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4 min
Sicario
Drama |
31.10.20
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Sinopsis

Llevo tanto tiempo matando a gente que creo que ya no podría vivir sin ello.

Tal vez ver morir a mi madre por una bala perdida en una reyerta entre bandas fuese la causa de mi conversión a asesino a sueldo. O tal vez esa sea la excusa que utilizo para redimir mi mala conciencia de ser un ejecutor sin escrúpulos, a pesar de los intentos de mi pobre padre por intentar llevarme a la orilla del bien. Nunca lo consiguió. Yo le decía: Padre, no insista, yo ya morí ahogado en el río. No hay orilla para mi. Anteayer fue su cumpleaños. Cada año le cuesta más apagar las velas. Siempre me da un beso cuando me voy. Cálido, tierno. Como si fuese el último.

La primera paliza que di a alguien yo tenía quince años. La víctima veinte. Perdió un ojo y parte de la hombría que otorgamos acá en Bogotá a todo hombre al nacer.  El trabajo me llevo trescientos dólares ( no acepto pesos ) y la consagración de sicario novel.

Después de veinte años, sigo siendo sicario. El mejor. Mato por dinero. Nunca dejo heridos. Jamás testigos. Automáticas, sirgas estranguladoras, cuchillos, machetes, una simple bolsa de plástico…todo vale para matar. No pregunto. Ejecuto, cobro y me voy.  Así de simple y sencillo. La corbata colombiana es mi especialidad . Un tajo horizontal en la garganta y sacarle por el corte la lengua, a modo de corbata. En estos casos, claro está, hay que esperar a que el pendejo en cuestión fenezca. Palme. La espiche.

Es sólo un trabajo. Nada de compasiones.

Al último, un traficante caleño de poca monta, me lo cargué con una bolsa de plástico. Es curioso ver como la víctima boquea como un pez mientras en el interior de la bolsa se forman gotas de condensación con sabor a muerte. Rocío letal, le llamo. En este caso me guío por la apertura de los ojos. Desorbitados. La señal mortuoria. Requiescat in pace. Y me persigno, porque soy un hombre de Dios. Cabrón hasta las pelotas. Pero creyente. Cristo vive. Los demás….no.

Llega un sobre a mi apartado de correos habitual. Una vez en casa, abro la carta. Las instrucciones son concisas: Apostarse en la ventana de la habitación 113 del Hotel Palanquero a las 12 horas del miércoles. M40 con mira telescópica. Esperar salida de Fabricio del Bar Columbus y disparar a persona que irá a su lado con maletín. NO ERRAR. Quemo la nota.

Mi boca dibuja una sonrisa irónica. NO ERRAR. Me hace gracia el estúpido matiz. Veinte años sin ERRAR. Me joden los comentarios fuera de lugar. Hieren mi profesionalidad. Que sea la primera y última vez que me matizan esa hijaputez. Un tiro, un muerto. Errores cero.

Llega el día y aquí estoy. Apostado en la ventana. Una sola bala en la recámara. No hace falta ninguna más. Intento secar mis pestañas del sudor provocado por el calor que azota Bogotá. Treinta y ocho y subiendo. Bebo a sorbos de una botella de agua para no transpirar en exceso. Preparado para cazar.

Se abre la puerta del bar y creo ver a Fabricio. Tras él, un hombre con sombrero de unos sesenta y tantos años le sigue. Lleva un maletín en la mano.

Respiro profundamente y coloco el dedo índice de mi mano izquierda en el gatillo del M40. Miro por la mirilla y fijo a mi víctima.

Un golpe frío hiela mi sudor. Algo paraliza mi cerebro. Las pestañas me pesan. NO ERRAR. Mi dedo índice se destensa. La mano derecha que aguanta la M40 empieza a zozobrar. No puede ser.

Tengo en el punto de mira a mi propio padre

NO ERRAR. ERRORES CERO.

Un disparo suena en una céntrica calle de Bogotá.

Espero sentado a que la bala que me he disparado en el hígado haga su efecto. Desangrado rápido y posterior muerte . Echo el último vistazo a mi padre. Lleva el sombrero que le regalé para su cumpleaños. Recuerdo el beso que me dio anteayer. Como si fuese el último. Cálido, tierno.  Con mi dedo índice y usando mi propia sangre como tinta escribo sobre el suelo:

NO ERRAR. ERRORES CERO.

Soy un profesional, hijoeputas..….

 

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