como cabía esperar.

Multitud de cascotes tapizaban el suelo y los hierbajos crecían por doquier. Recordé que esa mañana le había acercado el mechero al abuelo para prender su pipa, olvidé devolverlo a su sitio y debía permanecer aún en mi bolsillo. Hubo suerte, el encendedor me permitió caminar con mayor seguridad. Hacia la parte de atrás las habitaciones se hallaban a cubierto y en mejores condiciones. Pude reunir algunas ramas y no sin esfuerzo logré encender un fuego entre unas piedras. Desnudé mi cuerpo de cintura para arriba. La camiseta dejó caer un pequeño aguacero cuando la retorcí entre las manos. Tenía que resignarme a pasar allí la noche, sólo esperaba que mis abuelos no se preocupasen demasiado. Me recosté junto a la fogata con Sam tendido sobre las rodillas, hasta que me venció el sueño. Desperté cuando escuché un alarido.

Tardé un par de segundos en recordar donde estaba. Conseguí enfocar la vista hacia el dintel de la puerta y pude apreciar una luminiscencia procedente de la estancia contigua. Oí unos pasos acercándose, la sangre se me heló en las venas. Sam gruñía a mis pies enseñando los dientes. En el umbral se materializó una figura alta y desgarbada, tenía una mata de cabello rubio y la piel de un pálido mortecino. Las ropas parecían desgastadas y sucias. Una de sus manos despedía un haz de luz que se proyectaba en mi dirección. Instintivamente me agaché y tomé una piedra, aunque no estaba segura de que fuera a servirme de algo frente a aquella presencia fantasmagórica. Fijé la mirada en su rostro. Entonces se le dibujó una expresión bobalicona y se me quedó mirando. No lo hacía en dirección a mi cara.

Bajé la vista. Lo primero que aprecié fueron mis pechos desnudos. Me había dormido sin vestirme. Sentí enrojecer las mejillas. Instintivamente me tapé con los brazos y la piedra que sujetaba cayó al suelo, lastimándome un pie. Escuché una carcajada estridente. El muchacho había apuntado la linterna al suelo en un gesto de decoro, pero no pudo evitar que la risa lo asaltara. Lo miré, todavía con los brazos cruzados sobre el pecho. Y no pude resistirme a acompañarlo en sus carcajadas.

Resultó que el chaval era un solitario estudiante inglés que había decidido pasar los festivos realizando senderismo en el lugar más perdido que pudo encontrar. La tormenta lo sorprendió en mitad de la floresta y se resguardó en la casa, donde se produjo el fortuito encuentro. Al adentrarse en la edificación tropezó con unas piedras, maldiciendo en voz alta. Ese sonido había sido el que me despertó. Pasamos la noche charlando animadamente y al día siguiente lo invité a comer en casa de mis abuelos. Se quedó hasta el final de las fiestas.

Aquella fue la primera vez, pero no la última, que coincidí con el inglés. El destino quiso juntarnos de nuevo al poco tiempo. Yo no creía en casualidades ni en supercherías. Pero desde ese día tuve que replantearme muchas cosas.


— Abuela Antía, ¡cuéntanos otra vez el cuento del Guardián del Bosque!

La pequeña Iria no podía contener las ansias por escuchar de nuevo aquella historia. Sentada en un taburete miraba embelesada a su abuela, que más que una mujer anciana le parecía una bruja de las buenas. Ésta se quitó las gafas y cerró el libro que sujetaba entre sus manos.

 — ¿Otra vez, mi niña? Por hoy es suficiente. Ya es hora de que vayáis a la cama.
 — Pero, ¿Qué pasó con el espíritu del maestro, sigue todavía en el bosque? — esta vez fue Elizabeth quien quiso saber más.
— Sí, ¿Qué pasó con él? — insistió Álvaro, que siendo el mayor se sentía en la obligación de decir la última palabra.

La abuela pidió calma levantando las palmas de ambas manos. Lanzó una sonrisa al vacío, que se repartió a partes iguales entre las tres criaturas. Se llenó los pulmones con el aire impregnado en el hollín que perfumaba la estancia antes de responder. Aunque era tarde no había prisa, los niños estaban de vacaciones y, en aquel lugar, el tiempo presumía de ser paciente.

— Si hubo alguna vez un espíritu en El Bosque, ahora descansará en paz en algún lugar más adecuado. Nadie volvió a hablar de alaridos en la noche ni misteriosas desapariciones desde aquello. La anciana Remedios, A Meiga, dice que su alma obtuvo por fin la paz desde que nació el amor en el mismo lugar en que un día se mató a dos enamorados. Dice también que aquel encuentro no fue casualidad. Pero no debemos creer en todo lo que nos cuentan.
— Pues yo creo que es una historia muy bonita — afirmó Elisabeth, que se distraía contemplando el baile de la llama en el hogar.
— Sí que lo es — concedió la abuela, mientras con una mano le acariciaba su cabello del color del fuego.
— No hagáis caso a la abuela. Ella es la primera que cree en todas esas cosas, aunque no le guste reconocerlo.

El abuelo soltó una carcajada tras pronunciar la frase. A pesar de que habían transcurrido muchos años todavía conservaba aquel acento británico del que le era imposible despegarse. A veces echaba de menos la tierra de sus ancestros. Pero cuando contemplaba a Antía y la recordaba como la primera vez, con sus mejillas coloradas y las manos cubriéndole los pechos desnudos, todo atisbo de nostalgia desaparecía. Al echar la vista atrás tenía que admitir que le había tocado vivir una vida plena junto a ella.

Y todo tenía que agradecérselo al Guardián del Bosque.

 

 

 

 

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  • 5320 lecturas el 23 de junio de 2017 ;) pero hay que darle espacio a otros en el ranking, ya con dos relatos es mas que suficiente para hacerle publicidad al torneo (la antologia y en este momento la final del torneo 2017)
    3709 lecturas en el 28 de abril 2017. Que hermosos estos dos textos!!
    Enhorabuena, Lucio. Me alegro mucho de tu paso a la final. Y enhorabuena también a purple por su relato. He disfrutado mucho leyendo los dos relatos que son dignos de dos buenos escritores. Un abrazo y mucha suerte, Lucio
    Lamento no haber podido participar de esta semifinal como me hubiese gustado, por aquello del maldito tiempo que nos come la moral. He leído todos los comentarios y es de un enriquecimiento enorme de cara a los que nos gustan las críticas. Ambos relatos me parecieron de gran calidad, felicito por tanto a Lucio como a Purple por el trabajo. Uno de los dos tenía que pasar. Espero no tener problemas con la gran final y participar de manera más activa. Mis felicitaciones, una vez más a Horacio por este gran descubrimiento.
    No pasa nada, yo me he equivocado más de una vez haciéndote alguna corrección Isabel. Para eso estamos, para someternos a la crítica de los lectores.
    Respecto a mi relato, dos apuntes. Sobre la palabra “crie”, aunque la RAE admite el uso de la tilde (crié), la regla normativa establece que no la lleva, por tanto el término correcto es sin tilde. Es curiosa la diferente percepción del giro que da el relato ante el encuentro de Antía y el inglés, mientras unos lo valoran como muy positivo, otros lo critican con dureza. Admito que dependiendo del tipo de lector pueda gustar más o menos, pero sí me gustaría aclarar que este no es un relato de terror ni creo que pueda clasificarse tan siquiera como suspense, aunque la escena del bosque esté escrita para crear ese segundo efecto. Sería impensable plantear un relato de terror de tan sólo 3000 palabras comenzándolo con 7 párrafos totalmente descriptivos y estáticos y cargando todo el peso de la narración en la expresividad del lenguaje empleado. Lo digo por la referencia al “tipo de relato” que he leído en algún comentario. Dicho esto, muchas gracias a todos los que habéis comentado, tanto las críticas positivas como negativas, como dice Purple, ayudan mucho a conocer la percepción del lector y a mejorar, que es el verdadero objetivo de los que aquí escribimos.
    Gracias Purple, felicidades también a ti por haber llegado hasta aquí. Cuando vi los relatos de la primera semifinal supe que me tocaría batirme contigo y que no sería tarea fácil, confieso que no las tenía todas conmigo de cara a pasar la ronda a medida que veía avanzar las votaciones. Creo que has creado un buen relato, que tiene como puntos fuertes la fuerza de la narrativa y la trama, donde das mucho peso al perfil psicológico de los personajes, acosados por vivencias personales extremas que van influyendo en su forma de ser, algo que siempre es difícil construir y que no está al alcance de muchos. Estoy de acuerdo también en que tal vez lo que deseabas contar era demasiado para tan poco espacio y eso ha dado lugar a que las motivaciones de los personajes para actuar como actuaban hayan quedado en algún caso poco consistentes. En temas más formales me ha llamado la atención la repetición excesiva del posesivo “su”, más conociendo tu probada sobriedad narrativa, sin duda fruto del poco tiempo que tenemos para dejar reposar los relatos. En cualquier caso un gran trabajo en el que se nota esfuerzo y dedicación. Ha sido todo un honor competir contigo, uno de los escritores más solventes del torneo y de la web.
    Felicidades, Lucio. Yo también hubiera votado por el B. Estoy bastante de acuerdo con las críticas que se han hecho a mi relato. Ojalá todos mis textos tuvieran estos análisis tan buenos. Agradezco todos los comentarios tanto positivos como negativos, da gusto ver como los lectores se han implicado en el torneo y han votado concienzudamente. Me gustan especialmente los comentarios de Ender y Alejandro. Hice el relato partiendo del final, una historia que ya tenía y quise aprovechar sin éxito. Quizás demasiados frentes que intentan justificar un final que yo también veo forzado. También los diálogos son un poco postizos como apunta Isabel (además de alguna reiteración y abuso de gerundios). Lo dicho un placer concursar, pero sobre todo un placer leer vuestros comentarios de los que tanto aprendo. Por supuesto dar la enhorabuena a Horacio por llevar el torneo de manera impecable y por su impagable esfuerzo. Ánimos y suerte en la final para Lucio y Paco, dos magníficos escritores que a buen seguro nos deleitaran con sus relatos.
    Ganador B.
    Juez Ender: B. El relato A está narrado con desenvoltura, se aprecia el buen hacer del autor. Por el contrario la trama parece un tanto forzada por el tema y no termino de encontrar esa cohesión necesaria para realzar una buena historia, pese a la habilidad narrativa. Los diferentes elementos del relato tienen fuerza por separado, pero el conjunto no termina de encandilarme. El relato B es una historia que se presume simple pero que nos va envolviendo párrafo a párrafo con su magia y nos arrastra con destreza a su tempo narrativo. Con elementos sencillos crea la atmósfera precisa para envolvernos a medida que transcurre el relato y a través de esas conseguidas sensaciones que provoca su lectura termina finalmente embelesando al lector y dejando una placentera sonrisa en la boca. Esa naturalidad con la que fluye el argumento no es otra cosa que pericia narrativa. Mi voto es para el relato B.
  • Vota por el relato que más te guste, solo escribe la letra (A B C) en los comentarios.

    http://www.tusrelatos.com/relatos/la-final-del-torneo-de-escritores-2017

    relato A por Miguel Angel Mantecón, relato B por Paco Castelao, relato C por Lucio Voreno. Ganador relato C, de Lucio Voreno.

    Vota por el relato que más te guste.

    Gracias a los lectores, este torneo es para ustedes. Felicidades a los 8 participantes por sus magistrales relatos, los disfrutamos a lo grande. La gran final en mayo, todavia no hay fecha. Antes de la final hay duelos de exhibicion, si quieres participar manda un correo a torneoescritores@gmail.com

    ultima semifinal, nadie sabe quien pasa a la final. Ganadores de las semifinales y de la final al cierre del torneo.

    Vota por uno de estos dos viejos lobos de mar, solo uno pasa a la final (con tu voto) y pelea contra los otros dos titanes.

    Empieza la semifinal. Vota por el que más te guste. Todos pueden votar, entre más votos mejor. Anímate, tú eres el dios que decide el futuro de estos tres mortales.

    Vota por el relato que más te guste.

Bienvenidos al Segundo Torneo de Escritores de tusrelatos.com Puedes participar comentando y votando. El ganador de cada duelo lo eliges tú.

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