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6 min
Siempre nos quedará Londres
Drama |
23.05.15
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Sinopsis

Un relato dramático-costumbrista sobre un tema que sigue estando muy vigente

Aún no me había sobrepuesto al terremoto provocado por sus palabras. Su anuncio me cayó como un jarro de agua fría. Desgraciadamente era hora de decir adiós a las locas noches de baile y rock&roll en el Florida; a los guateques en el chalé de Jaime; a las escapadas furtivas en el flamante Alfa Romeo Spider de papá; a las tardes de café y tiendas con Teresa en la Gran Vía; a la universidad, terreno vedado hasta hacía poco para nosotras. En definitiva, la vida que conocía, mi vida, se iba a ir pronto por el sumidero como el agua sucia de la fregona con la que Charito dejaba relucientes los suelos de casa cada mañana nada más levantarme.

          Llevaba toda la semana sollozando en mi cama y dándole vueltas, encogida la mayor parte del tiempo como un ovillo de lana. Parecía un cadáver andante, un despojo pálido y falto de voluntad. Me incorporé levemente y miré el reloj que reposaba en la mesita de noche: las seis de la tarde. Papá no tardaría en llegar del ministerio. Todavía no se lo había dicho, me faltaba el valor para contarle la terrible verdad que me acechaba. A mamá tampoco. Ella pensaba que mi aflicción se debía a otro desengaño amoroso más. Otro de tantos. Me sobraba experiencia en ese sentido. Mis ojos llorosos, rojos y escocidos de tantas lágrimas vertidas en tan poco tiempo, se pasearon tristes por la habitación: la casa de muñecas, la cama llena de peluches, la alfombra persa sobre el parqué, el armario inmenso en el que atesoraba todos mis vestidos y blusas a la última moda, las estanterías llenas de libros de Los Cinco y Los Hollister, el escritorio de madera de nogal y roble... Aunque hacía algunos años que había dejado atrás la niñez para convertirme en una adorable jovencita de buena familia, envidia de otras chicas y objeto de deseo de innumerables chicos, mi habitación seguía siendo mi refugio, mi reino de fantasía en el que yo seguía siendo una princesa que vivía mil y una aventuras, siempre rescatada por su príncipe azul.

          Lloré con más amargura aún al evocar con nostalgia esa infancia feliz y llena de comodidades que había desaparecido lentamente sin dejar rastro. Me senté en el suelo, en cuclillas, apoyando la espalda en un lado de la cama y agarrándome con los dos brazos las rodillas. Mis pensamientos volaron de nuevo al despacho de aquella lujosa consulta del barrio de Salamanca. No podía parar de pensar una y otra vez en las palabras de don Ernesto Buruaga, el falangista médico de confianza de la familia.

          —Enhorabuena señorita. Está usted embarazada de cinco semanas —me comunicó la noticia con retintín caustico, atusándose el fino bigotillo estilo Caudillo que cubría la parte superior de sus labios—. Va usted a cumplir con el noble y sagrado propósito para el que Dios creó a la mujer. Traerá un hijo sano y fuerte a esta gloriosa nación de miles de años de grandiosa y cristiana historia —terminó su funesta perorata luciendo con orgullo en su brazo derecho el brazalete con el yugo y las flechas.

          La imagen de su sonrisa burlona se difuminó despacio, como bruma latente en el aire. Volví a estar en mi habitación. Calculé de nuevo la fecha. Cinco semanas, había dicho el repulsivo médico. Más o menos finales de agosto. Sí, ya me acordaba. Aquella fiesta en el chalé de Jaime en la sierra. Una noche de locura donde todos nos emborrachamos y perdimos los papeles. Yo la que más. Recuerdo que reí y canté como una posesa. Aquel trocito de barro pegajoso que fumamos entre todos me embriagó y me convirtió durante unas horas en otra persona. Bailé toda la noche, embargada de una energía y una lujuria hasta entonces desconocidas en mí. Luego nos fuimos retirando por parejas a cada uno de los numerosos dormitorios de la enorme residencia. Yo me fui con Jaime al cuarto principal, situado en la segunda planta, al final del pasillo que nacía en una esbelta escalera de mármol. Y allí ocurrió, en esa gran cama de matrimonio. Estuvimos horas amándonos, gimiendo, jadeando, arañando, mordiendo, besando. Desgarrando el tiempo y el espacio con los destellos de un placer infinito.

          Un ruido me sacó de mi ensimismamiento, borrándome el recuerdo de aquella noche mágica cargada de pasión y embrujo. Sentí la puerta de la entrada cerrarse abajo y voces hablando. Papá había llegado. Estaba aterrada. Tenía que contárselo. A él y a mamá. La inactividad de este lamento prolongado me estaba matando.

          Entonces, de pronto, como el fogonazo producido por la Kodak Instamatic de algún reportero buscando la noticia del día, me acordé de Susana, la hija de los Echenique. Ella, al igual que yo, también sufrió la deshonra de quedarse encinta siendo joven soltera. Si bien su caso no trascendió demasiado para los correveidiles, pues por lo que me confesó Teresa en una tarde de confidencias, simuló una falsa excursión de turismo a Inglaterra para abortar.

          Esa revelación caída del cielo me devolvió la esperanza. Una nueva fe en mí misma me repuso las ganas de vivir. Me puse de inmediato a organizar mi propia farsa de viaje. Con suerte y si todo salía bien, no tendría que decir adiós a mi actual vida y a mis planes de futuro, que de forma obligatoria pasaban por terminar Derecho y convertirme en una abogada moderna y autónoma. Afortunadamente en casa no escaseaban el dinero ni el tiempo ocioso. Me inventaría alguna excusa para escaparme un fin de semana y deshacerme de esta pesada carga que me había tocado sufrir. Le pediría a Teresa que me acompañase para no ir sola y darme apoyo en los duros momentos que se avecinaban.

          Sonreí por primera vez en muchos días, considerándome muy agraciada. No todas las jovencitas que se quedan embarazadas en la España de 1967 tienen la oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva.

          Al menos a las chicas como yo siempre nos quedará Londres.

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¿Sobre mí? Bueno, qué decir..... soy un veinteañero tardío con muchas inquietudes. Me encanta escribir desde que era pequeño, y con mucho esfuerzo y sacrificio voy logrando pequeños éxitos en este mundillo. Escribo principalmente relatos cortos, pero tengo siempre presente la meta de publicar mi primera novela en un plazo no demasiado largo. Soy de los que prefieren ver el vaso medio lleno a todo. Intento disfrutar al máximo cada día que pasa (o al menos que no sea tan malo). No sé qué es lo que me deparará el mañana, lo importante es el ahora. Y muy gustosamente compartiré "mi ahora" literario contigo, lector/a.

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