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5 min
Sin Nombre (Bautiza al Relato)
Reflexiones |
09.12.14
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Sinopsis

Porque estas cosas ocurren.

Es bien sabido por todos que la evolución nos va haciendo cómodos; para ser justos, diremos que nos facilitan las tareas.

En un tiempo sucede la invención de una superficie fría y plana que ayuda a la mente. Imaginamos una escena, y el plano obedece para mostrarla e incluso mejorarla con sugerencias. Poco a poco vamos aceptando esas ayudas y consejos hasta el punto de imaginar un inicio para que el resto surja sólo.

El aparato tiene otra función o modo basado en los recuerdos. Las ondas son similares –por eso los recuerdos con el tiempo se van distorsionando– y no hay problema para ver plasmado en imágenes brillantes esos momentos que nos alegraron o que nos rompieron el corazón una y otra vez, una y otra vez...

Uno de los últimos modelos del invento posee una función para producir objetos gracias a una impresora a la última para igualar el nivel del concepto. Como ejemplo más utilizado, uno puede recordar su infancia y, automáticamente sin permiso, el plano deshecha un sólido oscuro y húmedo (del cual se sigue avanzando en intentar mejorar su olor) que oculta un pequeño objeto relacionado con el pensamiento. Muchos son los que han recuperado sus viejos juguetes perdidos o supercherías de las que creábamos sin más cuando apenas comprendíamos qué significaba o se consideraba arte. Dibujos sólo comprensibles por nuestra alma o titiritas de las primeras heridas han podido recuperarse al ser reproducidas con exactitud por el invento del siglo, envueltos como especie de regalo por esa sustancia química de la que no hay que preocuparse al ser desechable.

 

 

El tiempo ha pasado y se ha visto el cambio en el color. Nadie parece darse cuenta, ya nadie parece recordar el verde exacto del parque al lado de su casa o del tono de las nubes conforme uno sale a la periferia.

Para huir de mis congéneres, me adentré en el mar, lugar donde casi nada accede. Allí nadé y busqué por mi vida arrebatada por la imitación en sociedad. No me encontré, y en un momento donde casi me ahogué creí comprender una verdad. Fue tal la conclusión que perdí la noción de mi cuerpo, como si la propia luz de Dios me deslumbrara y me obligara a dejar de ser persona al sentirme tan insignificante.

Entonces regresé a casa.

Al abrir la puerta me sobrevino el fuerte olor. Mis ojos se aburrieron por el constante tono de las paredes vacías y la capa gris de olvido. Vi en cada rincón a las nuevas inquilinas y espanté al único okupa de mi vida, resguardado ahora en un agujero desconocido o en el fregadero.

Lo único que presume de una sentido es el aparato.

Enciendo y, sin darle tiempo a sugerirme con qué disfrutar, le envió la pregunta que el mar me dio sin cuidado. La respuesta debe resultar tan mortal como el suceso que casi acaba conmigo, porque el aparato se torna negro y queda estático. Aun mudo desde el primer día, noto como si se hubiera callado para siempre.

Salgo a la calle y vislumbro a la realidad como si fuese la primera vez que la viese. Creo comprender y miro cada ventana de cada edificio. Sonrió de pena por cada persona allí dentro, tan sola al quedar acompañada de los aparatos y sus bastardos artificiales. Cierro los ojos y vuelvo a formular mi hipótesis, convencido que sólo esa misma realidad puede comprender debido a que está hecho de la misma materia...

Me vi en el fondo del mismo concepto del agua más oscura. Allí peces indefinibles me rodearon y huyeron a la mínima reacción de mi cuerpo. Nadé y fui uno con ellos. Hablé en silencio y juro que me respondieron en un lenguaje sin palabras. Supe que vivían y que sentían como nosotros; casi idénticos en alma, salvo que no eran conscientes de que existían. Sabían vivir y morir, como todos, pero no comprendían que eran algo dentro de otro algo que flota en el algo más inmenso de todos.

Ahí nació mi duda.

Si los peces no son conscientes de lo que supone el resto de vida, ni del lugar de lugares donde habitamos, ni de las creaciones y logros que el humano ha logrado, ¿nos sucede igual a nosotros? Son inconscientes de las maravillas de vivir aun expertos en ello. Son ignorantes de las creaciones ajenas, ya sean naturales o de nuestra raza. Por mucho que se esfuercen, no comprenderían nunca qué supone que existan los coches o los aviones, los pasos previos hasta llegar ahí... y así con innumerables de eventos más. Muchos más.

Mi pregunta es si acaso somos como los peces, si por mucho que nos esforcemos nunca empezaremos a conocer el sentido que se nos escapa y que sin embargo nos rodea. Nadamos y evolucionamos, y sólo quizás así entenderemos el “qué” que está oculto a la vista.

 

 

El paisaje urbano cambia durante una décima perceptible. Sucede una diferencia que tiñe los árboles del parque y a las nubes más alejadas, como si un pincel con tinta invisible se hubiese arrastrado moribundo y reseco, casi duro, en su punta, la representación de su corazón. Sólo una persona logra verlo. Con ello siente que el suceso puede repetirse, que la próxima vez será más intenso y extenso aunque sea en un mínimo. Después ese mínimo aumentará aunque sea otro mínimo... de mientras, continuará:

Continuará pensando y dejando en negro al plano.

Continuará buscando y dejando en blanco a la mente.

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