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7 min
solo una pesadilla
Suspense |
08.01.15
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Sinopsis

En la playa, una leve brisa movía las hojas de las palmeras. El mar era de un color azul rey, el cual combinaba perfectamente con el azul celeste del cielo; a mí ese paisaje siempre me había gustado, el olor a agua salada, la arena entre los dedos de mis pies, la sal pegada en mis labios y la leve brisa que suavemente golpeaba mi cara. Eran momentos que siempre me hacían ser feliz a pesar de que estuviera muy triste pero esta vez no era así. Me sentía abatido y reprimía mis impulsos para no romper a llorar. Mi padre la persona que más quería estaba muerto.
Había llegado la noche anterior a casa después de pasar tres días de juerga con mis amigos cuando llegue era muy entrada la noche y me fui directamente mi cuarto sin percatarme del olor de la casa.
Al día siguiente el olor consiguió despertarme del pesado sueño que tenía era un olor como a carne podrida y animal muerto. Pensaba que mi padre se encontraba dormido a pesar de ese olor y por eso no entre a su cuarto que para él era un santuarium y no dejaba que nadie entrara mientras dormía pues según él era un sacrilegio. Pero cuando el olor se volvió insoportable fui a ver si le pasaba algo y al abrir la puerta me encontré con una escena impactante. Mi padre se encontraba tirado en el suelo en una pose muy extraña, tenía una herida en la pierna del tamaño de mi mano. Él estaba sobre un charco de sangre y en su pecho se encontraba una herida que empezaba en su tráquea y llegaba a su estómago.
Los rayos de sol que entrada por la ventana, caían diagonalmente sobre la herida haciendo notar la sangre en los bordes de esta, me quede perplejo viendo aquella escena; de repente, tocaron la puerta de una manera poco inusual e insistente, fui a abrir y encontré un Policía, tenía la cara pálida, sus ojos eran grises y perdidos, sus labios eran gruesos y curvados hacia el lado derecho, iba vestido con un uniforme de camisa verde oscuro y un pantalón del mismo color. Me fije en la placa con su apellido, donde decía: FERNÁNDEZ
-Buenas -Dijo el policía
-Buenas -Dije
-¿Esta es la casa de don José? -Pregunto el policía
- Si, yo soy su hijo Alexander -Le respondí
- Los vecinos se quejan por un mal olor que sale de esta casa -Dijo el policía-. ¿Usted sabe algo de esto?
- Sí, es mi padre que yace muerto -Dije sin mostrar signos de tristeza o miedo, aunque por dentro estaba destrozado.
El policía me examino de pie a cabeza y tardo un rato en volverme a hablar.
- Usted sabe ¿quién lo mato? - Me preguntó.
- No, lo acabo de encontrar muerto en su habitación –Respondí-. Quiere mirar.
La cara de aquel policía, tomo color y sus labios, dejaron de estar curvados.
Después, que aquel policía miro la escena del crimen, me hizo otras preguntas y se fue. Horas después llegaron forenses por el cadáver; cuando estos se fueron entre en mi habitación y pase toda la noche llorando, me lamentaba por haber estado de fiesta y haber dejado a mi padre solo.
A la mañana siguiente decidí no ir al instituto, me quede en mi cuarto triste, pensé quedarme en ese lugar, pero horas más tarde, el hambre arrasaba conmigo; me levante y fui a la cocina por un sándwich, mientras lo preparaba escuche un ruido que venía de la habitación de mi padre, pasado unos segundos, volví a escuchar aquel ruido, fui hasta la habitación. Abrí la puerta con mucho cuidado, temeroso de lo que pudiera hallar en aquel lugar, al ingresar, miré que esta se encontraba vacía. Cuando me dispuse a cerrar la puerta, observe un nuevo destello debajo de la cama, me asuste y temblando de miedo, me acerque, los pies se me tambaleaban de un lado a otro, la piel se me erizó como las púas de un puerco espín, pese a esto, moví la sabana que cubría la cama, me hinque para observar debajo y descubrí en aquel lugar un objeto ensangrentado. Con un pañuelo blanco, tomé aquel objeto del piso y al mirarlo detenidamente observe que era una daga con una empuñadura de marfil tallado y una hoja de acero con una inscripción que decía: Fernández.
Mirando aquel objeto, busque en mis recuerdos que persona llevaba por apellido Fernández, llegó a mí, un vago recuerdo donde mi padre me hablaba y me decía el nombre completo de un agente de la Policía, entonces reaccione y recordé al policía que días atrás había venido a preguntar por mi padre y la reacción que había tenido cuando le dije que no sabía quién lo había asesinado; pensé que este sabía algo y yo lo averiguaría.
Llame a Fernández al celular y dije que necesitaba conversar con él, este dudo, pero acepto; al día siguiente, en las horas de la tarde, llegó a mí casa, le abrir la puerta el me saludo amablemente, lo invite a pasar, este entro y se sentó.
-Encontré una pista de asesino de mi padre -Dije-. Ya la traigo.
Fui a buscar la daga, cuando regresé Fernández se encontraba de pie y al mostrarle la daga su cara perdió color.
- Ah… Yo puedo explicarlo- manifestó Fernández.
- Eso espero -Dije-. Yo quiero saber ¿Por qué lo mató?
-El tartamudeo al hablar-. Yo...Yo...Yo vine a esta casa hace cuatro días-explico-. Tu padre era el amante de mi esposa. Le dije que se alejara de ella pero el solo se echó a reír, me dijo que mi mujer lo buscaba porque yo no era lo suficientemente hombre. Me enoje, saque la daga y se la incrusté en el muslo. El solo se siguió riendo y burlándose de mí. Entonces le di con la daga en la tráquea y la baje hasta su estómago. El cayó al suelo y fue cuando me di cuenta de lo que acababa de hacer, tire la daga y hui del lugar. Ahora que sabes eso ¿qué vas a hacer?
-¡No sé! Tú ¿Qué harías?
Fernández se quedó pensando y no respondió…
Al igual que él, que me quede pensando y me adentre en mis pensamientos, cerré los ojos y pensé en momentos felices. Pasado un tiempo abrí mis ojos, no vi a Fernández y aquel lugar donde me encontraba me resultaba familiar, me asusté mucho, cuando detalle aquel lugar, observé que me encontraba en mi habitación. Muerto del susto, me levante y
me dirigí a la habitación de mi padre. Con mis manos temblorosas abrí muy lentamente la puerta de la habitación, las bisagras rechinaban y mi corazón se aceleraba con cada centímetro que la puerta recorría en su apertura, cuando logre visualizar el interior, vi la cama, mire en esta a mi padre, observe que dormía placenteramente, me alegre tanto que de un brinco subí a la cama, lo abrase mientras él limpiaba las lágrimas de los ojos.
-¿Alexander, que te pasa?-. Dijo mi padre.
- Nada… solo tuve una pesadilla-. Respondí
Mi padre me abrazo y en ese momento olvide de aquel sueño tan extraño que había tenido.

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