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4 min
Solo yo
Amor |
07.04.15
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Sinopsis

Por desgracia en los tiempos en los que estamos existe gente que se aprovecha de la concienciación social y del dolor de otras personas. Mi relato de hoy va sobre eso.

    Estaba aburrida en la cama sin saber que hacer, y cuando eso me pasaba me ponía a pensar en él. Ahora estaría con ella, cuando hasta hacía muy poco había estado retozando conmigo en aquellas mismas sábanas donde ahora yo lloraba su ausencia.

      La rabia me consumía, me molestaba que hubiera rehecho su vida tan rápido. Él solo podía estar conmigo, no tendría que existir nadie más para él. Solo yo. Yo soy su mujer. Ella se estaba llevando mis migajas. Y encima ahora ella estaba embarazada. Todo lo que nosotros queríamos se lo estaba dando a esa. Mientras yo aquí, envuelta en mi dolor, en mis sábanas abandonadas, en mis sábanas frías. 

       Esto no podía seguir así. Él no tenía derecho a ser feliz, yo no iba a permitirlo. Me levanté de la cama, me duche, me maquillé, me puse el mejor taconazo que tenía. Cogí uno de mis bolsos, el más grande, el que utilizaba cuando iba a clase y metía mi carpeta. Y salí a la calle. 

      Por el camino pasé por una obra abandonada, de las muchas que hay hoy en día por todo el país, cogí un ladrillo y lo metí en el bolso, seguí andando, pasé a comprar el pan y deje caer en la tienda del barrio que iba a una entrevista de trabajo. Entré en una tienda de telefonía y compré una tarjeta con un número nuevo para mi móvil, se la puse y mandé el único mensaje que iba a salir de ahí. Después la tiré a la papelera.

      "Soy Lola, mi madre está mal, necesito hablar contigo. Te espero en media hora detrás de su casa"

      Sabía que él tenía una especial predilección por mi madre, sabía que no se podría negar. Así que me fui directa para allá. Esperé en la esquina hasta que lo vi aparecer, con esa cara de Adonis, ese cuerpo hecho para mi, con esas manos que ahora acariciaban a otra. El rencor me hizo explotar y como una loca me tire hacía él. Él al principio aturdido, casi sin moverse, protegiéndose como un niño asustado, y yo gritando y llorando golpeándole con el bolso donde sabía que más le haría daño. 

      Se recompuso, se levantó y salió el hombre del que me enamoré. Todo pasó en un segundo, vi su cara de determinación y yo cerré los ojos esperando su golpe. Los volví a abrir, no pasaba nada, y lo vi mirándome con una expresión de pena y de horror.

      - Vas a tener un engendro, hijo de una ramera que jamás te hará feliz.

     Lo provoque, le dí donde más le dolía. Y aún así él solo me empujó a un lado y salió corriendo. Mi frustración me volvía loca. Saqué el ladrillo que llevaba y me dí con él en la cabeza. Notaba que me caía la sangre por la frente, no me limpié. Me levanté del suelo, donde dos segundos antes me había dejado caer. Todo me dio vueltas. Pero me recompuse. Tenía que sacar fuerzas de donde no tenía para hacer lo que quería hacer. 

       Saqué el espejo de mi bolso y me miré. Tenía la cara llena de churretes del rimel, mezclado con la sangre que me caía por un lado de la cara. No me limpie. Empecé a andar con dificultad, un poco mareada. Tire el ladrillo en el primer contenedor que encontré. Al ser las tres de la tarde no había mucha gente por la calle, pero la poca que me iba encontrando se me quedaba mirando. No sé si era por mi determinación o porque pensaban que estaba loca, pero nadie se acercó. Me dí pena.

      Entré en comisaria diez minutos más tarde. Solté mi discurso ensayado. Iba a una entrevista de trabajo, debió seguirme, cuando se me abalanzó, me zarandeo y me pegó. Después salió corriendo. Yo lloraba mientras ponía la denuncia. Lo que no sabía la policía es que lloraba de felicidad. 

      Cuando terminé no me fui a mi casa, sino a la suya. Y desde lejos pude ver como se lo llevaban esposado. Esa noche dormiría encerrado. Esa noche dormiría lejos de su amor. Esa noche yo sería feliz.

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