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5 min
Silencio demente
Terror |
02.08.15
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Sinopsis

A veces escuchar no es la mejor opción.

Silencio que en mi interior repica, reflexiones vagas entre contradicciones vacuas. Sílabas que afligen, recuerdo de luz. Enardecido, brillante, que mi inconsciente trata de plasmar. No obstante, no siempre las memorias consiguen igualar el terrorífico presente. Apenas sin darnos cuenta, recordamos lo que quedó ya en un añejo pasado que difícilmente podemos asimilar como nuestro. ¿Qué era?, nada.

Y en esta blanca hoja veo el reflejo como si de un espejo se tratase. Mi figura. Y aun así, continúo escribiendo. Vislumbro mi juventud, tal vez más perdida, pálido, intentando sobreponerme a un caos que enardece mi atormentada alma entre las llamas de un infierno que a duras penas consigo concebir entre la tormenta. La habitación completa. Tumbado en la cama, la permanente oscuridad me abraza como fiel compañera de una historia que ella misma me invita a contar. Y a lo lejos, o no tanto, un chorro de luz penetra por un mínimo orificio en una ventana quebrada. Deja entrever la presencia de pequeños objetos con facilidad y otros, con cierta opacidad. Muy característica. Comienzo a sentir el miedo, frío gélido. No comprendo el motivo. Miro hacia todos lados, me siento inquieto… busco a sabiendas de que no hay nada. Empiezo a pensar que la búsqueda no tuviera fin en un objeto si no en algún pensamiento o elemento subjetivo. Y sigo buscando. Mientras busco, me invade una inmensa calma, que en mí alrededor ya existía. No existe explicación para el sobresalto, tan solo puedo escuchar el tenue tictac del reloj… el aire en el exterior acunando las ramas de los olmos que adornan la entrada a la inmensa casa solariega. El silencio era lo único perceptible. Incluso aquella vaporosa luz de la ventana, se había vuelto tranquilizadora, invitaba al sosiego, la calma y el sueño, pero algo en todo aquello me inquietaba. No me permitía conciliar un sueño perdido.

A duras penas llevo dos minutos escribiendo y siento una difusa sensación, algo en mi interior se excita. Me incomoda e inquieta. El latir de mi corazón se vuelve cada vez más intenso. Quiero olvidarlo, pero en mi cabeza resuenan cual martilleo perenne los dos únicos estímulos sonoros, el incesante tictac y el latir que presiona mi pecho. Quiero oír el silencio. Mi cabeza arde, el nerviosismo y la fogosidad mental, me han provocado el ardor y el ardor, que el latir fuese más veloz y ronco. Como una sinfonía de golpes secos sin fin. Deseaba escuchar algo diferente o simplemente, nada; pero al menos dejar de oír aquel tormento que me conducía a los brazos del demonio.

 El sudor frío resbalaba por mi piel y yo continuaba inmóvil en la cama, esperando a que todo cesase al fin, temiendo moverme en la oscuridad. El ardor inició una etapa insoportable y el sudor a irritarme la piel. Para conseguir una ligera dosis de alivio, sacudí mi cabeza un par de veces, aun manteniendo mi cuerpo en una inmovilidad total. En vano, aun así, el tictac continuaba su avance y el latir no podría ser más tormentoso. Mi corazón daba la impresión de comenzar a deformar mi pecho, queriendo salir por cualquier hueco que abriese en mi piel. Amenazando con dejar mi cuerpo. La situación se volvía más y más dolorosa y tuve que reaccionar. Salté estrepitosamente de la cama y caminé a tientas hacia el reloj. Lo encontré y entre mis manos, sonreí como un demente estampándolo contra el frío suelo de madera. Las tablas crujían bajo mis pies, los tornillos y mecanismos del reloj volaron por doquier. El sonido del reloj, al fin, concluyó. Durante unos segundos. Pero, la obsesión por el silencio no hizo más que conseguir que aquel exiguo sonido renaciese de mis más profundas entrañas. Y se hizo más audible.

El estrés reinante en mi actual situación, me hizo buscar el sonido que surgía de mi interior, por toda la habitación. No paré de dar vueltas mientras arrojaba cualquier objeto que se cruzase en mi camino. Quise oír algo diferente y busqué algo distinto, así que, intenté provocar yo mismo el sonido deseado. Empecé a estrellar con violencia mi cabeza contra la pared, arrastré mis uñas por el duro ladrillo creyendo que algo diferente saldría de aquel martirio. El ardor, el tictac y el corazón no cesaron, al revés, su intensidad aumentó de manera considerable. Pensé que ya nada podría librarme de aquello, creí que había trascendido el más allá de lo humano y opté por acabar con todo. Con mis manos ensangrentadas, colgajos que una vez fueron uñas, abrí la ventana. Tomé impulso varios metros hacia atrás y me tiré al vacío. La violencia del choque contra el suelo produjo un brusco sonido seco que se escuchó sin dificultad a una considerable distancia. Mis órganos internos se desplazaron a varios e incontables metros del lugar del impacto, me pareció ver el corazón resbaladizo sobre un banco hediondo, aun palpitante de vida; pero mi ser se consumió en unos pocos segundos. Y pude escuchar al fin, de nuevo, el silencio.

 

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