cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
Soldado Perfecto
Ciencia Ficción |
03.10.15
  • 5
  • 0
  • 540
Sinopsis

La paz mental le era ajena. Ya no era humano ¿Qué sentido tenía?

¿Sabes lo que es estar solo? Atrapado, adolorido y abandonado en la penumbra de la noche. Bajo el brazo augusto del viento helado, sin comida ni refugio. ¿Lo qué es estar imposibilitado para regresar con las personas que amas, conociendo el hecho de poder dañarlas ante la mínima provocación?  Eternamente molestado por los demonios de tus recuerdos. Los gritos. El olor sangriento de las víctimas. ¿O, al menos, puedes conocer el irracional miedo a ti mismo? A la parte de ti que odias. Reprimes. Y no puedes controlar.

Ahora. Recostado en la cama individual disponible en tu cuarto privado, ves alrededor perezosamente. Repasando los detalles de ese mundo solo tuyo. Contemplando los lomos de los pocos libros que posees, hipnotizado por el modo en que las luces artificiales se reflejan en las letras doradas en relieve. Relajando tus músculos ante el color pálido de las paredes y piso, y el aroma inconfundible que despliegan las superficies esterilizadas, tu mente se mantiene completamente en blanco a los horrores usuales del campo de batalla en el que la nave se encuentra flotando.

 Un par de cubículos divididos por una puerta. El cuarto de baño. La sala de la cama, apenas lo suficientemente grande para un escritorio envejecido con múltiples abolladuras y marcas de distinta naturaleza, una biblioteca pequeña sujetada a la pared por mecanismos a baterías y cierres mecánicos, al igual que los demás objetos habitacionales, solo activados por medio de la tarjeta que llevas en el bolsillo. Impidiendo al ocupante redecorar a su gusto. O arrancarlos en un momento de rabia.     

El cuarto de reclusión, perfectamente duplicado en la zona de los dormitorios de los comandantes, se abre a tu alrededor con el mayor esplendor posible que puede esperarse de una prisión privada. Cierras los ojos momentáneamente, sujetando las sabanas debajo de tus dedos. El oscuro color del uniforme que sientes incapaz de quitar de tu cuerpo, es lo único que parece destruir la armonía albina del iluminado cuarto. Como si te dijeran que no tienes cabida en ningún lugar. Que resaltas de manera nociva. Abrazas tus rodillas, colocándote en posición fetal sobre tu costado mientras los labios te tiemblan, sintiendo un repentino frío crecer desde el vientre hasta congelar tu estómago y secar tu garganta.

Pese a que la luz baña las esquinas y posibles sitios oscuros, estás aterrorizado. Aterrorizado de dormir y no despertar, creyendo que una muerte tan pacífica sólo será la apertura para horrores de los que no podrás salvarte al abrir los ojos. Aunque también podría ser sólo menosprecio por tu parte, lástima por la existencia tan miserable que has experimentado últimamente, pensando que tus pecados solo serán perdonados con un sufrimiento equiparable al que hiciste sentir a otros.

Inocentes.

Mantienes los ojos cerrados como un niño pequeño perdido en medio del bosque oscuro. Tienes las características, las facciones en ese cuerpo menudo que se te fue construido como un regalo no deseado, la tristeza, el miedo y la incapacidad de regresar a tu hogar. Pero de inocente no tienes nada. Tus manos están manchadas de sangre de miles. En tus hombros pesan la destrucción de mundos y civilizaciones completas. En tu perlada piel resbala el río de lágrimas de familias menguadas, madres perdiendo a sus hijas e hijos abandonados a su suerte por sus asesinados padres.

No posees honor. Eres cobarde porque te escondes allí, sin mencionárselo a nadie. Luchando contra ti mismo y esos impulsos. Preocupando a los que se encuentran a tu alrededor mientras los que quieres no saben de ti desde que dejaste la casa la primera vez. Cuando todavía eras puro. Y, por mucho que los necesites, prefieres que lloren al niño perdido que vean al cadáver andante en el que te has convertido. Angustiado, brindas saliva a tu garganta reseca, ahogando un grito. Te retuerces, derramando solitarias lágrimas. Sollozando en profundo silencio.  Tus manos intentan bloquear los gritos lejanos en tu memoria, protegiendo los oídos del silencio del cuarto.

Te golpeó ¿No es así?

Recordaste el dolor. Recordaste la desesperación y la imposibilidad de luchar. Recordaste los derrames de sangre. Sangre que si era tuya. Humanos. Muchos humanos. Hombres y niños con rostros conocidos, de tus padres, de tus tíos. Tu hermano. Tu amante. El verdadero amor de tu vida. Mujeres y niñas con el rostro de ella. Tu pequeña. Tu amada. Todos muertos. Asesinados. Asfixiados. Violadas sus vidas por tu inclemente mazo. Cegados sus sueños y aspiraciones por el bien mayor que te enseñaron cuando te arrancaban de tu existencia y te ponían bajo el domino de fortalezas más grandes.

En nombre de ese objetivo, mataste. Por defender esa causa, destruiste la familia que habías conocido y protegido desde siempre. Las manos. Chillas y abres los ojos, observando las que cubrieron tus ojos, anhelando borrar las imágenes, azotando tu cuerpo fuerte temblores, evitando caer de la cama. Las manos de esa familia se parecían tanto a las tuyas, a las de Mattie. ¡Y la mirada! La mujer compartía los ojos de tu madre y padre. Tus propios ojos.  Pero. ¡Los gritos! ¡Los gritos eran lo peor de todo! ¡Y, la niña! ¡Esa endemoniada niña! ¡Pelirroja, hermosa, pequeña!

Si tan sólo hubiera perseguido a los que huían, no la habría encontrado en los escombros y ese rostro, esa máscara transformada en representante de todos sus pecados, no flotaría a su alrededor en los sueños y desventuras de sus jornadas….

…Si tan sólo pudiera olvidar…

¿Papá?

Hades levantó la mirada de su víctima al captar el infantil sonido. Su rostro se contorsionaba en una risa maléfica, los rojizos ojos chispeando al fijarse en la niña asomada en la puerta. Cubría su forma un vestido de encaje azul cielo, moñitos en forma de corazón sujetando el sedoso cabello, que despedía un maravilloso aroma que llevó a tus fosas nasales a un deleite casi orgásmico. La pureza se reflejaba en cada movimiento asustado. Las lágrimas de esos ojazos negros, profundos cuales pozas, fijándose en el cuerpo a tus pies. Derramando sangre a borbotones por las heridas ovaladas que tu láser fue muy amable en dejar, escondiéndose a tu espalda a la espera de una próxima orden.

¡Papá!

 Grita, corriendo hacia ti sin que el miedo ni nada lo impidan. Manchando sus manitas al intentar despertar al hombre, cuyas pupilas adquirían con rapidez el color de la muerte. No dices nada ni te mueves, la dejas  llorar y abrazar el cadáver, olfateando de cerca sus cabellos naranjas con una curiosidad nefasta por los seres humanos que pronto te llevará a la destrucción.

Repitiendo. “Papá” “Papá”, la criatura chilla. Lo encuentras adorable, gozando el sufrimiento del que fuiste indirectamente causante, hasta que sube la mirada y la encuentra con la tuya. Suplicándote que la ayudes a encontrar quién hizo eso. El que se llevó a su hermanito y madre, ignorando que ellos se fueron mucho antes a esperar al padre. ¡Por favor! ¡Por favor! Sujetaba su pierna y la agitaba, creyendo que así ese buen samaritano la salvaría. Ese hombre o mujer de largos cabellos negros y ojos rojos de uniforme de la Alianza Intergaláctica. Un buen policía, piensas con una sonrisa misteriosa.

 Te agachas lentamente, abrazando a la pequeña sin soltar la sonrisa de tus labios. Ajustando la pistola de láser ensangrentada mientras te rodea el cuello con sus bracitos, alzándose en pos del calor de un adulto que va a protegerla y apartarla de esa Colonia infernal en la que se ha convertido su hogar.

Te levantas rápidamente, echando a correr con tu pequeña carga. Ella está quieta. Desde el ruido seco de la bala penetrando su cabeza, sabe que está a salvo. Se la entregaste a su familia y ahora es feliz de nuevo, contrario a las órdenes dadas de devolverles todos los niños mayores a cuatro años y menores a doce años. Por eso ella duerme, agradecida al fin de la paz.

Y siempre lo hará.   

¡La pequeña! ¡Había matado a su pequeña!

Fue demasiado para ti las fuerzas de estas memorias, tras ocho años del suceso, el dolor parece simplemente haberse agudizado. Tus dedos se enredaron entre los mechones oscuros mientras tu boca soltaba un desgarrador grito. Uno tras otro entre pausas suficientes para atrapar bocanadas de aire. Agudos, chocando contra las paredes y reverberando en el aire cual solitario concierto en el que sólo dos entes eran testigos del hecho. Pateando al aire, moviéndote de modo errático y golpeándote varias veces con la pared a tu lado,  intentabas sacar a flote todo lo que habías guardado durante ese tiempo de sufrimiento silencioso. Ese momento que ni siquiera habías confiado a Matthew por los horribles sentimientos que te causaba y, que sabías bien, causaría en él.

Diste rienda suelta a tu dolor. Tu miedo. El asco que sentías por ti. ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué!?  Pensabas, moviéndote violentamente al mismo tiempo que caías y traías la colcha contigo. El golpe te dolió, si. Pero, solo sirvió para tranquilizarte momentáneamente, logrando que pudieras concentrarte más en tus ideas.

 Te quedaste estático, boca abajo como habías caído, la sábana enrollada en tu pierna izquierda. Soltando ligeros gemidos y aullidos heridos. Tus ojos sudando continuamente al igual que tu boca mientras las ansias de morir se renovaban en tu cerebro con todas las energías del primer pensamiento suicida. O mejor, que alguien te matara y te hiciera enloquecer del dolor, te diera el alivio de que ese insufrible dolor mental se volviera un dolor físico con fecha de límite.

Aníbal. Aníbal. Tsk. Tsk.

Tus músculos se paralizaron al igual que el flujo de la sangre en tu cuerpo. Miedo fue lo que sentiste en el estómago cual yunque hundiendo un barco, pesado y frío. La voz gruesa y ahuecada, cortando el silencio con su terquedad afilada. “Comandante Whitelock” fueron las palabras calladas que formaron tus labios, acariciando el nombre como se toca al amante extrañado.  Inconscientemente, te abrazaste a ti mismo y cerraste los ojos como hacías en los momentos de cárcel. Una voz que detestabas y amabas al mismo tiempo. Tú única compañía durante años. ¿Cómo podías detenerlo ahora? Le estabas eternamente agradecido por cuidarte. Y, ahora, debías dejarlo enseñarte a proteger de nuevo.

Deja de culparte. No se pueden revivir a los muertos y ellos igualmente morirían, solo era cuestión de tiempo.

Frunciste el ceño, intentando ponerte en pie pese a que te fallaban los brazos y piernas. La frialdad y poco interés por los demás te asqueaba tanto. Escuchaste como la risa ajena taladraba tus oídos, burlándose del modo de ser tan ingenuo de ese joven andrógino con responsabilidades muy grande. Aníbal tembló en un escalofrío. Gotas de sudor resbalaban su frente al saberse a merced del verdadero Comandante en su cabeza.

Pronto empezarían las caricias pecaminosas, los susurros en tu oído…Esa conexión cada vez se hacía más peligrosa y real. Jadeaste al sentir un peso adicional sobre tu cuerpo, como si una persona se apoyara sobre sí, aplastándolo ligeramente contra el suelo. No. No era posible, pensaste mirando alrededor con el pánico creciente afilando sus sentidos. Sabías que los toques y lo demás aumentaría, pero, de eso a tener una sensación concreta en alguna parte era un enorme salto de avance.

Era usual que la presencia del Comandante se manifestara con sensaciones parecidas a corrientes de aire sobre su piel. Sin importar estar vestido o desnudo, seco o húmedo en la ducha, en el trabajo o reposando en esa habitación – cárcel, la sensación era igual. A veces, en señal que la conversación entre ellos tomaría renglones torcidos, su nariz empezaba a picar y presentía el aroma a desinfectante recién esparcido. Luego sentía el cosquilleo en la base del cráneo antes que la voz del Comandante se alzara desde lo más profundo.

 Comandante nunca había sido capaz de cubrirlo con su presencia. Gimió ante un suave mordisco en el cuello, una mano rozando tus labios tiernamente mientras tu cadera era acariciada con algo de dulzura. “Aléjate” soltaste, agitando tus manos debilitadas por el contacto y el dolor en tu cerebro, agudizándose el mareo que intentaste mantener a raya al recostarte en la cama en primer lugar.

Jamás. Mi amado Aníbal. Desde que fui adjuntado a tu alma, me siento más vivo que nunca. Tus deseos. Ansias. Pesares. Miedos. Y, por sobretodo, el placer físico que me brindas. O… ¿Es que no le has contado a Matthew quién en verdad está allí cuando todo ocurre?

¡Déjalo fuera de esto!, pensaste en un arrebato de furia que dispensó la presión en un instante. Un poco de fuerza regresó a ti, sentándose erguido entre jadeos varios por tremendo esfuerzo que era mantener a raya esa personalidad adicional. Odiabas que fuera ese el único modo, la única forma de poder controlarlo, perdiendo el propio control en esas habilidades absurdas que te habían dado el nombre de Comandante.

Te levantaste lentamente, sujetándote de los bordes de la cama como ayuda extra y luego de la pared más próxima. Las rodillas temblaron a cada paso hacia el baño donde un poco de agua fría en tu rostro lograría aliviar parte de tu malestar.  Pese a todo, tomó al menos diez minutos de duro esfuerzo lograr llegar al escritorio en medio de la cama  y la puerta del lavatorio, entre caídas y tropiezos con las botas negras y cálidas que empezabas a detestar sinceramente.  

Lo peor era la sensación de estar siendo rondado por la presencia del Comandante a cada paso que dabas, casi podías ver la sonrisa desquiciada de las pesadillas en esa sombra que capturabas por el rabillo del ojo, aunque supieras muy bien que sólo era un reflejo de tu imaginación asustadiza.-…Ah…-Suaves suspiros de cansancio pronto acompasaron la respiración dificultosa, uniéndose el ritmo al corazón desesperado en tu pecho que sólo deseaba llegar al primer objetivo, para recuperarse y huir de forma posterior.

Llegaste ante el espejo de cuerpo entero junto a la puerta automática de la pequeña habitación, levantando la mirada mientras lanzabas un grito de horror ante lo que veías en donde debía estar tu reflejo.

Todavía eras tú, por supuesto, estabas sólo en ese cuarto privado a gusto, pero al mismo tiempo sabías que no eras tú. Los ojos, ¡mis ojos!,  adquiriendo un rojizo color, igual que ocurría a medida que asesinabas  ¿O había sido él quién había asesinado? Las nauseas renovadas llenaron tus sentidos mientras el sabor ácido de la bilis subía por tu garganta. Casi. Ya casi alcanzabas la puerta. Tenía que alejarse de ese maldito espejo. ¿Qué había pensado al a traerlo en primer lugar? Era como si el cuarto hubiera triplicado en tamaño.

¿Lloras por mi causa, amor mío?

 Sentiste un claro empujón sobre los hombros, luego un jalón por el brazo derecho, y caíste al enredarte con la sábana que habías olvidado retirar en tu huída apresurada. Lograste apenas controlar la caída sobre tus rodillas, cubriéndote el rostro con la mano agarrotada de pavor que había sentido con claridad el toque de Hades.

Los ríos de lágrimas se desataron. No. No. No. Negaba con la cabeza mientras murmuraba, meciéndose suavemente. Los ojos no podían desviarse del espejo, ahora terriblemente imponente frente a él, mostrando con claridad la sombra posada a su espalda. Identificó sin problemas la forma de los brazos posados en sus hombros, los cabellos blancos, su torso, su cuello, su rostro... Así que esa era la razón de todo. El liberar los sentimientos de culpabilidad, miedo y recuerdos de esos sucesos, lo fortalecían. Y, ahora…

¿Qué te ocurre? ¿No te gusta el reflejo, cariño?

Lo odiaba. Hades. Comandante estaba allí presente. Dentro del espejo. No era su imaginación, en verdad estaba reflejándose. Era su ropa, rostro e incluso la posición. Excepto…Los ojos rojizos. La sombra no tenía ojos propios. La sonrisa desquiciada y lunática. El modo en que acariciaba su cuerpo, y él lo sentía.- ¿Por qué sigues aquí? Eres parte de mí. Largo…-susurró el hombre angustiado ante las pruebas de que ahora Él no era controlable. Negándose a darle la razón. Desde que supo que ella, su pequeña, estaba allí, se había hecho más fuerte. Hades se aprovechaba de sus deseos y miedos. De él. Y, si esto seguía así, moriría. Y dejaría de existir Aníbal, pasando a ser el Comandante únicamente.

¿Tiene importancia el nombre? ¿Quién eres en verdad? Desde el primer momento, tú y yo fuimos uno. Seguirá siendo así. Y, cuando mueras, estaremos juntos. Eternamente.

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Deseaba encontrar un sitio para publicar mis escritos. Para que me leyeran, criticaran, y crecer como escritor.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta