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18 min
Sirena
Amor |
08.12.14
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Sinopsis

Un joven conoce a la mujer de sus sueños, sin saber que desde mucho antes, ella había soñado con él, en otro mundo, en otra vida...

Sirena

Años atrás, viví la historia de amor más intensa de mi vida. ¿Por qué digo que fue la más intensa? En aquel momento no tenía la edad suficiente para comprenderlo, pero hoy, sentado frente a las olas que iluminan mis recuerdos de antaño, puedo entender que el amor más puro y sincero se vive cuando se es joven, cuando el cuerpo aún no conoce los placeres de la carne y el corazón parece estallar con cada palabra, cada caricia, cada suspiro, en cada beso dado en un atardecer con la brisa suave del verano tibio de Concepción. En fin, éste es mi relato:

Algunos meses antes de salir de vacaciones de verano, cursando mi último año de enseñanza media, conocí a una muchacha, es decir, no la conocí, sólo descubrí su existencia, que estaba en el mismo colegio que yo, en la misma ciudad, en el mismo mundo (o eso creí hasta entonces)… mis ojos se detuvieron para verla pasar frente a mí, sin que ella advirtiera siquiera que la miraba, extasiado, como si descubriera algo que nadie más conociese, como si el mundo bajo mis pies se derrumbara en un segundo. Por unos amigos supe que cursaba cuarto medio igual que yo, y mi deseo de esperarla fuera de la sala de su curso me atormentaba a diario, pues no era lo suficientemente bueno con las palabras, ni con las acciones cuando se trataba de chicas, y mi inmaduro corazón se desbocaba al verla en los recreos, en los pasillos…en resumen, estaba total y completamente embrujado por sus ojos, los ojos más verdes que hubiera visto jamás.

Un día, en que el calor del verano se acercaba, dejando atrás las brisas primaverales, decidí esperarla a la salida del colegio. Pensé las mejores frases para saludarla, excusas perfectas para acercarme a hablarle… pero apareció tan de repente…

- Hola…- Le dije al fin, torpemente con la respiración agitada y la voz temblorosa, debe haber sido el peor saludo de mi existencia.

- Hola- Dijo ella naturalmente, me miró unos segundos y al ver que no reaccionaba, siguió caminando.

Esa tarde me sentí tan estúpido, tan cobarde, que no quise ir al otro día al liceo, mi madre preguntó si me sentía mal y le dije que no tenía fuerzas para levantarme, así que me dejó estar en cama todo el día, mientras yo me sentía el estúpido más grande del planeta - ¿Qué habría pensado esa hermosa joven de mí? No quería averiguarlo, y esa noche, después de hacer unos trabajos pendientes y de repasar inglés, me fui a dormir, a la espera de otro día sin hablarle a la joven de los ojos felinos.

La mañana siguiente, me quedé dormido, por lo que al sonar el timbre, me apuré por correr hasta mi sala, no quería tener que pedir pase de atraso, (además había faltado el día anterior) subí corriendo las escaleras que daban a mi clase, cuando la veo… estaba sentada en una banca fuera de mi sala, con su cabello ondeado y claro, sus pestañas perfectas, su piel tersa y blanca… Paré de golpe, quería ahorrarme la vergüenza de tener que verla después de lo sucedido y me di la vuelta para bajar nuevamente la escalera. La puerta del salón de clases ya había sido cerrada, miré hacia atrás y por algún motivo, ella parecía no querer irse aún.

- ¡¡Oye!!- Me gritó- a ti te estaba esperando, si tienes algo que decirme, ven y hazlo antes de que nos obliguen a volver a nuestras aulas…

Casi por inercia di la vuelta y retrocedí sobre mis pasos, ella estaba sonriente, no parecía molesta, tampoco tímida, y me senté junto a ella, sin dejar de pensar en el enorme castigo que tendría por llegar tan tarde.

- Mírame- Me dijo- Y mis manos temblaron solo con oír el sonido de su voz…

- ¿Porque estás aquí?- pregunté tontamente, (ya que ella había dicho que estaba esperándome)

- Porque después de que alguien me saluda, considero natural charlar con ese alguien…

- ¿En serio?

- No.

Hubo un silencio sumamente incómodo, por lo menos, para mí.

-La verdad… también llevo un tiempo observándote, me recuerdas a alguien, no sé a quién, ni por qué, pero te me haces tan familiar- Dijo ella, sin mirarme, con la vista fija en sus zapatos.

Ella se acercó a mi rostro, me dio un beso en la mejilla y se levantó para marchar a su sala.

En estado de éxtasis, no pude más que quedarme viéndola partir, para desaparecer tras la puerta. Por mi parte, entré a mi clase, esperando un sermón

- Señor Rubén, pase rápido a sentarse y no me distraiga a la clase.

- Sí profesora.

Pasé a mi puesto y escribí mil veces en mi cuaderno… ojos verdes, ojos verdes, ojos verdes…puesto que no había tenido la genial ocurrencia de preguntarle su nombre.

Esa tarde no la vi al salir, ni el día siguiente. Quería hablarle y preguntarle tantas cosas, pero no podía, no la encontraba y mis desesperados ojos la buscaban por todas partes en mis tiempos libres, y veía pasar multitudes de jóvenes y jovencitas, ninguna más encantadora que ella, ninguna con tanta gracia al caminar, ninguna…

- Hola.- Mi corazón dio un vuelco.

- Hola… Ese día, no pregunté tu nombre…

- Camelia.

- Rubén

- ¿Quieres caminar conmigo?- Preguntó más como una orden que como una invitación.

- Por supuesto…

Caminamos juntos por la calle, y luego nos dirigimos a un parque cerca de allí. Prometí ir a dejarla a tomar el autobús más tarde. Extrañamente, estuvimos casi todo el tiempo en silencio, al principio, me sentí incomodo, después, sólo me dejaba llevar por el camino ya trazado por otros pasos, ella me miraba y sonreía, y yo no entendía por qué.

- Yo te conozco- Me dijo de repente

- ¿Ah si? Pues yo también a ti. Eres la chica del curso que queda en el mismo piso del mío.- Pensé que le causaría gracia mi comentario, pero me miró seria y fijo. Nos detuvimos.

- Rubén, yo te he visto antes, no en el colegio. Me trasladé este año y por alguna extraña razón, sabía que tus ojos me seguían, pero nunca me atreví a preguntarte por qué lo hacías. Yo en cambio, sé por qué te hablé, y si no crees lo que voy a decirte, es porque no eres la persona que pensé que eras y no volveré a verte nunca más…

(Mi corazón se partió)

- Rubén…Yo soñé contigo… mucho antes de conocerte. Quisiera saber si has soñado conmigo tú también…

Estaba atardeciendo, y los faroles se encendieron por el camino que tantas personas recorrían al igual que nosotros, sólo que para mí en ese momento, no había nadie más que ella y yo.

- Camelia, he tenidos sueños, sí, y qué más quisiera yo que soñar con alguien tan hermosa, es sólo que… no estoy seguro de haberte visto en alguno de ellos…

- ¿Crees en el destino?

- ¿Destino? No lo sé, ¿tú crees en él?

- Sí.

Caminamos un poco más hasta sentarnos en unas bancas que quedaban justo bajo un farol. Estaba anocheciendo ya. No recuerdo por cuanto tiempo estuvimos callados, ella apoyó su cabeza en mi hombro, y yo me sentí feliz, el aroma de su pelo me era familiar y agradable y no quería que el tiempo siguiera pasando, hubiese detenido ese momento exacto en el que por primera vez en mucho tiempo me sentía feliz

- Rubén…Cuéntame alguno de tus sueños.- Sus ojos verdes como el mar se clavaron en mí, y no pude decir que no a tan dulce mirada.

- Mmmm… déjame ver, Creo… creo que una vez soñé con el mar, y… ahora que lo recuerdo, he tenido el mismo sueño varias veces, estoy en el agua, viendo como el sol se pone y parece sumergirse en el océano, y de pronto, una mujer sale de entre las olas, camina hacia mí, vestida solo con sus largos cabellos, me toma la muñeca y me arrastra mar adentro… siempre despierto algo agitado después de eso, y con la sensación de haber estado en otra parte, como si hubiese sucedido en realidad.

- Descríbeme a esa mujer…

- Bueno, no logro verla muy bien, pero es delgada, de largos cabellos ondeados… su rostro no lo recuerdo…sus ojos, son como el agua clara.

- ¿Sabes?- me dijo- Hace tiempo consulté con una adivina. Ella dijo que en mi vida pasada, fui una criatura mágica, no de este mundo… no supo explicarme por qué. Según ella, le daba dolor de cabeza buscar la explicación exacta dentro de mi memoria, pero siempre he pensado que fui un hada o algo por el estilo…

- ¿Un hada? ¿Por qué un hada?

- Porque ellas son puras, no entienden el dolor, no saben de corrupciones, y a veces… me siento tan extraña en el mundo, tan sola, como si las personas no entendieran mi idioma, mis pensamientos, mis sentimientos, y me da tanta pena…y lloro a veces cuando sueño, sueño que estoy feliz con otras personas como yo, en mundos extraños, y bellos, con el corazón rebosante de alegría… hasta que despierto… hay veces, Rubén, en que no quisiera despertar jamás.

Camelia se apretó contra mi hombro y me pareció sentir una tibia gota rodando por su mejilla, mojando mi camisa.  Levanté su rostro para verla mejor.

- No eres un Hada, Preciosa, eres la hermosa Sirena que me arrastra en sueños para llevarme consigo a su mundo, a otro mundo, quizá no lo sabía hasta ahora.-

Ella cerró sus ojos dejando caer dos lágrimas puras y la besé bajo la luz del farol que casi no alumbraba ya, por la oscuridad que se hacía más densa.

Estuvimos varios minutos en silencio, y por alguna desconocida razón, me parecía que ya había vivido esa situación en algún momento, en algún lugar similar… en el pasado.

- ¿Sabes algo, Preciosa?... Desde hoy creo en el destino.

Faltaban pocos días para salir de vacaciones de verano. Camelia y yo salíamos juntos de la escuela y caminábamos de la mano por el mismo parque, en silencio, hablando sólo a veces, como recordando y rememorando situaciones que sucedieron antes de conocernos, pero sintiendo que éramos cada uno parte de la vida del otro. Puede sonar extraño, pero no necesitaba preguntarle nada. Sentía que era tan mía como mi propia piel, y la amé. Fue la primera persona que amé aún sin saber siquiera su nombre completo.

Ya de vacaciones, temí no volverla a ver, tenía su número de teléfono, pero sentía dentro, muy dentro de mi corazón, que algún peligro me acechaba, acechaba nuestro amor. La llamé el segundo día de vacaciones y le sugerí salir a caminar.

- Rubén, quiero pedirte un favor…

- Lo que sea, mientras pueda verte…

- Vamos a caminar por la playa, el parque está lleno de niños ahora, y siento, la terrible necesidad de ver el mar, ¿puedes acompañarme?

- ¿Te paso a buscar?

- No, juntémonos en la playa.

- Pero, nunca te encontraré, entre tanta gente…

- Me encontrarás. En la tarde las personas regresan a sus casas.  A las siete. ¿Puedes verme a las siete en la playa de Tomé?

Por un instante sentí que mi hermosa compañera estaba perdiendo el juicio, ¡¡ir a Tomé!! La playa más lejana de la ciudad… ¡¡Y sin un punto de encuentro!!

- Está bien preciosa… te veré en la playa a las siete.

Salí de mi casa algo atrasado, no era mi fuerte la puntualidad, y nunca me había preocupado por ello, pero ahora, necesitaba encontrar a Camelia, necesitaba encontrarla antes de que se aburriera de esperarme (y ni siquiera sabía dónde iba a esperarme) por lo que tomé el bus camino a la playa que ella quería, sintiendo aún que algo extraño estaba sucediendo. El bus se demoró bastante, y en realidad, al llegar, me di cuenta de que casi no había gente.

Caminé un rato por la orilla de playa sin encontrarla. No quise llamarla por teléfono, puesto que ella creía que era más fácil encontrar a una persona sólo pensando en ella, y en ese momento, le creí. Tanta era mi necesidad de verla, ¡tanta angustia sentía cada vez que la veía marchar! Hasta que, tras unas rocas, donde el oleaje se volvía intenso, la encontré, sentada mirando las olas, con los codos sobre las rodillas y sus manos apoyando su mentón. Vestía unos jeans y una polera verde. Sus largos cabellos caían ondeados por sus hombros.

- Hola- Me dijo sin voltearse.

- ¿Cómo sabías que era yo?- Le pregunté asombrado, ella se volteó sonriente.

- Sólo lo sabía, sabía que me encontrarías si pensabas en mí, así como yo pienso en tí.

- Camelia…

- ¡Ven! ¡Vamos al agua!- Dijo poniéndose de pie.

- Hace algo de frío…

- No te hará daño, ¡vamos!

- Pensé que sólo querías caminar por la arena…- Ella me tomó de la mano, se acercó hasta mi rostro y me besó en la boca. Tiré mi teléfono en la arena y me saque los zapatos, obediente.

- Déjame ser tu sirena, Rubén...Déjame serlo…- Sin dejar de besarme, me arrastró mar adentro, donde seguimos besándonos, no sólo los labios, el cuello, el rostro, su pecho, sus manos…

- ¿Nunca te habías metido al agua con ropa?

- No… es una locura que sólo cometeré contigo, mi Sirena…

- Dímelo de nuevo…

- Sirena, mi Sirena…

Camelia parecía extasiarse con mis palabras, y le susurraba al oído que la amaba mientras ella besaba mi pecho ahora libre de la camisa.

- Tienes frio- Me dijo- Tu piel te delata, ¿vamos a la orilla un rato? Tengo una toalla guardada en mi bolso.- Sin esperar mi respuesta, me tomó de la mano y salimos del agua, sacó su bolso de entre las rocas en que estuvo al principio y nos envolvimos con la toalla, mientras la brisa marina acariciaba nuestros rostros y podía sentir la sal en mis labios, junto con el sabor de sus besos.

- ¿Me amas? Preguntó ella.

- Te amo.

Nos besamos largamente mientras el sol se ocultaba. Nos quedamos en silencio, y ya no era extraño estar callados, más bien, era como hablar el mismo idioma, ese idioma que ella decía que nadie podría comprender, pero yo lograba hacerlo, y ella lo sabía. En realidad, la que me buscó siempre fue ella y no yo, como lo pensé en un principio.

- Cuando estoy contigo, Camelia, mi reloj se detiene, y deseo perderme en tus ojos para siempre, dejarme llevar por tus pupilas que se clavan en mi corazón.

- Hazlo, piérdete en mis ojos, y déjame entrar en tu mundo, en nuestro mundo…- Ella me besaba, y el sol se ponía. Las veces en que pensé anteriormente estar enamorado, no podían compararse con lo que por ella sentía, era algo, como explicarlo, mágico, algo fuera de este mundo, y por un instante, comprendí su dolor, su soledad, y desee poder acompañarla para siempre…

- Rubén… tengo, tengo que confesarte algo.

- Dime.

- Quiero dejarlo todo ahora, aquí y ahora.

- ¿A qué te refieres?-  Pregunté algo asustado por la determinación que ella demostraba… pensé que estaba rompiendo conmigo, y un frío aterrador recorrió mi cuerpo entero.

- Te amo Camelia, no me dejes, no ahora…

- Rubén- Dijo ella con calma, no quiero separarme de ti, todo lo contrario, quiero que volvamos, que volvamos a estar juntos en nuestro mundo, ¡nuestro mundo de cristal!

- Sus ojos brillaban y se veía tan hermosa con el cabello mojado…

- Amor, ¿qué es lo que me estás proponiendo?- dije algo confundido.

- Tu sueño, Rubén, hagámoslo realidad, ¡déjame llevarte a la muerte conmigo, y empezar una vida juntos, en otro mundo, en otra parte!

Mi corazón confuso, no sabía qué sentir, y mi mente en blanco sólo podía hacerme reaccionar por el peligro de aquellas palabras, sin embargo, la amaba, la seguiría hasta el fin del mundo, mi mente no quería. Mi corazón estaba doliendo, estaba sangrando ahora.

- Piénsalo, Rubén, tu sueño, ¡yo era esa mujer!, yo te llevé conmigo al mundo perfecto con el que sueño cada noche y del que despierto llorando, tengo ese sueño hace años, en ese sueño te conocí, Rubén, ¡¡¡ ni tu ni yo somos de este mundo!!!

Camelia hablaba con tanta determinación, tan segura… se puso de pie, me besó en la frente, y caminó hacia el mar. Mi cuerpo reaccionó unos segundos después, ella, con sus brazos extendidos, me esperaba dentro del océano, con el agua hasta las rodillas.

- Ven… - Me dijo, sólo moviendo sus labios.

Me puse de pie, dispuesto a seguirla, pero, ¿qué pasaría conmigo?, ¿Era tan real el amor que tantas veces le había prometido?, ¿Eran ciertos los “te amos” nacidos de mis labios al besarla? Sí, lo eran. Caminé hacia el agua y le di la mano, no quería pensar en nada, sólo en nuestro amor, en nuestro mundo incorruptible hecho de sueños y besos, de caricias y deseos.

Ella se adentró en el agua, y la marea iba subiendo poco a poco, hasta llegar a nuestros cuellos.

Nos besamos. El agua nos mojaba la cara y apreté fuerte mi cuerpo contra el suyo.

- Tengo miedo… - Le susurré al oído-

- Yo no, mi amor, dame la mano fuerte y cuando la ola venga, nos hundiremos en ella para no salir ya nunca más a la superficie de este mundo del que no somos parte, mi vida, ven a mis sueños, quédate conmigo para siempre…- Su mirada penetro en mi pecho y me besó el alma, pero aún ese beso no fue capaz de disipar mi angustia.

Ambos sabíamos que bastaba un impulso hacia las olas para no regresar más a la orilla, el mar estaba cada vez más bravo, y la sensación fría del agua en todo mi cuerpo me tenía congelados los sentidos y el corazón.

- Camelia, mi amor… no estoy seguro

- Es tarde Rubén, el destino así lo quiso, aunque queramos nadar a la orilla, estamos muy dentro ya, ven conmigo…- Me besó en los labios, soltó mis manos, y repentinamente se sumergió en las olas que venían a nuestro encuentro. La vi desaparecer, y mi corazón gritaba en mi interior que partiera con ella, que diera ese paso hacia la nada., hacia la muerte, que sí la vería en el más allá… pero no pude.

La vi reaparecer unos metros más adentro, como una flor sobre el agua, me miró clavando como un puñal sus ojos en mí.

- Lo siento, amor mío, lo siento- Mis ojos llenos de lágrimas, le suplicaban intentar volver a mi lado, nadé para alcanzarla pero ella, dibujo un adiós en sus labios y se sumergió, para no salir nunca más.

Mi pesado cuerpo, no podía con el oleaje, y respirar se hacía cada vez más dificultoso, mi corazón partido en mil pedazos me suplicaba, me exigía dejarme llevar por la corriente, y por un momento, lo hice. Perdí el conocimiento

Al despertar, estaba en la orilla. En la playa sobre, la arena, un corazón dibujado con un dedo, dentro de él decía lo siguiente: “No, no eras esa persona, iré a buscarla a mi mundo, te amé Rubén, te amé tanto que casi me hiciste creer que eras tú”

Ella dominaba las olas, y el mar. Había logrado sacarme y dejarme a salvo, para luego volver a perderse entre las olas, para siempre. Mi Sirena, Mi hermosa Sirena, quizás no se perdió entre las olas, quizás hoy vive feliz en ellas.

Han pasado diez años desde entonces, y todos los veranos vuelvo a esta playa. A los lejos, cuando el sol se oculta, me parece ver una figura femenina, que juega entre las olas, me llama, aún me llama, y creo que hoy, después de tanto tiempo, por fin he decidido volver con ella para decirle: Sí, sí era yo, Camelia.

 

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