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14 min
Soltando amarras
Drama |
02.11.14
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Sinopsis

Celia es alegre y sabe lo que quiere

Cuando terminó el colegio, Celia no quiso seguir estudiando. Le había costado mucho pasar los últimos tres cursos y no le atraía nada permanecer otros cuatro más intentando asimilar lo que escondían unos libros que, ni tan siquiera, le interesaban. A su familia, su decisión, tozudez diría su padre, no le sentó nada bien. ¿Iba a tirar por la borda su futuro?, ¿no quería seguir el ejemplo de sus dos hermanas mayores? Intentaron disuadirla de todas las formas posibles: con ruegos y lamentos; con risas y llantos; sobornos frustrados y chantajes emocionales. Estas y otras triquiñuelas no lograron sino que se afirmase más en su decisión.

 

Finalmente, consiguieron llegar a algo parecido a un acuerdo. Pasaría dos años en Escocia y otros dos en Francia aprendiendo idiomas, los únicos estudios que no se le daban mal. Cuando le preguntaban por qué Escocia y no Inglaterra, se quedaba en silencio para no tener que contar que, desde los trece años, andaba enamorada de Braveheart.

 

Los cuatro años que iba a estar fuera de España se convirtieron en doce. Estuvo viviendo en Edimburgo, Montpellier, Marsella y, los últimos tres años, en Múnich, aprendiendo alemán. Celia, que no quería seguir estudiando cuando dejó España, estuvo asistiendo a multitud de cursos: de decoración, alta cocina francesa, pintura... Cursos que, sabía, no eran del agrado de sus padres, mas a ella le encantaban. Se pagaba su estancia en las ciudades que habitó con trabajos esporádicos que le daban lo justo para vivir: no necesitaba más; ni tampoco quería más. Trabajó de niñera, de camarera, haciendo compañía a un viudo de casi noventa años... Su temperamento alegre y hablador hacía que, a poco de llegar a una ciudad, contase con una legión de amigas. Su belleza, nada habitual con sus rasgos asimétricos, atraía a una corte de admiradores que ella sabía ahuyentar cual si fuesen moscones: no tenía intención de comprometerse con nadie; sólo quería diversión.

 

Cuando Celia se bajó del avión en Barajas, a su regreso a España, su madre lo tuvo muy difícil para reconocer en la mujer atractiva y sofisticada a la adolescente que partió doce años antes y que solía regresar cada invierno apenas unos días en Navidad. Lucía un vestido blanco con flores rojas, sandalias del mismo color encarnado y una gran pamela de paja.

 

Ya en el trayecto a casa, dejó claro que no pensaba vivir con sus padres. Su intención era abrir un salón de té y ya tenía apalabrado su contrato con una franquicia de París que quería abrir uno de sus establecimientos en Madrid. Sus hermanas, que esperaban con ilusión el reencuentro, se guardaron la decepción, acostumbradas a los arranques de independencia de la benjamina.

 

Encontró primero el local para su salón de té y, meses después, un apartamento a dos manzanas de su futuro negocio. Durante cinco meses, disfrutó recorriendo anticuarios y almonedas en busca de mesas, sillas, mantelerías, juegos de té y otros detalles para decorar el local. Cada objeto precioso que encontraba le parecía un regalo y aumentaba sus ilusiones. Ella misma diseñó con rotuladores de colores las cartas que mostraban las delicias que iba a ofrecer: infusiones variadas, como las distintas variedades de té, manzanilla o poleo, que irían acompañadas de frutas desecadas o hierbas aromáticas. En las cartas se podía leer: té de frutas, menta con azahar, manzanilla con regaliz, tomillo con canela y romero, hierbabuena o melisa... Y, para hacer más dulces estas delicias, se podría pedir platitos con trozos de tartas de arándanos, peras y almendras, o pastas inglesas.

 

Antes de que se cumpliera el tercer aniversario desde que inaugurase el salón de té, ya era el establecimiento más visitado del barrio. A cualquier hora del día, entraba gente a comprar sus infusiones, tomarse una taza en las mesas y, las más de las veces, para conversar con Celia un rato que, con frecuencia, se convertía en toda la tarde. En el barrio, nadie conocía el salón de té por su nombre; para todo el mundo, era “El Salón de Té de Celia”. Entre sus clientes, la más habitual era Victoria, una decoradora que pasaba a ver a Celia todas las tardes tras la larga jornada laboral. Fue ella la que llevó a Pedro, el arquitecto para el que trabajaba.

 

Desde que lo vio entrar por la puerta, Celia supo que iba a casarse con él. Y eso que llevaba mucho tiempo rehuyendo las relaciones formales. Pedro era distinto de todos los hombres que había conocido; y lo opuesto a lo que siempre había buscado. Lo estuvo observando desde el rincón donde solía estar, antes de decidirse a acercarse a la mesa que ocupaba con el pretexto de saludar a Victoria. Le pareció un hombre atractivo, aunque mucho mayor que ella, como delataban sus sienes plateadas. Se fijó en la forma tranquila de mover las manos que acompañaba su hablar pausado. Cuando se sentó con ellos, se quedó prendada de sus palabras. Pedro podía hablar de cualquier tema que se le propusiera: era culto, brillante y ameno. Y, por primera vez desde que dejase el colegio, Celia lamentó no haber estudiado una carrera, para poder apreciar mejor las cosas que decía.

 

Temió que no se interesara por ella; mas, al día siguiente, él traspasó el umbral del salón de té poco antes de la hora del cierre para invitarla a cenar: siete meses después, contraían matrimonio en Santillana del Mar, donde Pedro tenía una casa. A la boda sólo asistieron la familia de Celia y Daniel, el hijo de Pedro, tres años mayor que la novia.

 

La primera vez que Pedro le recriminó su ignorancia fue después de una velada en casa de un matrimonio amigo del arquitecto, apenas un mes tras la boda. Estaban hablando del arte del siglo diecinueve y su influencia en las vanguardias posteriores, cuando Celia dijo algo acerca de lo bonitos que le parecían los cuadros de Degas. El comentario provocó la hilaridad de los anfitriones, cual si se hubiese tratado de la gracia de un niño. Pedro se unió al regocijo de la pareja; mas, aquella noche, cuando ya estaban solos, la miró con unos ojos fríos como el acero y, después, con su voz calmada, le pidió, no, le ordenó, que no volviera a ponerlo en ridículo ante sus amigos, hablando de cosas que no comprendía. Celia le escuchaba entre confusa y avergonzada. Hasta aquel momento, no había visto a Pedro enfadado; desde que se conocieron, se había mostrado atento y considerado con ella. Y aquella fue la segunda vez que se preguntó si no se habría equivocado al dejar de estudiar: luego, habría más ocasiones para lamentarse de ello.

 

Ya había olvidado este episodio, cuando Celia volvió a ser objeto de las críticas de su marido. Esta vez, la culpa de la irritación de Pedro, o no, debería decir, más bien, la causa fue una abeja que revoloteaba alrededor de ellos durante una comida de domingo a la que asistía el hijo de Pedro, que era alérgico al laborioso insecto. El pánico se apoderó de todos y Celia, al querer atraparla con un paño de cocina, derramó una copa de vino. Para sorpresa de Celia y Daniel, Pedro perdió su calma habitual y la ira se desató inmediatamente. Se dirigió a su esposa con gritos airados mientras le reprochaba su torpeza, sin importarle que su hijo estuviera delante. Azorado, y también avergonzado, por la desmesurada reacción de su padre, Daniel ayudó a Celia a recoger la mesa; y ya, en la cocina, le acarició el brazo en un intento de consuelo, que ella agradeció con una triste sonrisa.

 

No llevaba un año casada y, ya, había perdido toda la espontaneidad que tanto atraía a la gente cuando estaba soltera; la alegría desapareció de su vida y su mirada se tornó triste. Su voluntad dependía de la de su marido; sólo hacía aquellas cosas que sabía que le podían agradar y no sin miedo a equivocarse. Cada día espiaba de reojo el humor de Pedro en busca de una señal de reconocimiento, o de enfado, las más de las veces. Si estaba con los amigos de su marido, el temor a no estar a la altura la mantenían casi en silencio. Se lamentaba, con más y más frecuencia, por no haber obedecido a su padre cuando le pidió que estudiase una carrera en la universidad. El gran amor que sentía por su marido y que, al conocerle era un manantial de dicha, se había vuelto la razón de su dolor. 

 

Sólo se animaban sus bellos ojos verdes las tardes en que sus hermanas acudían al salón de té para visitarla. Aunque Celia no les decía nada, intuían su desdicha. Por unas horas, olvidaba su tristeza al compartir la alegría de sus pequeños sobrinos, sabiendo que allí no tenía que temer importunar a Pedro.

 

También Daniel conseguía arrancarle una sonrisa. Solía dejarse caer por la casa de Celia cuando sabía que no encontraría a su padre. Nunca traspasaba el umbral de la puerta sin algún presente que pudiera alegrarla: una flor, unos dulces, un pequeño libro de poemas... Conocía a Pedro y, por ello, sabía hasta qué extremos podía llegar su intransigencia. Sabía, también, de su capacidad para hacer daño a quienes más le querían, por ello, se ofrecía a escuchar los sinsabores de Celia; mas ella jamás dejó escapar una palabra que, ni lejanamente, pareciese una queja.

 

Celia no comprendía qué le había ocurrido a Pedro, por qué había cambiado tanto: parecía como si su corazón hubiese agotado toda su capacidad de amar. Pasaba desvelada sus noches, mientras desgranaba los recuerdos de los acontecimientos del día, en busca de aquello que le hubiera podido molestar a su marido: una palabra inoportuna, un gesto equívoco, un paso mal dado que suscitara el enfado de Pedro. Nunca lograba una respuesta que despejara sus dudas. Unas veces, se sentía culpable de la desdicha que les rodeaba, en otras ocasiones, creía que todo era fruto de un horrible malentendido. Mas, cuando reunía todo su valor para hablar con su marido, él la miraba como si no supiese de que hablaba, como si se tratase, tan sólo, de figuraciones de Celia.

 

Pedro lograba desconcertarla cuando pasaban semanas y semanas sin que de sus labios saliera una palabra amarga, un reproche. Eran momentos en los que el amor regresaba al hogar. Pedro volvía a ser el hombre atento y considerado que enamoró a Celia. Mientras duraba aquella tregua, él llegaba, incluso, a adivinar sus íntimos deseos aún antes de que nacieran y cuidaba que no le faltase nada que pudiera hacerla feliz. Entonces ella se sentía perdonada de las faltas que, a los ojos de su marido, hubiera podido cometer. Y recobraba la esperanza de vivir con paz y la felicidad del amor recobrado. Hasta que, sin saber cómo, retornaba la zozobra.

 

Un día que fue a visitarla Daniel al salón de té, le estuvo contando cómo había desafiado a su familia al terminar el colegio, negándose a seguir estudiando. En su fuero interno, comparaba su miedo a despertar la cólera de Pedro con la valentía que mostró al dejar su hogar de la infancia para dar el salto hacia países desconocidos y, al regresar, embarcarse ella sola en un negocio sin más ayuda que un optimismo que creía haber perdido. Pintó para Daniel el retrato de una Celia soltera que no se avergonzaba de saber menos que otras personas de algunas cosas, porque, para ella, ya era una alegría poder escuchar a los demás; que siempre estaba contenta y dispuesta a disfrutar de la compañía de la gente, sin temor al ridículo de sus palabras. Y, al saberse comprendida por Daniel sin necesidad de hablar de Pedro, supo que había dado el primer paso para recuperarse a sí misma.

 

A partir de aquel día, su meta fue soltar las amarras que la unían a un matrimonio que la hacía infeliz. Primero sólo fue una idea que la asaltó una mañana en el salón de té cuando vio cómo irradiaba alegría la mirada de una anciana que estaba celebrando algún acontecimiento familiar con sus hijos y nietos: ella también quería cumplir años con la misma paz. En otra ocasión, se sorprendió a sí misma sonriendo ante el espejo, mientras volaba su imaginación detrás de fantasías en las que volvía a estar sola. Luego, las imágenes de su fantasía se convirtieron en las amigas habituales de su quehacer cotidiano.

 

Una tarde, en la que había invitado a Daniel a merendar, se escaparon de sus labios los sueños de libertad que la perseguían en los últimos tiempos. Temerosa de haber podido ofender al hijo de su marido, intentó retirar sus palabras. Mas, ¿se puede recoger el agua derramada? Ante su sorpresa, Daniel no sólo no se enfadó, sino que se ofreció a ayudarla a recobrar su vida. A partir de aquel día, acudía cada momento que tenía libre, se sentaba con ella ante un té verde con menta y le exponía planes que solían ser rechazados uno tras otro por ser aún más inalcanzables que las ensoñaciones de Celia.

 

Al fin, una de aquellas tardes, Daniel llegó con la noticia de que un amigo suyo iba a contraer matrimonio y quería alquilar su apartamento de soltero. Celia se dejó convencer para que le acompañase a verlo. Era un apartamento minúsculo, pero alegre y con grandes ventanales por las que se colaban los rayos del sol. Nada más verlo, Celia se sintió en casa y sintió que ese era el primer paso hacia la paz que tanto anhelaba.

 

Era una gélida mañana de diciembre a las ocho de la mañana: las calles de Madrid estaban despertándose ateridas de frío por las primeras nieves de la temporada. Pedro no estaba en casa; hacía dos días que había partido en un viaje de trabajo. Si entonces hubiera entrado en su hogar, hubiera podido ver que, en medio de un gran desorden, había paquetes y maletas en casi todas las habitaciones. En el dormitorio, los armarios estaban abiertos y de ellos colgaban tristemente perchas solitarias. Pasadas las ocho y cuarto, el timbre de la puerta sonó dos veces. Era Daniel que venía a recoger a Celia. Ella salió de la cocina donde estaba terminando su parco desayuno. Cuando entró Daniel, la ayudó a recoger su equipaje, que colocó en el maletero del coche. Celia se puso el abrigo y se calzó los guantes y, al salir, dirigió la mirada a la que había sido su casa durante tres años. Sobre el velador de la entrada, dejó su carta de despedida. 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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