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12 min
Son solo niños
Suspense |
11.08.15
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Sinopsis

¿Son los niños criaturas puras e inocentes? Lee este relato antes de contestar. Tal vez cambies de idea...

Era sábado por la noche, y mientras que la mayoría de sus amigas se estaban preparándose para salir, a Laura le tocaba trabajar. Tenía 19 años y era estudiante de medicina. Para no tener que pedirle dinero a sus padres, algunas noches al mes, se dedicaba a cuidar niños. Los vecinos del barrio le tenían mucho cariño y confiaban ciegamente en ella. Esta reputación se la había ganado, con razón, después de tres años de velar por la seguridad de los hijos de aquellos padres que decidían tomarse una noche descanso. Laura era responsable, cálida, respetuosa y tenía un talento natural para tratar a los más chicos.
Ese sábado de octubre, lluvioso, le tocaba en la casa de la familia Vega. Eran clientes habituales de Laura. Luciano y Mariana, los padres de familia, eran personas muy amables y generosas. La apreciaban mucho y desde el comienzo de su pequeño emprendimiento, le habían dado la oportunidad de cuidar a sus hijos: Tomas y Ángela, mellizos de ocho años, y Tobías, el más reciente, de tan solo un año.
Por algún motivo, Laura nunca se sentía del todo cómoda cuando iba trabajar a la casa de los Vega. Ese motivo eran los mellizos. Ella sentía que había algo malo en ellos. Algo oscuro. Cuando estaban en compañía de sus padres, eran unos, cuando estaban a solas con ella, otros. Nunca le habían traído problemas. No hacían desorden, no gritaban, ni siquiera hablaban. Si hablaban entre ellos, pero a ella le dirigían la palabra poco y nada. Eso le parecía desesperante. Prefería que destruyeran la casa, que salten en la cama, que no terminen su cena, que no se bañaran o que la insultaran en la cara sin ningún tipo de pudor, antes que la indiferencia. Eso la desconcertaba. ¿Pero que podía hacer? Cada vez que ella intentaba acercarse,  ellos respondían con hostilidad. Se encerraban en su cuarto y no salían hasta que sus padres volvían. Siempre estaban juntos, rodeados por un aura de misterio. Parecía que constantemente estaban tramando algo. En una oportunidad, les pregunto a Luciano y Mariana, si alguna vez los niños se habían quejado de ella, o si por algún motivo se sentían incomodos bajo su cuidado. Para su sorpresa, le comunicaron que los niños siempre hablaban maravillas de su trabajo e incluso, en una oportunidad, habían confesado no querer otra niñera que no sea ella. Laura no podía creerlo. No tenía sentido. Esas palabras no podían haber salido de las bocas de aquellos niños. Aquellos que en cada encuentro que tenían, la inquietaban  con sus escalofriantes y penetrantes miradas.
Llego unos minutos tarde. El fuerte temporal había obligado al conductor del colectivo a ir con tranquilidad. Los nervios no la habían dejado disfrutar el choque de la lluvia contra la ventana que tanto le gustaba. Era la primera noche que iba a cuidar al pequeño Tobías. “Es mucha responsabilidad, pero puedo con ella… puedo con ella”, se repetía a sí misma para intentar bajar el nerviosismo.
—Gracias por venir Lau –dijo Mariana con su simpatía habitual-, no sé qué haríamos sin vos. Esta cena es muy importante para Luciano y no podemos faltar y, sinceramente, no les confiaríamos a los chicos a nadie más.
Laura se sentía muy halagada con esas palabras. Las sentía sinceras y eso le gustaba.
—Por favor –contesto Laura-, es un placer para mí.
Tomas y Angela se asomaron por el umbral que separaba el amplio comedor de la cocina. Laura los vio y les sonrió. Ellos se mantuvieron serios, y le clavaron su mirada fría y desconcertante habitual.
—Chicos, saluden a Laura –les ordeno Mariana al verlos.
Los niños se acercaron despacio. “Hola Laura” dijeron al unísono. Ese saludo la incomodo mucho. Parecían robots.
—Estos dos están en penitencia –conto seria Mariana-. Asi que esta noche, tienen prohibido tomar helado y mirar la tele. Comen y se van a dormir.
Los mellizos dieron media vuelta y se fueron con la cabeza gacha.
Mariana le presento al pequeño Tobías. Estaba dormido plácidamente en su cuna blanca. Le comento que ya le había dado de comer y que posiblemente siguiera durmiendo hasta la mañana siguiente. En caso de que despertara, no le traería ningún problema. “Es un santo”, así lo describió su madre.
Le mostro donde estaba la comida y le entrego el número del salón donde iba a llevarse a cabo la fiesta (en caso de que, por algún motivo, no pudiera comunicarse a sus celulares). Luciano bajo las escaleras, elegante y simpático, tomo a Mariana por la cintura y se despidieron de Laura.
La noche había empezado.
El plan era el siguiente: Darle de comer a los chicos, acostarlos, y repasar sus apuntes de anatomía.
Se dirigió a la cocina. Tomo una olla, la lleno de agua y la puso en el fuego. Iba a preparar espaguetis con crema. Era el plato favorito de los niños, al menos eso le habían dicho sus padres. Mientras esperaba que el agua hirviera, fue hacia el comedor a mirar a los mellizos. Estaban sentados en el piso, jugando a las cartas. Se los veía divertidos. A pesar del castigo que recaía sobre ellos, habían encontrado una forma de divertirse. Laura volvió a la cocina y se quedó unos instantes mirando por la ventana. Se sentía bien. No sabía si era por la lluvia, que tanto le gustaba, o porque le daba cierta satisfacción que los mellizos estuvieran castigados.
La cena estaba lista. Laura se acercó a los hermanos y los invito amablemente a la mesa. Ellos soltaron las cartas con las que jugaban, se levantaron en silencio y caminaron uno al lado del otro hacia la cocina. Mientras ella servía los platos, los niños la miraban fijo, sin emitir sonido. Laura podía sentir los ojos de ambos, clavados en la nuca como dos alfileres. Estuvo a punto de soltar todo, agarrarlos del cuello y preguntarles: “¿Por qué me hacen esto? ¿Por qué no pueden ser normales?”
Sirvió los espaguetis y se sentó en la mesa con ellos. Mientras comían intento hablar con ellos, romper el silencio incomodo que se había formado a falta de televisión.
—¿Cómo les fue esta semana en la escuela? –pregunto tímidamente.
Ambos pararon de comer y la miraron con la cara totalmente inexpresiva. A Laura se le pusieron los pelos de punta. Esa era la razón por la que ya casi nunca intentaba de hablarles. Le daban miedo.
Tomas agarro el plato y lo tiro contra la pared. ¡PLASH! Los trozos de plato y el espagueti volaron por toda la cocina. Laura salto como un resorte de la silla. No podía creer lo que estaba pasando. Ángela hizo lo mismo. ¡PLASH! Más restos de porcelana y pastas se esparcieron por el suelo.  Laura no podía cerrar la boca. Estaba espantada. Quería gritarles, quería pegarles. Llamar a sus padres para que les griten y les peguen aún más fuerte. Pero no podía decir nada, la situación la había dejado perpleja.
Los mellizos se levantaron y al unísono dijeron: “No nos gustas Laura. Ensuciaste nuestra cocina”. Tomaron los vasos  con agua, de los cuales habían estaban bebiendo, y los estrellaron contra el piso. Laura estaba a punto de romper en llanto. Se sacaron las zapatillas, las medias y empezaron a pisar los vidrios rotos. Mientras lo hacían, la miraban fijamente. La sangre de sus pequeños pies empezaba a mezclarse con el agua y a esparcirse por todo el suelo.
La joven niñera corrió hacia los niños, y los aparto de los filosos restos sobre los cuales estaban parados. Ellos la miraban y se reían. Era una situación diabólica. Laura los miraba con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué hacen esto? –les pregunto totalmente angustiada- ¿Por qué me hacen esto?
Ambos la miraron con una sonrisa de oreja a oreja. “No nos gustas” le contestaron. Se dieron media vuelta y corrieron hacia la escalera. En el camino, y en cada peldaño, dejaron sus pequeñitas huellas de sangre.
Laura tomo su celular y marco el número de Mariana. Mientras sonaba el tono de llamada, siguió las manchas de sangre a través de la escalera. Iba subiendo de a dos escalones por vez.  Al llegar al primer piso, miro el suelo para ver donde concluía el rastro. Las huellas demoniacas de los mellizos, terminaban su marcha en la puerta del cuarto del pequeño Tobías. Laura corrió hacia allí e intento abrir la puerta. Estaba trabada, la habían cerrado con llave.
—¡ABRAN LA PUERTA! –les grito furiosa.
 Comenzó a darle patadas, desesperada.
 “Usted se ha comunicado con…”. Mariana no atendía. El número del salón había quedado pegado en la heladera. ¿Podrían hacerle algo a su hermano menor? ¿Era prudente alejarse para buscar el número? Laura titubeaba. No sabía qué hacer. Seguía golpeando la puerta y ordenándole a los mellizos que abrieran, pero no había respuesta del otro lado. De pronto, Tobías empezó a llorar. No había nada más que hablar. Debía juntar todas sus fuerzas y terminar con esta situación horrorosa. Dos de los niños, que estaban bajo su cuidado, estaban heridos. El tercero no podía correr la misma suerte. Pasará lo que pasara, la culpa seria de ella.
—¡Voy a tirar la puerta abajo! –les advirtió ella
Dio un golpe con su pie. “Basta, estás haciendo llorar a toby” le contestaron los niños. Se le hizo un nudo en la garganta. Cada vez que Tobías emitía su llanto ahogado, a Laura la abrazaba la angustia más oscura.
¡SPLASH! Una explosión de vidrios se escuchó del otro lado de la puerta. A Laura se le paro el corazón por un segundo.
—¿QUE PASO? –pregunto con un grito seco- ¿Están bien?
Solo se escuchaba a Toby llorando. Lloraba de una manera desgarradora.
Bajo a la velocidad de la luz las escaleras. Corrió de igual manera hacia la puerta que conducía al patio trasero. La ventana del cuarto de Toby daba a allí. Al salir, noto que sobre el césped había una pelota de básquet rodeada de restos de vidrio. Se dio vuelta y miro hacia arriba. La ventana estaba totalmente destrozada. Fue un alivio descubrir que no había sido un niño lo que la había atravesado.
Laura entro nuevamente a la casa y fue rápidamente a buscar el número de emergencia que estaba en la cocina. Se acercó a la heladera para mirarlo, y llamo. Nuevamente, acompañada por el tono de llamada, se dirigió a las escaleras. Tenía que terminar con esto. Había llegado muy lejos.
Estuvo a punto de desvanecerse al ver lo que había sobre el primer peldaño de la escalera.  Un cuchillo bañado en sangre le impedía pasar. No porque fuera muy grande y le estorbara el paso, sino porque el horror no la dejaba moverse.
Temblando, se acercó despacio y lo agarro. Estuvo a punto de vomitar. Dos risitas se escucharon desde unos metros más arriba. Laura levanto la vista y los vio. Ángela y Tomas estaban parados en el borde de la escalera.
“Rivadavia recepciones, ¿en qué podemos ayudarla?" Se escuchó del otro lado del celular.
—¿Qué hicieron? –les pregunto Laura, llorando.
—Nosotros nada –le contestaron al unísono, mientras sonreían macabramente- ¿Vos que hiciste?
Los mellizos se agarraron de las manos y se dejaron caer por las escaleras. Laura perdió por completo el aire. Soltó el cuchillo y el celular, y sus manos fueron automáticamente a tapar su boca.
“¿Hola? ¿Me escucha?” decía la voz del otro lado del celular que yacía en el suelo.
Los niños fueron rebotando por cada uno de los escalones, hasta terminar en los pies de Laura. Inconscientes. Ella cayó arrodillada a su lado, llorando como nunca lo había hecho. Los pequeños estaban retorcidos. Era evidente que varios de sus huesos no estaban en el lugar que les correspondía. La joven niñera gritaba histérica, mientras golpeaba el piso.
“Tobias”
Entre todas las preguntas sin respuesta que le bombardeaban el cerebro en ese momento, ese nombre apareció, con más fuerza que todo lo demás. Laura se secó las lágrimas, se levantó de un salto y subió corriendo hacia la habitación del pequeño Toby. Estaba en completo silencio. La luz de la luna entraba por la ventana rota e iluminaba de manera siniestra la habitación. Tenía miedo de acercarse a la cuna. No sabía que se podía encontrar. El sudor le recorría todo el cuerpo. Estaba empapada.
Se acercó dando pasos despacio. Uno a la vez.
—¿Toby? –pregunto con la voz quebrada.
Estaba a solo un paso. No sabía si podía resistir algo más. Respiro profundo y dio el gran último paso. Estiro la cabeza y lo vio.
Tobias tenía un corte que atravesaba todo su cuello. Toda la cuna estaba teñida de rojo. Su pijama estaba teñido de rojo. Tenía la garganta al descubierto, y aun le brotaba un poco de sangre. Tobias estaba muerto.
Laura perdió por completo su color y se desvaneció. Al caer golpeo su cabeza contra el borde de la puerta. Quedo tendida en el suelo, lejos de aquella perversa realidad.
¡RING! ¡RING! Alguien tocaba el timbre insistentemente.

 

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  • ¡Nubis, gracias por leerme y comentar! No, no vi la película, pero acabo de leer un poco de que se trata y me pareció sumamente interesante. Tratare de verla en estos días. La temática de niños cometiendo actos atroces y perversos, siempre me resulto muy perturbadora y fascinante al mismo tiempo
    Final desgarrador. ¿Has visto "¿Quién puede matar a un niño?"? Me ha recordado por momentos.
  • Se que muchos al ver lo que puede llevarles la lectura del relato preferirán no leerlo. Pero les pido paciencia porque confió en lo que tiene para dar la historia. En caso de que no les guste, los invito a dejar su descargo, ya que tantos positivos como negativos, siempre me fueron de gran ayuda. Desde ya muchas gracias!

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