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17 min
Soliloquios infectados
Reflexiones |
25.08.15
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Sinopsis

Lo que los detalles de una noche pueden llevar a reflexionar a una mente inundada.

Una noche de agosto,

 

 

He pasado tan pensativo y alerta a los bullicios internos en mi mente, y a otros de afuera, que ni siquiera me he fijado si hay luna visible o estrellas en el firmamento de esta fría noche de agosto.

Este día, a pesar de todo, fue uno muy bueno; lo sé porque no sentí el pasar de las horas: tan llenas de expectativa, alegrías fugaces, decepción y coincidencias. Quizá esas palabras no son las más apropiadas para describir un día que fue bueno, pero qué importa eso ahora… todo, o casi todo a fin de cuentas es una completa ironía.

Después de unos cuantos momentos de calidad con compañía aparentemente buena, emprendí mi camino de vuelta a casa con un sin fin de ideas rondando fastidiosamente por mi cabeza; conozco muy bien el camino, tanto el de ida como el de vuelta, sin embargo esta noche me sentí más perdido que nunca. Probablemente sea por que técnicamente no fui ni soy yo quien lleva el timón en esta ocasión y, por un momento, me perdí. De nuevo no sabía si estaba dormido o despierto y con cualquier alternativa, tenía miedo de averiguarlo ya que de hecho, no sé qué habría sido mejor en esta situación.

Talvez haya sido por las alegrías fugaces y la desilusión por haber visto un par de expectativas quebrantadas por la realidad que siempre ha estado y está presente. Entonces cerré los ojos, y me dejé llevar por aquel par de gentiles conductoras  quienes inútilmente me pedían que las ayude mostrándoles el camino correcto, el mejor y el más corto. Yo me preguntaba exactamente lo mismo.

Luego de una media hora llegué finalmente a casa y me tomaron por sorpresa la extraña serenidad y soledad de las calles. Las luces se apagaban y las puertas se cerraban, entonces aceleré el paso y cuando finalmente llegué a mi puerta, no había ninguna luz encendida esperando por mí.

Di una media vuelta y camine hacia el lugar más iluminado y oportunamente encontré un pequeño puesto de comida, en donde, con solo una moneda y media pude comprar algo con que entretener al estómago. En ese momento me di cuenta que no solo estaba perdido, sino también sordo y mudo, o quizá estuve hablando en un idioma que las personas en aquel lugar no podían entender o pudo haber sido solamente que no pude articular bien mi voz física. Lo último tiene más sentido, o al menos de eso me gustaría convencerme, pero quién sabe...

La comida se enfrío rápido, y definitivamente una carne fría no sabe nada bien. No importa si la carne esta cruda, cocinada, o viva dentro de un ser, el punto es que toda carne que alguna vez estuvo o se sintió caliente, no sabe ni la mitad de bien cuando se deja que se enfríe. Y si se enfría aquello que la carne tiene como función proteger, es aún peor; me pregunto si se entenderá esto.

Al pasar unos minutos terminé con ese abrebocas rápidamente y me dirigí en busca de luces encendidas o puertas abiertas, pero aún no pude encontrar nada más que a mis queridos perros observándome con añoro, cariño y desesperación desde la corta lejanía de la terraza. ¡Qué alegría! Al menos alguien se emociona al verme! Anhelo que sea eso, y no solamente por hambre o favores que usualmente después de haber sido satisfechos, terminan matando el interés e invitando al olvido o a la falta de atención. Me consuela de todas formas saber que ellos son perros, no personas, así que no debería preocuparme por eso.

Debo admitirlo: sentía miedo por tener tanto silencio y soledad en un lugar en el que casi siempre encontré compañía y algo con que entretenerme. Me quedé parado, en medio de un cruce entre calles que traen viajeros en direcciones opuestas.

En otro tipo de situaciones, no hay peor idea que quedarse parado en un lugar donde dos direcciones se cruzan, porque terminan confundiéndolo a uno hasta al punto de crear interrogantes sin sentido.

En medio de la oscuridad, escuche dos voces muy bajas conversando. Me aterraba que pudieran ser uno de mis pares de conciencias que venían a atormentarme, así que me acerqué un poco y para mi alivio, eran solo un par de personas; alivio que se vio derrumbado al darme cuenta que eran dos personas salidas de la nada en medio de esa soledad y silencio nocturno, y yo a unos cuantos pasos.

Pasaron unos segundos y por fin se encendieron luces para mí, llegaron mis padres y con las tan habituales pláticas relámpago, subimos a la calidez interna del hogar.

Ya adentro, fue como despertar. El engañoso efecto de las alegrías fugaces menguaba al ver que todo seguía como siempre, incluyendo a mis mascotas, quienes siguen enfermas. Haciendo lo que pude, y con ayuda de mis padres movimos a 12 cachorros al tercer piso de mi casa: un lugar más cerrado,  y consecuentemente más tibio, en un intento de prevenir empeoramientos en su salud. Con empeño, movimos  uno por uno a cada pequeño perro. Uno de ellos en particular llama demasiado mi atención; él está evidentemente enfermo, mirarlo es como ver un reflejo. Tiene tan solo 6 semanas de edad, apenas ha comenzado a vivir, en un tiempito atrás era el más fuerte, animoso, despreocupado y comelón de sus hermanos, mas ahora se lo ve abatido, cansado, agobiado, con lagañas en sus ojos, sin sed ni apetito. Su mirada inspira tristeza y su aspecto general lástima. Por más que trato de alimentarlo, él no se deja y se empeña en mantenerse en un lugar y con una actitud que no le hace más que empeorarlo. Su necedad podría ser fácilmente interpretada como obsesión por mantenerse haciéndose daño.

Hice lo que pude, y al realizar un reconteo, me di cuenta que habían doce cachorros, ¡pero son trece! ¿Qué pasó con el otro? ¿Dónde está?

Regresé al lugar inicial en donde estaban todos antes de moverlos y busque por todas partes y en un rincón, debajo de un montón de maderas viejas pude ver al más bello de toda la camada, con aspecto de peluche, escondido como si le temiera a algo. ¿Acaso será que me teme a mí? ¿O a la enfermedad y males? ¿O a la reciente expulsión de cenizas del volcán Cotopaxi? Es difícil saberlo, pero de todas formas no estaba en mis planes buscar esa respuesta, así que ayudándome con una vara y la linterna de mi celular para hacer frente a la espesa oscuridad nocturna, presione para que salga de su escondite y así pueda llevarlo a que se junte con sus hermanos.

Metí una escoba al estrecho escondite, el pequeño la recibió con agresivos gruñidos y desesperados chillidos, como si lo estuviera maltratando el peor de los torturadores. Logré hacer que saliera, le toqué la espalda con mi mano izquierda y la moví de tal forma que pudiera alzarlo y llevármelo.

Jamás pensé que reaccionaría así, pero me mordió la mano. Al instante la retiré y traté de tomarlo con mi otra mano, pero recibí la misma reacción y después de un forcejeo entre dos animales, uno que ha aprendido a leer escribir, y otro que sabe obedecer y llevarse por sus instintos, logré sostenerlo entre mis piernas. De nuevo intenté levantarlo con ambas manos, pero me ataco con todo el ánimo e ímpetu que el instinto animal de un cachorro puede permitir.

Parecía endemoniado, o como si tuviera rabia, o aún peor, el mayor mal que puede afectar a un ser vivo con sentimientos: el Miedo.

De hecho, pienso que ese sería un nombre muy apropiado para un animal con actitud como la de él: “Miedo”. Tendrá el nombre más singular de sus hermanos. Así lo llamaré.

 Su mirada no proyectaba más que eso, y quizá también algo de odio y necedad así que preferí retirarme y aunque sé que me volverá a hacer daño, regresaré por él mañana.

Al regresar a casa, con la ayuda de la claridad, pude ver mis manos ensangrentadas a causa de heridas y leves orificios que se formaron producto de la batalla entre dedos y colmillos con el pequeño, tierno y peligroso Miedo.

Me recordó a un sueño reciente que tuve, en el que un gato negro, sin razón clara, me atacaba con afanes de dañarme. En el mismo sueño pude ver a un incontable número de cuervos y aves carroñeras que irrumpían mi tranquilidad rompiendo mis ventanas y  atacando con  la fuerza característica de una bandada incursionando dentro de mi casa. En aquel sueño yo solo me preocupe de defender a la chica que me acompañaba en ese momento, de lo cual no me arrepiento, pero no me preocupé por mí mismo en ningún momento.

 

De nuevo pienso en ese sueño, y me pregunto si ya desperté de él o si es que sigo allí.

Todo es tan extraño. No paro de preguntarme por qué un ser al que le he cuidado con cariño, alimentado generosamente y le he dado tanto amor como a mi personalidad le resulta posible, me ha podido recibir de esa manera tan agresiva. Es como si poco a poco se olvidara de quién soy o de lo que he hecho por él y de todo el tiempo que le he dado. Sin embargo yo no podría olvidar a Miedo y a pesar de todo, siempre lo tendré cerca. Él me necesita.

¿Será esto entonces algún tipo de señal? ¿Seguiré dormido y soñando pesadilla dentro de pesadilla? <<Despierta, despierta!!!>>...al parecer esto no es uno de esos extraños sueños.

La paranoia me invade, pero no tanto como la incertidumbre y la inseguridad de no saber si mañana, las cosas, los tiempos, los momentos y las personas que tanto he amado,  vayan a ser los mismos, como han sido hasta ahora.

 

Son las once de la noche, me he curado las heridas y me dispongo a escribir por un par de horas, pero no sin antes curiosear las redes sociales y ver un poco de lo que fue este día en fotos. Solo encontré una foto, a pesar de que se tomaron decenas en la tarde y noche temprana. Bueno, al menos tengo una.

Un pequeño pero valioso recuerdo digital que quedará inmortalizado.

 

De repente, se escuchan ruidos extraños; los perros adultos de todo el vecindario comienzan a ladrar y a hacer uno de los mayores escándalos que uno se pueda imaginar. Subí a ver a mis perros adultos, y lo mismo hicieron los vecinos con los suyos. Otros solo sacaron las cabezas y media parte del cuerpo por sus ventanas para observar.

Estaba allí, abajo en la calle, sola, sin encontrar luces encendidas, casi como cuando yo llegué, pero aún más desamparada. Su aspecto me recordó al del “cachorro reflejo”. Era una perra callejera. La vi de reojo, pensé que sería una de las varias criaturas de Dios abandonadas en las calles de mi barrio, me dio algo de lástima, pero una fría, muy fría ventisca me invitaba a regresar a casa.

Tomé asiento con tranquilidad y puse mi computador sobre mis piernas, cuando el ruido de afuera se hizo más intenso, y ahora se escuchan terribles aullidos, como de un lobo salvaje perdido en una ciudad moderna, o como los de un perro doméstico abandonado por sus dueños en un barrio lejano, extranjero y desconocido sin nada ni nadie a quien acudir. <<Espero nunca terminar así>>.

 

Los aullidos se han tornado muy tenebrosos y los ladridos de los perros desconocen la consideración y  el respeto por la tranquilidad nocturna. <<ojalá que esto no sea otra pesadilla; que no se te ocurra, forastero perro, entrar rompiendo mi ventana>> <<Despiértate, despierta>>…abro mis ojos, esto es real, así que decido asomarme a la ventana, pero mi madre ya se me adelantó y le estaba lanzando unos pedazos de pan a aquella recién llegada criatura.

Le dije a mi madre que no haga pedazos el pan, y que se lo lance entero. Ella respondió algo con mucho sentido: Si le doy algo entero, debido a la enorme ansia, tristeza y extrema hambre que tiene, se atragantará ya que comerá con demasiada desesperación, además, seguro tiene la boca deshidratada y la pone en un riesgo aún mayor, es por eso que se lo lanzo en pedazos pequeños, para que así le sea más fácil comerlos. <<Apuesto a que eso se aplica en muchos más contextos que solo en el de un perro con hambre comiendo pan. Si la habilidad me es suficiente, podré desarrollar eso en alguna parte de estos escritos>>.

 

Le pedí a mi madre que me de paso para poder ver mejor, lancé mi mirada hacia abajo, con cautela, por si al animal se le ocurría entrar bruscamente por mi ventana, <<ya sé que le doy mucha importancia a los sueños, pero es que son demasiadas las veces que no logro distinguir si estoy dentro de un sueño, o de una realidad>>. La vi de nuevo, todo parecía indicar que era una desolada perra recién abandonada por unos irresponsables dueños, y lo peor de todo, es que sus mamas colgaban, como si hubiera estado dando de lactar a crías recién nacidas. Me inundé en una tristeza indescriptible solo de imaginar que en algún lugar, dentro de una funda plástica, sus crías pudieran estar abandonadas a la intemperie en medio del cruel frío de la noche que sin el abrazo cálido de una madre, mataría hasta a la más resistente de las recién llegadas al mundo criaturas.

Como una manada de feroces animales, todo un río de desprecio, tristeza y decepción de el “ser humano”, (que merece ser llamado de tantas formas, menos “humano”) e impotencia pasó pisoteando muchas de las cosas en las que antes creía y en las que tenía fe. Podría escribir cientos de páginas sobre eso, pero este no es el lugar ni el momento apropiado para hacerlo. Sin embargo, me dejó algo muy claro: cierta oscuridad empezaba a emerger de mí mismo, incomparable con la de la noche, pero, aunque va creciendo, todavía es muy débil, de modo que mi humanidad primó y con una mezcla agria de emociones, bajé llevando una tarrina con agua y un poco de comida para perro.

Abrí la puerta de mi casa, tuve que abrir el pesado y viejo portón e hizo un ruido tan fuerte y penetrante que me llenó de terror hasta los huesos, di unos cuantos pasos hacia afuera y una escalofriante ventisca me dio la bienvenida a los aposentos de la noche exterior. Con temor, mucho temor, al cual tuve que vencer después de un par de intentos, traté de acercarme a aquella desafortunada criatura que salió corriendo y, desde una para ella prudente distancia, me miraba con ojos similares a los del agresivo y bello cachorro llamado Miedo que me castigó las manos. Esta vez no correría riesgos, así que con desconfianza, (a pesar de que es un perro y no una persona) y cautela, coloque la comida y el agua en un sitio apropiado y dejé a libre albedrió del animal el decidir qué hacer.

 

Regresé al calor de mi casa, de nuevo me asomé a la ventana y vi como comía desesperadamente y también bebía el líquido que le ofrecí. Una vez ella terminó, me regaló una mirada, una de esas con las que piden cuando tienen hambre o necesitan favores, pero esta era diferente a la de las personas, pues esta  mostraba infinita, desinteresada y sincera gratitud.

Mis ojos sintieron un ligero ardor y se me llenaron de lágrimas, y la impotencia de no poder hacer tanto como debería, no me dejaba tranquilo. Mientras yo buscaba con tanto afán un buen hogar para mis 13 cachorros, otros abandonaron a una madre y a sus crías en lugares distintos. ¿Será posible para mi corazón poder aguantar más este tipo de situaciones sin llenarse de sentimientos perjudiciales como lo son la ira y el rencor? Por el bien de mi alma, espero que así sea. Por lo menos tengo la satisfacción de que, después de haber realizado una buena acción, tanto los aullidos como los ladridos cesaron y ahora hay un temporal silencio en la manzana.

Es como si la bondad reflejada en pequeñas pero buenas acciones, cambiaran totalmente la manera en que uno mismo y quien nos rodea ve el mundo.

Ahora es la media noche; la tranquilidad fue temporal ya que ahora se escuchan pequeños ladridos arriba, en el lugar en donde dejé a los 12 cachorros. Como sea, no me atrevo a salir, hay algo que me sostiene, algo que me dice que no vaya, es como si de repente ahora le tengo miedo a la oscuridad y a la soledad y a los animales. Pero no hay razón para que los cachorros hagan alboroto. ¿Pasa algo conmigo o con esta noche? ¡Quiero saberlo! ¿Por qué escucho todo esto?

Siento ganas de ir a ver que esos cachorros estén bien, pero este terrible mal, El Miedo, me lo impide rotundamente. Creo que sé lo que debo hacer y creo que ya entiendo todas las señales. En varios aspectos de mi vida quizá ya sea hora de tomar decisiones distintas, pero no pienso comenzar esta noche.

Trataré de darle a todo esto una interpretación conveniente, haciendo caso omiso a todos los gritos y ladridos que escucho a mi alrededor.

Lo más probable es que sea uno de esos sueños, y la próxima vez que cierre y abra mis ojos después de 5 minutos, la luz estará de vuelta conmigo, y las heridas de mis manos hayan parado de infectarse. Espero entrar en razón, antes de que sea demasiado tarde.

 

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