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11 min
SORDERA
Terror |
28.07.14
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Sinopsis

Para algunos es fácil callar a la conciencia, a veces creemos que tenemos control sobre ella. La verdad es que, si te quedas en silencio lo suficiente, verás que tan vengativa puede ser...

La noche había sido tranquila, sin ningún tipo de molestia.

Como cualquier otra noche, él había dormido como un bebé, como un hombre que no tiene nada que ocultar o que temer, pero él tenía muchas cosas que ocultar, muchas cosas por las que tenía que pagar...

 

Abrió sus ojos, pequeños haces de luz entraban en su oscura habitación, las paredes eran grises y manchadas con una suciedad que ni la pintura podría quitar.

Él yacía sobre un viejo y maloliente colchón, rodeado de viejos periódicos, todos ellos eran sobre desapariciones de jovencitas, padres angustiados publicaban las fotografías de sus hijas, en la mayoría se leían las palabras SE BUSCA, pero aquellos pobres padres y familiares nunca recibirían una llamada, ni una sola pista, no habría tumba en la que pudieran llorar por sus hijas.

Muchas personas tienen estantes donde poner sus trofeos y medallas, muchos cuelgan sus diplomas con orgullo en las paredes de su casa.

Aquel hombre jamás tendría un premio, no había ni terminado tercero primaria, sin embargo todos aquellos periódicos en el suelo, todas esas fotografías en blanco y negro eran, en una forma retorcida, sus premios, recordatorios de que se había salido con la suya, y de que probablemente lo haría hasta el día de su muerte.

Aquel hombre estiró sus brazos y piernas mientras se sentaba en el colchón, "un día mas" pensó, una botella barata de whisky goteaba a su lado, cualquiera que hubiera visto esa habitación hubiera sentido repulsión, era la clase de lugar donde los animales duermen, rodeados de su propia suciedad, el aroma rancio impregnaba el aire, una opaca ventana era lo único que proveía una vista al mundo exterior, un mundo que no sabía la clase de persona que vivía en ese agujero.

Tal vez era por la resaca, pero a aquel hombre no le pareció extraño el silencio que lo rodeaba esa mañana, es más lo disfrutó, no hubieron gritos de niños yendo a la escuela, pájaros silbando, autos saliendo y bocinando alterados, no, todo estaba callado, tan callado como las noches en las que el "trabajaba", tan callado como las noches en las que ellas se iban para siempre.

Su boca estaba seca, y sentía como si alguien le hubiera martillado la cabeza.

Se levantó, su ropa aún estaba enlodada, se sacudió y el piso se llenó de tierra.

Caminó lentamente al baño, un lugar aún mas asqueroso que su habitación, había un escusado que había estado tapado por años, un lavabo que alguna vez fue blanco, ahora era verdoso, una cubeta con agua que había robado a los vecinos yacía en el piso, cucarachas y otros insectos flotaban muertos sobre la superficie del agua, los sacó con la mano y con esa misma agua se lavó la cara.

Observó su rostro, aún tenía unos cuantos rasguños causados por la última de sus víctimas.

Fue entonces que se dió cuenta, no hubo sonido de algua al caer en el lavabo, ni siquiera cuando caía al suelo, sintió un pequeño escalofrío en la espalda, metió sus manos y agitó el agua de la cubeta, ésta se agitaba violentamente hasta caer desparramada al suelo, pero no hubo ni un solo ruido, el agua chapoteba en silencio. Algo andaba muy mal.

Metió su meñique en ambos oídos, todo parecía estar bien con ellos, pero no a su alrededor. Era como si el mundo hubiera perdido el sonido. Lanzó la cubeta y ésta reboto violentamente contra el suelo y completamente en silecio, esto lo llenó de rabia.

Empezó a golpear sus oídos con las palmas de sus manos, como alguien que intenta sacar el agua que se ha metido en ellos tras un día en la piscina o en la ducha, pero no había agua en ellos, no estaban limpios, pero tampoco estaban tapados. "Mierda" gritó, pero al igual que todo lo demas, no esuchó ni su propia voz, su estómago estaba revuelto.

Fue a la cocina y tomó dos viejos sartenes que tenía, empezó a golpearlos entre sí cerca de su oído, el sonido hubiera sido horrible, pensó que el sonido tendría que escucharse aunque sea un poco, pero no, los sartenes vibraban en sus manos, pero no escuchaba nada. Aquel hombre se sintió aterrado, su cabeza reventaba, se sintió mareado y finalmente vomitó.

El sabor amargo de su vómito se quedó en su boca y sentía la garganta áspera, pero su voz se había ido, "AHHHH, MIERDA, ¡QUE PASA!", sus palabras rebotaban solo en su mente. No era posible que algo así pudiera estar pasando, era como ver una pelicula muda, puedes ver al actor gritar de dolor, puedes ver explosiones, pero no hay sonido.

Alguien normal hubiera ido al doctor de inmediato, o acudido a alguien en busca de ayuda,

pero no aquel hombre, él era un fenómeno, su choza era evitada por los transeúntes, él era mas como un animal, una criatura que sale solo de noche para cazar y de día se escabulle en su cueva hasta que tenga hambre de nuevo.

Rompió ventanas, lanzó objetos y maldijo hasta que su cara se había puesto roja, todo en un macabro silencio.

Volvió a su colchó y se quedó ahí, con un dolor en su pecho, era miedo y el lo sabía. Se quedó medio dormido hasta que algo lo perturbó, agitaba sus manos para ahuyentarlo, pero la molestia no se iba, "malditos mosquitos...¡MOSQUITOS!" se levantó de un solo golpe, podía escuchar, era el sonido molesto de un mosquito, pero era algo, ruido, el mundo sonaba otra vez, poco a poco.

Al sonido del mosquito se le unieron poco a poco los ladridos de un perro y finalmente el llanto de un bebé. Entonces se dio cuenta de todo había empeorado.

Pensó que lo que escuchaba era el sonido de la noche, algo que conocía bien, pero no, los zumbidos, ladridos, y el llanto no venían de la calle. Estaban dentro de su cabeza.

Respiraba agitado, lleno de pánico, náusea subía por su garganta y un frío rayo atravesaba su espalda, era como una navaja cortando su piel.

Se revolcaba en su habitación como un perro, mientras aquellos sonidos tan comunes como cualquier otro se habían tornado en un castigo infernal en su cabeza, era como tener un grabación en su cerebro que se repetía una y otra y otra vez, la misma tonada y cada vez mas fuerte.

Sus manos temblaban como las de un adicto, lleno de ansiedad empezó a rasguñar su cara.

"PAREN, HAGAN QUE SE CALLEN, POR FAVOR, CÁLLENSEEE!", el mosquito se había vuelo un enjambre, el perro en una jauría y el bebé en una docena. Su cerebro parecía estar siendo licuado, empezó a estrellar su cabeza contra la pared como un lunático, con sus manos arrancaba mechones de cabello, el dolor era intenso, pero no tanto como la incansable orquesta del infierno que sonaba en su cabeza sin parar.

Sus ojos estaban desorbitados por el dolor y el terror, entonces algo más se unio a la tortura.

Eran llantos, gritos y lamentos y él reconoció cada una de las voces, eran las voces de aquellas inocentes jovencitas que habían gritado horrorizadas en sus brazos, aquellas pobres víctimas que habían rogado por piedad con lágrimas de dolor bajando por sus hinchadas mejías. El reía con un placer enfermo mostrándoles una mueca torcida y llena de locura morbosa. Ninguna había vuelto a ver a sus padres, a sus novios, a sus amigas. Todas ellas reposaban ahora en fríos y lejanos agujeros.

Pero ellas habían vuelto para vengarse de aquel horrible ser, aquel hombre que se había burlado de su sufrimiento, que había disfrutado al verlas tendidas en el suelo indefensas, ellas habían regresado para torturar a aquel hombre y enviar su alma al infierno.

Aquel hombre observó los periódicos en el suelo, las fotografías parecían emitir aquellos fantasmales ruidos que lo llenaron de un amargo y horrible sufrimiento, "NO, NO, NO NOOO, VAYANSE, ESTÁN MUERTAS, ESTÁN MUERTAS..."

"USTED..."

decían las voces con un eco que venía de un lugar demasiado lejano para imaginarlo.

"NOOO, ALÉJENSE, ESTÁN MUERTAS. YO, YO..."

"USTED..."

"YO, MUERTAS, YO...

"DÍGALO, YAAAA"

El hombre salió de la habitación como si tuviera un cuchillo atravezado en el pecho.

Los perros ladraban como en busca de alimento, los chillidos del bebé eran terribles y los mosquitos zumbaban en busca de sangre, el hombre corría entre la basura de su casa, entre la oscuridad, tomó algo del suelo, un viejo y sucio amigo y salió a la calle.

Se sintió abrumado por el frío de la calle, "DIOS NO. DÉJEME...NOOO, DÉJEM IR. OH DIOS NO QUIERO MORIR, POR FAVOR..." los recuerdos inundaron su inchado cerebro, recuerdos que tanto placer le habían dado ahora lo aterraban, como muertos saliendo de la tierra, no en busca de comida, no, en busca de venganza, el debía morir o vivir con aquella maldita orquesta en su cabeza. Empezó a gritar, no escuchaba su voz pero era obvio que la gente sí, rápidamente estuvo rodeado de una audiencia que contemplaba con oscura curiosidad el acto de aquel lunático.

Tomó una piedra del suelo y empezó a golpearse la cabeza, sangre brotaba pero el ruido solo aumentaba, entonces alzó su brazo, algo resplandecía con el brillo de la luna, la gente gritó, aún así nadie pudo o quizo hacer nada.

Aquel hombre sujetó con fuerza el cuchillo, su viejo amigo, amigo que había causado tanto dolor a inocentes, ahora parecía sediento de la sangre de su amo.

"YO...YO, YO..."

"¡DÍGALO!..."

"¡YO LAS MATÉ!, LAS MATÉ A TODAS"

Las mujeres palidecieron y los hombres se llenaron de rabia, era como ver a un animal rabioso que debía ser sacrificado.

La sordera se fue y pudo escuchar su desgarrada voz nuevamente mientras confesaba y a la vez se condenaba.

"YO LAS MATÉ, LAS USÉ Y LAS ENTERRÉ...AHORA ¡DÉJENME EN PAZ!"

La audiencia observó con una increíble e inquietante calma como el hombre perdía todo rastro de cordura, atónitos vieron como el cuchillo cortaba la garganta de aquel hombre, la sangre brotaba como tinta oscura, su ropa se empapó rápidamente. En pocos segundos el hombre quedó tendido en medio de la calle, muerto en un charco de su espesa sangre, sus ojos quedaron bien abiertos con una demencial mirada que veía hacia la nada reflejando lo que sería un interminable sufrimiento.

 

 

El cuerpo fue removido rápidamente, la sangre fue lavada aunque la mancha no parecía desaparecer.

Las pocas personas que quisieron hablar al respecto relataron lo perturbados que quedaron desde esa noche, muchos dijeron haber escuchado a lo lejos, casi como un sueño, como un bebé reía, otros dijeron haber oído a un perro aullar, nada realmente fuera de lo común, todo mientras observaban el cadáver del hombre tendido en el suelo, todo mientras la sangre salía y manchaba el concreto de lo que ellos creían era una comunidad tranquila.

El resto de la gente no quiso decir nada.

Una anciana se resignó a decir unicamente:

"La consciencia de aquel hombre finalmente lo enloqueció. No creo en fantasmas o muertos saliendo de sus tumbas como los pintan en las peliculas.

La verdad creo que si los miedos y errores pueden ser nuestros peores demonios, entonces la conciencia puede ser el Diablo"

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