cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
SIEMPRE HAY PORQUE LUCHAR, A QUIEN AMAR
Amor |
19.07.13
  • 5
  • 2
  • 2623
Sinopsis

En un paraje inhóspito, Absalón trata de buscar alguna razón para seguir adelante...

SIEMPRE HAY PORQUE LUCHAR, A QUIEN AMAR

           

           

           

            Absalón, como el héroe de una película de acción, tenía el rostro engrasado y los ojos fosforescentes por causa de la falta de sueño. Se miró en los espejos que encontró en las esquinas de las calles abandonadas, como si el suyo fuese el rostro de un desconocido.

            -No soy el mismo de antes -se dijo, pero aquellas palabras no sabía si las decía para darse fuerzas o porque se sentía más desesperado de lo que había pensado. Hacía varias semanas, varios meses que había visto al último ser humano. Había visto luego restos de ellos, entre ropas ajadas por la lluvia y el sol implacable. En aquellos momentos su única ambición era poder encontrar algún supermercado, algún ultramarinos donde pudiese encontrar licor. Una buena botella de vodka o de coñac era su combustible. Más que aquellas latas de comida que detestaba. Pero los ultramarinos escaseaban y los que quedaban ya los había saqueado.

            Había caído tanta lluvia en los últimos meses que el rio había crecido tanto que pasaba por encima de las avenidas y calles de la ciudad. Formando largos y estrechos afluentes oscuros por los que Absalón nunca había nadado.

            En el rio propiamente dicho sí, en los meses de verano, sumergiendo el cuerpo blanco en el agua oscura, helada. Después el cuerpo se calentaba el sol. Pero todo aquello había desaparecido. Y el agua, en algunas partes, le llegaba hasta las rodillas y estaba más fría de lo que se había imaginado. Y sus víveres se estropeaban y había ocasiones en que no podía recuperarlos y maldecía el rio y sus aguas que llegaban hasta las largas avenidas e inundan sus  aprovisionamientos.

            Absalón trataba de buscar los lugares más lejanos de aquellos afluentes y un escondite donde secar sus ropas y quitarse las empapadas botas.

            Había una larga calle que estaba flanqueada por árboles secos, y eran horizontales maderos esperando que una riada se los llevase convirtiéndose en inesperadas tablas de salvación. Buscó un lugar donde se pudiese refugiar y antes de que pudiese dar un solo paso oyó la voz que le llamaba.

            - ¡Absalón, Absalón, Absalón! -oyó gritar sus espaldas insistente. Y aquella era la primera vez en mucho tiempo que alguien lo llamaba por su nombre. Es más, le parecía que no fuese nada más que una alucinación auditiva, como si creyese que no fuese nada más que un eco entre los edificios abandonados.

            Se volvió como si fuese un  modo de rectificar su aprensión. Entonces la vio. Estaba a una centena de metros pero divisó su rostro, su figura. Casi como si la tuviese a dos metros. El rostro le era conocido de algo pero no sabía de qué.

            La mujer estaba más delgada que él. Llevaba y un carro y su cabello se agitaba en el viento. Tal vez fuese una señal del cielo y sin decir una palabra apretando los labios, fijó los pies en el suelo y  esperó a que fuese ella la que que se acercase a él.

            - ¿Quién eres? -dijo Absalón a la defensiva sin fiarse. Hacia demasiado tiempo que ni veía a nadie. Y su veía a alguien era solamente una posible amenaza.

            - ¿Pero es posible que no te acuerdes de mí? -dijo ella con preocupación- soy Serafina. Dijiste que no me volverías a ver. Yo me largue y no volví a saber más de ti. Bueno, hasta el día de hoy.

            A Absalón le parecía reconocer el rostro de aquella mujer, pero no estaba seguro... Tal vez no fuese nada más que una invención para desvalijarlo, como había visto en muchas ocasiones antes de que optase por el camino de ir él solo.

            Luego ella, Serafina, si es que se llamaba así, se fue acercando hacia él, tirando del carro metálico de aluminio o algo parecido.

            - ¿No te acuerdas de mí?

            -Ya te digo que no -contestó Absalón.

            -Te he seguido estos últimos días.

            - ¿Por qué? -preguntó sobresaltado Absalón.

            -El vodka es tu combustible… -le dijo Serafina.

            -Ya he dejado de beber. Solamente bebo en los días de frio y humedad.

            -Como hoy ¿No es cierto?

            Y dichas estas palabras, los dos miraron al cielo, plomizo. Parecía que iba a continuar aquel terrible diluvio que poco a poco estaba acabado con la ciudad. Ningún de los dos se atrevió a añadir nada más.

            Los dos no dijeron nada durante un buen rato. Absalón observó como ella tiraba de aquel carro de metal y el ruido que hacia entre los muros de la casa le parecía insoportable. La mujer le sonreía como si fuese una diversión. Se instalaron en una esquina a lo más alejada del portal y por donde no cayese alguna gotera. Ella parecía feliz simplemente por ver que ya no se mojaba.

            Absalón se quedó absorto observando las páginas, las palabras de uno de los pocos libros que traía con él. Como si fue el resto de civilización que se había atrevido a cargar con él.

            - ¿Por qué lees? -le pregunto ella una vez que se sentó sobre una vetusta silla. Él se había sentado de cuclillas, como si fuese un nativo intentando hacer fuego, Pero no le hacía falta, llevaba un par de mecheros que le servirían para hacer fuego para casi un año. Absalón apenas leía, el libro era un objeto que le devolvía a la realidad. El contenido apenas le importaba- ¿No te parece de mal gusto? -le dijo ella qué observaba las manos sucias y engrasadas de Absalón que no dejaban de manchar las páginas blancas del libro. Entonces se dio cuenta de que no estaba escrito en español.

            - ¿Sabes idiomas? -le preguntó.

            -Algunos -dijo secamente Absalón como si aquello no tuviese ya importancia. Ya no tenía que hablar con nadie que no hablase en español. La única era Serafina. La primera en varios meses y seguramente la última en otros tantos. Pero de todos modos ella, Serafina, se le quedó mirando de manera admirativa. Se las apaño para coger alguna madera cerca de ella, le prendió fuego con un mechero de plástico y la luz del fuego se desparramó sobre la oscuridad que los aherrojaba.

            -Sabes -dijo ella con aquel tono de admiración- a pesar del tiempo que ha pasado, no pareces demasiado viejo. Pareces bastante joven. Atractivo ¿No crees?

            Absalón la miró extrañado. En aquellos momentos lo único que deseaba era largarse de aquel caserío abandonado en el que habían entrado.

            Absalón miro hacia fuera, hacia las ventanas con los vidrios rotos. Tenía una sensación de vacío. Había sido una mala suerte haberse encontrado con Serafina. Le había mentido. El nunca había conocido a ninguna Serafina cuando estaba en la universidad. Tenía buena memoria para los rostros, para los rasgos. Ella se parecía a alguien, pero nunca la había conocido. Estaba seguro.

            - ¿Qué te ocurre? -preguntó Serafina a su lado.

            -Tal vez haya bebido demasiado -dijo él.

            - ¿Dónde? -dijo ella interesada, como le importase más la bebida a ella que a él. Como si pretendiese sonsacarle algún tipo de información. Absalón le miró de forma cansada. Como si de pronto todo lo demás le importase más bien poco.

            -No muy lejos -dijo el- la cerveza no me sienta bien. Hay una cervecería y los barriles a medio llenar. Tal vez no esté en buen estado, Serafina -y aquella era la primera vez que le hablaba con su nombre de pila. Luego sacó una libreta de notas que llevaba con él desde hacía tiempos inmemoriales e intentó hacer un par de dibujos, los desechó, le hizo un tercer mapa. Lo arrancó de la libreta roja y se lo dio- no muy lejos -le volvió a decir- sigue este camino. A Serafina le pareció que aquella era la ruta de algún tipo de mapa del tesoro- la verdad es que no hay tesoro alguno -le dijo Absalón, pero los barriles, las cañerías, las destiladoras estaban tal brillantes y tan relucientes que parecían estar hechas de oro puro.

            - ¿Estás seguro? -preguntó Serafina. Le brillaban los ojos y sostenía el pedazo de papel con el dibujo de aquella cervecería. Él se encogió de hombros.

            -Ya no voy más por allí -él se puso de pie, agarro sus cosas y se dirigió hacia la salida. Serafina parecía entender. Lo miro con admiración, con agradecimiento.

            Absalón no añadió nada más. Se acercó al borde de aquella mansión, había una escultura que flanqueaba la entrada. Miró a los ojos vacíos de la escultura y luego el cielo parecía que descargaba sobre el su furia. La piedra seca de la escultura se empañaba y se mojaba de las gruesas gotas que caían sobre ella. Absalón se ciñó lo mejor que pudo sus mochila y sobre la cabeza se puso la capucha negra brillante de la grasa que le echaba para hacerla impermeable.

            Ni tan siquiera se acordó de Serafina, era casi como un producto de su imaginación en aquella cueva platónica. Luego echó a andar. Lentamente. Los párpados entrecerrados. Mirando el horizonte de casas derruidas, de avenidas sin casas, de árboles secos.

            -Parece como si no hubiese nadie.

            -Siempre hay alguien… -parecía que decía alguien a su lado.

            -Sí -se dijo a si mismo Absalón- nunca se está solo del todo.

            -Es cierto -decía aquella voz cercana- siempre hay alguien con quien pelear.

            -Siempre hay porque luchar, a quien amar… -musitó Absalón repitiendo el estribillo de una canción perdida, mientras se internaba en aquel atardecer lluvioso, como siempre. Tratando de mantener el tipo.

 

           

 

FIN

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 39
  • 4.45
  • 404

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta