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21 min
SI USTED FUERA EL ÚLTIMO
Terror |
03.12.14
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Sinopsis

Ésto puede estar pasando en Argentina, en nuestro espacio--tiempo o en algún otro continuum...

          El hombre caminó a campo traviesa bajo la luz de la luna. Por esa  noche había dejado su cueva de los cerros, para adentrarse en la llanura y acercarse a esa hondonada, próxima a la carretera

          Hacía tiempo había descubierto ese vaciadero de desperdicios. Allí se proveía de elementos de metal, plástico y alguna ropa vieja.

          Fue acercándose al lugar desde el campo, porque siempre evitaba cualquier camino. Desde mucho tiempo atrás habíase vuelto sigiloso como un verdadero zorro.

          A cierta distancia se agazapó para esperar que un camión descargara su cuota de basura. Pudo ver a los sirvientes del transporte, en la cabina y deambulando alrededor, con sus movimientos espasmódicos y sus voces chillonas. Todos eran así ahora, como aquellos tipos que habían querido capturarlo, cuando pedía ropa vieja en una chacra.

          Con infinita paciencia esperó hasta que el vehículo, terminado el trabajo, se perdiera en la lejanía. Aún permaneció casi dos horas con inmovilidad absoluta antes de acercarse a los desechos.

          Vagando errático y sin el menor ruido, pudo descubrir zapatillas, zapatos viejos y grandes retazos de plástico. Poco antes de volverse descubrió el maletín. Cargando con todo emprendió el regreso, dando cierto rodeo para evitar los lugares por donde había llegado.

          En las proximidades de su madriguera, un lugar casi inaccesible, verdadero sendero de cabras, el solitario se mantuvo largo rato apostado como una roca más, antes de meterse furtivo en la cueva.

          En el fondo de su guarida, al resplandor de una primitiva lámpara de grasa, se concentró en averiguar qué podría contener aquel maletín medio aplastado.

          Cuando pudo abrirlo se encontró con una cantidad de papalería impresa y escritura a mano. Leyó con dificultad, casi le causaba dolor hacerlo. El ejercicio de la lectura le traía recuerdos penosos, como una casita cerca de la carretera que estallaba en llamas, una mujer joven e inerte en sus brazos y el llanto, el llanto de él mismo y la angustia y la desesperación.

           Tuvo que esperar unos momentos antes de seguir leyendo: catálogos de vinos, listas de nombres como de clientes, agendas telefónicas, listas de precios, mapas de la región con sus localidades, y varias hojas engrampadas presentando algo así como un relato escrito a mano con tinta que parecía de bolígrafo.

           Acurrucado en un rincón de su cubíl, el hombre con una melena y barbas de varios años, como un antropoide cavernícola, comenzó a seguir con dedo torpe las líneas de letras del manuscrito:

 

           Cuando llegué hasta aquella ciudad al oeste de Chubut, comenzaba un día de abril bastante fresco, Creía hallarme tal vez cerca de Trevelín y del río Corintos. El lugar se llamaba Carpatia, y evocaba el sur-este auropeo, tanto por el nombre como por su arquitectura y topografía de la región.

            Esa mañana pude notar, después de tomar hotel, que me parecía estar en Europa. Había muchos empinados tejados y edificación en oscuras maderas muy trabajadas. Las calles púlcramente adoquinadas me rodeaban como un meticuloso ajedrezado, donde circulaban personas moviéndose como mecanismos de relojería.

             Casi rodeando los límites citadinos, podía entrever oscuras siluetas de serranías boscosas.

             Había salido para buscar una peluquería y hacerme cortar el pelo. No obstante, llevaba el maletín de corretaje de vinos en que trabajaba.

             La peluquería que encontré se llamaba "Helga", y ostentaba la vidriera en un prolijo y pulido frente, pareciendo una casita de chocolate.

             Quien atendía el local era una mujer muy alta y voluminosa, de melena rojiza y rostro muy atractivo, como de cuarenta años. Mientras esperaba mi turno pude ver que la ayudaban dos chicas rubias, iguales a ella en estatura y complexión.

             Los dos tipos antes que yo fueron saliendo, adormilados y con paso tambaleante. Uno de ellos tenía un gran hueco en forma de ranura, como una cicatriz, detrás de una oreja. En el otro se veía un agujero enorme, a un lado entre el cuello y la mandíbula, por donde podría haber cabido una mano entera.

            Cuando me senté en el sillón la peluquera me abordó sin contemplaciones.

            --¿Cómo te corto querido? --preguntó, con voz estridente y también dulce, a través de la densa nube de fragantes lociones.

            Yo estaba algo tímido porque nunca antes me había cortado el pelo una mujer.

            --Cortito y bien prolijo, por favor, y con tijera --le contesté.

            No pude dejar de notar los colosales pechos con que estaba dotada la gran pelirroja.

             Eran grandes como dos maletas de suave piel rosada, aflorando hasta la mitad por el escote del guardapolvo. Parecían del tamaño de dos poncheras... o mejor... sí, como dos sandías rubicundas suspendidas a cinco centímetros de mi cara.

             ...Y todo esto me recordaba algo...

             Comenzó a tijeretearme mientras me agarraba con un brazo manoseando mi cara, cabeza y cuello. Sentí un peso cálido y suave sobre el cogote y los hombros.

              ---No me apoyés los senos... esteee... ¿cómo te llamás?

              --No te asustés, nene, a todos les gusta que les apoye las tetas --dijo, y aferrándome la cabeza metió mi cara en el pozo entre las dos sandías, mientras me cortajeaba el pelo de la nuca.

              --Yo me llamo Helga Oradea Komarom, soy húngara, de Hungría, y todos me dicen Helga --comentó con voz fuerte, en tanto retenía mi cara apretada contra la hendija entre sus pechos.

               Notaba yo una serie de pinchazos en el pescuezo, debajo de la nuca.

               --Me gusta más Helga --pude balbucear, acalorado y tembloroso--, yo escribí un cuento sobre una Helga que era maestra de escuela...

               La peluquera carcajeó con estridencia-- ¡Ah! ¿Sí? ¿Y cómo era ella?

               Sofocado en la zanja mamaria, yo estaba casi exhausto.

               --Era igual a vos --gemí titubeante--, y se comía a los chicos del grado.

               Helga lanzó una carcajada espectacular. --¿Era como yo? Y... si ella se comía a los niños de la escuela --casi gritó sin soltarme--, yo podría comerme a los clientes de la peluquería --y observé que empuñaba una gran geringa hipodérmica, cuya medida alcancé a leer: 500 centímetros cúbicos, colmada de un líquido amarillento.

                Helga Oradea Komarom, siempre sujetándome la cabeza, me clavó diez centímetros de aguja en el cuello, y vi cómo me inyectaba toda la solución. El aluvión de fuego de semejante inyección junto con el calor del ambiente, el aroma de las lociones y las tetas de Helga, fueron aniquiladores.                                                                                  .....................................................................................................................................                Sentía la región cervical plagada de dolores sordos y punzadas crujientes, como si me faltara aceite en las vértebras. Lo primero que vi fue mis brazos remangados y dos muñones rosados donde habían estado mis manos.

               --¡ Pero... qué es ésto... me cortaron las manos ! --exclamé, y comencé a temblar. Hubiera querido levantarme del sillón, pero las piernas no me respondían. Me invadieron unos sollozos y divisé mis manos amputadas, colgadas en la vidriera.

               --¡ Y claro, mi amor ! --entonó Helga con ternura--, ¡ si me dijiste "cortito y bien prolijo" !

               Comencé a sentir mareos, mientras me sacudían una serie de convulsiones.

              --¡Esperá, amorcito, esperá, que te doy el bálsamo! --me aturdió la voz de la opulenta matrona, y fue a buscar algo entre frascos y utensilios, mientras las dos rubias me sujetaban la cabeza y los brazos.

              Por suerte Helga encontró enseguida ese bálsamo. Vino a mi lado y me aplicó un tubo  con una emulsión cerosa bajo la nariz.

              --¡Respirá! --exclamó entre risitas--, ¡respirá hondo mi amor, respirá hondo!

             Aspiré muy profundo y un perfume intenso y agudo me llenó los pulmones. Una intensísima punzada subió por mi nariz, me abrasó el cerebro como en un estallido, y bajó por todos mis nervios arrasándolos en una incandescencia hasta la punta de los piés.

             --¡Otra vez, respirá más hondo todavía! --resonó la voz, y sentía cómo me sujetaban la cara con fuerza.

             Aspiré la emanación del tubo tan, tan hondo, que el perfume ardiente me impregnó todo el cuerpo en una llamarada. Con un paroxismo estallé, me quemé y me rompí todo.       .....................................................................................................................................               --Con el bálsamo te quemamos todos los nervios y tendones --decía la voz estridente de Helga--, y tuvimos que reemplazártelos con alambre de cobre y de platino.

              Fui saliendo del pesado sopor y miré mis muñones. Me habían encajado una  especie de manos rudimentarias confeccionadas con chatas varillas metálicas, en unas ranuras hechas en la carne. Desde unos agujeritos al lado de las hendijas tumefactas salían los alambres y se conectaban a las manos postizas.

              Los muñones no me dolían, sólo me picaban como ronchas.

              --Tuvimos que tejerte toda una red de alambres por el interior de tu cuerpo, después que te quemamos todo el tejido medular y nervioso, junto con los tendones. Así vas a poder moverte, pero con mucho cuidado. Ahora mirate al espejo.

               La pelirroja hizo girar el sillón de peluquería y me enfrento al espejo de la pared. Mi reflejo mostraba como un casquete de porcelana, que imitaba el cabello y parte de la frente, y brillaba semejando el cráneo de un maniquí. Helga tironeó del borde de porcelana con la punta de los dedos, levantando un poco el casquete. De esa forma me mostró parte de mi cerebro con las membranas meninges y todas las venosidades. Mis sesos estaban minados de adminículos metálicos que atravesaban lóbulos por todos los lados, y a su vez se interconectaban con una complicada red de alambrecitos rojos y plateados.

                --Te levantamos la tapa de los sesos para  poder trabajarte el tejido nerviosos. Ahora podés lucir esta bonita imitación de porcelana --canturreó la peluquera--, y mirá ésto qué hermoso --añadió bajándome el borde de la ropa.

                En la base del cuello, bajo la nuca, había insertado un aparatito que parecía de cera y metal, con muchas teclas.

                --Con ésto puedo teclearte órdenes y enviarte a cualquier lado y hacerte hacer lo que yo quiera. A su vez sirve para recibir órdenes a distancia, de otros teclados. Ya te vas pareciendo a una hermosa marioneta.

                La angustia y el pánico me desbordaron. Comencé a sollozar y a tener convulsiones, ante la visión de mi cuerpo mutilado para siempre.

                La náusea creció en mi interior y me doblé en intensas arcadas. Vomité hasta la cena del día anterior, sobre una bandeja que ya tenían preparada.

                En medio de las arcadas, Helga me apretó con un brazo de gorila contra el respaldo y, abriéndome la camisa hundió toda la aguja de la jeringa en mi plexo, debajo del esternón, inyectándome otro medio litro de líquido amarillo.

                Desde la punción en la boca del estómago sentí extenderse una oleada de fuego arrasándome todo el organismo. La terrible substancia impregnó todas y cada una de mis células, semejando una marea de basalto derretido. Comencé a restallar como un artefacto de pirotecnia y me sumergí en una inconciencia agónica.                                                   ......................................................................................................................................                Helga tecleó en el aparatito bajo mi nuca y me hizo poner de pie, todo enclenque y vacilante. No pude precisar cuándo había vuelto en mí. Por el espejo me di cuenta que ya me habían reemplazado varias partes del cuerpo. Los dos hombros y los brazos eran artificiales, de porcelana. Sólo me quedaban los antebrazos de carne con los muñones donde encajaban las manos de varillas. Al casquete postizo se añadía ahora media cara de cera semejando a cerámica esmaltada.

                Habían trabajado mucho esa tarde... ¿o días...? Todo mi cuello se componía ahora de delicadas prótesis. Mi aparato digestivo había sido extirpado por completo y en el hueco, por donde se me dijo circulaban gran cantidad de alambres y tensores de acero, estaba cubierto por una placa de cera protésica articulada. Seguía teniendo las piernas, pero sin músculos. Éstos estaban reemplazados por haces de alambres incrustados en los huesos, de donde habían sido quitados todos los tendones quemados por el perfume del bálsamo ceroso.

                 Tal vez por efecto del abrasador líquido amarillo en mi cerebro, estaba contento y placentero al verme así. Ya casi era un maniquí perfecto, casi todo compuesto de piezas de porcelana, cera, cerámica e hilos de cobre y platino, y varios adminículos electrónicos incorporados a mi resto de organismo; un modelo de títere dominado a distancia.

                 Parecía conservar mi aparato genital, al sentirme exitado de lujuria por verme de esta forma, viviseccionado y rearmado de nuevo por la sensual Helga, la muy opulenta Helga Oradea Komarom; y sabía que, "el poder de esos senos sobraba para ejecutar a cualquier hombre con entera facilidad", recordaba de aquel cuento que yo había escrito acerca de la maestra Ogresa.

                  --Guarden la carne amputada del día en el frizzer y limpien todo --les dijo a las jóvenes rubias, se quitó el guardapolvo de peluquera y me tendió el maletín de mi corretaje de vinos. Yo alcé mis miembros debiluchos para aferrarlo con torpeza entre mis manos de varillas.

                   Después, dejando el local y asiéndome con fuerza terrorífica por mi brazo de caña hueca, la húngara me obligó a caminar a su lado, tambaleante, rumbo a mi hotel.

                   Llevándome casi en vilo, tembloroso y vacilante como el muñequito que era, la matrona de mamarias sobrehumanas me fue explicando: Me dijo que todos los habitantes de Carpatia, unos diez mil incluídos el cuerpo de policía y las autoridades municipales, habían sido transformados como yo en maniquíes marionetas, como esos grandes muñecos de hilo que los titiriteros exhiben en los teatros. El trabajo se había hecho en forma oculta, hasta completar toda la población. Por éso a mi me había parecido que tanto los empleados del hotel como los transeúntes, se movían como mecanismos de relojería. Los dos clientes precedentes que yo había visto en la peluquería eran los últimos restantes, ya más o menos transformados. El proceso avanzaba viento en popa y ya englobaba la mitad de la población de media docena de ciudades vecinas.

                   De esta forma, la afluencia turistica estaba siendo inmensa. Todos querían ver la ciudad de las marionetas, con sus maravillosos seres mecánicos circulando y hablando con sus voces agudas y chillonas. El movimiento era enorme y las ganancias pingües.

                  Mas tarde en el hotel ante el títere recepcionista, Helga tecleó la órden, forzándome a cancelar la habitación; ella se encargó de mi maleta, que yo no hubiera podido mover, para llevarme a su casa.

                   En el camino, pude ver unos camiones con las letras "Carnes Carpatia" en sus cajas, saliendo de la ciudad. Helga comentó que se trataba de las exportaciones de conservas de carne hacia Europa y Estados Unidos, que ella y sus chicas hacían por el puerto de Comodoro Rivadavia; en tanto que una parte de esas carnosidades era separada para el consumo de ella misma y sus acólitas.

                   Moviéndome bajo el dominio de la pelirroja, arrivé a una notable residencia que, como la peluquería, semejaba una verdadera casita de chocolate. En un recinto de los fondos había instalados una inmensa computadora y varios grandes aparatos con centenares de teclados.

                   Por medio de las teclas bajo mi nuca, mi anfitriona me implantó un mandato que debí cumplir sin posibilidad de apelación, haciéndome hablar por teléfono a la central distribuidora de vinos para renunciar a mi empleo.

                  Me explicó que de ahora en adelante, mi trabajo sólo consistiría en pasearme por la ciudad y bailar el minuet en los salones de época junto a los otros muñequitos, para que los turistas me vieran. Ella me alimentaría en forma periódica, administrándome inyecciones de líquido amarillo.

                  Iba a vivir en su casa, con ella. Me dijo que como yo era tan dulce, se había enamorado, y pensaba que yo también la amaba. Mi destino sería mucho mejor que el de la mayoría de las marionetas, porque éstas eran replicadas una por una, siendo los originales exportados en contenedores especiales hacia las regiones ya nombradas, condicionados como sirvientes biomecánicos, juguetes sexuales y otras cosas, junto con tanques del necesario líquido amarillo; en el paía permanecían sólamente las réplicas por entero artificiales.

                   Juntos subimos por la escalera hacia su alcoba. Me desvistió para verificar el estado de mis articulaciones y mecanismos, haciéndome sentar en la cama.

                   --No deberías escandalizarte demasiado --dijo, mientras me revisaba --estos paises fueron desde su origen, de modo permanente vampirizados por los imperios de turno. Ahora todo es más terminante: Están siendo devorados por Ogresas, literalmente exterminados como población.

                    --Yo no estoy escandalizando en lo más mínimo --respondí, en tanto ella hundía sus dedos en mis ganglios y centros nerviosos.

                    --Éso se debe a las operaciones cerebrales que te hicimos, amputaciones y reconecciones de circuitos neuronales. Tu personalidad está disgregándose, diluyéndose dentro de la mía --manifestó, al momentoi que retorcía mis coyunturas.

                     Mientras me observaba, la húngara Helga tecleó con rapidez un aparatito que llevaba en la cartera. Todo mi ser obedeció al instante: El corazón comenzó a latirme con violencia, pareciendo colmar todo mi cuerpo de cera, carne y porcelana. La pasión y el deseo por Helga me poseyeron hasta la locura, en un devastador ataque de lujuria. Mi anfitriona se quitó la ropa mientras yo me estremecía desesperado. Moviendo su cuerpo de carnes ardientes, Helga vino hacia mí.                                                                              .....................................................................................................................................                      Yo, Helga, y mis muchachas, somos el centro de las marionetas, y las marionetas somos las terminales individuales de ellas.

                     Hace varios años que arraigamos en Carpatia, al sur--oeste de Argentina. La conversión de personas a títeres ya abarcó la población de varias provincias. Yo dirijo el gobierno junto con mi numerosa cohorte de Ogresas, desde peluquerías, clínicas y hospitales distribuídos en todas las ciudades.

                     Puedo decir que somos muy felices con nuestra existencia como Ogresas Amas de títeres, poseyéndolos, y como títeres estamos gozosos de ser poseídos por las Ogresas y poder alimentarlas...                                                                                         ......................................................................................................................................                      El manuscrito ya estaba leído.

                     El ermitaño encendió fuego con un antiguo yesquero, en una chimenea excavada en la roca. Quedó largo tiempo mirando las llamas.

                    Fue hilando dentro de su entumecido cerebro que en los próximos días, buscaría otras cuevas, para utilizarlas como guaridas alternativas, y así poder cambiar de lugar cada tanto.

                    Había decidido que no iba a bajar nunca más a la llanura.

                                               . . . . . . . . ooo . . . . . . . .

 

           

             

                          

          

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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