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21 min
Siempre Contigo
Terror |
22.06.15
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Sinopsis

Historia oscura, más sugerida que descrita, acerca de la maldición individual (nunca formulada claramente) que tejen mudamente ciertas fuerzas de la naturaleza cuando se levantan contra un hombre malvado. Abstenerse de leerlo personas que tengan fobia a las aves...

~~

SIEMPRE CONTIGO

 

Dos hombres charlaban en un pequeño restaurante de barrio tras haber comido. Era una lánguida tarde de domingo de pleno invierno, y todo invitaba a las confidencias. Dos tazas de café a medio vaciar parecían dormitar, indolentes, delante de cada uno de ellos; el humo apestoso y estadizo de sendos cigarrillos lo impregnaba todo. Aparte de sus voces, tan sólo se oía el ruido enlatado y pueril de una máquina tragaperras donde algún fracasado malbarataba la poca calderilla que le quedaba.
–Rocamora me la tiene jurada, te digo –dijo el más joven de los dos, de unos treinta años–; el viernes llené y retractilé tres palés, y así mismo lo registré en el archivo. Pues bien, ese imbécil no quería creérselo, y me vino con mil objeciones; sólo porque sea el jefe ya se cree en el deber de criticar cualquier rendimiento, aunque éste le dé mil vueltas a lo que él mismo sería capaz de hacer en una semana…!
–No seas demasiado duro con él –respondió el otro hombre, unos quince años mayor–, en el fondo es una buena persona. Grita mucho y perjura todo lo que quieras, pero es honrado y reconoce el esfuerzo cuando lo ve, créeme. Me siento relativamente unido a él, desde que juntos nos tocó vivir…bueno, una experiencia que podría considerarse, como mínimo, inquietante. Pero…dime, ¿tú crees en los fantasmas?
–No -dijo el otro, muy convencido y dirigiéndole una mirada socarrona.
–Pues tampoco yo creía en ellos, hasta hace unos veinte años; pero lo que nos pasó no puedo negarlo, porque lo sentí y experimenté yo mismo, y no le encuentro ninguna otra explicación posible. La verdad es que se trata de una historia un poco larga, pero en fin, nos tenemos confianza y hoy nos sobra el tiempo, ¿verdad? No sé si sabrás que hubo un asunto penal en la empresa, hará unos veinte años…un asunto de juzgado, quiero decir; vino la policía y todo…
–Algo he escuchado; pero los únicos que quedáis de aquella época sois tú y el jefe, y él no parece muy inclinado a dirigirme la palabra si se trata de algo que no tenga que ver con el trabajo...
–Pues ahora lo sabrás -continuó el otro-. En aquella época teníamos en la empresa un desgraciado, un canalla que se apellidaba Vélez. El caso es, y sin exagerar lo más mínimo, que aquel Vélez era lo que se suele llamar un mal tipo; uno de los peores. Venía de la España más pobre y rancia. Tenía un pasado oscurísimo, del cual no hablaba nunca; se decía que había estado metido en cosas espantosas y le acompañaba una pésima fama. No sé qué es lo que había hecho, o qué motivos tendría para arrepentirse, pero algo le debía tener muy preocupado, porque avanzaba por la vida esquivo, desgarbado, desconfiando permanentemente de todo el mundo. Bien puedes creerme: se habría dicho que ese tipo tenía miedo de su propia sombra. Se conocía que había estado en la cárcel, pero siempre se negó en redondo a explicar nada sobre el tema. Corrían diversas historias relativas a su carácter violento, algunas de ellas muy desagradables. Debía haber parte de verdad en todo aquello, porque, aunque trabajaba reservadamente y era el hombre más discreto y taciturno del mundo, palpitaba en él aún cierta agresividad antipática y arrogante, que, tan sólo debido a ciertas aprensiones, él mismo conseguía reprimir.
“El hombre no tenía familia en el mundo, y, que yo sepa, tampoco se había casado nunca: esto último muy comprensiblemente, pues trataba a las mujeres con una increíble y asquerosa brutalidad. Pues bien, el caso es que sus miedos, que él intentaba esconder como fuera, se revelaban con tanta más facilidad cuanto más él se esforzaba en parecer duro o indiferente. Alguna cosa le aterraba, algo que sólo él veía, o intuía, o adivinaba, o llámale como quieras. Deberías haberle visto: ese tipo no actuaba como un hombre mentalmente sano, créeme…
–¿Cuánto tiempo hace de todo eso? –preguntó el más joven.
–Hará unos veinte años, por lo menos –respondió el otro, tras tomar un buen trago de café; yo tendría unos veinticinco, y hacía poco que estaba en la empresa. Este Vélez debía de tener cuarenta como mínimo, yo diría que más. Comprenderás que descubrir su edad resultaba tan imposible como sonsacarle cualquier otro dato, porque, en relación a sí mismo, era una tumba; acudía al almacén, hacía las tareas del día y se largaba sin haber abierto la boca más que lo estrictamente necesario. No lo hacía mal, a la hora de montar paquetes; al jefe le gustaba, porque su trabajo era más que funcional, no hacía preguntas ni perdía el tiempo; en fin, a la empresa le resultaba más que rentable. Se dedicaba a su faena intensamente, esto tuve ocasión de comprobarlo; yo mismo había llegado a verle despachar y retractilar cinco plataformas de seis pisos cada una, y esto sin utilizar la máquina, esto es, sólo a fuerza de manos. Eso sí, deberías haberle visto: tenía los nervios a flor de piel, el más mínimo roce inesperado le habría hecho saltar como una rana. Estaba clarísimo, pues, que si trabajaba tanto era como escudo, como si quisiera olvidarse de algo que le perseguía o le torturaba. Ocupando su mente de este modo excesivo parecía obtener cierto alivio, por decirlo así; al menos, claro, de forma momentánea. Esta era la impresión que nos daba a los demás; su actitud y su porte no podían transmitir otra. Conociéndole, no obstante, y temiendo alguna nefasta reacción de él que más que imaginar podíamos intuir, no le hacíamos preguntas; y al cabo del día él se largaba, indiferente a todo.
“Pues bien. El caso es que este indeseable sentía una especie de asco innato por los pájaros; o, por lo menos, por ciertos pájaros. Cuando digo asco me quedo muy escaso; era una repulsión total, un odio exagerado. Esto sólo lo sabíamos Rocamora y yo, a causa de un episodio curioso que ahora te explicaré. Una tarde, al terminar la jornada, salimos los tres por la puerta de la nave principal con la intención de dirigirnos hacia los coches; el patrón me acompañaba con el suyo, porque aquella tarde yo iba a visitar a un familiar que vivía cerca de su casa. Era el día más radiante y agradable que puedas imaginarte; sólo un chiflado o un depresivo crónico habrían podido sentir el menor recelo hacia el ambiente en una tarde como ésa. Durante las jornadas inmediatamente anteriores, Vélez había estado un poco menos tenso y desagradable que de costumbre; pero justo en aquel momento, al cruzar el descampado antes de llegar a la entrada del aparcamiento de empleados, me dio la impresión de temer algo alrededor suyo, el aire fresco, la luz, las primeras sombras de la tarde, qué sé yo. “Vélez, ¿te ocurre algo?”, preguntó Rocamora, después que él y yo intercambiáramos una mirada bastante significativa. “No es nada”, respondió el otro con cierta adustez, y resultaba obvio que estaba usando la primera excusa que le había pasado por la cabeza, “diría que me dio algo de frío al salir”. Esto era notoriamente falso e incluso ridículo; tú ya sabes, por sobrada experiencia, que en el interior de las naves hace un frío que pela, y salir de repente, tras tres o cuatro horas de luz artificial, a saludar los cálidos rayos del sol, resulta una bendición para cualquiera. No sé si él creyó habernos engañado o no, ni tiene importancia; pero lo que siguió fue más que remarcable. Recordarás que el aparcamiento está rodeado de una alta valla de madera; pues bien, un pájaro negro, no muy grande y de aspecto del todo inofensivo –quizá un mirlo, no lo sé: yo no entiendo de eso– fue a posarse sobre uno de los postes transversales.
“Bien, pues en el momento en que ese tipo vio el pájaro parado allí, su rostro se puso blanco; tan blanco como el rostro de un ser humano pueda físicamente ponerse blanco. Por un instante todo su cuerpo pareció quedar como rígido; también por un instante el sufrimiento más atroz se dibujó en sus rasgos. Me fijé en él, y sé bien que, hasta entonces, no había visto nunca nada igual. Las pasiones o terrores que fugazmente le cruzaban parecían venir de muy, muy adentro, como de algún pozo anímico espantoso; era como si, para él, aquella visión material fuera la confirmación, o apéndice, o colofón, de alguna larguísima historia previa, de alguna aversión personal fruto de una serie complejísima de hechos desagradables que sólo él conociera. Con un enorme autodominio, sin duda dirigido a no llamarnos demasiado la atención, consiguió sobreponerse hasta cierto punto, y, tras cruzar la valla por la portezuela de hierro mucho más deprisa de lo necesario, casi corriendo, entró en su coche y arrancó a toda velocidad. Casi ni nos saludó. Yo subí al coche de Rocamora; no podíamos acabar de creérnoslo. Giré la vista en dirección a la portezuela; el pájaro ya no estaba allí.
“No pude evitar comentarle al jefe aquel punto; él también se había fijado. Estuvimos de acuerdo en que la tenebrosidad y brutalidad de aquel individuo parecían plenamente reñidas con su miedo casi infantil hacia las aves; atribuimos éste, pues, a las secuelas de algún trauma concreto que hubiera tenido una como protagonista. Como, de todas maneras, jamás lo llegaríamos a saber, dejamos correr el asunto.
“A partir de entonces, sin embargo, la cosa fue, para Vélez, de mal en peor. El episodio del mirlo lo había como destrozado por dentro, y se habría dicho que su razón y el poco sentido común que le quedara colgaban de un hilo. Se mostraba más violento, grosero y asqueroso que nunca; dos veces la empresa le abrió un expediente, y algunos que hasta entonces lo habían digamos tolerado comenzaron a tenerle menos miramientos.
“Unas semanas después ocurrió el segundo incidente decisivo antes del final de la historia. Digo “el segundo” porque yo sólo tengo noticia de dos; pero eso no significa que no hubiera habido otros que no hubieran trascendido a la empresa. En fin, los hechos fueron los siguientes. Una mañana, hacia las doce, subí a los vestidores a buscar algo a mi armarito. Nada más entrar, he aquí que percibo un hedor espantoso que parecía llenar la habitación entera. Entonces me encuentro a Vélez tirado por el suelo y como contorsionado, como si se hubiera acabado de desmayar. Un par de bolsas con el almuerzo se le habían caído al suelo; la puerta de su taquilla de hierro estaba completamente abierta, a pesar de que, debido al ángulo desde el que miraba, yo no podía ver el interior. Le tomé el pulso: estaba vivo, pero parecía como en estado de shock: le salía un poco de espuma de la boca y tenía la mirada perdida y como alucinada. Corrí abajo, a avisar el médico. Al subir de nuevo, intenté incorporarlo suavemente sobre una colchoneta, y entonces, mientras iba llegando gente, me fijé en el interior de su taquilla: era eso la razón por la cual se había desmayado.
“Unas enormes y espantosas letras blancas –trazadas como por alguien que no supiera escribir en absoluto y lo hubiera hecho sólo bajo algún hechizo– cubrían casi toda la pared metálica del fondo. El olor que desprendían era repulsivo; la irregularidad caligráfica era tal que comunicaban hasta incluso cierta sensación de espanto, de cosa desconocida y maligna. Lo que había escrito era
SIEMPRE CONTIGO
...pero las letras no estaban escritas con tinta ni con tiza, sino con mierda de pájaro! Con guano, ¿comprendes? Dios mío, era absolutamente asqueroso de ver, había…no sé, algo odiosamente macabro en aquello; amén, por supuesto, del hedor repulsivo que desprendía la estancia entera. Un par o tres de plumas negras de buen tamaño, arrugadas y medio manchadas, habían quedado enganchadas en las bisagras y junturas de la portilla; otra reposaba sobre la repisa.
“Es innecesario que te diga que la empresa lo consideró una broma de pésimo gusto, motivada por alguna rencilla personal, y, a falta de cualquier indicio ni confesión por parte de la víctima, se olvidó el incidente con una simple reprensión por parte de la dirección.
“Pero quien no lo olvidó en absoluto, créeme, fue él mismo, Vélez. Aquella misteriosa declaración, que habría sido, en otras circunstancias, entrañable, no tenía más remedio que ser tomada por él, al parecer, como precisamente todo lo contrario: una funesta advertencia o amenaza de alguien.
“En fin, ya puedes imaginarte la continuación de la historia. Aquel desgraciado pidió la baja de la empresa por "depresión", y, después de algunas tensiones, se la concedieron. Recuerdo que Rocamora lo llamó aparte poco antes de que se marchara y le preguntó claramente qué le pasaba y porque había decidido dejar de trabajar cuando era notorio que mantenerse en estado de actividad constante le ayudaba anímicamente. Su respuesta –el mismo Rocamora me lo confirmó– fue, cuando menos, curiosa: "Para lo que me queda, ya me da igual". Como siempre, no fue posible sonsacarle más palabras. Después se fue.
–¿Y no sabéis dónde está o qué hace hoy en día? -preguntó el joven, intrigado.
Su compañero rompió a reír pícaramente y encendió otro cigarrillo.
–Amigo mío, me temo que esto sólo el diablo lo sabe. Espérate, que ahora verás por qué te digo esto. Ocho o nueve meses después de dar aquella respuesta misteriosa, Vélez volvió a reincorporarse al trabajo. Muchos se sorprendieron, pero no los que le conocíamos bien; este tipo de personas sienten asco a la soledad y a la introspección, y no respetan nada que no sea meramente práctico y que no proporcione resultados inmediatos. El médico le había asegurado que su depresión ya era cosa del pasado; él mismo se incorporaba cada día al trabajo con mucho ímpetu. Seguía siendo, empero, desconfiado, antipático y brutal. ¿Has oído a hablar de aquellos moribundos que, tras una larga temporada de postración y lúgubres esperanzas, de repente parecen reavivarse de manera increíble y brillan resplandecientes, aunque brevemente, justo antes de apagarse para siempre? Éste era el caso de aquel desgraciado; todo aquél ímpetu súbito no era otra cosa más que su canto del cisne.
“Supongo que recuerdas a María, la hija de Rocamora; alguna vez ha venido por la empresa. Está casada y trabaja de contable en un restaurante, como sabes. Hace veinte años, sin embargo, era una mocosa de seis o siete con colitas y una sempiterna piruleta en la boca. Pues bien, al parecer ella fue la única que presenció, aunque muy contra su voluntad, el final de ese Vélez; es por ella que su padre y yo sabemos que el hombre no desapareció para cambiar de identidad y trasladarse al extranjero, como la policía sostuvo. No; lo que le pasó, parece, fue mucho más inquietante.
"Era al atardecer y faltaba poco para terminar la jornada cuando me di cuenta que Vélez había desaparecido; no se le encontró en ninguna parte dentro de las naves, y di por hecho que habría salido fuera un momento por algún motivo. Todo el mundo se fue a casa, pero Rocamora y yo nos quedamos en la oficina (ya sabes: su despachito con las paredes de vidrio) para discutir unos asuntos; ella, María, corría por ahí, evidentemente ociosa, esperando a que su padre acabara. Como estábamos pasando revista a toda una larga serie de resultados informáticos y comparándolos con las fichas, teníamos para rato, y al poco empezó a oscurecer. El atardecer estaba ya avanzado –una hora que, por cierto, siempre me ha provocado una cierta aprensión, no sé muy bien por qué– cuando nos dimos cuenta de que la pequeña María no estaba con nosotros dentro del despachito. Alarmados, su padre y yo dimos una ojeada por los alrededores, y allí, a unos veinte metros, la encontramos.  
“Ya sabes que uno de los costados de la última nave, la sexta, está hecho de paneles de vidrio y se puede ver el exterior. Pues bien, allí estaba ella, acurrucada en un rincón y hecha una ovillo; pero sólo con verla ya comprendimos que algo no iba nada bien. Ni nos respondió ni pareció advertir nuestra presencia; miraba fijamente un punto inconcreto delante suyo y temblaba ligeramente. Sus pantalones, y todo el suelo a su alrededor, estaban empapados: se había orinado encima. Parecía claro que había visto algo que la había aterrada del todo y se había quedado muda por la impresión.
“Fue necesario que transcurriera un buen rato antes de que la pobre niña fuera capaz de articular palabras. Se encontraba como en estado catatónico, y cuando finalmente empezó a comprender lo que había visto, estalló a llorar con violencia. Pobre muchacha, nunca sabremos bien qué le tocó presenciar. Ella no conocía a Vélez, por supuesto, y menos por el nombre; pero nos habló de un hombre "alto y delgado y oscuro de piel, con cabello rizado", y por el turno de aquel día no podía haberse tratado de nadie más que él. Recuerdo muy bien sus palabras porque me pusieron los pelos de punta; me parecieron, de manera inconsciente, como el cumplimiento de una especie de profecía. Como todos los niños, y más aún para el estado anímico en el cual se encontraba ella, se explicaba muy mal, y era necesario sacarle la información como tirando de una cuerda, pero los detalles, poco a poco y a copia de muchas preguntas, fueron surgiendo y ordenándose. "Yo tenía la cabeza apoyada en el vidrio y miraba hacia fuera", dijo entrecortadamente, "y de repente vi alguna cosa que se movía, allí". Señaló un rincón del exterior del edificio, ya sabes, el entrante sombrío en ángulo recto que suele estar lleno de escombros y cacharros inservibles. "Alguien se estaba peleando con rabia, y entonces vi aquel señor y por su cara me pareció que tenía mucho miedo. Una cosa negra, muy grande, mucho más grande que él, lo estaba lastimando, o no sé si lo estaba agarrando como para llevárselo. El señor estaba muy rojo, y golpeaba la cosa negra con todas sus fuerzas. Intentaba escapar y huir, pero aquello lo tenía bien sujetado y entonces lo levantó en el aire. La cosa negra tenía alas, unas alas enormes y negras como de pájaro malo." (Ésta fue, supongo, la frase clave que me hizo atar cabos.) "No podía ver bien todo lo que pasaba porque ya era un poco oscuro y todo quedaba medio tapado, pero sí sé que aquello era negro del todo. Tenía unos brazos muy largos y delgados y como si no tuvieran carne, y los dobló con el señor apresado dentro; él quería gritar, pero no podía, no le salían las palabras ni la voz. Estaba muy blanco y temblaba mucho y ponía una cara muy rara. Entonces la cosa negra dio un salto, o no sé qué hizo, pero al cabo de un momento ya salía volando; pasó por encima del muro, llevando bien aferrado al señor, y entonces ya no le vi más". Comprenderás que, por su actitud, la lividez de su rostro y la manera dislocada de explicárnoslo (hablaba en voz muy baja, como si le asustara ser escuchada, o quién sabe si escucharse a sí misma), la pobre niña no podía estar mintiendo en absoluto; no habría tenido suficiente edad, de todos modos, para inventar una historia de esta clase, y menos una niña muy poco inclinada a la imaginación y a la creatividad, como, según me dijo su padre, era ella. Le hicimos más preguntas, desde luego; resultaba bien claro que, por el propio movimiento de la pelea y lo avanzado de la hora, ella tampoco había podido discernir bien el aspecto de aquello. "Era muy alto, mucho más alto que tú, papá", dijo; y ya sabes que Rocamora pasa con mucho del metro ochenta de estatura; "y me parece que le vi la cara sólo un momento, antes de que saliera volando; y su cara me dio mucho miedo": así mismo lo dijo. Salimos inmediatamente hacia el sitio indicado, iluminándonos con una linterna; ya era casi del todo noche cerrada. Créeme que me dio un vuelco el corazón cuando vimos, diseminadas por todas partes, una gran cantidad de plumas negras, de un negro violento y silvestre, ¡y de un tamaño tres o cuatro veces más grande que una pluma de pájaro común! Un olor agrio y repugnante, además, llenaba aquel rincón completamente, un hedor como de guano, de membrana tensada y sucia de ave...
"El resto ya lo sabes, quizá. Vino la policía; se realizaron indagaciones, se drenó la laguna que hay allí cerca, un poco hacia el sur. Pero nada de nada. Tenían noticia, por supuesto, del pasado desagradable de Vélez y de su estancia en chirona; supusieron un ajuste de cuentas, una venganza, algún asunto personal muy oscuro...; pero no había ni denuncia, ni pruebas, ni indicios, ni acusaciones concretas. Nos interrogaron a todos, y sospecharon de nosotros desde el principio, claro; pero la empresa podía permitirse buenos abogados; ni se habló de condena, y se supuso que el interfecto había marchado al extranjero para evitar algún ataque súbito. Como nadie sentía aprecio alguno por aquel desgraciado, nadie mostró ninguna preocupación por su desaparición, y todo el mundo fue feliz sin remover más el tema...
“Pero algo sí que te diré, y lo sé de buena fuente: el propio Rocamora. El día que cumplió doce años, le regalaron a su hija un libro para adolescentes sobre animales del bosque. Los dibujos eran de primerísima calidad; uno de aquellos ilustradores ingleses que hacen cosas que parecen fotografías de alta resolución. En la portada había dibujado un pájaro negro, un cuervo. Pues bien, en cuanto ella lo vio, la expresión de la cara le cambió del todo, comenzó a sudar y tuvo que salir al aire libre; vomitó; no pudo tocar comida hasta el día siguiente, y durante un tiempo estuvo extrañamente triste y cabizbaja, y saltaba de espanto por cualquier nadería. Aquel simple dibujo la había deshecho del todo, a nivel emocional; y todavía hoy, parece, tiene pesadillas que, indefectiblemente, tienen que ver con pájaros de color negro.
Hubo una larga pausa.
–¿Qué ocurrió con Vélez? -preguntó el joven interlocutor.
El otro hombre chafó su cigarrillo contra el cenicero; sus labios dibujaron una sonrisa triste.
–No tengo ni idea -respondió-. Jamás se ha vuelto a saber de él.

 

 

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soy un joven escritor de Barcelona de 33 años, de tema y estilo eclécticos, con gran interés por los clásicos de todos los tiempos. Disfruto de los libros tanto a nivel analítico como emocional..

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