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13 min
SIMETRÍA CAPÍTULO VIII
Ciencia Ficción |
26.09.15
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Sinopsis

En la decadente localidad de Lasttown se están produciendo una serie de misteriosas muertes por combustión espontánea sin que el comisario Eric Moss consiga avanzar en sus investigaciones. En otro lugar un astrónomo aficionado, anónimo y fracasado, observa un extraño cuerpo celeste.

~~                            SIMETRÍA CAPÍTULO VIII

                 AARON


Aarón Anderson  llevaba una semana embargado por la emoción.   Por una vez pensaba que iba a  salir del anonimato al que el mundo le relegó. Su nombre pronto saltaría a la fama internacional y sería recordado por las generaciones venideras. La mediocridad que le acompañó durante cincuenta años de vida estaba dando paso al nacimiento de una figura relevante en la historia de la ciencia, a su forma de ver el mundo.  Si en algún momento le atacaba la idea que quizás se precipitaba imaginando un porvenir tan brillante, pronto la desechaba convencido que esta vez las cosas serían diferentes.  Atrás iban a quedar tres fracasos matrimoniales con las consiguientes demandas de bienes y pensión,  el retroceso en el escalafón laboral donde descendió de segundo del director general a simple copista y  el trauma que le produjo la huida de su hijo a un país extranjero para someterse a una operación quirúrgica de cambio de sexo, acompañado de una novia que conoció gracias a un programa de intercambio estudiantil.  También quedarían corroídos por la envidia los mal llamados compañeros de trabajo que conspiraron para conseguir que el jefe le rebajara la categoría profesional junto con los emolumentos.  Unas y otros renegarían por haberle maltratado de esa forma. Cercano el día del triunfo absoluto, acumuló en la memoria una buena cantidad de adjetivos que repartiría con equidad a todos y cada uno de esos personajes a su debido tiempo, si bien el mayor rencor se lo guardaba a un hermano que lo involucró en un negocio de compraventa de objetos usados que le hizo perder el fondo privado de la jubilación,  última garantía que le quedaba para no pasar la vejez en plena indigencia.


Por otra parte, de la mano de la celebridad vendrían ingresos económicos de diversas fuentes con los que atendería puntualmente el pago de las pensiones compensatorias y el alquiler del piso. De un piso  más lujoso y amplio que el cuchitril que ahora habitaba por culpa de la codicia desmedida de las brujas que le engatusaron mientras disponía de un escalafón social medio para abandonarle cuando la suerte comenzó a serle esquiva.  Y como todas las ramificaciones  del azar suelen mostrar su cara bondadosa o maligna acumulada en un corto período, tal vez las antiguas esposas a la vista de su renombre mundial decidieran perdonarle la pensión. A su vez –siempre en las ensoñaciones de Aarón- las perdidas amistades de su círculo regresarían más fortalecidas que nunca. Las viejas desgracias volverían transformadas en venturas con intereses crecidos.


Las ilusiones de Aarón tenían el fundamento en una pequeña afición que le venía desde la infancia y que  desarrolló sobremanera al quedarse solo a consecuencia del último divorcio: la astronomía. Antes de reparar en los misterios del firmamento, mientras transitaba en la búsqueda de hallar un sentido a la existencia y superadas las tentaciones suicidas, dado que también  fracasó en sendos intentos de cortarse las venas y ahorcarse, creyó encontrar la luz en grupos estrambóticos cuando no marginales. Primero se afilió a una facción orientalista que rendía culto a las obras de Lompsang Rampa, sin que ninguno de los componentes hubiera visitado jamás el Tíbet, ni supiera ubicarlo en un mapa;  luego comenzó a frecuentar ambientes espiritistas, pero el pobre termino perdidamente enamorado del alma de una joven aborigen de la isla de Pascua que vivió varios siglos antes y contactaba con él a través de madame Renoir famosa clarividente en esos tiempos. Para mayor desgracia de Aarón los honorarios que satisfacía a la médium eran prohibitivos para su cartera porque las dotes telepáticas de ésta incluían la traducción de la supuesta lengua nativa de la joven al idioma de Aarón.  Finalizó el particular purgatorio tratando de enrolarse en las filas de la orden Rosacruz, desistiendo al fin porque no halló la forma de contactar con ninguno de sus miembros de tan secreta que era esa sociedad.


En una fase anterior de su vida en la cual las finanzas le permitían algún que otro dispendio  compró un telescopio astronómico para curiosear en las noches de verano por la cúpula celeste. Durante largo tiempo el aparato se mantuvo ocioso, pues fueron pocas las ocasiones propicias para observar el cielo, pero una vez marginado el bueno de Aarón de la sociedad, se convirtió en su fiel y silente amigo. Y la estima que le tuvo cuando acumulaba polvo en sótano de su antigua vivienda unifamiliar aumentó considerablemente después, al ser el único bien que no le fue reclamado  por ninguna de sus tres ex mujeres en la vía judicial, debido a que a todas olvidaron inventariarlo cuando entregaron las respectivas listas de bienes y derechos gananciales a los abogados.


   Para familiarizarse en el uso  del catalejo y sacar buen provecho del tiempo  invertido mirando las estrellas, la luna y los planetas, adquirió varios libros y útiles relacionados con el universo, entre ellos un magnífico planisferio y varios mapas celestes. Poco a poco fue instruyéndose en el conocimiento de las constelaciones, las nebulosas y las galaxias, hasta que llegó a tener unas nociones ciertamente notables para un simple aficionado. También la particular anatomía de Aarón le ayudaba en  las observaciones porque sólo podía ver a través del ojo izquierdo. Conminado por la última mujer con la que mantuvo una relación para que probara un novedoso y revolucionario tratamiento contra la miopía y apartar de su faz las antiestéticas gafas que usaba, accedió de buen grado a intervenirse quirúrgicamente en una clínica ilegal. Algo no salió bien del todo en la operación porque Aarón no volvió jamás a ver con su ojo derecho. Al final, ciego de un ojo y resignado a su perra suerte, no accedió a demandar al propietario de la clínica ni al cirujano que le intervino para no buscarse complicaciones, según sus propias palabras; si bien  la experiencia le costó la ruptura con su novia, quién afirmó ofendida que si a duras penas había soportado el semblante de Aarón  con gafas, le iba a resultar imposible vivir de lleno en la repugnancia perpetua contemplando esa mirada deforme y siniestra el resto de la vida.


-Deberías llamarte Don Fracaso Constante, sólo serás primero en alguna lista en virtud de tu nombre- fue la última y lapidaria frase de despedida que Aarón escuchó de labios de la altiva ex novia.


  Lo que en principio fue un golpe muy duro para la ya maltrecha autoestima de Aarón, devino en una ventaja cuando practicaba la astronomía porque una vez centrada la retina del único ojo útil en la lente del telescopio, ninguna luz contaminadora venía a molestarle y podía contemplar las maravillas del firmamento en todo su esplendor.


   Una noche que se había auto impuesto realizar unas fotografías por una región alejada de la Vía Láctea topó con un objeto que le llamó la atención. En principio  le pareció muy extraño no reconocerlo, por lo que acudió a consultar diferentes mapas.  En ninguno de ellos se hablaba una palabra de tal objeto. El siguiente paso fue estudiar uno por uno todos los objetos citados en el catalogo Messier; tampoco aquí figuraba relacionado. Aarón estaba muy al corriente de cualquier descubrimiento astronómico que se publicara, así que temiendo le hubiera pasado inadvertido uno de tal relevancia, decidió buscar en Internet en las páginas de las mejores asociaciones astronómicas.  Empleó muchas horas nocturnas en la tarea sin resultados; el misterioso puntito blanco-amarillento que captaba el espejo de su telescopio al parecer permanecía oculto para el resto del mundo. A partir de ahí,  la idea de ser el descubridor de un nuevo cuerpo celeste le inundó de esperanzas. La astronomía era la única ciencia donde los aficionados podían hacer aportaciones y quizás la posteridad nombrara un asteroide con el nombre de Aarón. Para verificar las incipientes sospechas de que la diminuta manchita era propiedad exclusiva suya, adquirió en una tienda especializada oculares de mayor calidad óptica que le permitieran definir mejor el misterioso objeto.
El temor de Aarón a que alguien le adelantara, en lo que creía iba a ser una noticia de impacto mundial, le convirtió en un neurótico. Se levantaba de la cama hasta quince y veinte veces a lo largo de la noche para husmear en el ordenador alguna novedad funesta que anunciara el descubrimiento. Compraba periódicos y revistas, escuchaba los noticiarios de la radio y la televisión siempre a la espera de leer u oír la temida mala nueva de no ser ni el único ni el primero en saber del objeto. Para su tranquilidad momentánea una y otra vez la respuesta era negativa. Aarón había amontonado muchos sueños.  Se recreaba en la imagen de mandar a la NASA un informe completo  donde describiría calculadas con exactitud la órbita, la trayectoria y el resto de propiedades del astro y  recibiría como respuesta una invitación para conferenciar ante una multitud de eminencias admiradas. A partir de ahí charlas, viajes, invitaciones, cualquier cosa tenía cabida en las imaginaciones de Aarón.


Después de mil conjeturas, fotografías, comparaciones y diversos estudios, concluyó que, en efecto, la tenue luz no venía descrita en ningún sitio. El siguiente paso lo constituyó determinar qué clase de objeto era. El nivel de Aarón en la materia así como el instrumental que disponía quedaban muy lejos para poder medir la distancia del cuerpo celeste, pero todo apuntaba a que  debía de tratarse de un cometa. Resultaba del todo imposible que una galaxia, una nebulosa u otro objeto gigantesco permanecieran  en el anonimato para los científicos, mientras que un asteroide era muy pequeño para verse en  su modesto telescopio. Sin embargo, a medida que pasaban los días y las mediciones de Aarón se hacían más precisas, confirmó un detalle que le comenzó a inquietar porque podía llevar camino de arruinar sus sueños de gloria. El punto de luz no se movía con respecto al fondo de las estrellas, lo que descartaba por completo que fuera un cometa. Es más, cuando reveló algunas fotografías de larga exposición tomadas con el ocular más idóneo para el cielo profundo, pudo distinguir que había dos cuerpos claramente diferenciados si bien muy próximos. Lo que con cristales más burdos se veía como una mancha de un color claro indefinido con los adquiridos recientemente de mayor resolución se transformaba en un sistema binario. La luz que quedaba a la izquierda para el observador era de un blanco centelleante mientras que la que permanecía a la derecha era blanquecina sin destellos. Aarón ideó un sistema un tanto tosco y rudimentario, aunque efectivo, para comprobar si la relación entre  ambas partes tendía  a unirlas o alejarlas o si, por el contrario, seguían estables en el mismo punto u orbitaba una alrededor de la otra.  Con cierto margen de error llegó a concluir que sin duda se estaban acercando. Lo cual entrañaba un segundo y no menor problema, si provenían de lugares distintos quedaba anulada la posibilidad de que anteriormente fueran un único objeto en expansión. Otro inconveniente vino a añadirse conforme Aarón dedicaba más y más tiempo a la observación. Un finísimo filamento unía las pequeñas nubes. Era tan estrecho que en un primer momento pensó se trataba de un reflejo o alguna pequeña raya en el ocular. Pero el hilo seguía existiendo cuando cambió el telescopio de posición y fue sustituyendo ocular tras ocular. Sin duda una cantidad de luz o energía estaba fluyendo de una nubecilla a otra. Y la cuestión se complicaba más al observar que la corriente que los unía era discontinua puesto que no siempre podía apreciarse; unas veces se podía discernir perfectamente con nitidez, sin embargo, en otras desaparecía o se mostraba como una serie de pequeños segmentos espaciados por el vacío.


El dejar esas incógnitas abiertas frustraba el deseo de Aarón de dar a conocer a la opinión pública su gran secreto. Pese a que la primera impresión para todo aquel que le conociera era de ser un hombre poco dotado intelectualmente, en honor a la verdad habría que reconocerle su espíritu perfeccionista. Se prometió a si mismo, a falta de  compañía con quién conjurarse,  que no publicaría nada sobre el asunto hasta desentrañar la naturaleza de esas luces causa de sus desvelos. El descubrir un objeto en el cielo le podría dar una notoriedad transitoria como aficionado, pero si  aportaba una tesis correcta sobre cuerpos celestes desconocidos   tenía el futuro garantizado.


Absorto como estaba en la astrofísica, que le ocupaba las noches enteras, no tenía por las mañanas el ánimo ni  el cuerpo más adecuado para acudir al trabajo, así  que se presentó ante su médico de cabecera, vestido como un vagabundo, aspecto que en los últimos tiempos era frecuente en él,  con un parche negro unido a una cinta de terciopelo, del mismo color, que trazaba una diagonal sobre su pelambrera que le tapaba el ojo derecho,  coaccionando moralmente al doctor bajo el argumento de que las ideas suicidas le atormentaban de nuevo con más virulencia que en el pasado. El galeno, más célebre por su benevolencia con los maníaco-depresivos que por la eficacia de los tratamientos que recetaba, no opuso el menor reparo y, de inmediato, le extendió la baja médica laboral de duración indefinida.
La expresión de Aarón cambió radicalmente al abandonar la consulta. Una especie de alegría salvaje le inundó.
-Ha llegada mi hora- dijo hablando solo. No descansaré un minuto hasta aclarar este misterio del cosmos y enviar los resultados a la comunidad científica.
 

 

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