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9 min
SIMETRIA CAPÍTULO II
Ciencia Ficción |
27.08.15
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Sinopsis

En ciudad de Lasttown se están produciendo una serie de extrañas muertes por combustión espontánea sin un motivo aparente. El comisario Eric Moss, será el encargado de dirigir la investigación.

                                                 SIMETRIA CAPÍTULO II

 

 

                                                               LLAMAS

 

 

La vieja señorita Dorotea Wilkins encarnaba el mito de anciana que muere sola, rodeada de gatos y cuyo cadáver permanece sin descubrirse hasta varios días después de su muerte. En su caso, el elemento disonante con la tradición lo formó la manada de gatos que le servía de compañía, quienes mostraron poco apetencia por devorar el amasijo de carbón que quedó de la infortunada anciana. Aunque para ser exactos habría que decir que algo de ella permaneció a salvo de las llamas: las piernas. Dos enormes columnas de carne, huesos, algo de pelo y grasa sobre todo, donde el fuego tuvo una incidencia sólo parcial, pues se limitó a derretir un poco sebo, dejando una sustancia pegajosa y algo repugnante en el suelo cuyo hedor nauseabundo ocultaba el que se desprendía del hollín.

El gato más atrevido, que al parecer fue en vida su predilecto, se limitó a lamer en algunos momentos el batín que vestía Dorotea cuando ocurrió  el siniestro, y al que, curiosamente, no le afectó la peculiar pira, sin que el gato en cuestión se atreviera a pasar la lengua por la película grasienta que envolvía las colosales extremidades de la muerta.   Tampoco los muebles, las cortinas ni el resto de la vivienda indicaban signos de incendio. Los  enseres y utensilios se repartían por la cocina y el resto de la casa con descuido debido a que el orden no figuraba entre las prioridades de Dorotea, pero no aparecieron huellas de lucha o violencia en la estancia.  La puerta principal y las ventanas se hallaban cerradas por dentro y los cristales estaban intactos. Ni siquiera una botella abierta y semivacía de ron que había desparramado su contenido por los alrededores del cuerpo prendió del selectivo fuego.  Para acrecentar el misterio cuando la policía entró en la casa, avisada por el vecindario, halló las brasas de la chimenea aún humeantes, pero ordenadas en un montón bien organizado sin que hubiera un camino visible entre éstas y Dorotea. Era evidente para quien tuviera la mínima perspicacia que no podían ser la causa del accidente.

 

El rubicundo y orondo  sargento de la policía local Isaac Lorenz tomó numerosas fotos de la lúgubre escena. En especial incidió una y otra vez en la botella de ron. La vieja, sin duda, intentó asirla en los últimos momentos derribándola en su desesperación. El uniforme de Lorenz apretujaba una masa de carne fofa muy superior a la que el tejido podía y debía de soportar. El sargento, conocedor de la fragilidad de la tela si se la obligaba en demasía, procuró evitar posturas forzadas  que elevaran la tensión de la ropa,  limitándose a mantenerse de pié, y evitar así  ángulos comprometedores mientras trabajaba con la cámara.

-Creo que es evidente. La bruja  debía rebosar alcohol por todos los poros.  Vaya que se convirtió a si misma en una antorcha viviente. Un chispa surgida del hogar hizo el resto- sentenció sin disimular la antipatía que la víctima le provocaba. -Estos personajes-continuó- que se las apañan para vivir a costa del Estado la mayor parte de su vida me revientan. Me produce más asco que lástima esta holgazana  -Lorenz se empeñaba en explicar lo que a los ojos de todo el mundo era palmariamente claro. Guardó la cámara en un estuche de cuero, se sentó en un butacón azulado de orejas que debía utilizar la fallecida para mirar la televisión y desenvolvió una enorme hamburguesa rebosante de mostaza sin que nadie adivinara a acertar de dónde la había sacado.  En poco más de diez eficaces bocados dio cuenta de la hamburguesa dejando en su mostacho un lustre de mostaza.

-Demasiado fácil Lorenz- contestó el comisario Eric Moss tratando de cortar la charla irreverente de su inferior.  -Tres muertos en menos de dos días en circunstancias similares. El profesor Jules, el taxista Mesmer y ahora la anciana. El forense no ha emitido el informe sobre el profesor y ya tiene dos muertos más  en cola de espera. Mucho me temo que las cosas van a variar bien poco por no decir nada.  Algo me dice que estamos ante el caso más desconcertante de nuestras carreras. Y tendremos que emplear mucho tiempo y nuestras mejores dotes si queremos sacar algo en claro-dijo disimulando una cólera que inundaba todo su ser.

Moss hacía la vista gorda a las impertinencias del sargento y otros agentes sin rango. En particular le chocaban las continuas alusiones de Lorenz al alcoholismo de la fallecida, cuando el sargento era capaz de beber cantidades ingentes de cerveza a diario.  Moss tenía cuarenta y dos años y llevaba veinte de servicio en el Cuerpo de Policía. Demasiado tiempo para preocuparse por insolencias y dar lugar a pequeños motines que los indisciplinados componentes de la dependencia donde estaba destinado armaban bastante a menudo. Procuró no ser autoritario salvo en contadas ocasiones que no admitían otro proceder.

-Comisario- a Lorenz le preocupó el tono de Moss. ¿Insinúa que han podido ser asesinados? En ninguno de los tres hemos hallado un móvil, ni huellas de lucha o cualquier otro indicio para sospechar tal cosa. No ha habido más violencia que la provocada por las propias quemaduras. Tampoco hay relación entre ellos; por lo que hemos averiguado no se conocían entre sí -la idea de realizar unas horas extra y perder la tertulia habitual de las tardes en la taberna que frecuentaba le sacó de quicio. Alguien le hizo notar que las huellas de la mostaza seguían en su cara. Con poco interés se limpió con la manga de la chaqueta.

-Por ahora no me encuentro en condiciones de opinar nada. -dijo Moss fingiendo no ver el gesto asqueroso de Lorenz.  La relación entre ellos puede venir por una conducta o una forma de actuar común. No es necesaria esa relación directa. Quizás los vinculara algo no visible para nosotros, pero si para el asesino.  Pero como hemos de seguir un método, no quiero interrogatorios mientras no tengamos el dictamen del forense. Luego nos ceñiremos al informe en la investigación. Seguir un montón de pistas heterogéneas y falsas  nos desviarían la atención. Y voy a exigir a todo el personal implicado en el asunto el mutismo más absoluto, o veremos como se convierte la ciudad en un circo de periodistas y gente  poco deseable -ahora el tono de Moss era más autoritario.

Muy a su pesar Eric tuvo que permanecer en el lugar de los hechos hasta que llegó el juez y ordenó el levantamiento del cadáver. Como el sargento Lorenz y otros tres agentes de policía eran veteranos en esas lides, mandaron la macabra tarea de retirar los restos de Dorotea al joven y animoso Timoteo Curtis recién ingresado en la unidad. El motivo no era difícil de adivinar. En cuanto  Tim, a regañadientes,  tomó lo que quedaba de la vieja por los tobillos para depositarlos sobre una manta, se produjo lo inevitable. Se quedó con una pierna en cada mano, dado que éstas se separaron al instante, y a su vez, lo que quedaba del tronco permaneció en el suelo porque también se desprendió de las piernas. No ayudaba la película de grasa depositada bajo el cadáver de Dorotea, que, una vez fría, actuó como un pegamento eficaz y ciertamente molesto. Así que Tim empleó una fuerza titánica en despegar aquel totum revollutum mientras las gotas de sudor le resbalaban por la frente y la sangre le hervía en las venas, maldiciendo a sus compañeros, a la difunta y a su propia madre por darle la idea de entrar en la policía. Para mayor irritación del bisoño Tim, los compañeros le reprendían por su torpeza, aconsejándole mil maneras de hacer las cosas bien, gritándole que debía ser fiel a los cánones policiales y que cuidara las formas escrupulosamente para no contaminar ninguna prueba, pero nadie se acercó a menos de cuatro metros de aquella masa de materiales orgánicos chamuscados y malolientes. Y lo que sacó a Tim de quicio fue la voz socarrona de Lorenz jaleándole por el esfuerzo y dándole ánimos para terminar pronto y así poder redactar el atestado, forma sutil de ponerle sobre aviso que también ese trabajo le correspondía a él.   El producto final de todo aquello fue que el pobre Tim abandonó  la siniestra casa con una manta en cada mano anudadas a modo de fardos,   transportando por piezas las partes de Dorotea purificadas por el fuego y las que no lo estaban.  Finalmente las lanzó con desdén en la parte trasera del vehículo  fúnebre judicial. Cerró la portezuela del jeep con enorme rabia, pero no era el mejor día de Tim. La puerta rebotó en sentido contrario debido a que topó con el dedo gordo del pie izquierdo de Dorotea, el cual parecía protestar por el trato indecoroso al que se le estaba sometiendo. Sin preocuparle quién pudiera observar el siguiente movimiento, Tim descargó un furioso puntapié sobre el dedo con tal fuerza que la pierna entera salió de la manta y fue a parar a algún lugar del maletero.

-Estas cosas no te las enseñan en la academia-murmuró el ingenuo Tim. –La estética de este cuadro es impagable. Nadie ha tenido la previsión de traer esas bolsas de plástico asépticas que se cierran con cremallera. Las autoridades también son chapuceras-

El comisario, que ya estaba al corriente que  la llamada de aviso se había realizado desde la casa contigua, no perdió de vista en ningún momento la pequeña cortina blanca que de vez en cuando se corría ligeramente para ofrecer la visión de una señora regordeta que asomaba su cara mantecosa con curiosidad.

-Veamos primero si el forense ha terminado su trabajo y luego visitaremos a esta simpática dama, que, o mucho me equivoco o tiene bastante que decir  -pensó.

 

 

 

 

 

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