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14 min
Si no corres tras tus sueños, no se harán realidad
Humor |
17.06.15
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Sinopsis

Mejor si no os cuento nada.


El timbre de una bicicleta que se colaba por la ventana medio despertó a Claudia. Sin abrir aún los ojos, dejó que sonidos pertenecientes a un mundo para ella desconocido se adentrasen en su cerebro: una máquina de segar el césped, el trino de un jilguero, las risas de unos niños... Una sonrisa se esbozaba en sus labios. La brisa estival traía el aroma de la hierba recién cortada mezclado con el olor a salitre que venía del puerto. Esa misma brisa le acarició sus brazos desnudos haciéndola estremecer con el frescor de la mañana. Se hizo un ovillo y se arrebujó entre las sábanas dejando que el calor de la ropa le templase la piel. Desde el otro lado de la puerta llegaban voces de gente extraña; voces que eran más bien murmullos. Y los pasos de uno o, tal vez, dos niños que pasaban cerca de la habitación en la que Claudia se encontraba, mientras el susurro de un “¡shss!” les mandaba permanecer en silencio. Medio adormilada todavía, la joven era un juguete de las ensoñaciones que luchaban con la luz del día para hacerse con sus pensamientos, hasta que Morfeo la raptó de nuevo llevándosela muy lejos de aquel pueblo. Media hora más tarde, el grito de una mujer llamando a alguien de nombre Julián la despertó con un sobresalto. Se desperezó y miró a su alrededor. Un rayo del sol estival le mostró una habitación que no era la suya. Todo en la estancia era de color rosa y blanco: El cabecero de la cama en la que acababa de despertar, la sábana que la cubría, los trajes de las muñecas que la miraban desde la estantería... Por un momento pensó que aún no había salido del sueño; luego recordó que había adelantado su llegada un mes sin avisar a la mujer que le había alquilado la casa de la playa. La pobre señora le había cedido el dormitorio de su hija pequeña con la promesa de tener la casa de la playa a punto antes del mediodía. Un cosquilleo de gozo jugó con su corazón al recordar el motivo de su viaje.

Alargó el brazo hasta la mesita de noche y cogió el teléfono móvil. La pantalla marcaba las nueve y veinticinco. A esa hora, en la oficina de la calle Orense ya se habrían percatado de su ausencia. Todos, a excepción de Susana, se estarían preguntando qué le había hecho faltar al trabajo sin antes avisar precisamente el día en el que la empresa iba a firmar el contrato que la salvaría de la quiebra. Hizo un esfuerzo para no pensar en Eugenio, que la estaría llamando una y otra vez a su antiguo número de teléfono más y más asombrado, más y más colérico al no obtener respuesta. Sacudió su larga melena para ahuyentar los recuerdos y saltó de la cama. Se vistió en apenas unos minutos y, al salir de la habitación, se tropezó con el aroma a café recién hecho y a pan tostado. El hambre que había permanecido agazapado en su estómago durante horas la llamaba ya con urgencia. En la cocina, la esperaba María, la casera, con un suculento desayuno. Mientras daba cuenta del mismo, una niña de unos cinco años la miraba con asombro y vergüenza desde el otro lado de la mesa, pero cuando le dedicó su más radiante sonrisa, la pequeña se escabulló por la puerta a tal velocidad que, cual Cenicienta, perdió un zapato por el camino.

Pasó la mañana en la playa dejando que los rayos del sol le dorasen la piel. La calma de aquella mañana de finales de mayo templó sus nervios agotados tras tanta tensión hasta que tomó la decisión y se atrevió a dejarlo todo para viajar a aquel pueblo. Tumbada boca abajo sobre la toalla, pasaba las hojas de la revista ¡Hola! con indolencia, deteniéndose a contemplar cada una de sus coloridas fotografías mientras sorbía con una pajita un refresco de limón y picoteaba en una bolsa de patatas fritas. De pronto, la imagen de George Clooney le trajo de golpe los recuerdos del último año, haciendo que se desbordaran todas las emociones que, desde que abandonó Madrid había intentado contener. ¿Cómo había podido pensar alguna vez que el gruñón de Eugenio se parecía al apuesto actor? Pasó la hoja aprisa para alejar de su mente la imagen de su jefe buscándola como un energúmeno por toda la oficina para que le trajese o llevara sabía Dios qué documento: siempre gritándola sin ninguna consideración. ¡Que se ocupara del trabajo la mosquita muerta de Gema, si tan eficaz era! Apartó de su mente el recuerdo de su día a día y buscó el reportaje en el que entrevistaban a su actor español preferido; después contempló su fotografía con aire ensoñador.

A su lado, un joven sentado bajo una sombrilla no le quitaba los ojos de encima. Claudia estuvo tentada a aprovechar la oportunidad que se le presentaba y matar el tiempo jugando un rato a seducirlo. Sabía que le bastaba con un par de caídas de párpados y una sonrisa para tener asegurada una charla sabrosa salpicada con la sal y pimienta del quiero y no quiero. Pero enseguida volvió a su mente el objeto de su viaje y bajó la vista hacia la revista. No obstante, no pudo evitar levantar varias veces los ojos y mirarlo de soslayo. Luego suspiró. Todavía le faltaban muchas horas para poder hacer realidad su anhelado deseo, pero lo tenía todo tan calculado que la certeza del éxito la ayudaba a ser paciente.

Las agujas del reloj caminaban perezosas alrededor de la esfera oscura y, con la ayuda del calor matinal, le contagiaron su desidia. Permaneció casi un cuarto de hora medio adormecida y, después de ser zarandeada por su voluntad, se despabiló y se acercó al mar para darse un baño. Al volver, se cruzó con una joven subsahariana que, bella y cimbreante, vendía la bisutería que llevaba en un carrito. No pudo resistirse a la tentación de unos pendientes dorados imitación de unos de Tous ni a un juego de pulseras esmaltadas en distintos colores que, al ponérselas en su muñeca tintineaban una alegre melodía. Contenta con sus compras, acabó por olvidar que había dejado plantado a Eugenio cuando más la necesitaba. 

Poco antes de marcharse a comer, una llamada del móvil logró asustarla. Por un momento pensó que se trataba de Eugenio y los latidos de su corazón emprendieron una acelerada carrera golpeándole el pecho. No sería la primera vez que la acosaba con sus llamadas. Si hasta su madre que, al principio la alentaba para que pescara tan buen partido, se había dado cuenta de lo intempestivas que eran aquellas llamadas. Y siempre las mismas voces; las mismas recriminaciones. Nunca lograba Claudia complacerlo. Pero Eugenio ya no podía molestarla más. Recordó que el día anterior había comprado un móvil nuevo y sólo le había dado el número a su madre y a Susana. Eugenio no la volvería a agobiar más con sus exigencias imposibles de cumplir.

La llamada era de la única amiga que tenía en la oficina, que había esperado a la hora del descanso de la comida para ponerse en contacto con ella. Con algo de temor de que la hubiesen despedido, Claudia respondió la llamada de Madrid. Primero Susana le reprochó su insensata huida con un tono de voz con el que quería aparentar una severidad que estaba muy lejos de sentir. Mas enseguida, le contó, entre risas apenas disimuladas, el caos que se había vivido durante la mañana en la oficina. A causa de la ausencia de su secretaria, Eugenio se había vuelto loco buscando documentos y dictando a unos y a otros cartas y más cartas que, si hubiese estado Claudia, la joven hubiera escrito con sólo una o dos indicaciones. Ni siquiera Gema, con su afán de contentar al jefe para que se fijase en ella, consiguió apaciguarlo. Esteban el informático, atosigado por la impaciencia de Eugenio, había intentado entrar en el ordenador de Claudia en busca del contrato que había de firmarse con la otra empresa. Pero, con toda su pericia, fue incapaz de adivinar la contraseña que abría la puerta a los documentos: “pinta_labios_blue_star_24”, su barra de labios de la suerte y su edad.

—¡Ajá! —exclamó Claudia —. Conque me ha echado de menos. Ya no soy para Eugenio “la inútil haragana a la que siempre pilla arreglándose las uñas”.

Al otro lado del teléfono se oyó la carcajada de complicidad de Susana. Ella también tenía su apodo: era conocida en la oficina como “la atolondrada que nunca se entera de nada”. Y ni siquiera Gema, tan lista, tan formal y eficiente, había sospechado que Susana pudiese saber cómo localizar a Claudia. Claro, que ella no pensaba delatarla. 

Antes de cortar la comunicación, estuvieron repasando los planes para aquella noche. Más y más excitadas las dos amigas anticipaban el éxito de la velada.

Después de comer, Claudia se trasladó con su coche y su equipaje a la casa que había alquilado a pocos metros de la playa. Lo primero que hizo al entrar fue abrir la puerta de la terraza del salón y salir al porche. Desde la balaustrada se divisaba la casa de su amado Álex. Sintió cómo saltaba su corazón en el pecho imaginando la noche de pasión que les esperaba. ¡Menuda sorpresa pensaba darle!

La tarde transcurrió en un suspiro. Tenía un montón de cosas en las que ocuparse: darse un baño con el gel de fragancia a lilas que había comprado expresamente para aquella noche, depilarse las cejas, lavarse el pelo, moldear la melena para que las ondas le cayeran en cascada, hacerse la manicura de las manos y de los pies, maquillarse con esmero... Cuando terminó de arreglarse, sacó el vestido de la funda y lo colgó de la puerta del armario. Antes de ponérselo, lo estuvo contemplando cual si se tratase de una obra de arte de incalculable valor: un vestido de etérea gasa de color vainilla, tan delicado que parecía que pudiera rasgarlo un simple soplo de viento; un vestido corto que caía vaporoso muy por encima de las rodillas. Todavía le parecía mentira que se hubiese atrevido a comprarlo. Su sueldo de dos meses apenas le había dado para pagar su elevado precio. Junto al vestido, colocó las sandalias doradas que había conseguido por la mitad de lo que costaban en un outlet a las afueras de Madrid.

Antes de salir, llamó a su madre para decirle que estaba bien y, después, a Susana. Las dos amigas estuvieron repasando cada punto del plan una y otra vez. Luego, con las sandalias en la mano para que no se le ensuciaran, recorrió el sendero que la separaba de la casa de Álex.

***

Durante las semanas siguientes no se habló de otra cosa entre las chicas de la oficina: Claudia, la secretaria de Eugenio Canales, el Jefe de Contratación, había conquistado a Álex Comillas, el cantante de moda. Aquel que arrancaba suspiros a todas las muchachas jóvenes de España y buena parte de Europa, haciendo desfallecer de anhelo a sus propias madres por un sueño para ellas inalcanzable. Una fotografía de tamaño de un televisor de plasma, en la que se veía a la bella Claudia con los ojos sonrientes y la mirada dichosa besando al cantante, acreditaba el resultado de lo que siempre predicaba la intrépida joven: “Si no corres tras tus sueños, no se harán realidad”. 

Y es que Claudia había sido la admiradora número uno de Álex Comillas desde que éste se presentase al público por vez primera. No había disco que no tuviera ni canción que no supiera cantar de memoria ni trozo de su vida, por insignificante que fuera, que Claudia no conociera. Acudía a todos sus conciertos y le esperaba paciente a la puerta de los hoteles para que le firmase un autógrafo. Y, antes de dormir, permanecía despierta durante horas y horas dejando que sueños románticos cosquilleasen su corazón.

Desde su regreso, Claudia no se cansaba de contar cómo había gastado buena parte de sus ahorros en un detective privado para que averiguara dónde estaba el escondite secreto del afamado cantante. Había alquilado una casa desde la que se divisaba la de Álex, como ya se atrevía a llamarlo, para los días en los que sabía que iría el artista a descansar después de grabar su último disco. En el último momento, el detective le informó de que el cantante había adelantado su viaje y ella tuvo que dejar a su jefe plantado en medio de un contrato de vital importancia para la empresa y, así, poder sorprender al dueño de sus pensamientos. En su relato, se recreaba contando el primer encuentro al anochecer, cuando las estrellas del firmamento se aliaron con ella y pusieron a sus pies un romántico escenario. No había terminado de presentarse al cantante y los ojos de ambos jóvenes ya se buscaban como si se hubiesen estado esperando. El roce fortuito de sus manos desató la pasión. Álex la invitó a entrar en su casa, de donde no salió hasta tres días después con la promesa de volver a verse cuando él regresara de una gira que había de dar por Hispanoamérica.   

Cada vez que narraba su historia, el corazón de Claudia se llenaba de tristeza. Ni siquiera a Susana se había atrevido a contarle la verdad. Lo cierto es que cuando la joven llegó a la casa del cantante, no la recibió sólo Álex Comillas. Éste salía por la vereda del jardín con la modelo Valeria Hidalgo en el momento en que ella tocaba el timbre de la puerta de la verja. Al verlos juntos compartiendo risas, besos y caricias, todo lo descabellado de su plan se mostró a sus ojos llenándola de vergüenza. Recordó que, desde niña, todos a su alrededor le habían aplaudido su espontaneidad, sus ocurrencias, que la llevaban a seguir sus impulsos sin pensar en las consecuencias. Pero ya no era una niña, sino una adulta que había abandonado sus responsabilidades para perseguir una quimera. Ocultó como pudo su decepción, hizo brillar su mejor sonrisa y se presentó como una admiradora más del cantante y la modelo. Habló unos minutos con ellos y, al despedirse, se atrevió a pedirle al cantante que se hiciese una fotografía con ella. Fue entonces, como si fuese cómplice del plan de Claudia, cuando él la tomó en sus brazos y le dio el beso más apasionado que había recibido en su vida, mientras la modelo los fotografiaba sin poder contener la risa. Después, su adorado Álex soltó una carcajada y, dándose media vuelta, cogió a Valeria Hidalgo de la cintura y se fue con ella hacia el pueblo. Claudia, con un sordo dolor en su corazón, se quitó las sandalias doradas para no ensuciarlas y, con ellas en la mano, regresó descalza a la casa de la playa.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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