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5 min
Sobrepeso
Amor |
07.09.15
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Sinopsis

Ana se desmoraliza viendo como su horrible cuerpo de 120 kilos se refleja en el cristal y se mezcla con los vestidos de tallas minúsculas que las maniquís de belleza fría y perfecta lucen en el escaparate de la tienda. Lleva toda la vida haciendo régimen. Ya en su niñez, su madre la castigaba privándola del postre y obligándola a presenciar cómo se lo comía ella. Pero su cuerpo nunca ha respondido a los sacrificios que se ve obligada a soportar. Odia la báscula tanto como a su mortificado cuerpo cargado de kilos, pero cada semana se presenta ante ella esperando su veredicto, y siempre es el mismo: CULPABLE.

Ana es mensajera. Tiene que entregar personalmente una carta a un tal Andrés Gálvez, dueño de “Zíkara”, la tienda de moda a la que acaba de llegar. Su entrada en la tienda no pasa desapercibida. Ana prefiere no darse por enterada pero no puede evitar escuchar los comentarios que suscita a su paso. Pregunta por Andrés a una dependienta. Mientras la chica va a buscarlo, se entretiene mirando los retales minúsculos que se amontonan en la mesa que hay junto al probador, y que en los cuerpos de esas niñas se descubren como maravillosos diseños de moda de temporada. Las miradas de reojo y las risitas estúpidas la acompañan en su ocupación pero ella prefiere mantenerse al margen. Al poco rato alguien la toca por detrás. Ella se da la vuelta.

_Hola, soy Andrés Gálvez. _ dice un hombre con la más seductora de las sonrisas.

A Ana le parece que está frente al hombre más atractivo del mundo. Está tan nerviosa que le tiemblan las manos. Extiende el brazo para entregarle la carta. Andrés toma su mano antes de coger la carta. Ella no puede moverse, se ha quedado como paralizada. Pero trata de salir del atolladero.

_Tengo que irme… _dice soltando la mano. 

Andrés le informa de sus deseos de volver a verla. Ella no puede creérselo, y naturalmente le dice que sí. Cuando se marcha, Andrés se dirige a su despacho para leer la carta. La carta es de la chica que abandonó hacía dos semanas:

“Querido Andrés: Recuerdo el día que nos conocimos. Yo me encontraba sumida en una depresión a causa de mi excesivo peso. Vivía obsesionada por mis kilos, amargada, sin saber qué hacer, a excepción de esas dietas que no me servían para nada. Tú apareciste en el momento justo. Sé que de no haber sido así habría acabado con mi sufrimiento poniendo fin a mi vida. Me aceptaste como era, sin importarte mis kilos. Junto a ti me sentí la mujer más dichosa del mundo. Conseguiste que me sintiera feliz a pesar de mi cuerpo de más de 100 kilos. Pero el deseo de perder kilos y convertirme algún día en una mujer delgada perduraba en mí. Por eso, cuando supe que una reducción de estómago podía acabar de una vez por todas con esos kilos que me sobraban, no me lo pensé dos veces. Tú siempre te negaste, advirtiéndome de los riesgos que corría, pero yo sentía que debía hacerlo también por ti, para que te sintieras orgulloso de tener una mujer delgada a tu lado. El especialista que me informó de todo me convenció y me puse enteramente en sus manos. Como ya sabes, la operación fue todo un éxito. Pero a medida que iba perdiendo kilos, tu desinterés por mí fue cada vez mayor. El otro día por fin fuiste claro. Me confesaste que solo sientes atracción por las mujeres obesas, algo que yo desconocía, pues según me habías dicho, yo te gusto por como soy por dentro, restándole importancia a mis kilos. Y por eso, yo, que ahora puedo presumir de un cuerpo de 60 kilos, había dejado de gustarte. Así, sin rodeos, pusiste fin a nuestra relación. Hace dos días hablé con el médico que me operó y le pregunté si mi cuerpo podía volver a mi estado anterior y recuperar mis kilos. Me dijo que no. Estoy condenada a ser delgada de por vida, y condenada por ello a prescindir de ti. Andrés, te juro por Dios que en estos días he intentado olvidarte, pero te amo demasiado y no asumo tu pérdida. Cuando leas esta carta ya habré ingerido las pastillas que acabarán con mi vida. Y aún después de muerta, donde quiera que esté, te seguiré amando… Susana”

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