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12 min
Sin Destino
Varios |
22.04.15
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Sinopsis

Nuevo relato. Estoy contento con el resultado.

Hay palabras que son similares entre ellas. Dos de ellas son Suerte y Muerte, capaces de definir tu vida. Puedes tener suerte y salvarte de la muerte, o no tenerla y no ser capaz de escribir estas palabras. De esos similares, casi sinónimos, he meditado sobre Sentido y Destino. No he profundizado, pero su etimología debe contener una similitud. A mí nunca me ha importado el destino, ¿para qué? Si encadenados a los días nos dejamos llevar, si hasta los que han escapado se buscan a sí mismos entre posesiones y logros. El destino debe de ser un invento de la esperanza. Aun así –cosas de esa vida predecible que a veces te da sorpresas– me encuentro en un bar debatiendo con un más que curioso parroquiano. Intento invitarle yo a las cervezas, pero alega “que no es mi destino hacerlo”. La trama de la vida es un pañuelo.

Conocí a este compañero temporal por Internet. Ni chats, ni foros, ni tonterías de esas. El caso fue que navegando entre derroteros que no se ven encontré una web donde poder hacer tratos de cualquier tipo. Cualquiera. Pensé y descubrí demonios conforme leía las opiniones, y me pareció original y gracioso el ambiente tan logrado de aquel lugar. Había leído sobre lugares igual de raros donde poder comprar y vender fantasmas; o donde poder fabricar muñecos vudú auténticos, pero ese fue de los que más me gustó. Sin inmutarme, accedí a que viniesen a ofrecer mi trato, interpretando por aburrimiento a un hombre que lo anhela y tiene todo y que nada lo satisface. A las pocas horas alguien llamaba a mi puerta. Me levanté pensando en uno de esos típicos comerciales de seguros y, bien, algo así me encontré. Decía ser uno de los demonios solicitados, y me costó librarme de él. No le di importancia pero, ahora que lo conozco mejor, comprendo que se sintiera entre impresionado e impotente porque su carisma no ejerciera poder sobre mí. De normal la gente sensata suele escuchar, me dijo el demonio en la barra varios días después en el bar cualquiera donde lo encontré.

Charlamos sobre los infiernos y he de admitir que no me impresionó, en todo caso me mostré divertido por compromiso. Él cada vez parecía más desconcertado, o puede que estuviera dejando acrecentar la fascinación. Al principio de encontrarlo estaba enfadado, de la misma forma que cuando lo despaché, como si aún le durara desde el mismo instante, pero me invitó a la primera cerveza y se le pasó. Fue un cambio de humor radical, pareciendo que le alimentase invitar.

Poco a poco profundizamos en nuestras personas y él me explicó que, de mientras, ellos también tienen derecho a gastar el tiempo. Contó que le encantaba realizar tratos, especialmente con otros demonios. Explicó que el poder de un demonio se limita al pacto, incluso antes de realizarlo si acaso es el deseo real oculto del cliente. Por eso mismo iba pidiendo a demonios deseos tan estúpidos que limitaran su poder. Así se rebaja un poco el ego y recuerdan que son unas criaturas más de tantas del Creador. Los demonios más poderosos son aquellos que se han dejado llevar demasiado, y necesitan de unas lecciones al alcance de pocos. También me cuenta que un trato con un demonio no tiene el porqué ser directo, algo tan sencillo como nombrarlo en una canción o relato es suficiente. Eso explica por qué la música buena se los lleva jóvenes.

Una cosa lleva a la otra y una risa a la otra. La verdad que rio por compromiso y él se percata. Pregunta sobre mi desazón y sin pensarlo le cuento que no me motiva nada, que si me pidiese hacer un trato no lograría poder alguno.

–Puede que tu deseo sea tan grande que no puedas definirlo.

Eso me anima y me extraño. En mis ojos se delata una respuesta y él me insta a escupirla. Accedo y se queda boquiabierto; imagino que debo de ser de los pocos humanos que han visto a un demonio sorprenderse tantas veces.

 

Mi deseo real oculto me llevó a sentarme en la terraza de mi hogar. El demonio confesó no estar a la altura de mi designio y me indicó, si así de verdad lo quería, el modo de llegar al único capaz de cumplir tal voluntad. Me dijo que desde el atardecer al alba quedara mirando fijamente al lucero del alba. Era el modo de alcanzar mi deseo, y me dejé llevar una vez más. Quizás la última vez más.

Atrapado por el frío de la noche y mis pensamientos a la par, observé a la estrella que en verdad es un planeta. Conforme sangraba el cielo empañando de negro el todo, olvidé qué significaba la palabra planeta. Mi conciencia se fue desangrando también y poco a poco atribuí convencido que esa era la única estrella del cielo, un sol real lleno de energía infinita. Su luz fue borrando la negrura, creando un nuevo cielo blanco que no había visto jamás. Temía mirar el reloj –antes de olvidar el concepto del tiempo– por si acaso me sacaba del trance percatarme de las horas que habían trascurrido mirando al lucero. Su luz llegó al punto de impedirme pensar en nada más, y creo que hasta olvidé cómo respirar.

 

¿Qué quema más? ¿El hielo o el fuego? Tal duda me surgió cuando comencé a caminar entre picos de hielo grueso, geométricos en sus puntas. Mezcla de cubos y pirámides blanquecinas, azuladas, parpadeantes o casi transparentes marcaban el camino, como si acaso estuviese caminando en el mismo cielo nocturno que había quedado invertido. Una niebla espesa impedía ver mis pies, y una impresión al no ver salir vaho de mi boca me abarcaba. Allí no existía el frío porque no era necesario, porque, imagino, hay modos más eficaces y reales de afectar y dañar.

El recorrido resultó extenso, no sorprendiéndome si descubriera que era infinito. La monotonía del paisaje helado y oscuro, carente del sentido de cielo o techo, me fue hipnotizando. Al final anduve sin más, no sabiendo si la fatiga me afectaba, temiendo recuperar la conciencia y que de golpe cayera rendido, casi muerto... encontré el motivo del camino. Él.

Sobre un trono esculpido con paciencia de siglos se hallaba el ser más hermoso. Andrógino, de largos cabellos entre rizados y lisos, blancos como su reino. Ojos incoloros como su piel o labios. No era alto, pero suficiente para imponer la voluntad que improvisara en ese mismo instante. Su postura era descansada y ladeada, como el del clásico señor al que dos esclavos abanican. Qué vulgares parecen esos reyes en comparación.

Sabía a qué venía, pero era necesario que lo explicase. Era necesario que lo sintiera y confesara, que lo rogara aunque no lo mostrase, arrodillado en alma, llorando en lo invisible como ofrenda a la grandeza de uno de los primeros hijos...

–No eres creyente, deja de actuar.

...sólo existe un concepto...

Mi mente se calmó y recordé quién era. Lo miré y mis emociones no mitigaron. Aparté la mirada para charlar con Él.

...no hay Él, sino muchos...

Analicé su comportamiento tan pasivo, como si de tanto aburrimiento ésto mismo hubiese sido olvidado o muerto. Alrededor había luz, y eso me obligaba a pestañear más de la cuenta. Él sin embargo no lo hacía, resultaría un gesto tan débil como molestarse por mirarse en un espejo.

Para no hacer esperar a alguien como ese ser, apresuré a confesar el motivo de mi visita que de todas formas ya sabía. Le nombré como el príncipe de lo que era y me corrigió que le confundía con nuestro hermano. No quise seguir pasándome de listo:

–Verá –inicié–, estoy atrapado y quiero ser libre. ¿Tanto es pedir?

–No culpes a la forma de ser de la sociedad, ella se limita a cumplir y lo está haciendo bien. Los humanos queríais una perfección y equilibrio digna del Edén. Nunca os conformáis.

–¿Es por eso que morimos? ¿Porque nunca estamos conformes?

No respondió. Sus palabras no debían ser gastadas en cada pregunta aunque pudiese responderlas a todas durante años.

–Como le dije al demonio del bar –dije y tragué saliva–. No quiero tener destino.

Él no habló ni se sorprendió. Así debía ser.

–Tengo derecho a no tenerlo, ¿verdad?

Alzó una mano.

Estuve expectante, entornando la vista por lo débiles y doloridos que estaban mis ojos de tanto aguantar la luz, entre artificial y natural. Fue entonces que bajó el brazo, dando la impresión de que jugaba o experimentaba con mis reacciones.

–Cada uno tenemos asignada una estrella del cielo –dijo–. Sal y búscala. Yo haré el resto.

...así tiene que ser...

 

Desperté. Tardé unos segundos –o minutos, no quiero saber– en pensar con claridad. Supe que no había sido un sueño. Esperé a la nueva noche para buscar por mi estrella.

Cómo encontrarla depende de cada uno, pero en mi caso no fue difícil. Sabía muy bien lo que quería y eso influiría. En mitad de un bosque sin nombre, me fijé en las estrellas del cielo nocturno que asomaban entre las negras ramas y hojas oscurecidas. La ausencia de luz facilitó la visión del vestido de la noche. Me acerqué a un árbol que me atrajo de especial modo. Olía a animal y putrefacción. No me importó, fascinado por la estrella que justo asomaba entre dos ramas gruesas y retorcidas del árbol, tan enorme la casualidad como la visión que tapaba su infinidad de hojas.

No sé cuánto tiempo pasé observándola, con una sensación de familiaridad a pesar de no saber ni su nombre. Me recordaba a los bellos ojos sin color del caído, aquellos que no pestañean jamás. Entonces, un brazo digno de una pintura del Renacimiento, surgió dentro de mi vista –¿o fue en el mismo cielo?– y realizó un movimiento descendente. Atrapó a la estrella como si lo hiciera con una mosca. La luz ya no estaba.

Reconozco que los primeros días me sentí feliz y egoísta. Miraba a los demás como si fuese superior, sentimiento que fue evolucionando a una nueva clase de apatía. Me llamaron del trabajo para saber por qué no acudía. La respuesta les dejó claro que ya no me importaba. No volví a ver a mi jefe, y eso vale mucho. Creo. Semanas después intuyo que me tocó la lotería o algo parecido, pero no lo sé cierto. La verdad que me da igual. Dejó de importarme hacer el amor con mi novia o con la vecina. Ella se fue sin decir nada, ¿o sí que discutimos? Creo recordar que también tenía un perro, pero no lo encuentro. Sólo queda el cuenco donde comía, vacío desde entonces o antes.

Me cansé de mi casa y me mudé. Me cansé de mi ciudad y me mudé. Me cansé del país y me fui lejos como un nómada. Al principio sabía dónde iba, pero cuando ya vi todo lo que quería ver sin impresionar mi rostro, comencé a seguir al sol. Por la noche el astro ignora al mundo, así que comencé a seguir al lucero del alba por motivos que no entiendo.

Años después, sigo vagando. Tampoco sé decir cuántos kilómetros llevo. Sencillamente los llevo. Ahí están y estarán. Mis medidores hace tiempo que se fundieron. Pero da lo mismo, lo importante es seguir esas luces, encontrar el motivo del porqué lo hago. ¿Qué hallaré?

¿Lo encontraré? De ser así, me da lo mismo.

 

 

Donde el hielo jamás se derrite, Él crea a partir de barro y hueso un ejercito de no nacidos. Su última adquisición es el hijo de alguien que esquivó a su destino. No resultaba el primero, ni sería el último. El nuevo soldado era un hombre que iba a ser un gran ingeniero, revolucionario. Ahora la humanidad no podría disfrutar de sus ideas, tendría que esperar a que otro las creara tarde. Siempre tarde.

...nunca es pronto...

Pero no permitiría que los talentos se desperdiciaran. Sería uno más para el ataque final. Lo hacía para demostrar a su padre que le daba la razón, que Él, el Creador...

...o Creadora...

...una vez más tendrá razón. Es el equilibrio, cuando lo derrote demostrará con designio que hay un principio...

...y un final...

No hay otro modo. Nunca ha existido el destino, sino lo que tiene que ser...

...y será...

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