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48 min
Siete días de abril.
Suspense |
01.12.14
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Sinopsis

Semana Santa en los primeros años después de la Guerra Civil española. Tiempos difíciles, duros e inhóspitos; a veces, incluso, brutales...

 

Semana Santa en los primeros años después de la Guerra Civil española. Años difíciles, duros e inhóspitos; a veces, incluso, brutales...

                                       DOMINGO DE RAMOS

(Primeros años de la posguerra. La historia comienza en un Cuartel de mala muerte en algún lugar del norte de España, montañoso, agreste y sombrío).
El comandante del puesto, Adolfo Himénez (con H de Hitler), también apodado " El Nazi ", se pasea por la estancia a grandes zancadas, con las manos a la espalda, como una fiera rabiosa y enjaulada.
La cruda luz de la mañana, que se cuela a través del amplio ventanal, esculpe media docena de rostros adormilados pero expectantes. Congregados ante la enorme mesa que llena la habitación, tiemblan de emoción y frío, más de lo segundo que de lo primero.
Por fin, el comandante Himénez se sienta. Todos contienen el aliento, amputando al unísono los chorros de neblina que flotan en el gélido ambiente.
- ¡Me cago en todo! - truena " El Nazi ", y descarga un fuerte puñetazo sobre la mesa - Camaradas, hay un traidor entre nosotros.
El oficial mira con dureza a sus subordinados, ahora ya despiertos del todo y sin rastro de frío.
El cabo primera, Avelino Cifuentes, ahoga una risita. La mesa es de recio roble gallego y el comandante se ha hecho daño. Disimuladamente, se frota la mano, con los ojos llameantes de furia.
- Ahí va, la hostia - salta el brigada Churruca, también apodado " El Vasco”.
Un " tic ", habitual en situaciones de mucha tensión, sacude el labio superior de Himénez y el fino bigotito cuadriculado tiembla como un gatito asustado. Gruesas gotas de sudor resbalan por su frente despejada, avanzando desde el cabello engominado a través de la raya perfecta que lo parte por la mitad exacta.
- Por los clavos de Cristo - tercia Antonio Heredia - más conocido como " El Gitano "- Alto ahí, mi comandante, alto ahí. Cuando dice " entre nosotros ", ¿se refiere a los aquí reunidos?
- Cuando digo " entre nosotros ", hablo de todo el Cuartel, o sea los aquí presentes, familiares, amigos y conocidos, ¿Queda claro, sargento?
- Más que el agua - apostilla el cabo Jonás, con gesto ausente y la mirada perdida - Pero nosotros somos de fiar, ¿no?, mi comandante. Así que...
- Yo no me fío ni de mi madre - Himénez lo corta tajante y vuelve a aporrear la mesa, ahora más suavemente. Cifuentes repara en el gesto y sonríe socarronamente.
- ¿Acabo de contar un chiste, o qué? ¿Se puede saber que es lo qué te hace tanta gracia, " Zooloco " de los cojones?
El aludido, al cual el mote le viene de su afición a los animales, traga saliva y piensa rápidamente:
- El topo, me estaba acordando del topo.
- Joder, Cifuentes, ya está bien, siempre con los putos animalitos - le espeta el sargento mayor Romerales, habitual compañero de aventuras y desventuras.
- No me ha entendido. Un topo es un infiltrado, un espía en las filas enemigas. Me acordé del hijo de Jonás y por asociación de ideas...
- ¿Mi hijo? ¿Pedrín? - el cabo saltó como picado por una víbora - ¿Qué tiene que ver con esto?
- Nada, hombre, ¿Qué coño va a tener que ver? - Cifuentes alzó las manos, reclamando tranquilidad - No sé a quién se lo oí decir por ahí: " El hijo de Jonás es guapo como un ángel pero miope como un topo”.
El cabo Jonás se levantó con el rostro congestionado y amenazó a Cifuentes apuntándolo con un dedo:
- Zooloco de mierda, eres un grandísimo hijo de la gran puta. Deja en paz a mi hijo. Bastante tiene el pobre con su desgracia.
- Calma, señores, calma - La voz profunda, grave y pausada se impuso por encima de todos y los ánimos se aquietaron.
No fallaba. Siempre que el teniente Buenaventura intervenía en una discusión, solía erigirse en árbitro y juez de la misma. Viéndolo por la calle sin uniforme, con su media melena y su barba mal recortada, parecía ser un " don nadie ", pero al tratarlo de cerca y oírlo hablar, la primera impresión cambia radicalmente. Entonces reparas en la hipnótica profundidad y limpieza de su mirada, en su nariz aguileña, y quedas subyugado por su presencia poderosa y por la intangible y solemne autoridad que fluye de su Verbo fácil y convincente. Fue pronunciar estas tres palabras y captar, sin ningún esfuerzo, la atención de toda la asamblea.
- ¿Por qué no dejamos que el comandante se explique?
- Con mucho gusto, Buenaventura, con mucho gusto - asintió Himénez, dando una enérgica chupada a su sempiterno habano.
El teniente es el único de sus subordinados al que el irascible comandante trata con cierto respeto e incluso acepta, de vez en cuando, sus sabios consejos.
- Pues bien, señores - continuó " El Nazi " - el asunto es que, durante este último mes, hasta por cinco veces se nos han escapado vivos los condenados rojos de los cojones. Nos presentamos en las casas a las horas más intempestivas con un despliegue de la hostia, tiramos abajo la puerta ¿y qué encontramos?: solamente viejos, mujeres y niños; y lo más jodido es que ni siquiera parecen asustarse demasiado y hasta aparentan fingir sorpresa, los muy hijos de perra, talmente como si nos estuvieran esperando. Ni un plato de más, ni una cama revuelta, ni una ventana mal cerrada, nada de huida precipitada; más bien, parece que dispusieran de todo el tiempo del mundo para preparar tranquilamente la fuga.
Himénez tomó aliento, estudiando a la concurrencia y prosiguió su arenga marcial:
- Así que, lo dicho, tenemos un traidor en casa. Alguien que conoce perfectamente los objetivos de la caza y avisa oportunamente a las presas. Y así, a lo tonto, a lo tonto, se nos han escapado en toda la comarca más de medio centenar de perros republicanos. Y si los cabrones se limitaran a huir y esconderse como conejos, aún, pero qué va, los muy hijos de puta andan por los montes, acechando como lobos a nuestros soldados y camaradas miembros del Cuerpo.
El comandante hace otra pausa y alza aún más la voz, los ojos de fanático iluminado ardiendo como ascuas.
- Señores, en estas últimas semanas nuestros hombres han sufrido varias emboscadas, con un balance total de una decena de heridos, tres de ellos muy graves. Esto, esto me revienta el alma y no puede durar ni un minuto más. Hay que descubrir a ese maricón infiltrado, sea como sea.
Adolfo Himénez se calló al fin. Su frente era una auténtica cascada, descompuesto el impecable peinado y el fino bigotito brincando más que un roquero epiléptico. Todos se miraron entre sí y nadie habló durante un interminable minuto.

                                    DOMINGO DE RAMOS

(Año 33 de nuestra Era. La acción se sitúa en Judea de Samaria, en el antiguo estado de Israel)
A lomos de un asno y vestido con una túnica blanca, un hombre de largos cabellos y rostro barbado camina entre la muchedumbre, que lo aclama agitando ramas de palmera. De cuando en cuando, el hombre alza su mano derecha y bendice a la multitud vociferante. Una ola arrolladora de paz y bienestar envuelve a las gentes que lo rodean, atrapados por sus ademanes poderosos y su voz subyugante.
El hombre hace su entrada triunfal en Jerusalén, disfrutando por su condición humana y sufriendo por su esencia divina, anticipando las duras jornadas que le aguardan.
                                     

                                          LUNES SANTO

(El cabo Cifuentes y el sargento Romerales cambian impresiones en la taberna de costumbre)
- Vaya mierda, ¿eh sargento?, ¿Quién demonios será el topo?- Cifuentes estudia el vaso de vino con gesto pensativo, recorriendo el borde lentamente con el dedo.
- Joder, Cifuentes - Romerales le lanza una dura mirada - Habla más bajo, cojones, que no estamos solos.
- Bah, pensarán que hablamos de roedores. - El cabo hace un gesto despectivo, pero baja la voz y se acerca su jefe y camarada - Aquí entre nosotros, usted y yo somos de fiar, por supuesto, así que...usted ¿de quién sospecha?
- ¿Quién va a ser? - Romerales abre los brazos y mira al techo - Cifuentes, coño, despierta: el gitano ese de mierda. No falla. Si hay que buscar un culpable de lo que sea, sospecha de los gitanos. Cifuentes, lo que yo te diga, el topo es Heredia. Era de esperar. Un gitano en la Guardia Civil. ¡Lo nunca visto!
Cifuentes apuró el vaso y meneó la cabeza:
- No, yo apuesto más bien por Jonás. ¿Vio cómo se puso hecho una fiera? Estaba muy nervioso, como si ocultara algo.
- Coño, Cifuentes - Romerales ensaya un gesto de cómica desesperación - ¿Cómo querías que se pusiera? Insultaste a su hijo y su hijo es sagrado. ¿A quién se le ocurre? Yo hubiera hecho lo mismo que él. No, si a veces, en vez de cerebro, parece que tengas un repollo podrido en tu puta cabeza.
Cifuentes se encogió y esbozó una mueca de contrariedad ante la inesperada reprimenda.
- Acuérdese de la historia sargento, se lo tragó un tiburón. Un tipo con ese nombre no es de fiar.
- Me cago en la hostia puta, atontado de los cojones - Romerales descargó un puñetazo sobre la mesa y soltó una estruendosa carcajada- ¡Una ballena!, a Jonás se lo tragó una ballena. Coño, Cifuentes, si es que no te enteras.

                                          MARTES SANTO

(El teniente Buenaventura y el cabo Jonás charlan y pasean por el patio del Cuartel)
Bueno, en realidad, más que charlar, Buenaventura habla y Jonás pregunta, escucha y asiente, igual que el buen discípulo ante el sabio profesor. Maestro, consejero, profesor y hasta padre: Buenaventura lo es todo para Jonás. Éste se quedó huérfano siendo un adolescente y, como un cachorro desvalido, su vida fue una constante búsqueda de una entidad protectora, que guiara sus pasos inciertos por una senda segura. El teniente Buenaventura encarnaba a la perfección esa fuerza benefactora y Jonás no daba un paso sin consultarlo con su idolatrado Maestro. Éste le había buscado novia, había arreglado la boda y, usando sus notables influencias, lo había colocado en el Cuerpo en una época de grandes penurias.
- Así que, mi teniente - Jonás repite la pregunta por enésima vez - ¿Ud. piensa que el comandante exagera, que en realidad no hay ningún traidor?
Buenaventura suspira con cierto cansancio y sonríe con benevolencia, como el profesor paciente ante el alumno de buena voluntad pero corta inteligencia. Le hace un gesto a Jonás y se sientan ambos en el banco de madera a la sombra del viejo roble, el más alejado del Cuartel.
- No, hijo, no - Buenaventura busca las palabras más adecuadas - Yo no digo que Himénez esté mintiendo, sencillamente enfoca mal el asunto, hace un análisis equivocado y llega a una conclusión errónea...
- Pero, entonces...
Buenaventura alza la mano y mira con cierta severidad a su discípulo, reclamando atención y paciencia.
- Entonces, la realidad es una y Himénez ve otra, eso es todo.
- Y cuál es esa realidad, Maestro ?...
La alusión a las habilidades didácticas de su protector no tiene ni rastro de sarcasmo. Jonás venera a Buenaventura y confía ciegamente en sus doctas enseñanzas. Por eso, lo ve como el Maestro, así con mayúsculas, y no hay más historias que valgan.
Buenaventura carraspeó y sonrió afablemente al tiempo que palmeaba la espalda de Jonás.
- Verás hijo, a veces las cosas son mucho más sencillas de lo que pensamos. En realidad, la vida es sencilla, pero los hombres nos empeñamos en complicárnosla y así nos va. No existe ningún traidor, ni topo, ni espía, ni nada parecido, eso sólo pasa en las novelas baratas. Lo que ocurre, Jonás, muchacho, es que las personas, en situaciones límite, desarrollamos unas capacidades insospechadas y nuestros sentidos se agudizan hasta límites inimaginables. Esas pobres gentes, los rojos, como malamente se les llama, aunque es cierto que se les dicen cosas peores, llevan muchos meses viviendo como fieras perseguidas y acosadas y, en ese clima de terror, angustia y tensión continuas, han potenciado un instinto primario de supervivencia, como las bestias, que les avisa automáticamente cuando el peligro acecha. Es, digámoslo así, una cualidad sobrenatural que el resto de los mortales, con una existencia más o menos tranquila, normalmente no tenemos o la poseemos en forma tan rudimentaria que nos pasa desapercibida hasta que las circunstancias de la vida nos obligan a hacer uso de la misma.
Jonás asintió en silencio. Daba gusto escuchar al Maestro. Hablaba con tal elocuencia y convicción que su palabra, La Palabra, se encarnaba y brillaba con luz propia, oscureciendo todo a su alrededor, atrayendo las conciencias como la luz a las polillas. Más que describir la realidad, era La Realidad misma. Para Jonás, lo que decía el teniente Buenaventura era "palabra de Dios " y a él, como buen creyente, sólo le quedaba decir " Amén " y obrar en consecuencia. Si el Maestro decía que no existía un traidor, desde ese mismo instante, esa idea quedaba completamente borrada del pensamiento de Jonás, eliminada por completo de su memoria, sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado allí.
                                     

                                         MIÉRCOLES SANTO
                                          (En casa de Jonás)
Jonás regresa a casa tras un duro día en el Cuartel. Allí, el fuego de la sospecha, lejos de apagarse, se aviva por momentos, exaltando los ánimos y enrareciendo el ambiente hasta hacerlo casi irrespirable. Hoy mismo, Heredia y Romerales casi se han dado de hostias. Por eso, Jonás vuelve al hogar silbando alegre, sobre todo porque sabe que Pedrín, su Pedrín del alma, saldrá a recibirlo con los brazos abiertos y, hoy más que nunca, siente unas ganas enormes de ver y abrazar a su pobre pequeño y a Magdalena, su sufrida esposa.
Nada más abrir Jonás la puerta, un torbellino rubio grita alborozado y se lanza corriendo hacia su padre, ignorando los gritos de Magdalena, contenta pero asustada, que intenta detenerlo en vano. Si Jonás adora a Pedrín, éste le corresponde con la misma moneda y cuando ve a su padre todo lo demás desaparece, y la luz, cada vez más escasa, que perciben los ojos del niño, se concentra de forma absoluta en la figura de su progenitor; y así, los obstáculos en el camino, que Pedrín localiza cada vez con más dificultad, se esfuman en presencia de Jonás y el entusiasmado niño de cinco años, " guapo como un ángel y miope como un topo ", tropezó con la caja de juguetes y cayó delante de la puerta a los pies de su padre. Una mueca de inmensa pena sepultó la alegría en el rostro del hombre e hizo aflorar a sus ojos lágrimas de dolor amargo.
El cabo alzó al niño en brazos, lo cubrió de besos y secó sus lágrimas. Pedrín se tranquilizó y comenzó a hablar rápidamente, contándole a su padre todas las aventuras y desventuras de ese día. Jonás miró a su mujer y descubrió rabia y frustración en su rostro y también gruesas lágrimas deslizándose por sus mejillas enrojecidas.
Mientras Pedrín se entretenía con el cochecito que Jonás le había traído (llevaba días soñando con él, " con faros que se encienden y se apagan y una bocina que suena y puertas que se abren. Papá, por favor, si me lo traes, ya no te pido nada más “), sus padres se encerraron en la cocina para hablar a solas.
Jonás hizo, al fin, la pregunta que todo el día le había quemado en la boca y aguardó, angustiado, la temida y esperada respuesta. Magdalena le rogó que se sentara y luego le cogió las manos y le miró a los ojos. Los suyos estaban enrojecidos y llorosos.
- El oculista le hizo un montón de pruebas y análisis. - La mujer habló casi en un susurro, como revelando un penoso secreto - Me explicó que Pedrín había perdido bastante visión desde la última vez y que mañana, Jueves, me daría los resultados de las pruebas y así podremos saber qué problema tiene en los ojos y que esperanzas hay de que se cure.
- Pero...- Jonás expulsó el aire largamente contenido - ¿No te dijo nada más? ¿Alguna idea? ¿Si se puede operar, o algo ?...
- Nada, ya te digo - Magdalena le soltó las manos y recorrió con el dedo el dibujo del mantel - Hay que esperar hasta mañana...
En ese momento resonó un fuerte golpe en el cuarto contiguo, seguido de un desconsolado llanto infantil. Magdalena saltó, como impulsada por un resorte, y acudió a socorrer a su hijo.
- Pedrín, cariño, ¿otra vez te has tropezado? A ver, enséñale la pupa a mamá, venga tesoro, no llores, silla mala, toma y toma...
Jonás permaneció inmóvil, la mirada triste perdida en el infinito y las manos crispadas aferrando el hule de la mesa.
El topo siembra la tensión en el Cuartel mientras Jonás y su esposa esperan, angustiados, noticias sobre los ojos de su hijo Pedrín...

                                             MIÉRCOLES SANTO
                (En el Cuartel. Heredia y Churruca filosofan sobre la vida)
- ¡Porque me parasteis, eh, porque me parasteis! - " El Gitano " hablaba haciendo grandes aspavientos. - Qué, si no, por mis muertos que lo rajo - y juró llevándose el pulgar a los labios en un gesto marca de la casa.
- Tranquilo, hombre, tranquilo, tómatelo con clama - Churruca ensayó un gesto conciliador- Romerales es medio anormal, ya lo sabemos todos, no hay que tomárselo en serio.
- ¿Calmarme? ¡Y una mierda! - Heredia rechazó el afán mediador del " Vasco " y se sulfuró un poco más. - ¿Pero, quién coño se cree que es, ese payo malnacido, para acusarme a mí de traidor?; Ah no, no señor, esto no acaba así.
El sargento Heredia volvió a jurar, ahora con mayor violencia, y a continuación sacó una navaja automática de más de un palmo, la abrió y la clavó en la mesa del Cuartel.
- Ahí va, la hostia - El sargento Churruca arrancó el arma de un manotazo y se la guardó en el bolsillo. - Pero, ¿tú estás loco? ¿Qué demonios te pasa?, ¿Qué quieres, que te metan en el calabozo?
“El Gitano " se levantó con ánimo de recuperar la navaja, pero " El Vasco " lo agarró por los hombros y lo sentó de golpe. Los años de levantador de pesas le servían en momentos como éstos. El sargento Heredia, una cabeza más bajo y de complexión delgada, se sintió como un niño indefenso en manos de su musculoso camarada.
Para tranquilizarlo, " El Vasco " le habló calmosamente, acompañando las palabras con pausados ademanes.
- Mira hombre, a ver cómo te lo diría para que lo comprendieras. La vida es puro teatro, eh, eso está muy claro. Todos tenemos un papel que representar y eso es lo que debemos hacer: actuar lo mejor que podamos. No merece la pena alegrarse o enfadarse demasiado. Al fin y al cabo, el destino de cada uno está escrito y no podemos hacer nada por cambiarlo, ¿Me sigues?
Heredia miró a su amigo como si se hubiera vuelto loco pero no dijo nada; los hombros seguían doliéndole. Tomando su silencio como señal de asentimiento, Churruca continuó con su filosófica disertación.
- Ya lo ves. Esto es así: teatro, nada más que teatro. Ahora, aquí en el escenario del Cuartel, representamos una pequeña tragedia. Himénez es el malo, el que hace las putadas, el tipo odioso y despreciable que cada día se gana nuevos enemigos, y al final acaba como acaba. Buenaventura es el bueno, el sabio al que todo el mundo escucha, el otro protagonista de la historia. Luego, tenemos a Jonás, un pobre infeliz, el típico secundario; leal a su superior, Buenaventura, igual que un perro, dispuesto a sacrificarse por su amo si hace falta; Cifuentes, que siempre parece estar en la Luna, que antes que a las mujeres prefiere las cabras y está más pirado que ellas; Romerales, bruto como un arado de obra y de palabra, otro que, " pa mí ", el día que lo fabricaron andaban con prisas y así lo dejaron: a medio rematar. ¿Quiénes quedamos? Pues, tú y yo. ¿Y qué papel nos ha tocado? Los más cantados. Apellidándote Heredia, tú tienes que hacer de gitano y no hay más hostias y a mí, Churruca, no me quedan más narices que ser vasco, por cojones.
Mírate - continuó " El Vasco " - y atrévete a decirme si estoy equivocado: moreno, delgado, jurando cada dos por tres por todos los vivos y muertos, con la juerga y la mala hostia corriendo por tus venas y siempre dispuesto a cortar las del prójimo.
Vale, vale, ozú, para ya, que me has vuelto la cabeza tarumba perdía - Heredia levantó los brazos como queriendo protegerse del avasallador torrente de palabras - Y a ver," Vasco”, listillo de los cojones, según esa teoría tuya del teatro y toda esa mierda, ¿A quién le han dado el papel de traidor?
- Ah, amigo, si yo lo supiera...- Churruca pegó una fuerte calada a su cigarro y miró soñador las volutas de humo elevándose hasta el techo - Una buena obra de teatro ha de tener una cierta dosis de suspense.
Heredia hizo un gesto de desprecio, arrugó el paquete vacío de tabaco y se lo arrojó a su amigo a la cara.
- Pero, qué suspense, ni que hostias. Eso, ¿Qué coño es? ¿Quieres hablarme en cristiano de una puta vez, sabihondo de los cojones?
- Suspense - explicó Churruca - quiere decir que el asesino, o traidor en este caso, sólo se descubre al final.
Joder, pues sí que estamos bien- Heredia se levantó de golpe, derribando la silla y Churruca lo imitó, al tiempo que lanzaba una potente risotada que resonó en los muros vacíos del viejo Cuartel. El eco de la risotada del " Vasco " fue cortado en seco por el vozarrón del comandante Himénez, reclamándolos para realizar una redada esa misma tarde.
(Cuartel de la Guardia Civil. Despacho de Adolfo Himénez. Una hora antes)
Cómodamente instalado en el sillón de roble macizo, el Comandante del puesto fumaba un puro de su marca favorita, recién traído de Cuba, mientras, con el ceño fruncido y el gesto sombrío, reflexionaba sobre todo lo humano y lo divino. Como acostumbraba a hacer cuando se encontraba solo, " El Nazi " pensaba en voz alta, casi sin darse cuenta, como si estuviera hablando con alguien. El Oficial al mando era, ciertamente, un tipo peculiar: soberbio y déspota, con inclinaciones sádicas e ideas paranoicas, así lo definían los que lo conocían bien, y a fe que Adolfo Himénez se empeñaba en darles la razón un día tras otro. De niño, uno de sus pasatiempos favoritos consistía en cortarles las patas a los pollitos recién nacidos de su abuela, untarlos de miel y depositarlos cerca de un hormiguero. El pequeño Adolfito se pasaba horas y horas viéndolos retorcerse, agonizando al sol, mientras legiones de hormigas rojas los devoraban lentamente. Más adelante, el día que cumplió los 15 años, tuvo la brillante idea de ahorcar a la vieja y fiel perra Lassie que llevaba diez años en casa y era casi como de la familia. Los aullidos del pobre animal, el nudo era defectuoso, aún resuenan en los oídos de los que conocieron el caso. Entonces, sus padres comprendieron, al fin, que en la cabeza de Adolfo había alguna pieza suelta y decidieron internarlo en un reformatorio. Allí terminó de pulir y madurar su inquietante personalidad. Ya adulto, tuvo noticias de Adolfo Hitler y decidió que aquél era el modelo a imitar que siempre había buscado. Así que, ni corto ni perezoso, tras ascender en las filas del Cuerpo, se engominó el pelo, se recortó el bigote y se cambió la inicial de su apellido.
Adolfo Himénez aspiró profundamente, retuvo el humo un instante, lo fue soltando lentamente y dio comienzo al soliloquio:
- ¡Qué tiempos, señores, qué tiempos, ya no te puedes fiar ni de tus propios hombres! Porque...joder...que los rojos te hagan una putada, pues vaya, es lo normal: lo suyo es hacer perrerías y morir como perros. Pero coño, uno de los tuyos...ah no, eso sí que no. Esto no tiene perdón de Dios. Cuando pille al cabrón que nos está vendiendo, lo colgaré por los huevos del palo de la bandera, como en los viejos tiempos - El Comandante entornó la cabeza con aire melancólico y a sus ojos helados asomó un destello de enfermiza nostalgia - Pero, ¿quién puede ser el hijo de perra capaz de traicionarme a mí, a todos los camaradas del Cuerpo y, lo que es peor, traicionar al Caudillo y a España?
Durante los siguientes quince minutos, el comandante Himénez pasó revista a todos sus subordinados, analizando las posibilidades a favor y en contra de cada uno como candidatos al premio " Traidor a la Patria del Siglo ", y como no llegó a ninguna conclusión satisfactoria, sintió que comenzaba a desmoralizarse, así que decidió realizar una pequeña excursión para elevar un poco su decaído ánimo.
(En uno de los pueblos de la comarca, el más lejano del Cuartel)
- ¡Abrir inmediatamente a la Guardia Civil!- .
Himénez aporreó violentamente la puerta. Le acompañan el sargento Heredia y el brigada Churruca. Se trata de una vivienda humilde situada en la parte alta de la aldea. Tiene las paredes desconchadas y alguna teja suelta. Una balconada desvencijada recorre la fachada. La chimenea, rota e inclinada, expele un denso humo gris que se eleva pesadamente y se diluye en el cielo bajo y plomizo de la tarde.
Resuenan unos pasos apresurados en el interior y una anciana asoma su rostro arrugado, agitado por la angustia. Himénez la aparta sin contemplaciones y los tres penetran en el interior de la vivienda. Los ojos crueles del " Nazi " recorren la estancia con furibunda impaciencia, pasando revista a los allí presentes: la asustada vieja, una mujer de mediana edad que mira al suelo y se retuerce el mandil, un anciano sentado en el escaño y apoyado en una recia cayada de roble que, desafiante, sostiene la mirada del intruso; y una hermosa joven de diecisiete primaveras, recién estrenadas, de largos cabellos rubios y ojos azules enturbiados por el miedo, que se aferra a su madre, la mujer que sigue mirando al suelo y estrujando el mandil.
- ¿Dónde está tu marido? - Himénez la increpa sin más ceremonias, apuñalándola con el dedo y la mirada.
- No está en casa - la mujer responde rápidamente sin levantar la vista y acaba por rasgar el gastado mandil.
Himénez la apresa por el brazo y le coloca la pistola en la sien.
- Maldita zorra de mierda. O me dices ahora mismo donde se esconde ese cabrón o te vuelo la puta cabeza.
Heredia y Churruca cruzan una repentina mirada de sorpresa, alarmados por la repentina violencia de su superior y el brillo de locura que asoma a los ojos del Comandante. Durante un interminable minuto, el terror paraliza todos los movimientos y todos los pensamientos. El aire de la vieja cocina es una telaraña de resina que atrapa cuerpos y mentes. El anciano del bastón se levanta, rompiendo el hechizo, y amenaza a Himénez:
- Suelta a mi hija, cerdo fascista. Atrévete con un hombre si tienes cojones...
Himénez intercambia una mirada urgente con sus subordinados y el temerario abuelo cae al suelo, derribado por un certero culatazo de fusil. La sangre que brota de su nariz y boca destrozadas encharca las tiznadas losas. La anciana se arroja sobre el hombre inconsciente mesándose los desgreñados cabellos. Sus gritos desgarradores resuenan en la soledad del valle.
- ¡Antonio, mi Antonio, qué me lo habéis matado!
- Tranquila mujer - Himénez baja la pistola y empuja violentamente a su presa, arrojándola contra el gastado brazo del escaño. - Sólo está un poco atontado. Mala hierba nunca muere.
Su risa cruel, de hiena, se mezcla con los aullidos de la abuela y el llanto desgarrado de la nieta que corre a socorrer a su madre. Himénez, con un movimiento felino, atrapa a la chica por la cintura y la eleva, suspendiéndola en el aire. La joven se revuelve pataleando. “El Nazi " la deja caer y vuelve a levantarla asiéndola por su larga melena.
- Por última vez, sucia ramera roja - Himénez arrastra a la chica hasta su madre que se retuerce en el suelo con varias costillas rotas - ¿Dónde está tu marido? Canta ahora mismo o esta preciosa gatita lo va a pagar.
La mujer, haciendo un esfuerzo supremo, se abalanza sobre el comandante. “El Nazi " la derriba de una brutal patada en el vientre. La mujer cae al suelo como una muñeca rota y allí se queda, enroscada e inmóvil.
- Tú lo has querido - Himénez comienza a arrastrar a la chica hacia la habitación contigua. El brigada Churruca se interpone en su camino.
- Mi comandante, ¿qué va a hacer? Yo creo que ya es suficiente.
Himénez le coloca el cañón de la pistola entre los ojos y le habla con un tono de voz muy suave y muy tranquilo. Al sargento Heredia le recuerda el silbido de una culebra. “El Gitano " cruza los dedos y se santigua rápidamente.
- Aquí mando yo y yo digo cuando es suficiente. Me preguntas qué voy a hacer - Himénez sonríe y una mueca obscena cruza como un relámpago su cara sudorosa. Su mirada tiene la humanidad de la víbora a punto de morder a la infortunada víctima y el bigotito brinca sin parar, como una lengua bífida entrando y saliendo entre los afilados colmillos. Heredia vuelve a santiguarse.
- ¿Qué es lo que voy a hacer? Vaya una pregunta. Solo un maricón de mierda preguntaría algo así. Hitler odiaba a los maricones. Recuérdalo hijo, otra como ésta y te hago un ojo nuevo.
A continuación, se llevó a la muchacha en volandas a la habitación de al lado y se encerró con ella. La anciana se arrojó sobre la puerta. Su marido y su hija seguían tirados en el suelo estremeciéndose entre gemidos. Heredia y Churruca hacen ademán de sujetarla. Desde el otro lado de la puerta llegan los sonidos de la ropa rasgada y los gritos de la desventurada joven. La abuela abrió la boca en un ronco estertor, ya destrozadas las cuerdas vocales, y cayó, con los ojos en blanco, arañando la puerta.
Minutos después, Himénez salió, sonriendo satisfecho.
- ¡En marcha muchachos! , ¡Misión cumplida!
A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron, hacia el inevitable y dramático final.

                                                 JUEVES SANTO
                                     (En el Cuartel, a media mañana)
Adolfo Himénez reúne a sus hombres y promete una recompensa de 20.000 duros para el que delate al traidor.
(En casa de Jonás, al mediodía)
El cabo charla con su mujer mientras Pedrín duerme la siesta.
- Es terrible - Magdalena ya ha agotado las lágrimas.- Mucho peor de lo que pensábamos.
- ¿Cómo que peor? - Jonás la apremia sacudiéndola por los hombros - ¿Qué quieres decir?
- Pedrín se quedará ciego sin remedio, si no es operado antes de un mes - La mujer se levanta, se acerca a la ventana y mira, sin ver, las calles solitarias y perezosas, derritiéndose bajo un sol de justicia.
- Bueno, pues entonces habrá que operarlo - Jonás no acaba de comprender del todo la desesperación de su mujer.
- Cien mil pesetas, la operación cuesta cien mil pesetas, un ojo de la cara - Magdalena repara en el chiste macabro que acaba de hacer y se desploma sobre la mesa, presa de incontrolable llanto, con la cara enterrada entre sus delgados brazos.
- Cien mil pesetas...cien mil pesetas...- Jonás repite la cantidad como un mantra que conjure su desgracia - Vaya, pues sí que es casualidad...
- ¿Cómo dices? - Magdalena levanta la cabeza al percibir un matiz extraño en la voz de su marido.
- Nada, nada, cosas mías - Jonás meneó la cabeza - pensaba en voz alta, eso es todo - Ahora es el Cabo el que se acerca a la ventana y clava la vista en las nubes de tormenta que acechan a lo lejos, tras las montañas. En sus ojos brilla una expresión indefinible, a medio camino entre el miedo y la esperanza.
(En una de las casas del pueblo, a última hora de la tarde)
- Pero, Teniente, tengo miedo por usted - La chica morena, de enormes ojos negros, contempla a Buenaventura con fervor y admiración, casi con veneración. La misma devoción que le profesan los padres de la muchacha, sentados a su lado en la única mesa de la modesta estancia.
El aludido apuró su vaso de orujo y se acodó sobre la mesa, estudiando a sus humildes anfitriones. En sus nobles facciones latía un rictus intenso, mitad pena y mitad rabia. Buenaventura adelantó su mano nervuda y aristocrática cubriendo los temblorosos dedos de la joven.
- Tranquila, Lucía, no te preocupes por mí. Sé cuidarme. Hasta ahora no me han descubierto y mi tarea, mi misión ya toca a su fin. Atiende Lucas - el Teniente miró al hombre que se turbó levemente ante la fuerza arrolladora de aquellos ojos - Tú eres el último. Cuando te hayas ido, estaréis todos a salvo. Lárgate esta noche sin mayor demora.
- Un millón de gracias, Teniente. Nunca podremos pagárselo - La esposa de Lucas lo miró emocionada. Gruesas lágrimas se deslizaron por sus dolientes mejillas.
- Por Dios, mujer, no me debéis nada - Buenaventura le palmeó afectuosamente el brazo - A través de vuestras palabras y de vuestros ojos yo me asomo al borde de las almas y las descubro rebosantes de gratitud y eso, eso es suficiente para mí, porque es algo que no se compra ni con todo el oro del mundo.
- Eternamente agradecidos, amigo - apostilló Lucas - y pensar que usted peleó en el bando contrario. Nadie haría una cosa así por sus enemigos.
- Vosotros no sois mis enemigos - Buenaventura levantó una mano con gesto de impaciencia - Las guerras son propias de seres irracionales. Yo abomino del uso de la Fuerza porque creo en el poder de la Palabra. Cuando luchamos, matamos la esencia divina que anida en cada uno de nosotros y liberamos el instinto primario del reptil depredador, que coexiste con aquella desde que el hombre es hombre.
La humilde familia de " rojos " lo escuchan absortos, casi sin parpadear y asienten de vez en cuando. No captan la totalidad del mensaje pero si el espíritu y eso es suficiente; creer sin comprender del todo es, sencillamente, una cuestión de fe. Buenaventura toma otro trago y prosigue, elevando ligeramente el tono de voz.
- Yo no juzgo a los hombres por el color de su camisa, sino por la nobleza de sus sentimientos y la bondad de sus acciones. Además, puestos a elegir, que yo sepa, el corazón y la sangre son rojos. Mucho pitufo malnacido es lo que anda suelto por ahí.
Dicho lo cual, el teniente Buenaventura se levantó y estrechó la mano de Lucas, deseándole suerte, que seguro la iba a necesitar, y se despidió de su hija y esposa recordándoles que para cualquier cosa ya sabían dónde encontrarle. Luego se marchó y salió al encuentro del asfixiante crepúsculo de Abril. Lucía se quedó mirando la puerta cerrada, presintiendo que aquella había sido la última vez que iban a ver con vida a aquel hombre bueno. A través de la ventana de la cocina destellaban los relámpagos, y los truenos retumbaban cada vez más cerca.
Afuera había refrescado algo durante la hora larga que Buenaventura llevaba dentro de la casa. El Teniente apuró el paso, frotándose las manos y alzando el cuello de la chaqueta.
Unos minutos antes, un hombre, apostado bajo la ventana de la cocina, no se atrevía a moverse, no se atrevía a respirar. Su sombra furtiva se fundía con las sombras de la noche incipiente y el ocasional espía se encogía temeroso cada vez que un relámpago delataba su presencia culpable. Como éstos habían ido aumentando en frecuencia e intensidad, el tipo suspiró, aliviado, cuando el teniente Buenaventura salió al fin de la casa. Así que, después de haberlo escuchado todo y pensando que quizás sus oídos pudieran engañarle, lo cierto es que le estaba costando asimilarlo, rodeó la vivienda y observó, saliendo de la casa y dirigiéndose al Cuartel, la alta y familiar figura, la silueta oscura, pero inconfundible, de su idolatrado Maestro.
Jonás encendió un cigarrillo, dio una profunda calada y expulsó el humo lentamente. El atribulado Cabo se debatía en medio de un torbellino de ideas, sugeridas a medias por un minúsculo ángel y un diminuto demonio, los cuales, apostados a ambos lados de su cabeza, se las iban susurrando al oído. Durante la hora más crucial de su corta vida, la mente de Jonás fue el escenario de una lucha encarnizada y sin cuartel entre las fuerzas del Bien y del Mal. Al final, exhaustos los contendientes y con numerosas bajas en ambos bandos, el simpático querubín, habiendo agotado su arsenal de razones, admitió la derrota y se marchó, no sin antes dedicarle a Jonás una última mirada y sus ojos lucían turbios y apagados, sepultados por una pena infinita. El perverso diablillo, por su parte, celebró la pírrica victoria con un entusiasmo de mil demonios.
De regreso a casa, ya con la serenidad del condenado cuya conciencia descansa fatalmente tranquila, el cabo Jonás reflexionaba sobre las extrañas paradojas de la vida: el ángel vencido era azul como la mar serena y el diablo vencedor rojo como un atardecer sangrante.

                                               JUEVES SANTO
(Año 33 de nuestra Era. En algún lugar de Judea en el antiguo estado de Israel)
Judas Iscariote, uno de los 12 Apóstoles, se entrevista con los pontífices y regatea con ellos la entrega del Maestro. Al final, el precio convenido fueron 30 monedas de plata.
La Semana Santa avanza, imparable, hacia sus horas más trascendentales; y los personajes son arrastrados, inexorablemente, por una ola de Pasión que no deja de crecer...

                                            JUEVES SANTO
                                (En el Cuartel, esa misma noche)
- Pero, ¿tú estás seguro de lo que me cuentas, hombre de Dios? - Himénez observa atentamente a Jonás, con un gesto severo teñido de incredulidad. - Mira que estamos hablando de mucho dinero y el teniente Buenaventura no es uno cualquiera.
- No, no es uno cualquiera - Jonás hablaba atropelladamente - es el topo que busca, mi Comandante. Yo lo vi y oí todo. Venga esa recompensa.
- A su debido tiempo, muchacho - Himénez entornó sus ojos de reptil y clavó la mirada en el infinito - todo a su debido tiempo.

                   (En casa de Buenaventura, cerca de la medianoche)
El Teniente celebra su trigésimo tercer cumpleaños con una cena a la que ha invitado a sus compañeros. Allí se encuentran el brigada Churruca, el sargento Heredia, el sargento mayor Romerales, el cabo primera Cifuentes y, por supuesto, el cabo Jonás. El comandante Himénez había declinado la invitación alegando una repentina indisposición. Aquel gesto escamó levemente al Maestro y una lucecita de alarma se encendió en su privilegiada cabeza. Luego, en compañía de sus amigos, animado por el vino generoso y el suculento cordero, olvidó sus temores y se dejó llevar, navegando por el mar de la nostalgia, recordando los buenos momentos vividos en compañía de sus camaradas.
La fiesta se fue caldeando al mismo ritmo que afuera la tormenta ganaba en intensidad. Todos participaban del jolgorio rememorando viejas aventuras. ¿Todos? Todos, menos uno: un joven Cabo, de nombre Jonás, apenas si hablaba y cuando el Maestro se dirigía a él esquivaba su mirada.
- Pero hombre, chico ¿Qué te pasa? - Buenaventura, al que nada se le escapaba, había reparado desde el comienzo de la cena en la actitud distraída y la mirada torturada de su protegido. - Se trata de Pedrín ¿Verdad? ¿Qué ocurre? ¿Malas noticias?
- Pues sí, muy malas - Jonás respiró aliviado, como el reo de muerte al que de repente dejan en libertad. - Las peores, las peores que podíamos esperar.
Buenaventura escuchó el relato de sus penurias y al final se esforzó en consolarlo utilizando, como siempre, las palabras más justas. Luego, propuso un brindis, haciendo votos por un final feliz de la historia, para que el hijo de Jonás mejorara de la vista y la conservara toda la vida y ojalá que viviera cien años más.
- Ya sabes, Jonás - concluyó el Teniente - cualquier cosa que esté en mi mano, no tienes más que pedírmela - y a continuación alzó su copa.
El Cabo asintió, balbuceó unas palabras de agradecimiento y se dispuso a corresponder al brindis. Su mano vacilante derribó la copa. El vino tinto de crianza corrió por el blanco mantel y se precipitó sobre el teniente Buenaventura. Este, con la copa en alto, torció el gesto al sentir el líquido frío en sus piernas y miró pensativo a su discípulo...

                               (Año 33 de nuestra Era. La Última Cena)
Con los Doce Apóstoles reunidos en torno a la Mesa, Jesucristo partió el pan y dijo:" Ésta es mi Carne, tomad y comed " (...) " Luego, tomando el Cáliz dijo: Esta es mi Sangre, tomad y bebed”. Y mientras comían y bebían les aseguró que esa misma noche uno de ellos lo entregaría a sus enemigos. Judas habló y preguntó:
- ¿Acaso soy yo, Maestro?
Jesús lo miró con pena y respondió:
- Tú lo has dicho.

                                         VIERNES SANTO
                                   (Año 33 de nuestra Era)
Allí, en el Huerto de los Olivos, Judas les dijo a los romanos:
“Aquél a quién yo bese, Ése es, prendedle "

             (En casa del teniente Buenaventura, ya bien entrada la madrugada)
Jonás se levantó y, rodeando la mesa, se acercó a su Maestro. Éste, al verlo venir, se levantó para recibirlo con los brazos abiertos. El Cabo llegó a la altura del Teniente y lo abrazó efusivamente. Las lágrimas brotaron incontrolables y abrasaron el rostro de Jonás, resbalando hacia el hombro poderoso de Aquél por quién hubiera dado su propia vida y que ahora entregaba en brazos de la muerte.
En una acción perfectamente sincronizada, Himénez irrumpió en la habitación y encañonó a Buenaventura, al tiempo que Heredia y Churruca se abalanzaban sobre él y lo inmovilizaban.
- ¡Sarnoso perro judío! - " El Nazi " había ensayado varias veces anhelando, paladeando aquel momento. - Quedas detenido en nombre de la Ley por alta traición a la Patria y al Caudillo.
“Uno de los que estaban con Jesús extendió la mano y sacando la espada hirió a uno de los siervos del Pontífice ".
Buenaventura alzó la mano y le ordenó a Cifuentes que guardara la pistola. El Teniente agradeció el gesto de lealtad de su amigo y subordinado pero lo rechazó, argumentando que era tan valiente como inútil, que la suerte ya estaba echada y lo que tiene que suceder sin duda sucederá.
Sin más preámbulos, el Teniente fue esposado y conducido al Cuartel. Allí lo torturaron para que confesara desde primeras del Viernes Santo hasta altas horas de la madrugada. El Maestro mantuvo un silencio inquebrantable, soportando estoicamente el espantoso suplicio. Ni los golpes, ni las uñas arrancadas, ni las quemaduras, ni las descargas eléctricas lograron hacer que delatara a uno solo de los hombres a los que había ayudado a escapar.
“Los que habían prendido a Jesús en el Huerto de los Olivos lo llevaron a casa de Caifás y allí comenzaron a escupirle en el rostro y a darle puñetazos diciendo: Adivina Cristo, falso profeta, ¿quién te ha pegado? Más tarde, tejieron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza. Los soldados se burlaban diciendo: Salve, Rey de los Judíos”
Al filo de las cinco de la mañana, ya con varios huesos rotos y colgando cabeza abajo, lo sacaron medio ahogado de una cuba llena de agua pestilente. Himénez, con la frente chorreante, la gomina echada a perder y el bigotito histérico perdido, asió a Buenaventura por las orejas y acercando su rostro congestionado a la faz tumefacta pero extrañamente serena del Teniente, le preguntó por enésima vez:
- Por última vez te lo digo, ¿Dónde están escondidas esas alimañas?
Buenaventura tosió varias veces, escupiendo sangre, y una sonrisa rota iluminó fugazmente su rostro reventado.
- Aquí la única alimaña eres tú. Un payaso loco y asesino imitando a otro payaso.
Reuniendo las escasas fuerzas que le quedaban, el Maestro escupe al rostro de su verdugo cubriéndolo de espesos colgajos sanguinolentos.
Afuera, la tormenta largamente anunciada, había estallado y se encontraba en su apogeo. Feroces y continuos rayos apuñalaban el Cuartel y sus alrededores, mientras violentísimos truenos hacían vibrar el suelo, los armarios y los cristales como pequeños terremotos intermitentes, y auténticas cascadas de agua azotaban brutalmente la Tierra y sus moradores. Talmente, parecía que el fin del mundo estaba cerca. Heredia, a ratos, miraba temeroso hacia la noche y se santiguaba a escondidas.
A las cinco de la madrugada, en medio de un impresionante diluvio, el teniente Buenaventura, más muerto que vivo, fue sacado a rastras al patio del Cuartel y amarrado al roble centenario que crecía al lado del paredón que rodeaba el recinto.
“Llegaron al sitio llamado Gólgota y allí lo crucificaron entre dos ladrones: uno bueno y uno malo. Sobre su cabeza pusieron su causa: INRI (Éste es Jesús, el Rey de los Judíos)”.
- ¡Preparen armas! - El comandante Himénez, ciego de rabia y frustración, dirigía el improvisado pelotón de fusilamiento - ¡Apunten! ...¡Disparen!... ¡Fuego!...
“El Maestro, dando un fuerte grito, expiró. La Tierra tembló y se hundieron las rocas y...”
...un rayo, mucho más formidable que todos los anteriores, alcanzó de lleno el viejo campanario de la cercana iglesia y...
“...la cortina del templo se rajó de arriba abajo, en dos partes ".
En ese mismo instante, no lejos de allí, Judas, arrepentido por haber traicionado a Jesús, devolvía las 30 monedas de plata y a continuación, comido por los remordimientos, se ahorcaba en uno de los centenarios olivos, allí donde unas horas antes había entregado al Maestro.

                                                   SÁBADO SANTO
                         (En el Cuartel, a primeras horas de la mañana)
El comandante Himénez daba instrucciones precisas a sus hombres:
- Entonces, ¿Queda entendido, no? Esto es lo que ha ocurrido: Buenaventura ha caído en una emboscada y los rojos lo han asesinado después de torturarle. El entierro se celebrará mañana, por supuesto con todos los honores. ¿Alguna pregunta?
Con la vista clavada en las frías losas del suelo, Churruca y Heredia negaron con la cabeza.
(En el Cuartel, a media tarde).
Al fin, después de haberlo planeado minuciosamente, Jonás se armó de valor y, abriendo la puerta de una fuerte patada, irrumpió en el despacho del comandante Himénez, más conocido como " El Nazi ", blandiendo una pistola en su mano derecha y un maletín negro de cuero en su mano izquierda. Himénez se encontraba plácidamente recostado en su sillón, paladeando el sempiterno habano, y no se movió al entrar Jonás, limitándose a sonreír burlonamente.
- ¿A dónde crees qué vas, Cabo de mierda?
Por toda respuesta, Jonás abrió el maletín y le arrojó por encima los 100 billetes de mil, nuevecitos y relucientes.
- Voy de camino al Infierno, mi Comandante, y tú vendrás conmigo.
Rápidamente, Jonás rodeó la mesa y se situó detrás de Himénez apuntándole con el arma. Ambos se miraban de frente en un gigantesco espejo con marco de roble, artísticamente labrado.
- ¿No me digas que me vas a pegar un tiro?- Himénez seguía sonriendo despreocupadamente - pero, si no tienes cojones...
- ¿Un tiro? - Jonás, sin pestañear, contemplaba la imagen reflejada - No, sería demasiado fácil, una muerte demasiado digna. Así mueren los hombres y tú eres una bestia.
Con un movimiento vertiginoso, el Cabo soltó el arma y en su mano apareció, como por arte de magia, un cuchillo de matarife, largo y afilado.
Antes de que Himénez se recuperase de la sorpresa, Jonás lo asió con fuerza por el pelo engominado, tiró de su cabeza hacia atrás y le clavó el cuchillo en la garganta. Durante los dos minutos más largos y terribles de su existencia, el comandante Himénez, también apodado " El Nazi ", chilló, gruñó y pataleó, mientras ante sus ojos, alucinados y rabiosos, se le escapaba la vida, huyendo del cuerpo en atropellados chorros. Habiéndolo encajado fuertemente en el hueco de la mesa, el Cabo lo sujetaba con mano de hierro y los alaridos inhumanos del Comandante crecían y menguaban, subían y bajaban, en perfecta armonía con los movimientos del cuchillo, que Jonás manejaba con cruel parsimonia, buscando prolongar la agonía. Poco a poco, los chillidos se convirtieron en roncos estertores. El cuerpo del " Nazi ", martirizado, se estremeció, crispándose, en un violento espasmo final y un postrero temblor sacudió su bigotito poniendo punto y final a la desdichada biografía del comandante Himénez. Su sangre iba extendiéndose poco a poco sobre la mesa de recio roble gallego, alfombrada de billetes, sepultando lentamente el vergonzoso color de la traición. Jonás, tranquilo y satisfecho, se recreó unos instantes contemplando aquel cuadro de cromática alegoría.
A continuación, el Cabo retrocedió hasta el amplio ventanal; luego pidió perdón, se despidió de las dos personas más importantes de su vida y recordó a la tercera, muerta por su culpa; y, por último, se metió el cañón en la boca y apretó el gatillo. La sangre, derramada por el perdón de sus pecados, tiñe los rayos que entran a través de la galería y la estancia entera parece arder bajo una luz infernal; rayos de un sol que luce esplendoroso, en un cielo intensamente azul, absolutamente primaveral.

                                DOMINGO DE RESURRECIÓN
(Un año más tarde. Primeros años de la posguerra. La acción se desarrolla en el cementerio de un pueblo situado en algún lugar del norte de España)
Una mujer, joven y rubia, vestida de negro, camina entre las tumbas llevando de la mano a un niño de corta edad. Desorientada por el sol ardiente que enciende las piedras, Magdalena fuerza la vista, buscando las tumbas de Jonás y el teniente Buenaventura. En ese momento, Pedrín señala una lápida situada en la otra punta del cementerio, a la sombra de un viejo ciprés:
- Mira, mamá, ¡Están allí! - y recita en voz alta y clara:
- Jonás Iscar Montes (1920 - 1944)......Mateo Buenaventura (1911 – 1944).
Magdalena mira, asiente y sonríe, luciendo en su rostro cansado las huellas de mil dolores y los sueños de mil mañanas.
(Ese mismo día, unas horas más tarde, Cifuentes y Romerales cambian impresiones en el bar de costumbre)
- ¿Ya se ha enterado de la última, mi Sargento? - Cifuentes adopta un aire vagamente misterioso.
- Joder, Cifuentes, no me des estos sustos - Romerales estaba distraído estudiando a la nueva camarera - Habla claro, la última ¿de qué ?...
- La última sobre Pedrín...
- Coño, Cifuentes - el Sargento esboza una mueca de hastío y desagrado - otra vez con esa mierda... ¿Quieres dejar en paz...?.
- No, mi Sargento, la cosa ha cambiado y mucho. Ahora el dicho es " El hijo de Jonás tiene la cara de un ángel y la vista de un águila”.
- ¿No fastidies? ¿Y eso ?...
- Un milagro, por lo visto...O eso es lo que se comenta por ahí...
- Vivir para ver - sentenció un asombrado Romerales.
- Nunca mejor dicho, mi Sargento, nunca mejor dicho - Con una amplia sonrisa en su rostro jovial, el cabo Cifuentes alzó la copa - ¡ Brindemos por eso !...
En ese mismo instante, cerca de allí, a la vera del campanario mutilado por el rayo en la fatídica noche de viernes Santo, Pedrín corría entre la hierba, persiguiendo una mariposa esmeralda. Los ojos del niño, hambrientos de luz, devoran la mañana azul.

                                                         FIN

N. de A.: los textos entre comillas de las últimas cuatro páginas corresponden a fragmentos de la Pasión de Cristo del " Evangelio según San Mateo”.

 

 

 

 

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  • He aquí tu particular reinterpretación de la Pasión, Paco. Además de lo ya dicho por los otros compañeros, lo que más me gusta del relato es la fluidez del texto y la riqueza de los diálogos. Disfruté de una buena tarde de domingo de lectura con "Medianoche de Difuntos", y hoy no se ha quedado atrás. Lo único que me choca un poco es lo de las 100.000 pesetas de la recompensa y la operación. ¿No es mucho dinero para el año 1944? A ver si encuentro tiempo y leo todos los relatos anteriores que has publicado. Seguro que los devoro con la misma intensidad que con este y el de "Medianoche...". Abrazo fuerte.
    Son muchas las cosas que me han gustado de este relato, empezando por el escenario que elegiste y el uso del caló español. Los personajes, perfectamente desarrollados que cuentan con tanta personalidad, que pese a ser numerosos, en ningún momento confundí los nombres. Además, esa pizca de humor ha hecho sumamente amena la lectura y no sentí para nada su extensión. Fuera de lo muy interesante que ha sido la yuxtaposición con la Semana Santa y esos acertados pasajes del evangelio, disfruté la historia como una obra teatral, por sus personajes, sus diálogos y su argumento sobre la lealtad, la traición, el bien y el mal.
    Enhorabuena, Paco. Siempre es un regalo leerte. Gracias por regalarnos tan buenos momentos. Un saludo!
    Gran relato como nos tienes acostumbrados Paco. Ambientado en una época oscura de nuestra historia pero no por ello menos atractiva, creas una trama muy bien tejida que mantiene al lector en vilo hasta el final. Destacar la caracterización de los personajes, cada uno con su personalidad y modo de hacer las cosas propios, algo que no es fácil de conseguir y que exige tablas en un escritor, los diálogos bien elaborados y esa forma de mover al lector de un escenario a otro con maestría consiguiendo mantener el hilo de la historia, hasta llevarnos a ese final con tintes bíblicos. Únicamente pondría un pero no literario sino de presentación, al formateado del texto, separando por ejemplo los capítulos con una línea en blanco creo que aumentaría la legibilidad. En resumen un gran y elaborado trabajo por el que te felicito. Saludos.
    Desde luego, Paco, ¡vaya relato! Se nota que te lo has trabajado mucho. Con esos paralelismos entre la figura de Cristo y Buenaventura, Hitler y Adolfo Himénez. Mantienes la tensión d principio a fin. Sólo se me ocurre felicitarte por ser tan buen escritor. Me siento muy honrada por compartir esta web contigo.
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