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6 min
Solamente quería soñar.
Suspense |
08.11.14
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Sinopsis

Cuanto todo se tiene bajo control, llega algo que acaba con ello por completo. Un apacible sueño siempre puede convertirse en la peor pesadilla... Y así es en este caso.

Estaba en mi habitación, en mi cama. Me hallaba recostada de cara a la pared, como siempre. O al menos así lo suponía. Era la dueña de mi propia penumbra, cerré los ojos y la hice más intensa, llegando a adoptar ésta un negro similar al azabache, un negro penetrante que me sumía en el más profundo anhelo de fantasear. Poco a poco, permanecer echada resultaba fastidioso. Sentía frías y humedas piedras en lugar de mi colchón. El rocío nocturno, llanto del cielo. Crujían las ramas de los árboles al ser azotadas por alguna que otra pequeña ráfaga de viento. Algo pasaba, no estaba en mi habitación. Ni en mi cama, las sábanas habían desaparecido para convertirse en pequeñas hojas que me cubrían, pero no habrían llegado a mi si no fuese por el aire que las estaba arrastrando.


¿Qué estaba pasando? ¿Debía abrir los ojos? No, al fin y al cabo, estar acostada en mitad de la nada, de un bosque quizás, me resultaba atractivo. Era una imagen digna de admirar, posiblemente idealizada. Sabía que si llegaba a abrir los ojos, todo aquello se esfumaría, sometiéndome a la decepción que acarrearía. No quise abrirlos, no. Permanecí inmóvil unos minutos, o unas horas. No lo sé, estaba tan abstraída con la sublimidad de la ocasión que no era capaz de pensar ni las cosas más simples.


Se acabó, toda esa paz llegó a su fin. Un ruido ensordecedor se apoderó de mi, me produjo un escalofrío, y dos. Recorrieron mi figura de maneras muy distintas. El primero muy violentamente, como si de una bestia desatada y fuera de si se tratase. El segundo con suma delicadeza, parecía tenerme respeto. Fuese como fuese, abrí mis ojos. No, no estaba en mi habitación. No, no era un sueño, era real.
Me levanté del terreno y eché un vistazo a mi alrededor. Era un bosque. Hermoso, terrorífico. Aún recuerdo con todo detalle el olor a pino y a tierra mojada. Hacía frío, pero mi cuerpo excitado sentía calor. Las copas de los árboles de hoja perenne me impedían contemplar la belleza de los astros, no dejaban que el suelo se iluminara adecuadamente, no veía. También, había otros árboles. Árboles de hoja caduca vencidos por la estación en la que me encontraba. Sus ramas secas y retorcidas hacían del lugar un sitio tenebroso, pero muy atractivo.


Traté de caminar y, mientras el suelo soltaba alaridos bajo mis pies que lo dañaban, sentía una presencia. No estaba sola, no era la única. No podía haber llegado allí por mi voluntad, yo solamente estaba durmiendo. Pero, ¿durmiendo ante la mirada de quién? Tras esa meditación caminé más rápido, y más, y mucho más.


Llegué sofocada a un lugar de forma circular y sin árboles en medio, ahora si podía visualizar la luna, estaba llena. Consiguió que me tranquilizase por unos segundos. Me senté en un tronco, un tronco horizontal apoyado en el suelo. Estaba seco, muy seco. Crujió al apoyar todo mi peso sobre él, aunque no fue para tanto. En aquel sitio no existía el silencio.


Pasaron apenas unas milésimas de segundo. Un grito, escuché un grito. No era de una persona, era un animal, era un búho. En Japón no es buen presagio, advierte del peligro, pero, yo no estaba en Japón. Era ridículo, estaba tratando de convencerme a mi misma. Entonces, el animal se dejó ver. Era majestuoso, no pude pensar otra cosa. Se posó, lo hizo en el árbol más cercano a mi, quedándose de frente, clavando su enorme y perfecta mirada en la mía. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué diablos quería? ¿Por qué me miraba de ese modo? No lo sabía, no era capaz de inferirlo. Estaba absorta ante la belleza que me contemplaba.


Mi mente era un pandemonium gracias a mis pensamientos. Ese maldito búho iba a acabar conmigo, y ni siquiera había movido un ala. Claridad, pude pensar con claridad por un instante. Si ese búho quería decirme algo, no tenía por qué ser negativo. Reflexioné, muchos pueblos han revestido a estos animales con significados positivos ¿Por qué no iba a poder traerme una buena noticia? Quién sabría... Él no apartaba su vista de mi, empezaba a resultar incómodo, asique, inconscientemente, procedí a aceptar el destino tal cual llegase, por monstruoso que resultara.


Se acercaba, de nuevo lo noté, no había conseguido persuadir a esa presencia. No estabamos solos, ni yo ni ese perverso búho. Él era conocedor de lo que iba a ocurrir, él solo estaba aguardando. Él, lo sabía todo. Las ramas, las condenadas ramas volvían a sonar. Pisadas, no llevaba prisa, sabía de sobra que era su bosque, que iba a encontrarme tarde o temprano. Respiré. Lo asimilé. Posiblemente fuese mi fin. "Adiós" me dije. El animal se alzó en vuelo, había terminado su trabajo satisfactoriamente. "Adiós" le dije.
No me dio tiempo a levantar del todo la mirada, que ahí estaba. Frente a mi, mirándome. Esta vez no era un búho, era peor. No podía creer lo que estaba viendo. Era la primera vez en toda la noche que escuchaba al silencio susurrarme. Los dos cuerpos permanecimos inmóviles, o únicamente yo. De nuevo dos escalofríos, pero ambos muy violentos. Tragaba saliva, era yo. No podía ser real, no podía ser yo. Yo, yo frente a mi, mirándome, condenándome en mi propio bosque, un bosque desconocido. Era yo.


Desperté. Si, era un sueño, era por la mañana. La luz me impregnó de vitalidad, me levanté. Decidí ignorar aquella fantasía tan auténtica, innegable, pues, al final, es lo que buscaba antes de acostarme, soñar.

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