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12 min
Siempre es el momento
Fantasía |
21.01.12
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Sinopsis

El por qué de la ceguera del amor

Todo comenzó hace veinte segundos, en la taza del water. Es tan extraordinaria la historia que un pequeño lapso de tiempo, tres suspiros o una rápida agonía, aparentan años. Tres años. Esta misma mañana, hace unos segundos y mientras meo, me di cuenta que tal vez había dirigido mi vida en la dirección incorrecta. Había hipotecado febrilmente mi futuro engañado por la niebla de la apariencia, anteponiendo la imagen al hecho. Me sentía enamorado por el único racionamiento de que realmente estaba enamorado. Es tan simple el sentimiento que la complejidad para expresarlo radica en su sencillez. Porque había cegado ante ella. Pero de repente una nueva visión de la vida aparecía ante mi confundida y engañada vista. ¿Era creíble aquello que mis ojos negaban? ¿Es posible que hubiera ocurrido en alguna otra ocasión? Si eso era tal, ¿por qué no lo recuerdo y que capacidad extraña lo borro de la memoria? Todo se puede resumir así: ¿Es ella capaz de algo así? Durante aquel tiempo mi vida se vino abajo, creí hundirme y morir ahogado. Pero ante mis propios ojos tenía el desencadenante de la duda, y merecía un punto de vista que pensé escondido. Delante de mí, dentro del inodoro. Enfoque el resentimiento a través de conductos tenebrosos y renació como odio y rencor con fluidez a través del pene, actuando junto el chorro de orina mientras lo utilizaba como estertor a presión para limpiar los restos pegados de su cagada matutina.  Mientras limpiaba el reseco resto, mientras deseaba blanquear la cerámica del inodoro, acudían otros supuestos actos silenciados por mi ceguera que, después de tres años, se habían acumulado en alguna zona de mi mente quedando apartados y arrugados y olvidados cuando ella hacía acto de presencia. Evidentemente la niebla aparecía, y yo, servil perro humano, me enamoraba de nuevo. Porque a ella la envolvía un halo misterioso, un manto invisible que sólo yo percibía en el centro del corazón y que lo hundía en aquella niebla llamada amor. Unos cientos o miles de veces cada día. Según las cuentas, un millón de veces me había enamorado en los últimos tres años y todas de la misma persona. Pero aquel resto horroroso que pugnaba por permanecer eternamente (en mi mente ya quedo grabado, pero pienso que nunca será apartado y arrugado y olvidado) me haría perder el cariño que segundos antes había renacido de nuevo. En aquel momento mi sentimiento no quería verla, solo tenía miradas para aquella imagen. Un millón no son suficientes cuando aparece una nueva, la última y voraz que queda grabada sobre las demás, aplastándolas a todas, sin temor. Porque cegaba cuando la miraba, era una especie de descarga que volvía a cero el contador del amor. Pero aquella imagen tan nítida sobre mármol blanco, como las grandes obras griegas... Era un dibujo de tres líneas paralelas que tras un resbaladizo camino acababan en afortunada unión formando lo que aparentemente podría ser una sombra de carboncillo, áspera, curvado ligeramente por la forma de la taza, de tamaño mediano y debido a su textura más dura que blanda y pronunciación perezosa, el regalo sería por la pronunciada cena y con una tendencia que indicaba, presumiblemente, que se había sentado inclinada o con sólo uno de los carrillos de aquel fantástico culo que ahora no me parecía tan extraordinario. Tenía la mala costumbre de fumar a todas horas, incluso en el baño, y tal vez en el momento de la sacudida había extendido su cuerpo hacía el lavabo para depositar ceniza. Tal vez inclino aquel cuerpo para limpiar de un soplido la ceniza del suelo. Tal vez. No lo sé. Sólo veo que la tendencia del rastrojo es inclinada y tal vez, demasiados tal veces. No sé... El sentimiento de culpabilidad, aquel que el amor es capaz de sobornarlo me pregunta si es posible que aquella ennegrecida cicatriz la hubiera producido yo. Aún no he cagado, de hecho es la primera vez que hoy entro. ¿Y anoche? Dios... que ciego es el amor. Protegerla de su perfección me hace invulnerable. Me demuestra como el más claro ejemplo de humano enamoradizo. Me esta volviendo imbécil; pero cuando la miro todo cambia porque una nueva historia comienza. Recuerdo cuando nos conocimos en el aeropuerto. Una vez la hube descubierto no era capaz de fijarme en otra cosa. Nunca pensé que aquel día cambiaría todos los que me restaban en la vida. Yo estaba sólo y ella esperaba a alguien. Pero alguien no apareció, yo quise ser ese alguien para que dejara de esperar. Después de una larga mañana en la que alguien no apareció siquiera fui capaz de responderme por aquella espera. Imposible saber el porque de su soledad. Ella fumaba un cigarrillo tras otro. Llegué a pensar, mientras miraba como el humo que exhalaba por los carnosos labios dibujaba pequeños ciervos felices y hermosas flores grisáceas que flotaban alegres por el cielo del aeropuerto, que tal vez el tabaco producía hermosura, no cáncer. Ahora la visualizo sentada en la taza y sigo el trayecto del humo al salir de sus orificios: ciervos huyen de hambrientas plantas carnívoras y quedan atrapadas en unas cortinas amarillentas que nunca salen a flote. Vuelvo al inocuo chorro. El rastro continua allí. Es un borrón en un cuarto de baño, en una casa, en una vida sin manchas y reluciente. Ahora no lo creo. Porque sufrimiento me cuesta tenerla de esta forma. Y ahora pienso que sólo yo limpio. Ella es actriz, o al menos es lo que intenta. Ella se ofrece sincera y no lo dice, o al menos hasta que la consideren como tal. Busca y busca, rueda pruebas, muchas, pero aún no es actriz. Es hermosa, pero sólo es un intento de actriz. Por las mañanas desaparece hermosa y por la noche regresa como un intento de algo. Pero al verla tan, tan... tan hermosa me niego a que limpie o haga nada de labor en la casa o nuestra vida. Ella sonríe y vuelve a desaparecer aún estando en la casa. Y limpio para y por la casa, limpio por y para ella. Porque la quiero. Porque en un día me enamoro con facilidad cientos de veces. Y aunque apenas coincidimos horas juntos, algo renace en mí cada vez que la miro. Decido, para actos extremos, fuerza extrema. Tapono con mis dedos la manguera, ahogando el estertor durante un segundo, dejo libre la manguera, surgiendo de nuevo el torrente enardecido y cabreado. Ayudo con una apretón de los riñones. De nuevo comienzo la táctica. Tapono, ahogo, libero, explosiono. Nada de nada. Los raíles continúan allí. Cierro los ojos para olvidar aunque sé que de nada sirve. La oscuridad invade y aparecen de nuevo recuerdos, también oscuros, como su ropa. Ella es delgada, mucho, y al solo utilizar ropa negro u oscura, por la cromatización del color o porque nos lo hacen creer, se transforma en un cable, un cable oscuro. Ella es la tomatierra que evita la fundición de mi existencia. De negro su hermosura crece. Resalta lo inaudito. Facciones, sombras, delimitación. Su ropa interior también es del mismo color. Esconde lo inaudito... por que es negro. Su ropa interior es negra. Ella hace la colada. Yo limpio utilizando mi exigencia. Ella limpia utilizando mi desconocimiento. ¿De qué color sería su ropa interior si fuese blanca?. Miro el invencible rastrojo. Su ropa interior de color blanco es negra. U oscura. Al pensarlo recupero la imagen de la vida real. El chorro de la manguera ha desenfocado el blanco oscuro, y durante el sueño de las bragas a obrado en los azulejos de la pared. Una diosa sin facciones ni ropa camina por un rio. Lleva en el brazo una cesta repleta de frutos silvestres que presumiblemente ha recogido por los alrededores. La diosa hace el ademán de morder un fruto incoloro e indescriptible. Comida. Mi orina cae por los azulejos, encaminando su líquido pensar por los limites horizontales de cada pieza cerámica. Simula su correr un laberinto pero, sus tres caminos tendrán el suelo como salida. Comida. Anoche ambos llegamos tarde. Yo trabaje hasta tarde y ella intento algo hasta tarde. Pedimos comida china por teléfono y bebimos vino hasta que un pequeño oriental con dientes extremadamente blancos nos entrega nuestra cena. Siquiera preparamos mesa para cenar. Mientras yo pagué la cuenta al sonriente personaje ella colocó unos cojines en el balcón. Ayer cenamos en el suelo. Tengo hambre, siempre tengo hambre, tal vez los nervios digieran rápidamente los alimentos antes de que pueda saborearlos. Cuando estoy frente a ella no como, disimulo que lo hago solo para mirar cómo ella lo hace. Con sus dedos de casi actriz coge finamente las piezas de shushi y las conduce despacio hasta esos labios gruesos y brillantes. Delicadamente chupa la puntita del pulgar y el índice la mota de aceite restante. Sus dedos brillan puros. Alarga decidida la mano y coge la copa con sutileza, sorbiendo a pequeños ademanes. Miro su boca y esta se abre poco, como si miedo fuera a salir. Me pregunta si quiero más vino. Miro sus ojos y acabo de enamorarme otra vez. Es la cuatrocientos veinte de hoy, todas de la misma mujer. De repente una pequeña mariposa cae en su plato. No la veo porque miro como de nuevo sus labios contonean el aliento de la perfección. “Pobrecilla”, dice. Acerca uno de sus dedos y espera a que el animal se agarre a la yema. Me pongo un poco celoso por ello. Inclina levemente su cuerpo y estira el brazo por encima de la baranda, ofreciendo la libertad al animal. Me mira, y al parpadear, lentamente, vuelvo a enamorarme. Cuatrocientas veintiuna... El salpicar de mí liquido me hace volver. Miro abajo y bueno, de la persistencia con mi manguera una pequeña porción del rastrojo se ha desprendido y yace flotando en el líquido espumoso del inodoro. Por fortuna no quedan marcas y la blanca porcelana aparece de nuevo. Apunto el chorro a la continuación del rail. Observo las dos marcas finas y oscuras y aparentan palillos. Palillos de chinos para comida china. Anoche cenamos comida china, porquería rápida. Tengo hambre, siempre tengo hambre después de un día largo. Eso es normal. Pero estoy tan cansado que prefiero por el momento beber vino. La observo mientras la copa reposa en mi boca. Es increíblemente hermosa. Pero no utiliza los palillos de chinos para comida china. Y la cena es shushi y arroz. Estira el brazo y con la mano recoge del plato tres o cuatro chorreantes piezas. Acerca rauda aquel sanguinario puño y de golpe engulle el pescado. De la comisura le salen cuelgues del pulpo, que al masticarlos, aparentan estar vivos. Tentáculo arriba, tentáculo abajo. Arriba. Abajo. Tal vez sí estén vivos y piden auxilio. Sin dejar de masticar chupa todos y todo de cada uno de sus diez dedos, naciendo un estremecedor ruido desconocido hasta anoche para mí. De los dedos caen ríos de aceite y saliva que huyen rápido por la palma de la mano y de la muñeca y del brazo y se esparcen lentamente en el puño de la camisa. Miro su boca por ser incapaz de saber si también me mira a mí. Lo dudo. Ahora su boca se abre y observo como su lengua pugna por limpiar aquellos dientes. Alarga decidida la mano y agarra la copa, pringando el cristal y cayendo dentro algo de pasta. Se la bebe de un trago. Deja la copa con un golpe en la mesa y me pregunta si quiero. No le respondo porque... porque ahora recuerdo que volví a enamorarme. De repente una pequeña mariposa cae en su plato. No la veo porque miro como su boca se abre espantosamente y nace un tremebundo eructo que resuena y apesta las cercanías. El eructo perfecto. “Joder” dice ella. Acerca su mano y agarra al animal de la cabeza. Pobrecilla, pienso del animal. Y en el mismo momento en que estira el brazo para lanzarlo por el balcón, y al levantar levemente su cuerpo del cojín, un sonoro y chorreante pedo escapa a la libertad. Me sonrojo de pena y disimulo, pero es inevitable volver a mirarle a los ojos... y vuelvo a enamorarme, una vez más, de la misma mujer. Otra vez, de nuevo, sin capacidad para decidir. Es inevitable. Es imposible no ceder. Agito la manguera de la que ya mueren gotas sin sentido y observo como caen sobre la blanca y radiante porcelana del water. Es posible que aquel asqueroso rastro fuese suyo, o mío, incluso una marca del amor. Realmente, ahora no es importante, aunque bien haría si lo hiciese saber. Tal vez después. Al salir del baño, disipados ciervos cruzan delante de mí, persiguiendo mariposas que serpentean entre humeantes flores. Al verlos tan alegres pienso que siempre es buen momento para mirar los ojos del amor.

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