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4 min
sorbos de café
Amor |
26.03.08
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Sinopsis


Como cada jueves a las cinco de la tarde se dirigió a la parada de Callao aunque ese día no cogió el metro, brillaba el sol y la brisa fresca invitaba a pasear por eso recorrió todo el camino a pie.

Cuando llegó, él ya estaba allí. Pantalón vaquero, camisa de cuadros y jersey verde a juego con la camisa. Ese color le sentaba de maravilla, hacía resaltar su pelo moreno y sus ojos verde caramelo. No podía evitarlo, cuando le veía se le esfumaban en un segundo todos los reproches, todos los porqués y todos los peros de esta relación que él llamaba amistad y ella aceptaba sin rechistar.

Decidieron que irían al café Alameda, una cafetería que frecuentaban porque les encantaba su sabor antiguo y su atmósfera de finales del XIX era muy evocadora para los dos, invitaba a la conversación tranquila de la que ambos disfrutaban enormemente.

La semana había sido especialmente dura para ella. La buena racha con su marido se había empañado por una nueva concesión que había tenido que esforzarse en realizar para no mandarlo todo al traste.
Después de unos meses durísimos, hace ya tres años, en los que consideró seriamente la separación, había tratado de serenarse, calmar su agitado corazón y su carácter impulsivo. Se obligó a madurar a pasos gigantes imponiéndose la difícil tarea de contener sus arrebatos de ira cada vez que surgían los conflictos matrimoniales, siendo ella la que cediera para normalizar la situación, total si casi siempre era por cosas sin importancia.

Contener es muy difícil. Uno tiene un embalse casi vacío y sus fuertes puertas de hierro son capaces de soportar la presión que ejercen unos cuantos metros cúbicos de reproches y malos modos. El embalse se va llenando con amargas gotas que caen a diario, incluso hay días en los que caen varios litros de golpe, y las puertas siguen conteniendo toda esa presión, pero llega un momento en que la fuerza es tal que las puertas se abren dejando escapar todo lo acumulado de golpe. El truco está en saber desaguar el embalse de vez en cuando realizando pequeñas concesiones emocionales. En esa tarea de desagüe se había concentrado ella en los últimos meses dando resultados aceptables.

Pero algunos viernes, cuando se encontraba con Alberto esa tarea de contención se le hacía insoportable, escuchando la dulce voz de su amigo, sintiendo la calidez de su mirada, nunca reproches, nunca peros, sólo complicidad y emociones compartidas, deseaba caer en sus brazos y abandonarse, dejar de luchar. Sin embargo, Alberto era mucho más fuerte que ella, o quizás tenía que soportar menos presión en su embalse particular, por eso nunca pensaría en ella como algo diferente de una amiga.

Hoy mientras Alberto hablaba y hablaba, ella ausente, pulía las palabras que tenía pensado decirle. Mientras observaba cómo sorbía su café pensó que del mismo modo él le estaba sorbiendo gran parte de su vida, la parte que ella le dedicaba diariamente en sus pensamientos. Cuando estaba viendo alguna película que le gustaba pensaba en que a él seguro también le gustaría, si leía algún libro en el que el personaje masculino la enamoraba pensaba que esas mismas cualidades las poseía Alberto, al acostarse, casi todas las noches deseaba que quién estuviese a su lado fuese Alberto, y así, sin darse cuenta, dedicaba muchos minutos de su vida a su “amigo” del alma, y él se los bebía todos cada viernes en el café.

Hoy venía dispuesta a romper su amistad y sus e
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