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5 min
Sólo vivo mi tiempo
Reflexiones |
23.06.15
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Sinopsis

Una visita a Lisboa en junio y una actitud ante las realidades.

Sólo vivo mi tiempo

            El Tajo pausado e inalterable se cree poderoso y manifiesta su deseo de tragarse al Atlántico. Un océano que mantiene con fuerza la separación de  dos continentes, inmensidades de agua y distancia derrotadas con tiempo, mucho tiempo, arrojo, valentía y, posiblemente, miedo.  Vencidos fueron mares y océanos.

            Vencido también fue el río en su empeño de desgajar orillas finalmente enlazadas por la persistencia y necesidad humanas de llegar más allá, atravesar, vencer, alcanzar metas de esa dimensión racional de conocer para crecer, tocar un pedacito del cielo que cada uno anhelamos saborear en vida, poseer un pedacito de sabiduría repartida.

            Y cuando ya hemos sabido y a más saber queremos llegar aprendemos a manipular, a hacer, a construir, a manejar, a modificar. En definitiva a adaptar nuestro espacio ampliándolo y dotándolo de todo cuanto somos capaces de desear.

            Unimos orillas con puentes y enlazamos lugares con interminables caminos y, como cuchillo que hiende la piel de la ciudad, rasgamos creando nuevas orillas con vías de ferrocarril aisladas. Dos líneas de hierro inseparables encadenadas a la tierra y enjauladas para que de forma frenética se deslicen sobre ellas cajas rodantes de metal sin opción a elegir destino y repletas de hombres. Trenes convertidos en unión y frontera desgarran Belém en un tajo aislado por dos interminables muros de alambre y, de vez en cuando, el aislamiento se viola con un pasaje elevado.

 

            Caminan despacio, pausados como el Tajo, las dos mujeres que salen del bullicio de turistas acompañando al hombre sin piernas. El hombre joven y de aspecto enérgico, posado, prolonga su cuerpo cercenado en una silla de minusválido, un artilugio simple de tubos con ruedas y una lona que lo separan de la inmovilidad, que le conceden el don de la dimensión espacial, visitar Lisboa, recorrer una u otra ciudad, llegar.

            En los primeros días de junio hace calor, la temperatura deseable se convierte en agobiante tras la comida y no invita a buscar otro rincón que visitar, incita a la quietud, pero la mañana intensa cansó y el regreso se asocia a descanso, esfuerzo recompensado. Al otro lado de las vías está el tranvía.

            Tres hombres hablan en el quiosco de helados dejando pasar las horas. La mujer compra un helado, le esperan los demás. Junto al quiosco arranca una larga escalera que conduce a lo alto del pasaje elevado.

            No hablan, no dudan. Sin el menor gesto de contrariedad, de forma tan imperceptible como todos nuestros hechos y gestos rutinarios y con la mayor naturalidad posible porque el mundo es así; en movimientos rápidos de una agilidad inesperada, sin ayuda, el hombre carga su cuerpo sobre sus brazos, se balancea suavemente y se deja caer al suelo posando sus nalgas en cemento sin que el gesto, aspecto o semblante hagan creer que ha abandonado la silla.

            Igual de ágil la mujer joven recoge y pliega la silla uniendo sus laterales. En tanto el hombre ya ha subido dos peldaños. Repite siempre, como los que andando lo hacemos, el mismo movimiento inconsciente. Carga el cuerpo en los brazos e impulsa al peldaño superior y vuelve a repetir.

            No comentan, no se asombran, no dicen. Es lo que hay y mejor hacerlo que sufrirlo.

            Suben las escaleras, todos, con la misma calma, el mismo semblante que ante la vida llevaban en el caminar dejando atrás la torre de Belém. No hay demora, tampoco hay prisas pero el largo tramo de escaleras se ha culminado con la misma levedad con la que la brisa agitaba las faldas de las mujeres. El carrito está otra vez desplegado y con la misma maña, solo, monta en él. El hombre vuelve a tener su apéndice motriz y en breve, tras cruzar el pasaje elevado sobre la línea férrea, descabalga y se repite descendiendo la misma estrofa, los mismos ritmos. El hombre es autónomo.

            Lo que he visto no es un grupo de personas adaptadas y resignadas al acompañante con minusvalía, diferente. Lo que he visto son tres personas conscientes de su vida, de la brevedad de la vida que sorbo a sorbo se beben y disfrutan olvidando aversiones y desprecios, sin vanos anhelos.

           

            Volvimos a cruzarnos en el Chiado, en la concurrida Rua Garrett y no les reconocí por la silla de ruedas, sino por su actitud ante el medio, indiferentes; dejando la hostilidad para quienes no sepan vivir en letras mayúsculas. Dejarse acariciar por el tiempo es fácil, si no proclamas resistencia al presente.

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