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8 min
Sobre Guerras y Civilizaciones
Reflexiones |
13.02.15
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Sinopsis

Una persona del futuro nos cuenta cómo serán los conflictos bélicos dentro de un tiempo.

En el futuro las guerras no son (permítaseme la falta de concordancia temporal) como ahora. Ni mucho menos. Dónde va a parar.

En el futuro si tal o cual dirigente de uno o varios países discuten por unas fronteras, su religión, unos terrenos, algún recurso natural, su potencial peligrosidad para el mundo global o, esperemos que no, cualquier otra imbecilidad que se les ocurra en el momento, no mandarán a sus tropas al país enemigo, atacando, destruyendo y aniquilando todo a su paso a pesar de que a alguna de estas víctimas colaterales le diese totalmente igual la disputa o ni tan siquiera se hubiese enterado de ella.

No. En el futuro somos más civilizados.

En el futuro estos dirigentes deben entrar en una cúpula desprovista de objeto alguno y solucionar allí mismo sus problemas, mano a mano. Rollo Mad Max. Dos hombres entran y uno sale. Bueno, es verdad que pueden no entrar solos: si alguno de ellos tiene seguidores tan fervientes como para seguirle hasta allí y pelear junto a él, les está permitido tener compañía. Eso sí, debe existir igualdad numérica en ambos bandos, si no no seríamos tan civilizados.

Como decía, en esta cúpula no hay nada. Ni siquiera piedras en el suelo. De hecho éste está hecho a modo de pista de tenis de cemento, con un bonito color verde o rojo, según la estación del año en que nos encontremos, que se encarga de cambiar una persona contratada por la ONU (por fin sirve para algo) y que tiene su residencia justo al lado de la cúpula.

Por supuesto que la localización de la cúpula es de alto secreto. Una persona (también contratada) se encarga de borrarlo de Google Maps y no se permite a nadie acercarse allí, puesto que podrían interferir en la victoria de uno u otro bando mientras que lo que se pretende es ser lo más ecuánime posible. Al principio de los tiempos había público en directo. Aviones fletados por la ONU y repletos de gente con los ojos vendados (a fin de mantener en secreto la ubicación) llegaban antes de cada contienda. Pero a alguien se le ocurrió llevar punteros láser, de estos que venden en las ferias, y apuntar a los ojos de unos y otros. Así que se cortó con esto de raíz. Ante todo, seguimos siendo civilizados.

En cuanto a los que se introducen en la cúpula, existen algunas normas. Lo primero y más importante está en decidir quién defenderá la posición de cada bando, que no será otro que el presidente o líder del país, religión, tribu, comarca, grupo armado o cualquier otra agrupación subjetiva u objetiva que entre en disputa. Para ello, claro está, debe existir una diferencia real entre ambos grupos y ánimo de disputar por ella. Por ejemplo, el presidente de un país puede donar los recursos naturales de su nación con tal de no entrar en guerra (lo que le puede costar sus próximas elecciones) o dejar su puesto inmediatamente en favor de otra persona que sí quiera defender esa posición, renunciando al cargo de por vida. En el supuesto en que varios grupos tengan una diferencia común con otro (sólo o también formado por varias facciones), pueden elegir quien entra en representación, siempre en igualdad numérica.

Lo segundo es que debe quedar claro cuál es la finalidad de la batalla, es decir, qué ganará el superviviente y qué perderá, además de su vida, el contendiente con menor fortuna. En una de las últimas, por ejemplo, Francia se tuvo que anexionar a Andorra.

Los contrincantes no pueden introducir ningún objeto del exterior a la cúpula. De hecho hasta sus ropas están elegidas de antemano: son modelitos ideados por Vitorio&Luccino en varios colores y consistentes en una calzona y una camiseta deportivas, no permitiéndose más ropa interior que un sujetador en el caso de las mujeres que deseen llevarlo. El calzado no está permitido en ningún caso. Los distintos bandos deben pelear con colores distintos y, si no alcanzan un acuerdo en este tema, se les otorgan aleatoriamente los que la Organización (de las Naciones Unidas, recordemos) estipule. No se hacen registros antes de entrar, suponiéndose el juego limpio en los contrincantes y, hasta la fecha, no ha existido ningún problema con trampas por introducción de objetos o armas del exterior.

Los bandos pueden estar integrados, como ya mencionamos antes, por tantos seguidores de las causas como se desee hasta un límite de 30 por lado (el máximo estimado para disponer de suficiente espacio en la cúpula como para pelear a muerte sin complicaciones). Eso sí, si en un bando no hay seguidores, el otro no podrá introducir ninguno. Esta norma ha dado lugar a algunas historias muy divertidas, como presidentes de naciones sin ningún cerebro pero musculados hasta la saciedad y entrenados para matar con unos programas electorales ridículos, o traidores en los distintos bandos que acaban atacando a su líder de equipo por unos cuantos millones.

Los desertores no están bien vistos, así que si a mitad de combate alguien se desmarca y abandona la batalla, es inmediatamente atacado por ambos bandos en una especie de tregua que persigue acabar con este comportamiento tan antideportivo.

Sea como sea, la batalla acaba en el momento en el que uno de los dos líderes muere o se rinde, cosa que también puede suceder. En ese mismo instante el árbitro de la ONU silba fuertemente su silbato y todo el mundo debe detener inmediatamente lo que estaba haciendo. Si bien es cierto que tras un alto de 10 minutos en el que se retiran los cadáveres se permite a quien así lo desee continuar dentro de la cúpula para seguir matando gente hasta que sólo quede un bando o una persona, todo porque no quede ningún asunto o rencilla personal sin resolver.

Una vez comienza el combate, no existen más reglas. Se permiten superioridades numéricas puntuales (ocho de un bando contra la misma persona, por ejemplo), todo tipo de arte marcial o técnica militar, sobornos, golpes bajos, escupitajos, arañazos, mutilaciones, etc. Todo hasta que, como ya hemos dicho, uno de los líderes es derrotado.

Cuando uno de estos combates se produce, el mundo entero se engalana y se festeja por doquier. En los países involucrados se decretan dos días festivos para que renazca el orgullo patrio y se anime al líder correspondiente. Las televisiones de todo el mundo dedican varios programas a preparar la gran cita: documentales históricos de ambos bandos, tertulias y debates en torno a quién debería ganar (tanto a nivel político como a nivel deportivo), encuestas sobre la población,... Y por fin, el día señalado, las cadenas privilegiadas que se pueden permitir comprar la señal que transmite la ONU obtienen los mayores índices de audiencia que ningún analista televisivo hubiese podido imaginar nunca. La gente (menores de edad incluidos a pesar de las advertencias de violencia extrema) se queda pegada a la televisión durante el desarrollo del evento, lo cual reporta pingües beneficios a las cadenas retransmisoras y a la propia ONU, que de alguna manera tiene que financiar todo esto (trajes, sueldos, mantenimiento de la cúpula,...).

Al día siguiente en las calles, trabajos y bares no se habla de otra cosa. Los patios de los colegios son recreaciones de la batalla en las que unos hacen de un bando y otros del otro. Los periódicos editan números especiales sobre la contienda y el bando ganador celebra una gran fiesta en sus calles, decretando dos días más de festejos. En el bando perdedor, por el contrario, se imponen dos días de luto. En ambos casos se honra la memoria de los “héroes caídos” en acto de servicio, puesto que de lo contrario no quedaría muy claro el alto grado de civilización alcanzado por la especie humana.

La influencia mundial de esta actividad llega hasta a los programas educativos. Tanto en la primaria como en la secundaria, las asignaturas de educación física, conocimiento del medio y ciencias sociales han sufrido cambios de programación en los que se incluyen prácticas en simuladores de batalla (sin llegar a la muerte) o la historia y normas de funcionamiento de la cúpula. En la carrera universitaria de Ciencias Políticas también se incluyen prácticas de este tipo con una asignatura troncal que incluye tácticas de ataque y defensa cuerpo a cuerpo.

Esta es la mejor manera que hemos alcanzado para dirimir los problemas globales hiriendo y dañando a la menor parte de la población posible. Otra idea que se sugirió fue abolir las guerras y que se respetasen los Derechos Humanos y que la ONU se implicase de verdad en los problemas. Pero eso, aunque tal vez más civilizado, no sería tan divertido, ¿no?

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