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8 min
Simetría VI
Ciencia Ficción |
12.09.15
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Sinopsis

El comisario Moss, ante la falta de resultados en las pesquisas relativas a las muertes por combustión espontánea que se están produciendo en Lasttown, decide iniciar una linea de investigación diferente.

                                             UN PLAN

 

 

Isaac Lorenz y su inseparable Bob Harvey se hallaban en el pub “El elixir de la vida” contiguo a la comisaría,  discutiendo con pasión en torno a las propiedades terapéuticas de la cerveza. El rótulo del establecimiento  formado por letras de neón, la mayoría de las cuales estaban fundidas, hacía honor al nombre del local. Se trataba de un garito miserable e  infecto del que milagrosamente nadie salía contaminado, quizás por obra de las toneladas de alcohol que allí se servían y exterminaban toda clase de gérmenes y bacterias patógenas. La decoración, por denominarla de alguna forma, consistía en un abigarrado y heterogéneo conjunto de cacharros pretendidamente antiguos que guardaban escasa o nula relación entre si. Una oxidada tetera falta de tapa que colgaba del techo junto a la reproducción en miniatura de un avión de plástico de la Primera Guerra Mundial, constituían los dos artilugios más aparatosos y visibles a los visitantes. El resto de enseres parecían un muestrario de objetos extraídos de un sórdido trastero.  La pared principal de detrás del mostrador semejaba un desagradable mosaico de colores sucios debido a que conforme iba saltando la pintura, nadie se preocupaba por repararla. Unos cuadros con dibujos de coches de época a duras penas ocultaban la humedad y la grasa. Tal era la combinación de tonos que nadie podía determinar el color primitivo que debió lucir. Los rincones se decoraron en su momento con papel pintado típico de los años 70 que ahora se despegaba fácilmente con la mera rozadura de un mueble. Del espacio vacío que iba formándose entre las paredes y el papel pintado, surgían a los ojos del observador pequeñas y rápidas alimañas que correteaban presurosas hasta esconderse detrás de los cuadros de los coches. En su fugaz movimiento costaba determinar a la especie que pertenecían, pero de no ser cucarachas se asemejaban bastante. Y por último, el mobiliario compuesto por mesas y taburetes de hierro engordó su altura en algún que otro milímetro a lo largo de los años, pues la capa pegadiza que los embadurnaba diríase que no era original de cuando fueron fabricados. La pobre iluminación, compuesta por un par de lámparas con una bombilla cada una, disimulaba un tanto las miserias del establecimiento, pero ayudaba en buena medida a que la atmósfera del lugar alcanzara el calificativo de viciada.  El propietario del bar, a la vista de que la falta de inversión no mermaba la clientela en absoluto y  la recaudación en lugar de bajar aumentaba, consideró lo más conveniente mantener intacto ese hábitat híbrido de personas e insectos.

La cerveza centraba largas horas de tertulia en el antro, unas veces en torno a su gran poder para fomentar la relación social, otras se debatía sobre la cultura autora de su descubrimiento,  atribuyéndola unos a Mesopotamia, otros al antiguo Egipto y los más influenciados por el cine a los vikingos. Algunas veces alguien de los reunidos daba una clase magistral de cómo producirla.  En esta ocasión la charla derivó en su vertiente medicinal.   Lorenz, autoridad de reconocido prestigio en la materia, defendía con sólidos argumentos la superioridad de la rubia, mientras que Bob, sin llegar a contradecir al sargento, opinaba que la tostada era un regalo para la salud. Ambos, brillantes oradores en esa parcela del saber, crearon sendas corrientes de opinión. Reclutaron cada uno para su causa a la mayor parte de feligreses de aquella parroquia, policías y civiles, quienes defendían con mayor pasión aún que sus líderes las posturas respectivas. El vocerío de los congregados llegaba a ser ensordecedor en el cénit de las disputas. Unos y otros, gritaban exaltados y  apuntaban frases, relatos, historias derivadas de la cerveza y sus milagrosos poderes curativos, sin que ninguno de los presentes dudara de la autenticidad de los disparates que proferían cada uno de ellos. Un abogado con pinta de petimetre aseguró que ya se estaba experimentando con la cerveza en el tratamiento de enfermedades como el cáncer y la diabetes, según le informó un primo lejano que  conocía el secreto gracias un amigo que trabajaba en un hospital del que nadie había escuchado jamás el nombre. Una voz chillona, surgida del grupo seguidor de la doctrina de Lorenz,  abundó en la tesis sin contradecirla, al afirmar con rotundidad que los médicos solo esperaban la legislación adecuada para recetarla.  Y a pesar del ahínco que todos empleaban en la discusión, nunca la polémica llegó a mayores porque al final todo el mundo convenía, alrededor de innumerables jarras, que eran perfectamente intercambiables una por la otra. También Timoteo Curtis, otrora abstemio empedernido, se hizo visitante asiduo de la taberna, augurándole los compañeros una brillante carrera en el arte de beber y bastante menos espléndida en la policial.   En el momento que las lenguas se tomaron un respiro para que se extasiaran los paladares, apareció algo difuminada por la nube de humo reinante, la figura del comisario Moss. Ninguno de los presentes se inmutó lo más mínimo ni hizo gesto por cambiar de postura, en muchos casos bastante indecorosa. Eso si, las miradas recelosas y un tanto estúpidas de la concurrencia se centraron en el intruso. Por fortuna, los temores desaparecieron pronto. Eric, dándoselas de interesante y sin censurar la actitud de la asamblea de borrachos, les contó que gracias a que había untado a un confidente estaba detrás de una pista muy real en el asunto de los quemados. Urdió una historia absurda para alejar a los patanes de la zona que quería transitar sin molestias aquella misma noche. Con la excusa de no llamar la atención, diezmó a  tres cuartos de la pandilla concediéndoles la noche libre y relegando al resto a la parte opuesta de la ciudad, donde debían tener los ojos bien abiertos y no moverse bajo ningún pretexto dado que iban a producirse “novedades”.  Los más inteligentes encontraron el plan genial, mientras el grueso del grupo asentía con la cabeza estúpidamente con sonrisas de complacencia. Para rematar el plan decidió pagar de su cartera otra ronda. En principio quiso depositar unos billetes en la barra, pero ante la imposibilidad física de hacerlo, puesto que un enjambre numerosísimo de jarras, todas vacías, no dejaba un centímetro de espacio libre, optó por indicar al dueño del próspero local que aquello lo cargara en su cuenta. No recordaba Moss haber visto jamás lágrimas de gratitud en los ojos de sus pupilos como en esta ocasión. O quizás tanto líquido tuviera que aflorar por algún lado.

 

Bob Harvey, desinhibido por los vapores del alcohol y encontrando al comisario más receptivo y condescendiente que nunca,  se atrevió a sugerirle  la posibilidad de abrir una puerta interior que comunicara la comisaría con la taberna y evitar tener que salir a la calle en cada ocasión que accedían de una a la otra. Moss esbozó una sonrisa enigmática ante el comentario, pero no dijo nada.

Así pues, Eric abandonó el lugar jaleado como un héroe y escuchando a sus espaldas innumerables bravuconadas respecto a que cada uno iba a cumplir con fe ciega la orden encomendada, en especial, a los que más se les oía fue a quienes se les encargó quedarse en sus domicilios.

Con la tranquilidad de que no le iban a molestar en un par de horas, Moss se sentó en su despacho de la comisaría y encendió el ordenador. El silencio reinante y la posibilidad de trabajar sin ser interrumpido le elevaron el ánimo.

-Es penoso tener que trabajar fuera de horas para sacar algo en claro –pensó   Tenía por costumbre leer antes que nada los correos electrónicos por si había alguna orden o asunto que no admitiera retraso,  sin embargo, por una vez cambió la norma. Accedió a la página Web del Ayuntamiento y buscó el campo correspondiente a las necrológicas. Con el ratón fue pinchando en los segmentos que marcaban las últimas defunciones acaecidas en Lasttown. Encontró veinticuatro muertes sucedidas recientemente. Apuntó con esmero cuantos datos le interesaron de tres de ellas, descartando muchas otras en base a filtros que él mismo consideró previamente. Le interesaron solo las muertes naturales sobre las que no recayera la mínima sospecha de violencia de ningún tipo.  Luego fue contrastando la información con la que constaba en la comisaría saltando los casos que se practicaron autopsias. Cruzó los datos relevantes hasta tener su propio dossier paralelo de los asuntos que le convenían. Para terminar imprimió un mapa del cementerio de Lasttown y lo estudió detenidamente. Fumó varios cigarrillos hasta que consiguió dibujar de memoria una aceptable reproducción del plano.

-Perfecto –murmuró- ahora solo necesito proveerme de los aparejos adecuados.

 

 

 

 

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