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2 min
Siguiendo el rastro
Amor |
02.02.17
  • 4
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Sinopsis

La vida es un cúmulo de posibilidades. La elección de la adecuada en cada momento nos dará una trayectoria sin retorno.

Sí. Su vida había sido dura. Perdió a su joven marido en la guerra. No tenía que haber ido. ¿Por qué tuvo que ser así? ¿Por qué no podía perdonarse por el hecho de haber contraído matrimonio hacía tan solo dos días? Se lo arrebataron, y su odio hacia aquellos que determinaron que ocurriera la fatalidad perduraría hasta el fin de sus días.

 

Pero ahora solo pensaba en tejer aquellas endiabladas redes y mirar por encima de sus lentes a los fornidos hombres, a esos músculos que forzaban los tejidos amenazando con reventarlos, buscando al que vio tan solo una vez y cuyo inconfundible aroma la transportó sin pérdida hasta los muelles, donde multitud de estibadores cargaban la mercancía próxima a surcar el océano en dirección al lejano oriente.

 

Ahí, su esencia olfativa se perdía y ya no pudo localizarlo. Todas las miradas se volvieron hacia ella. Esto fue la señal para que diera media vuelta lo más discretamente posible y se alejara de aquel lugar. Sin embargo, ello no significaba su renuncia a encontrarlo. En los días siguientes habló con la autoridad portuaria. Necesitaba un trabajo, no como el que realizaban los estibadores, al que no podía acceder de ninguna manera, sino más bien aquel otro que tan solo cien metros a la izquierda realizaban a diario decenas de mujeres tejiendo las redes de los barcos de pesca que arribaban al amanecer, descargando en la lonja su preciada carga. Desde allí, y con su buena vista, podría distinguir al hombre.

 

Consiguió el trabajo. Tuvo la suerte de optar a la vacante dejada por una mujer a la que el nacimiento de su retoño le impedía seguir tejiendo como cuando, hasta tan solo una semana antes, su abultada barriga aún se lo permitía. No supo más de ella. Posiblemente hubiera tenido que buscar otro trabajo al año siguiente. Ella continuó en su puesto y no renunció al paso de los días, semanas, meses… Tal vez habría embarcado. Quizás algún día volviese a puerto.

 

Pero los años pasaron. Ella fue envejeciendo. Se convirtió en experimentada tejedora que enseñó a las más jóvenes y cuando un día se miró al espejo vio ante sí a una anciana.

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  • 9
  • 4.75
  • -

Me importa muchísimo que se comenten mis trabajos, más que recibir 5, 4, 3, 2 o 1 estrellas. Lo bueno es saber si se está escribiendo acorde con las expectativas. Es fundamental que ese comentario sea honesto, aunque sea duro. Prometo no tomar represalias.

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